La Cautiva De Los Borgia
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:
Pero no estaba; me recibió Pantasilea, que era apenas un poco mayor que Lucrecia, pero parecía una mujer mucho más madura. Pantasilea era una joven delgada, bonita, afectuosa e indulgente. Su cabello negro recogido dejaba a la vista un severo y atractivo pico de viuda; pero ese día, su frente tersa se veía surcada por profundas arrugas de preocupación por su pupila.
– ¿Cómo está? -pregunté, un tanto inquieta por la expresión de doña Pantasilea.
– Doña Sancha -manifestó con voz triste, y besó el dorso de mi mano. Habló con sinceridad, dado que ambas estábamos a solas; las otras dos damas de Lucrecia habían ido con ella a la capilla, y Perotto había sido enviado a la cocina-. Me alegra que hayáis venido. Nunca la había visto tan alterada. No come, no duerme. Me temo… madonna, temo de verdad que pueda hacer algo drástico.
– ¿A qué te refieres? -pregunté con viveza.
– Me refiero a que… -La voz de Pantasilea se redujo a un susurro-… que pueda intentar poner fin a su vida.
La declaración me sorprendió tanto que me quedé sin palabras, cosa que resultó afortunada, porque en aquel momento escuchamos unas pisadas que se acercaban. La puerta de la habitación no tardó en abrirse y apareció Lucrecia, escoltada por sus otras damas.
Vestida toda de negro, se la veía más pálida que nunca, con profundas sombras debajo de los ojos; cualquier rastro de su anterior alegría había desaparecido del todo, reemplazado ahora por una expresión lúgubre que resultaba conmovedora.
– ¡Doña Sancha! -dijo, y me dedicó una triste sonrisa. Nos abrazamos y noté los huesos a través de la carne; había perdido mucho peso-. ¡Cuánto me alegra verte!
– Te he echado mucho de menos -respondí de todo corazón-. Quería ver cómo estabas.
Lucrecia levantó la mano y despidió a sus damas con un gesto para que pudiésemos conversar en privado.
– Bueno -respondió, con la misma triste sonrisa de antes-, ya lo ves.
Se sentó en un gran cojín; me acomodé a su lado y le tomé la mano.
– Lucrecia, por favor. Estoy muy preocupada por ti. También Pantasilea lo está. Has mostrado una enorme bondad, y no puedo soportar ver que las maledicencias de otros te hagan tanto daño.
Me sorprendió al echarse a llorar desconsolada. La abracé y la dejé llorar sobre mi hombro, al tiempo que intentaba imaginarme en su posición: qué lugar tan extraño y horrible.
Entonces me sorprendió todavía más, cuando alzó la cabeza y manifestó:
– Es todavía peor de lo que crees, Sancha. Creo que estoy embarazada.
No pude encontrar palabras.
– Giovanni no es el padre -añadió, con voz temblorosa-. Si yo te dijese…
Levanté la mano para interrumpirla.
– Sé quién es el padre.
Ella me miró, atónita.
– Pero no mencionaremos su nombre -proseguí-. Porque si lo hago podría costarme la vida. Por lo tanto, digamos que comprendo tu situación; pero también pongámonos de acuerdo en que yo nunca mencionaré en voz alta el nombre del padre. De forma tal que no se pueda decir a ciencia cierta que yo sé la verdad.
– Sancha, ¿cómo es posible…?
– No te culpo de nada, Lucrecia. Mi corazón sufre al verte en tan difíciles circunstancias. Solo puedo ofrecerte mi amistad y ayuda.
Observé su expresión mientras la curiosidad daba paso de nuevo a la pena. La abracé, agradecida de que mi vida no estuviese tan llena de sufrimiento.
Al fin ella consiguió controlarse, y se apartó para observar mi rostro.
– ¿Me harás un favor? -preguntó, de una manera que parecía la petición de un moribundo-, ¿Perdonarás a César por el mal que te ha hecho?
Me puse rígida. Me sentí a un tiempo herida y furiosa al pensar que César había hablado con alguien de nuestra relación, y desde luego de mi horrible encuentro con Juan; incluso si esa persona era su propia hermana.
– Debes comprender que César es muy infeliz sin ti -insistió-, Fue un tonto, porque ha sido traicionado por las mujeres en muchas ocasiones… y tu belleza hace que sienta unos celos terribles. Pero nunca lo había visto tan enamorado como lo está de ti. Ten piedad de él, Sancha.
– Deja que César hable por sí mismo -respondí con frialdad-. Solo entonces le responderé.
Aquella noche regresé al palacio de Santa María. Ni por un momento creí que César hubiese cambiado de opinión; pensé que Lucrecia solo había intentado ser amable; llevada por un sentimiento de lealtad, había procurado enmendar las cosas entre nosotros.
Pero antes de que hubiese pasado una hora tras la puesta de sol, llamaron a la puerta de mi habitación, y una joven criada le entregó una carta sellada a doña Esmeralda.
La cogí con ansias, y la leí a solas en el balcón que daba al jardín. Estaba escrita con la letra precisa y clara de César:
Mi querida Sancha:
He sido el idiota más grande del mundo al dudar de ti, y no merezco otra cosa que los castigos del círculo más profundo del infierno. Estos sin duda los padeceré en esta vida si tú no te apiadas y vienes a reunirte conmigo esta noche… pero no son más de los que me merezco. Te esperaré, con mi corazón en las manos como regalo. Si decides no acudir, lo comprenderé, pero permaneceré tuyo eternamente.
César
No quería ir. Quería castigarlo, quería hacerle esperar como yo había hecho, mientras mis esperanzas se iban apagando poco a poco, para después convertirse en dolor.
Quería ir. Hacer que su corazón cantase de alegría al verme; solo para partírselo cuando le escupiese en la cara. Quería echarle mis brazos al cuello, regodearme al sentir que de nuevo era mío, susurrarle juramentos de amor eterno.
Al final, fui. César sabía cómo ganarse a la gente.
En el momento de verme, cayó de rodillas y luego apoyó la frente contra el suelo.
– No me levantaré hasta que tú no me des permiso.
Lo observé por un momento, mientras pensaba en Juan, en las huellas que los guijarros habían dejado en mi piel, en la indignidad y el dolor que había experimentado desde aquel día. Por fin, respondí:
– Levántate.
Aparté el velo.
Capítulo 20
Aquella noche, mi romance con César se reanudó con toda la pasión anterior. Juró vengarse de Juan, pero «cuando el lugar y el momento fuesen apropiados». Le hice callar. ¿Qué acciones podríamos tomar contra Juan, la niña de los ojos del Papa, sin ponernos nosotros mismos en peligro? Todo lo que yo quería de César era la garantía de que siempre estaría protegida de Juan, y esto lo juró con una vehemencia escalofriante.
A la mañana siguiente, fui de nuevo a San Sixto para visitar a Lucrecia. Esta vez, llevaba pasteles y golosinas con la intención de tentar su paladar. Era principios de junio, y el tiempo era fabuloso; el perfume de las flores impregnaba el aire. Yo estaba extasiada después del encuentro de la noche anterior con César; tanto que me sentía culpable al ir a ver a Lucrecia, cuya vida en esa época era tan desdichada.
Cuando llegué a las habitaciones de Lucrecia en el convento, me encontré que estaba de nuevo en la capilla. Pantasilea me recibió, esta vez aún más angustiada. Despidió a las demás criadas para que las dos pudiésemos estar a solas, y solo entonces me mostró el documento oficial que estaba sobre la mesa.
Yo tenía buenos conocimientos de latín, y leí el escrito en silencio, con creciente asombro. Declaraba que Lucrecia había formado parte de la familia Sforza.
Triennium et ultra translata absque alia exus permixtione steterat nulla nuptiali commixtione, nullave copula carnali conjuxione subsecuta, et quod erat parata jurara et indicio ostreticum se subiicere.