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Toda la belleza del mundo

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Jaroslav Seifert
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Aquel romance de mayo no acabó de una manera divertida para mí. Los versos eran malos desde todos los puntos de vista. Yo ya me había dado cuenta. Pero la palabra pronunciada vuela mientras que la escrita queda. Y no se enrojece, según aprendíamos en clases de latín. Cuánto me hubiera gustado borrarlas del mapa. Por suerte, a causa de mi carácter algo despreocupado me salí de este asunto con el corazón libre.

A mi futura mujer le fue algo peor en su trabajo. En la oficina, tanto sus jefes como sus inferiores le tomaban el pelo recitándole aquellos versos.

No tengo mucho sentido para la historia de la literatura. Sin embargo, me parece que no estaría de más revivir algunas de estas voces y opiniones que han desaparecido hace tiempo, igual que los poco honrosos versos.

Cuando era estudiante me gustaba visitar la biblioteca del Museo para hojear allí la revista Moderní revue. Encontraba allí poemas de Bfezina, Neumann, Sova y Hlavácek. Leía polémicas que no entendía. Pero, después de la guerra, aquel periódico se situó muy a la derecha y muchos de los nombres sonoros abandonaron sus páginas. La primera persona que se dejó oír entonces fue un reaccionario intransigente, un estricto individualista, el crítico Arnost Procházka. Virgilio nos aconsejaba hablar siempre bien de los muertos, pero no me da la gana. Procházka era malvado, enemigo de todo lo progresista, propagador de una decadencia falsa y de la morbidez aristocrática. Con sus posturas reaccionarias no hacía más que crear mal humor.

Criticaba burlonamente una encuesta de la revista Most. La tercera pregunta de la encuesta la hacía explotar.

«La tercera pregunta -decía Arnost Procházka- es el colmo de la inmadurez ideológica de toda la encuesta. El nuevo arte tiene que ser de clase, proletario y comunista, según ha dictado uno de los jóvenes, jovencísimos "poetas". Por Dios, ¿es que los poetas se ejercitan masivamente, como los soldados? ¿Aprenden su oficio como los peluqueros? Preguntar una cosa parecida es grotesco y pedir esto a toda la generación sería absurdo. Sería el clericalismo más estúpido, el que conoce y reconoce únicamente su clase como correcta, la única iglesia del dios Proletario. A un poeta no se le puede prescribir o prohibir esta o aquella fuente de inspiración. Que se inspire en cualquier cosa, con la condición de que no escriba poemas a base de manifiestos ni programas de los partidos, sino que exprese de manera original sus propios pensamientos y emociones, no imitaciones, porquerías sacadas de todos los rincones, y que no obligue a los demás a que compartan sus opiniones y esperanzas. Haga lo que haga, cada poeta es, en el fondo, subjetivo. Algo así como poesía impersonal no existe; no existe el arte de masas. Ya el hecho mismo de que la gente joven pueda tomar en serio algo tan feo como es una dictadura del proletariado, el problema de clases o el comunismo, demuestra su bajo nivel intelectual.»

De esta forma seguía el crítico en su rabia desenfrenada, expresada en un checo aparatosamente estético, y después de citar con desdén dos poemas cortos de Hoffmeister, cerraba su ataque con la conclusión brutaclass="underline"

«Además, un trozo de "poesía proletaria", unos versos que en la revista Proletkult había perpetrado Jaroslav Seifert.» Y aquí comenzaba una larga cita de «El día festivo», versos, la mayoría de los cuales ya había citado voluntaria y humildemente yo mismo. Y acababa patéticamente.

«Vaya gula: ¡tanto caviar! Y qué buen estómago revela esto. Pero aún mejor, directamente cementado de estupidez, tiene que ser el "estómago mental" que aguanta y digiere una poesía así.»

Mucho más tarde, de la revista Literární rozhledy llegó la voz tiernamente reprobadora, suave y amable, de Antonin Sova. Yo adoraba al poeta Sova. Me sentía agradablemente en la atmósfera de su poesía. Todos le querían. Especialmente Josef Hora. Nos conmovía asimismo su duro destino. Sova estuvo varias veces casi mortalmente herido. Su bella mujer abandonó al poeta enfermo, ya para siempre atado a su silla. Josef Hora contó su visita a Sova. El poeta le acogió con alegría, pero trató inútilmente de acercarse a él para recibirle. Dio dos o tres pasos tambaleantes, abrió los brazos y otra vez tuvo que dejarse caer en su silla. Sova se quedó solo con su hijo, que le fue fiel. Alguien nos enseñó la foto de su mujer. Era una señora verdaderamente hermosa y elegante. Probablemente se necesitarían un amor y una paciencia enormes para seguir siendo fiel al poeta. La vida jugó cruelmente en este matrimonio.

En un artículo que tituló «Al margen de la poesía social vieja y nueva», el poeta empieza a contar cómo, en los tiempos en que escribía sus Tristezas desahogadas, no pasaba una buena época.

«Experimentaba una especie de duro "vivir al día" proletario, con pocas alegrías y hambre frecuente.»

Cuando tenía que ir a un entierro o estaba invitado a una boda, algún amigo suyo más afortunado le tenía que dejar un abrigo negro. El mismo, cuando más tarde salió un poco de la pobreza, hacía el mismo favor a sus amigos. O sea, que desde siempre estaba en contacto con el destino de los oprimidos. También conoció las perspectivas de la vida de aquellos que tenían el poder y el dinero y oprimían. Este conocimiento le condujo a la búsqueda de una forma apropiada «para expresar los dolores comunes a toda la humanidad». Y éstas son Tristezas desahogadas. La generación joven -es decir, nosotros- no puede olvidar que su problema fue facilitado al haberse unido con los ideales del proletariado, de modo que, con la fuerza y el talento, podría crear un nuevo tipo de poesía social, más espiritual y más vital. Si la creación de los mayores es básicamente sentimental, sigue Sova, tendríamos que decir que la poesía de la generación joven, aparte de pequeñas excepciones, no ha dejado de serlo. ¿O es que aquellas protestas o descripciones llenas de detalles sibaritas de todas las buenas bebidas y comidas, de todos los placeres de los burgueses, aquella carrera detrás del dólar, aquel huir de la miseria en los bares con un conjunto de jazz que grita, aquel odio a la explotación de las fábricas, es que todo esto no son únicamente retos sentimentalmente expresados para no poder cumplir las obligaciones con la amplia sociedad en general? Mientras la humanidad se esté regenerando y hasta que el proceso odioso no acabe en la satisfacción de la clase oprimida, hasta entonces no puede surgir la ansiada poesía que cante lo positivo del trabajo común.

Básicamente era esto lo que Sova comentó ex post al margen de mis versos. ¿Pero cómo podíamos estar de acuerdo con el gran y estimado poeta si nuestras opiniones, tal como en seguida sabréis por una cita de Teige, estaban formuladas con bastante exactitud contra los burgueses, una clase con la que no queríamos unirnos de ninguna manera en un «trabajo común», pero a la que queríamos descuajar? Hasta entonces, no reconocíamos más que una poesía atacante, combativa, una literatura proletaria.

De las voces literarias más importantes que comentaron mi poema y sus torpes versos, dejo para el final la de S. K. Neumann. A este poeta no le alborotaron tanto los versos impertinentes que, de hecho, él mismo había publicado, sino el epílogo de Teige que cerraba el libro.

En él, Teige había hecho un gesto demasiado amplio y sobrevalorado la posición de la joven generación que venía de la colección misma. En el epílogo del libro se escribe:

«Nada más que el amor (así se llamaba el libro) no tiene tradiciones aparte de la suya propia y aquella que de hecho es la atmósfera de la juventud y la revolución de hoy. Temáticamente se mueve en el universo proletario. De él extrae el nuevo espíritu creativo y un nuevo valor. Sí, un nuevo valor. Canta el anhelo que de él surge. Destruye las ilusiones falsas sobre un obrero. Quita el mísero nimbo mártir-político que le habían adjudicado los burgueses y los poetas socialistas falsos. Lo muestra en la verdadera luz. Canta sus más primitivos sueños físicos, la ambrosía y el néctar sagrados en todas las apariencias mundanas.»

Es evidente que Teige, un espíritu más tarde intransigentemente crítico, sobrevaloró mis poemas bajo bandera roja en Nada más que el amor. Y Neumann, que entonces ya observó en Teige su futuro polemizador y obstinado, intentó arreglar las cuentas con él en su largo estudio El arte proletario. En el capítulo dedicado a mis primeros libros expresó claramente su decepción ante mi nueva poesía. Creía que después del primer libro, Ciudad en lágrimas, su autor iría más lejos. Según él, Seifert evolucionaba hacia una poesía primitiva sobre temas de placeres vulgares. Y Neumann sigue: «Si el epílogo del libro considera este poema como un "nuevo valor" que destruye las ideas falsas sobre el obrero, entonces no se puede tratar de nada más que de falta de educación sobre la cual será mejor callar para no perjudicar a otra gente joven.»

Hasta aquí Neumann y su comentario sobre mis versos.

Y con esto podría acabar. Pero se necesitan algunas palabras más para acabar esta historia de mayo, demasiado larga, en su punto justo.

En Literdrní noviny que había salido a mediados de octubre de 1928, Josef Hora publicó una interesante conversación con el poeta Ivan Olbracht. Entre otras cosas, Hora comentaba a Olbracht: «Algunas veces los artistas de origen proletario escriben una literatura burguesa y de lujo.»

Y Olbratch decía: «Es verdad. La gente no vive siempre a través de la vida y los objetivos de la clase de que surge, pero eso también podría ser una reacción psicológica: vives en la miseria, sueñas con el lujo. La literatura erótica más apasionada la escribe gente sexualmente hambrienta y sueñas con los más refinados banquetes si te acuestas sin haber cenado. De la misma manera, para mí todo fue claro en cuanto al conocido poema gastronómico de Seifert, que en su época causó sensación. Hoy en día el chaval ya puede permitirse el lujo de comer todo el queso emmental que le dé la gana, y también el vino. Por lo tanto es difícil que los montones de queso vuelvan a aparecer en sus poemas, y el vino sólo surgirá como metáfora.»

Después de más de medio siglo, sonó la última voz. Fue en la pluma de un joven historiador de Moravia. Escribió unas cuantas líneas no sé dónde, y allí vuelve a este asunto:

«Para la comprensión de la revolución por parte de Seifert es especialmente característico el poema "El día festivo". Hasta hace poco ha sido interpretado como las ansias de un poeta proletario por los placeres burgueses. En realidad se trata de una sincera manifestación de la juventud sana, a la que no le bastan las promesas y las remisiones al pasado, sobre una actitud muy diferente hacia el mundo que la que representaba la antigua poesía social, que no expresaba más que la compasión con el pobre.»

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