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Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:

Los personajes de Los estados carenciales buscan como todos nosotros la felicidad a su manera. Tratan de no sucumbir a la rutina, de escapar de la mediocridad o de rehacer sus vidas con un poco de sentido. Ulises, abandonado por su mujer Penélope, vive con su hijo Telémaco. Penélope es una diseñadora de moda que no se corta tanto como la Penélope de siempre cuando le sale al paso algún pretendiente. Al suegro de Ulises, Vili, su mujer le hace la vida imposible, y él busca la felicidad con optimismo y algunas ideas peregrinas, como montar una nueva Academia para enseñarles a una pandilla de infelices que la felicidad consiste, comod ecía Platón, en hacer el bien. Sátira de los libros de autoayuda, meditación sobre la felicidad, homenaje al mundo clásico… Sí, todas esas cosas son y están en Los estados carenciales. Pero esta novela es, por encima de todo una divertidísima fábula sobre las debilidades y grandezas de la condición humana. Ángela Vallvey tiene una prosa jugosa y directa, una capacidad poética deslumbrante, un sentido del humor que nos incita a la reflexión filosófica sin que nos alcance el sueño, la desazón o la pedantería, Tal vez este libro no nos permita saber si la felicidad consiste enhacer bien, o en desarrollar nuestras capacidades con la máxima destreza, pero sí nos puede ayudar a mirarnos en el espejo con valentía, con la dignidad que nuestra condición exige.
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– ¿Cuántos años llevas casada?

– Casi veintitrés.

– Eso es bueno, mujer. Hoy en día todo el mundo se divorcia. Los que no tienen excusas, se las inventan, pero todo el mundo rompe con su pareja por algo. Es lamentable, ya nadie aguanta mucho tiempo una relación. Y menos todavía un matrimonio -sentencia Jana.

– Es verdad -admite Luz, riéndose de buena gana-. ¡Ni siquiera lo aguantan los que no se separan!

LAS BRUJAS Y LA MUERTE

A la manera de una iluminación, recuerdas la imagen de tu madre siempre sonriendo, agarrada del brazo de tu padre cuando Héctor y tú erais unos niños. Añoras a tu madre, a tu padre y a tu hermano. Pocas veces te paras a pensar que los echas de menos. Henriette está muerta, aunque algunas mañanas ves asomar la forma de sus ojos en tu espejo, mientras te afeitas. Tu padre vuelve a pasar en Zurich la mayor parte de su tiempo, y Héctor anda por ahí, muy lejos. En el Polo. En la Antártida. No sabrías situarlo con exactitud en un mapa. Nunca le has preguntado si está arriba del todo, o abajo, del mundo. Tampoco tienes muy claro que el mundo tenga un arriba y un abajo, porque a lo mejor todo depende de cómo se mire. O desde dónde. En cualquier caso, Héctor vive y trabaja en uno de los casquetes polares. Cuando hablaste con él por teléfono la última vez, te confesó que tenía una novia esquimal. «¿Esquimal? -le preguntaste tú-, ¿te refieres a una "comedora de carne cruda"?» Tu hermano te contestó, muy satisfecho, que así era. «Me pareció que ella me abriría grandes esperanzas respecto a la cuestión del sexo oral, y todo eso», te contestó Héctor.

De repente, notas una mano que se posa en tu hombro como una admonición. Tu instinto te hace agarrarla al vuelo. La retienes, apresada en la tuya, con fuerza.

– ¡Aug!

Al darte la vuelta encuentras la cara contraída de dolor de Aglae. A su lado, está su amiga Talía, mirándote con el ceño fruncido, reprobadoramente.

– Este chico es un bulldog. O por lo menos lo sería si tuviera cara de perro -dice Talía, y chasquea la lengua.

– ¡Suéltame, bestia! -gime Aglae-. Encima de que hemos tenido que enterarnos de tu exposición por el periódico…

Aflojas la presión sobre su mano poco a poco. Te la llevas a la boca y depositas en ella un beso ligero. Tus labios sedosos están calientes, están ardiendo.

– Perdóname, Aglae -te disculpas-. Me has dado un susto.

– Tú sí que me has asustado a mí. Valiente cafre.

– Ni siquiera nos has invitado. Les has mandado invitaciones a todos los menganitos que figuran en la Guía Telefónica de Madrid, menos a nosotras tres -te recrimina Talía.

– ¿Tres? Ah, sí. ¿Y Eufrosina?

– No ha podido venir. Está recién operada y le tiran los puntos al andar -explica Aglae.

– Espero que no sea nada grave.

– No. Parece que saldrá de ésta. Con unos gramos menos, pero saldrá adelante.

– Visto a escala cósmica, lo suyo es una minucia -confirma Talía.

– Me alegro por ella.

– Te manda recuerdos.

– Devolvédselos… -Piensas un poco-. No es que no los quiera. Es que yo le mando otros recuerdos. Eso es. Otros.

– No te preocupes, se los daremos de tu parte.

– Una bonita velada -dice Aglae.

– Vosotras dos estáis todavía más hermosas -dices. Y lo peor de todo es que lo dices en serio.

– ¡Adulador! -corean las dos al unísono.

– Me alegro mucho de veros por aquí.

– Bueno, ya sabes, somos dos viejas brujas con mucho tiempo libre y sin hombres que nos planifiquen la agenda. -Aglae se cuelga de tu brazo-. Queríamos verte. Hace mucho que no te veíamos.

– Desde el entierro de Araceli.

– Entonces te portaste como un campeón. Todas sabemos lo duro que fue para ti. Y sin Valentina…

– No tiene importancia, de verdad, no…

– Sí que la tiene.

– Hice lo que pude. Yo quería a Araceli -susurras con timidez-. Vivíamos juntos.

– Ulises, lo dices de una manera…

– No, no. No había sexo entre nosotros, si te refieres a eso -niegas tú.

Ellas se miran entre sí. No acaban de decidir si eres un ingenuo, un bromista o un pervertido.

– Ejem. Sí, claro. -Aglae se aclara la garganta.

– También queríamos ver cómo triunfas, ver tus cuadros. Y queríamos, sobre todo, tener una excusa para salir a la calle un rato. -Talía recorre con la mirada a la gente que la rodea, y que va siendo menos numerosa por momentos.

La fiesta se está acabando. Por fin.

– Además de preguntarte por Valentina… -continúa Aglae-. ¿Has sabido algo de ellos últimamente?

– Vili me mandó una postal desde Nueva York hace una semana -explicas.

– ¡Nueva York! ¿Aún siguen allí desde que volvieron de las Barbados?

– Sí. Decía que Valentina se siente débil, aunque no mucho más que hace unas semanas. -Miras a una mujer y después a la otra-. Decía que son felices. «Cada día que pasa es una propina del tiempo», decía. Decía «no sé cuánto durará, pero eso, ¿quién lo sabe?». Eso es lo que decía su postal. Creo que Valentina llamó la otra noche por teléfono a Penélope, y que estuvieron hablando mucho rato. Podéis preguntarle a ella. Incluso podéis llamar a Valentina. Penélope puede daros su número.

– Lo haremos, querido, lo haremos -asegura Aglae-. Preguntaremos, llamaremos… A lo mejor incluso la visitaremos. -Y tras una pausa-: Me refiero a ella, a Valentina. Siempre que a ella le apetezca, por supuesto. Además, hace tiempo que pensábamos hacer un viajecito, ¿verdad, Talía?

EXTRAÑOS EN EL PARAÍSO

Cuando Jana y tú entráis en el edificio donde vive Penélope, ya son casi las once y media de la noche. Jana tiene las llaves, es ella la que abre la puerta para que pases con Telémaco en brazos, dormido.

– Hoy no ha echado su siesta -le explicas a Jana-. Está reventado, pobrecillo.

El niño abre los ojos cuando la chica enciende la luz del recibidor. Vuelve a cerrarlos bruscamente.

– Mieeerda… -murmura entre dientes.

– ¿Es que no puedes cambiar de conversación? -le susurras tú, bajito-. Anda, sigue durmiendo. Papá te va a poner a hacer un pis y después te va a acostar en tu cama.

Le das un beso y dejas al niño en su habitación. Sales de puntillas procurando no hacer ruido.

Cuando Telémaco vivía contigo, algunas noches no había manera de dejarlo solo en su dormitorio. Te quedabas a su lado hasta que se dormía. Te ponías de pie. Te encaminabas hacia la puerta con todo el sigilo de que eras capaz. Pero los tobillos te crujían, has hecho mucho deporte y el deporte deja esos recuerdos: tus huesos sonaban como palitos secos que alguien troncha en medio de un perfecto silencio nocturno. Telémaco se despertaba enseguida y se ponía en pie de un brinco. Agarrado a los barrotes de la cuna, te miraba con censura. Pese a que en la oscuridad no podías ver sus ojos, notabas sus amargos reproches infantiles en el ritmo de su respiración, húmeda y agitada, como si fueran gritos de auxilio. Te dabas la vuelta y volvías a su lado. Te quedabas allí, sentado en el suelo, bajo la cuna, hasta que eras tú el que se dormía.

Ahora, por el contrario, Telémaco no se desvela. No protesta. No gruñe. Está cansado. Y vive con mamá. Por él puedes irte a donde quieras.

Te sientes traicionado.

Vuelves sobre tus pasos, entras de nuevo al cuarto, te reclinas sobre su pequeña figura acurrucada y le das otro beso.

– Hasta el fin de semana que viene, hijo -balbuceas-. Aunque puede que pase antes a verte.

Regresas al salón. Jana está de pie, dispuesta a marcharse. Tiene las llaves en las manos, las manosea nerviosamente.

– La niñera no viene hasta mañana a las ocho -te dice la joven. Se pasa una mano por el pelo y lo echa hacia atrás, dejándolo caer por su espalda-. Penélope me ha dicho que te diga que no tardará mucho en llegar. ¿Puedes quedarte con el niño hasta que venga, entonces? Es que, verás, me quedaría yo, pero hay alguien que me espera para tomar una copa. Sólo es nuestra segunda cita, y él es Libra. Ya sabes, equilibrados, ordenados, suspicaces, blablablá. No me gustaría llegar tarde y que pensara que siempre hago lo mismo. Sobre todo porque no es verdad.

– Está bien. -Te dejas caer sobre el sofá y te frotas los ojos-. Pero tu jefa debería saber que, según nuestro acuerdo, yo tengo que entregarle a Telémaco a las ocho de la tarde del domingo. Y ya son casi las doce.

– Bueno, bueno. Eso mejor lo hablas con ella.

– Sí. Es posible que lo haga.

– Yo, de todas formas, me voy. Me llevo las llaves.

– Que te diviertas.

– Gracias. Hay una buena conjunción astral para mí esta noche, así que probablemente sí, sí que me divertiré. -Jana te dice adiós con un tintineo de llaves y de llavero.

Oyes la puerta de la entrada cerrarse con un chasquido metálico.

Vas a la cocina y te preparas algo de comer. Estás hambriento. Los canapés que has logrado llevarte a la boca esta noche, en la galería, no te han llenado porque ni siquiera te has dado cuenta de que te los estabas comiendo.

En el momento en que estás a punto de quedarte dormido sobre el sofá, la puerta de la entrada vuelve a oírse y Penélope irrumpe en el salón enfundada en un vestido que ni siquiera parece que lo sea. Tú dirías, más bien, que se ha confeccionado una suerte de funda para el cuerpo. Demasiado ceñida, si alguien quiere saber tu opinión. Es escandaloso. ¿No es ella la madre de tu hijo, al fin y al cabo? Estás en tu derecho de sentirte molesto. Qué elegante ramera, habrías pensado de ella si la hubieras visto por la calle y no supieses quién es.

Te incorporas en el sofá. Os miráis sin decir nada.

El diableteau. La marionnette.

Paralizados frente a frente. Tan opuestos.

Consideras la función social del sadismo (debe de tenerla).

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