Los estados carenciales
- Автор: Vallvey Ángela
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:
Esa cosa que tú sientes cuando ves a Francisco, por ejemplo. Eso es lo que piensas mientras lo escuchas.
– Empecé a hablar con él el día en que nos encontramos en el parque por primera vez. Cuatro frases absurdas y convencionales entre dos desconocidos, ya puedes imaginarte. Pero se le notaban las ganas de morirse a la legua, la depresión, la desesperación. Todo lo que le empuja a uno a querer matarse.
– Sigue -lo animas.
– Luego nos vimos la tarde siguiente en el mismo sitio, y yo me llevé una grabadora. La cogí por si se me ocurría algo para mi novela. Me resulta más fácil hablar que escribir. Pensé que a lo mejor avanzaba un poco grabando las ideas que se me ocurriesen mientras daba una vuelta por ahí. Cuando nos volvimos a ver, él empezó a hablar, y a mí me pareció interesante. Decidí grabar lo que decía. Hablaba, y yo grababa sus palabras. Nos vimos muchas otras veces, y siempre hice lo mismo. Por las noches, Laura, mi mujer, transcribía las cintas. La novela está escrita en primera persona.
– Qué astuto. ¿Quieres otra copa?
– Sí, gracias. No me vendría mal. Estoy celebrando el comienzo de mi carrera. La ocasión merece una libación como está mandado.
Esta vez es una camarera quien repone vuestros vasos.
– Mi mujer me ha dejado. Se ha ido -te dice Fran, los ojos llameando-. Laura me ha dejado.
– Buena cosecha -saboreas el licor apreciativamente-. ¿Sabes ya de qué tratará tu próxima novela?
– ¿Eh? Ah, no, aún no.
– Deberías ir pensándolo -sugieres.
– El hombrecillo estaba muy solo. Vivía con su mujer y su hijo.
– ¿No has dicho que estaba solo?
– Pues claro. Ésa es la peor manera que uno tiene de estar solo: en compañía. Eso es algo que aprendí junto a él.
– Oye, Francisco… ¿Has oído hablar alguna vez de la moral de los caracoles?
Francisco te mira a los ojos, desorientado, y sacude la cabeza.
– No, nunca.
– No me extraña. Porque no la tienen, que se sepa -le dices suavemente-. Adiós, Francisco -te despides, y sin más vas al encuentro del señor Tamisa que camina presuroso, musitando disculpas y abriéndose paso entre la gente con los codos. En su cara puede leerse que hace rato que te está buscando.
– ¡Tú y yo somos iguales!, ¿eh, Ulises? -te grita Francisco, la voz azumbrada.
Hay mucho ruido en el ambiente. Tú no lo oyes. Tal vez por eso no contestas.
EMERGIENDO DEL REINO DEL TEMOR
La noche avanza, y los compromisos sociales a los que te obligan tu galerista y tu marchante (con periodistas, comisarios de exposiciones internacionales, publicitarios, coleccionistas adinerados, dos ejecutivos de una multinacional, un cantante pop aficionado a la pintura…) empiezan a abrumarte. Te resultan desalentadores tantos deberes y tanto despliegue de habilidades mundanas sólo para ganar algo de dinero honradamente.
Como tú ya comprobaste en su día, para ganar dinero de forma ilegal no es necesario esforzarse tanto.
Empieza a dolerte la boca de tanto estirar los labios exhortándolos a la sonrisa cuando vislumbras a unos pasos de ti un grupo de tres mujeres. Murmuras una disculpa en medio del corro de gente importante que te rodea, y vas hacia ellas.
Cuando te aproximas, por una fracción de segundo, tienes la escalofriante sensación de que te has acostado con las tres en alguna oportunidad. Gozas de la idea, de la visión de conjunto del delicioso trío, que está charlando tranquilamente quién sabe sobre qué. Sus palabras salen de sus respectivas boquitas pintadas como envueltas en lazos de humo.
Pero no, con Jana nunca has compartido nada que no se pueda compartir a través de un hilo telefónico, o del correo certificado. Es la ayudante de Penélope, y vuestra relación se ha limitado, hasta la fecha, a recibir órdenes, apremios, reproches y cheques de tu mujer a través de ella.
– … por otra, ¡dejarme a mí por otra! -oyes que dice Jana con un fugitivo puchero en los labios, elevando la voz entre las voces que resuenan en el lugar-. ¿Alguien puede creérselo? El cerdo de mi ex novio. Está completamente loco. Va y se busca a esa modelo, vieja y retirada, y tiene el morro de decirme que va a casarse con ella en Las Vegas, y a tener cinco hijos rápidamente. Quizás también en Las Vegas. Allí lo hacen todo bastante aprisa. Ha tenido incluso la desfachatez de insinuarme que ella puede hacer todavía trabajos con ropa de premamá. Por lo visto, Versace prepara una colección que causará impacto. Ya estoy viendo a esa zorra demacrada y vestida con una blusa transparente agujereada por dos grandes pezoneras -la chica gime por lo bajo-. En las últimas fotos que se conocen de ella se le ve tanta celulitis que parece que le hayan colocado unos muslos de capitoné. Pero, es que, anda ya. ¡Abandonada, así me siento! Esa tiparraca es mayor que yo, más tonta que yo, más rica que yo. No puedo entender a Mauricio. No puedo comprender a ningún hombre. Los hombres deberían pasar revisiones anuales de idoneidad psiquiátrica. Y si no son aptos, si no las superan, pues como los coches: al desguace con ellos.
Te haces el remolón detrás de una pareja de jovenzuelos melenudos que mantiene lo que es posible que sea una tosca pero apasionada charla sobre arte, y sigues escuchando.
Te encanta escuchar conversaciones femeninas. Son educativas.
Y tanto.
– Sí, desde luego -asiente Irma, que presta a Jana una atención embelesada. ¿Sentirá envidia de su belleza tan viva, tan juvenil? ¿O vergüenza, por contra, de su propio tinte barato para el pelo?
Al lado de Jana, Irma parece vulgar y desgarrada, una mujer de la vida, más propia para el deseo inconfesable y furtivo que para el amor verdadero.
– Perdonadme, chicas. -Jana saca un pañuelito de papel de su bolso y se suena delicadamente-. Ya sé que no me conocéis de nada, que sólo os he hecho una pregunta para orientarme en este antro, porque tengo que darle un recado al ex de mi jefa, pero… En fin, no os lo vais a creer, pero mi horóscopo dice que hoy los desconocidos serán para mí como ángeles guardianes. Que me ofrecerán comprensión, ternura y protección. Que me abrirán a un mundo de nuevas relaciones y posibilidades laborales hasta ahora nunca imaginado por mí. Por cierto, ¿a qué os dedicáis vosotras? A lo mejor yo…
– Yo soy ama de casa -dice Luz, y sonríe esperanzada.
– Yo trabajo en una guardería -dice Irma, y arruga la nariz, un poco en guardia.
– Aaaah. Pues que… O sea. ¿Y sois felices en vuestros trabajos? -La curiosidad desplaza la decepción del rostro de Jana en sólo unos instantes-. Y digo trabajos porque, para mí, ser ama de casa es uno de los más duros que una puede tener. Sobre todo porque, a fin de mes, ¿a dónde se supone que vas a cobrar el sueldo, eh? Ahí lo tenéis. Y…, bueno, ¿qué tal os va?
– Lo normal -confiesa Luz-. Ninguna perspectiva de ascenso a la vista.
– Yo voy saliendo adelante. Los niños -dice Irma- no están mal. Son unos capullos, pero no están mal porque a esas edades todavía no saben hablar demasiado bien. Yo creo que lo que estropea a los hombres es que hablan, y hablan y hablan… Si no supieran hablar, jamás nos pelearíamos con ellos, ¿no os parece?
– Of course, dear -asiente Jana.
– Puede que lleves razón -concede Luz.
– Cuando alguien sabe hablar es muy capaz de decir cosas terribles, y a mí no me gusta escuchar ese tipo de cosas. Yo, por ejemplo, tengo un novio griego. -Irma gesticula de forma extravagante al pronunciar la palabra «griego»-. Al principio todo era perfecto entre él y yo porque Andros es guapísimo, cariñoso, cocina maravillosamente y yo no entendía ni un carajo de lo que decía. Pero empezó a ir a una academia nocturna. Se apuntó a unas clases de español para extranjeros.
– ¿Y…?
– ¿Y…?
– En cuanto él aprendió a decir «mi mamá me mima», noté que algo se rompía entre los dos. Algo muy importante.
– Oooh.
– Sí. Yo me sentía tan mal que incluso le fui infiel un par de veces, o siete. Como venganza, ya sabéis.
– No me extraña.
– Soy una mujer muy fiel, pero estaba bajo los efectos del golpe emocional. Me daba rabia que Andros empezara a ser capaz de leer los nombres de las calles, la marca del arroz y mi nombre en el buzón de correos del rellano. Esas pequeñas cosas que enrarecen la convivencia.
– ¿Y ahora qué tal estás con él? ¿O lo habéis dejado? -pregunta Jana.
– No, no lo hemos dejado -Irma sonríe-. Él sigue siendo lo mismo de guapo y de cariñoso que antes. Por no hablar de cómo guisa. No, no lo hemos dejado. Ahora estamos bien. Y, después de todo, la vida tampoco da muchas oportunidades, así que, ¿por qué iba yo a desaprovechar ésta? Aunque sigo pensando que estaríamos mejor si él no supiera hablar ni una palabra de nuestro idioma. -Se encoge de hombros con gracia-. Pero, bueno, nadie es perfecto, como ya sabemos todas. Cada mañana, cuando me despierto con él a mi lado, tengo la curiosa sensación de que acabo de sacar la cabeza de un pozo negro. Nada más despertar doy bocanadas, como tomando aire. Después miro a mi alrededor, veo a Andros dormido, y la habitación tranquila que empieza a iluminarse con el día, y siento un gran alivio.
– ¿Y tú?, ¿qué tal en amores? -le pregunta Jana a Luz-. Con tu marido bien, y eso, ¿no?
– Supongo que sí, pero no estoy muy segura -responde Luz-. Es posible que sí, que esté bien, porque es posible que así sean las cosas para todo el mundo. Sí, es muy posible. Eso es lo que me digo cada día, que seguramente así es como sucede siempre para todos. Que las cosas son como son, y no tienen por qué estar mal tal como son.