Los estados carenciales
- Автор: Vallvey Ángela
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:
– Míralo. -Señalas a un grupo de jóvenes, Hipólito está entre ellos, te saluda con la mano y se acerca hasta vosotros.
– ¡Ulises, macho! Qué movida tienes aquí. Es impresionante. Me he traído a unos amigos, ¿no te importa? -dice Hipólito.
– No, al contrario. ¿Tenéis todos algo que beber y que comer?
– Estamos perfectamente servidos.
Hipólito y Johnny se miran con recelo, pero no se dirigen la palabra. Johnny apaga su cigarrillo echándolo en el vaso semivacío que sostiene, luego pisa el suelo como si estuviera aplastando la colilla con el zapato.
– Hace mucho que no nos veíamos.
– Sí.
– Me alegro de que te vayan bien las cosas, tío -dice Hipólito.
Hay en el aire una especie de corriente, invisible pero viva, que une a Johnny con Hipólito y a Hipólito con Johnny. Es tan rotunda como un cañonazo. Desprende inquina, masoquismo, romanticismo y una amigable nostalgia. Una cizaña tan sólida que casi puede mascarse.
– Gracias. ¿Y tú, Hipólito, eres feliz? -preguntas, por preguntar algo, por distraerlos un poco al uno del otro, de la pasión que se profesan el uno al otro.
«Cielo santo -piensas, resignado-, estos dos son como la Pepsi y la Coca-Cola. Más o menos la misma cosa, pero qué mal se llevan.»
– Lo era. Era feliz hasta que he visto aquí al indio -dice Hipólito, y señala a Johnny con el dedo índice estirado.
– ¡El indio lo será tu padre! -grita Johnny, y derrama un poco de vino mezclado con las cenizas del cigarrillo al impulsar su cuerpo hacia adelante, encorajinado-. Quiero decir… -ahora se calma y vuelve a recostarse contra la pared-, tu padre, a lo mejor… pero cualquiera sabe, ¿no?
– Ja y ja, capullo.
– Sí, todo lo que tú quieras.
Hipólito enrojece. Ah. El placer de la contienda estimula el riego sanguíneo. Cruzar las espadas, el afilado machete de las palabras. Nuestra naturaleza es felizmente impura y salvaje.
– Te crees muy listo, muy agudo.
– Eso es que debo serlo -dice Johnny, y le da un sorbo al vaso hediondo por los restos de ceniza, lo apura hasta que se traga la colilla, blanda y pastosa, que se le queda atascada entre los dientes. Escupe hacia un lado-. Tú mismo.
– Ya. -Hipólito sonríe lánguidamente-. Siempre estás diciendo que eres muy inteligente, pero no lo demuestras, así que no te puedo desmentir. Por supuesto.
– ¡Este tío es un personaje de Gogol! -Johnny ríe estruendosamente-. ¿Has leído a Gogol, viejo?
– No me interesa ese tema -responde Hipólito, desairado-, porque yo ni soy uruguayo ni pienso serlo nunca.
– ¡Yo tampoco soy uruguayo, mira este boludo!
– Pues lo que seas.
– ¿Qué tienes tú en contra de mis hermanos uruguayos?
– Va, vaaa… ¡Ya está bien! -Los miras serio, un tanto deprimido. Pones esa cara. Penélope decía que, cuando te enfadabas, ponías cara de tener el alma muerta.
– Perdona, Ulises, tío.
– Sí, disculpa, viejo.
– ¿Por qué no hacéis las paces de una vez? ¿Por qué no os emborracháis juntos? Yo pago las copas. O mejor: ¿por qué no os acostáis juntos? Como solución, será para todos más rentable y mucho más barata. ¿O por qué no salís a la calle y os dais de una vez de puñetazos, hasta que os salten las muelas? -dices, pero no levantas la voz. Sabes que el efecto de una reprimenda es harto más terrible así, en voz baja. Pareces don Corleone. Un capo mafioso, duro, muy ronco y muy siciliano.
– Esto.
– Pues.
– Os dejo, muchachos. -Palmeas a la vez las dos espaldas de los contrincantes-. Amaos el uno al otro. Disfrutad de mi fiesta. Disfrutad de la vida, hermanos.
Y te largas de allí hacia otro lado.
LA LÍNEA DE SOMBRA
Ahora caminas en dirección a la puerta de salida. Tienes calor. Te molesta la chaqueta de lino. Pesa demasiado. Tomarías un poco del aire fresco de la calle. Te beberías la oscuridad del cielo anochecido. Sus infinitas líneas de sombra. Abril se te ha agarrado a la garganta, si te descuidas pueden brotarte flores por la boca.
Te dices a ti mismo que la noche es perfecta, que tienes suerte de estar vivo.
Pronto habrá, también, dinero en tu bolsillo. ¿No es eso lo que querías, Ulises? Has retomado el pulso de tu carrera, en palabras de ese sesudo crítico de la tele, tan formal y griposo, con el que has estado charlando un rato y que lleva el pelo como si se lo hubiera azotado el viento, sembrado de hebras de plata electrizadas.
Cuando entras de nuevo en la galería, te tropiezas de frente con ese otro tipo, con Francisco de Gey. Nunca te ha gustado su aspecto. Sus miradas arteras abren abismos en torno a él, agrietan el suelo que pisa. Tiene el aspecto de una emoción a medio sentir. De un caracol que arrastra por la vida una concha fracturada, tratando de ocultar la forma de su cuerpo al descubierto, y babeando enfurecido.
Se tambalea ante ti. No hay duda de que está borracho, aunque se desenvuelve con lucidez y cierta mansedumbre mal fingida.
– Nosotros los artistas… -dice-. Somos unos genios, joder. Todos queremos ser artistas porque todos queremos ser unos genios, y que los demás lo reconozcan a voz en cuello. Pero sólo unos pocos lo somos de verdad, ¿eh, Ulises? Entre ellos estamos tú y yo, ¿eh, Ulises? -Coge tu mano y la estrecha, más bien la sacude-. ¿Qué sería del mundo sin nosotros los artistas? ¿Eh, Ulises? ¿A dónde iría a parar este valle de lágrimas sin el consuelo del arte, sin el negocio del arte, a dónde, eh?
– Dímelo tú -respondes fríamente.
– A hacer puñetas. Se iría a hacer puñetas. Tú lo sabes, lo intuyes. Eres como yo. Los dos sabemos las mismas cosas. Somos unos elegidos. Los dos nos dedicamos con fortuna al arte. Tú pintas, yo escribo.
– ¿Escribes? ¿Desde cuándo?
– Huuum. Desde hace mucho, pero ahora soy oficialmente escritor. He acabado mi primera novela. ¡Y van a publicármela!
– Me alegro por ti -miras hacia otro lado, distraído.
De repente Francisco se pone triste. O confidente. 0… Bueno, quién sabe lo que sienten los caracoles.
– Mi novela está basada en hechos reales -te dice al oído. Por un segundo, sus labios rozan tu piel. Un frío marmóreo te recorre la nuca. Te rascas nerviosamente la oreja de alguna inmundicia invisible.
– No me digas.
– Es la historia de un tipo, un hombrecillo parecido a aquel que intentó quitarse la vida en la Academia de Vili, ¿recuerdas? -Su boca se abre con satisfacción. Su boca es un espacio inerte al que apenas consigue dar vida la lengua mientras se mueve sinuosamente al hablar. Muy sinuosamente-. Mi héroe es un tipejo que lo ha perdido todo, hasta las ganas de vivir. Y está basado en hechos reales, ¿lo pillas?
– No. Explícamelo mejor. Soy un poco lento comprendiendo. -Empiezas a estar más interesado en vuestra charla.
Llamas con la mano a un camarero, coges otro vaso de whisky para Fran. Dejas en la bandeja el suyo, casi apurado. Te sirves uno para ti.
– Mi editor cree que es una historia con carne. Está entusiasmado. Dice que se pueden ver los sentimientos de ese hombre, cómo se agitan, como si los estuviéramos contemplando desde la borda de un barco. Son sus palabras. Está entusiasmado.
– Qué maravilla.
– Ahí está el talento del artista, ¿verdad, Ulises? En saber sacar conclusiones de la realidad.
– Y tú las has sacado.
– Ya lo creo. Cuando lo conocí… -Hace una pausa para beber-. Lo conocí en El Retiro. En cuanto lo vi supe que era uno de esos pobres tipos perdidos.
– Lo conocías. Casi nadie en la Academia lo conocía.
– Yo sí. Fui yo quien lo llevó a la Academia.
– ¿De veras? Deberías habérselo contado a la policía. No lo hiciste, ¿o sí? -le preguntas.
– No, no lo hice. ¿Para qué? Se lo hubieran llevado igualmente al Hospital Psiquiátrico. Qué más da si yo lo conocía o no. Ahora él está encerrado en un manicomio, aunque no tardará mucho en salir. Todos los locos acaban en la calle hoy en día. El Estado no quiere hacerse cargo de los chiflados, ni de los delincuentes, ni de los menores conflictivos. En realidad, no quiere hacerse cargo de ninguna persona con problemas. Ese pobre hombre no le hizo daño a nadie. Sólo quería morir. Querer morir tampoco es una locura. Es tan legítimo como querer vivir. En mi novela él muere. -Fran sonríe torcidamente; en sus dientes hay un brillo amarillento-. Es lo único que he cambiado de su historia. Ya sabes, se trata de enganchar al lector. La muerte nos impresiona mucho más que la vida.
– ¿De veras? -le preguntas-. Qué curioso. A mí me ocurre justamente al contrario.
– También puede decirse que tú cambiaste su historia cuando le impediste matarse con aquella pistola.
– Su historia. Ya.
– Sí. Y mi historia.
– Siento haber cambiado tu historia, pero no su historia, si te refieres a eso -dices tú-. Si uno quiere suicidarse, debe hacerlo en privado, así puede impedir que alguien lo detenga.
– Todos dijeron que eras un héroe. En los periódicos hablaron de tus reflejos, de que eras boxeador y pintor, y un tipo muy guapo. Confieso que sentí incluso celos cuando leí aquello. Fui yo quien lo llevó a la Academia, no tú.
– La verdad, a mí esto… Yo sólo me paso la vida mirando. Me gusta verlo todo bien, y a él lo vi sacar el arma. Cualquiera hubiera hecho lo mismo que yo, le habría impedido disparar, sobre él mismo o sobre los demás.
– No, cualquiera no. No yo. Yo estaba atascado con mi novela y con mi matrimonio. Laura… Laura es mi mujer. Las cosas no iban bien entre nosotros, ya sabes. -Entrecierra los ojos, se concentra como si tratara de memorizar algo-. Yo sabía que ese hombre iba a hacer una cosa así de un momento a otro. Me lo había dicho varias veces. Incluso sabía que llevaba encima una pistola, pero no hice nada por ayudarlo. Estaba… Estar con él por las tardes era como ver una película real, un drama sólo para mí, que me hacía olvidar mis problemas. Ese hombre le dio sentido a mi vida durante semanas. Emoción y dolor gratuitos, ajenos, reales. Cuando lo veía, sentía compasión por él, y después asco. Me daban ganas de pisarlo, de abofetearlo. Su aspecto de debilidad, sus ojos suplicantes, su pequeña estatura… Él sacaba lo peor de mí mismo de dentro de mí mismo. Sacaba toda esa crueldad que todos llevamos dentro. Esa cosa que nos hace aplastar una lombriz, que no nos ha hecho nada, cuando nos cruzamos con ella en nuestro camino, arrastrándose.