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Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:

Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
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Y de ese modo el tema se dio por zanjado. No se habló mucho más al respecto y a principios del otoño de 1916, cuando afuera las hojas caían y el suelo comenzaba a endurecerse para afrontar el frío que se avecinaba, me encontré a solas en el salón de Riverton.

Había limpiado la chimenea, había vuelto a encender el fuego y estaba terminando de quitar el polvo. Había pasado el trapo por la tapa del escritorio, había repasado los bordes y había lustrado los herrajes de los cajones hasta verlos brillar. Eran las tareas rutinarias que se realizaban un día sí y otro no, con la regularidad del día que sucede a la noche, y aquella mañana no fue la excepción. Sin embargo, cuando mis dedos llegaron al cajón superior se rezagaron, deteniéndose en seco. Como si hubieran vislumbrado antes que yo el propósito furtivo que revoloteaba en mi pensamiento, se negaron a seguir con la limpieza.

Me senté un momento, desconcertada, incapaz de moverme. Entonces percibí los sonidos que me rodeaban. El viento arrastrando las hojas que chocaban contra las ventanas. El reloj sobre la chimenea marcando persistentemente los segundos. Mi respiración, acelerada por la expectativa.

Mis dedos, indefensos, temblaban. Suavemente, empecé a abrir el cajón.

Sólo entonces comprendí lo que me proponía hacer. Actuaba con lentitud, cuidadosamente, y al mismo tiempo observaba mis movimientos.

El cajón se desplazó hasta la mitad de sus guías, y al inclinarse su contenido se deslizó hacia adelante.

Me detuve. Escuché. Comprobé con alivio que seguía estando sola. Entonces miré en su interior.

Allí, debajo de un juego de plumas y un par de guantes estaba el álbum de recuerdos de lady Violet.

No tenía tiempo que perder. El cajón acusador estaba abierto, los latidos de mi corazón retumbaban en mis oídos. Saqué el álbum y lo apoyé en el suelo.

Pasé las páginas con fotografías, invitaciones, menús, anotaciones, observando las fechas: 1896, 1897, 1898…

Allí estaba: la fotografía de los habitantes de Riverton tomada en 1899. La imagen era similar; las proporciones, diferentes. Dos largas filas de sirvientes mirando al frente complementaban la primera fila, formada por los miembros de la familia: lord y lady Ashbury, el mayor con su uniforme, el señor Frederick -mucho más joven y menos ajado-, Jemina, y una mujer desconocida que supuse sería Penelope, la difunta esposa del señor Frederick. Ambas damas lucían el vientre abultado. Comprendí que uno de esos bultos era Hannah; el otro, el desdichado niño que un día moriría desangrado. Un niño solitario estaba en el extremo de la fila, junto a Nanny (que ya entonces era anciana). Un niño pequeño y rubio: David. Lleno de vida y de luz, felizmente inconsciente de lo que el futuro le deparaba.

Dejé que la mirada se dirigiera hacia las filas del personal de servicio. El señor Hamilton, la señora Townsend, Myra…

Contuve el aliento. Observé la mirada de una joven criada. No me equivocaba. No porque se pareciera a mi madre, sino porque, por el contrario, se parecía a mí. El cabello y los ojos eran más oscuros, pero la similitud era asombrosa. El mismo cuello largo, el mentón con un hoyuelo, las cejas curvadas que sugerían un estado de permanente reflexión.

Sin embargo, lo más sorprendente, mucho más que nuestro parecido, era que mi madre sonreía. Pero no con una sonrisa alborozada o formal. Era más sutil, apenas un gesto trémulo, que alguien que no la conociera podría interpretar como un simple efecto de la luz. Pero yo sabía descifrarla. Mi madre sonreía para sus adentros. Como quien tiene un secreto.

Te pido disculpas por la interrupción, Marcus, pero he tenido una visita inesperada. Estaba aquí sentada, admirando los claveles, hablándote sobre mi madre, cuando llamaron a la puerta. Supuse que sería Sylvia, que venía a hablarme sobre su amigo, o a quejarse por alguno de los otros residentes, pero en cambio era Ursula, la cineasta. Seguramente ya te he hablado de ella.

– Espero no molestarla -declaró Ursula.

– No -respondí, dejando mi walkman.

– No voy a quitarle mucho tiempo. Estaba por el vecindario y me pareció mal volver a Londres sin pasar a verla.

– Ha estado en la casa.

Ella asintió.

– Hemos estado rodando una escena en los jardines, la luz era magnífica.

Le pregunté de qué escena se trataba, sentía curiosidad por saber qué parte de la historia habían reconstruido.

– Era una escena romántica, un cortejo, en realidad, una de mis favoritas -afirmó sonrojándose y meneó la cabeza haciendo que su flequillo cayera como un telón-. Sé que es una tontería. Yo escribí el guión, sabía que las palabras eran simples letras negras sobre papel blanco, garabatos que corregí cientos de veces, pero aun así me conmovió escucharlas de boca de los actores.

– Es una romántica -señalé.

– Supongo que sí -confesó, inclinando la cabeza-. Es ridículo, ¿verdad? No conocí al verdadero Robbie Hunter. Creé una semblanza de él a partir de su poesía, de lo que otros han escrito sobre su persona. Sin embargo, descubro… -en este punto Ursula se interrumpió y levantó las cejas, el gesto parecía indicar que reprobaba su propia actitud- que estoy enamorada de un personaje que yo misma he inventado.

– ¿Y cómo es su Robbie?

– Apasionado, creativo, leal -explicó mientras reflexionaba apoyando el mentón en la mano-. Pero creo que lo más admirable es su esperanza. Esa esperanza crispada. La gente dice que era un poeta de la desilusión, pero yo no lo creo. Siempre he encontrado algo positivo en sus poemas. El modo en que era capaz de encontrar la esperanza en medio de los horrores. -Ursula meneó la cabeza, entrecerrando los ojos con empatía-. Tiene que haber sido imposible expresarlo con palabras. Un joven sensible en medio de un conflicto tan devastador. Es un milagro que algunos de ellos pudieran reanudar su vida, volver al lugar de partida, amar otra vez.

– Una vez fui amada por un hombre así -confesé-, que también fue a la guerra, y con quien me escribía. A través de sus cartas comprendí lo que sentía por él. Y lo que él sentía por mí.

– ¿Había cambiado cuando regresó?

– Oh, sí -reconocí suavemente-. Nadie regresó igual a como se había ido.

– ¿Cuándo murió su esposo?

Tardé un momento en comprender a qué se refería.

– Oh, no -aclaré-, no era mi esposo, Alfred y yo nunca nos casamos.

– Lo siento, pensé…

Ursula fue hacia la fotografía de boda que estaba en mi tocador.

– Ese no es Alfred, es John, el padre de Ruth. Él sí fue mi marido. Aunque Dios sabe que cometimos un error al casarnos.

Ursula enarcó las cejas como interrogándome.

– John era un excelente bailarín de vals, y un magnífico amante, pero no un buen esposo. Diría que yo tampoco fui una buena esposa. Nunca tuve interés en casarme, no estaba en absoluto preparada para hacerlo.

Ursula se puso de pie y cogió la fotografía. Pasó el índice distraídamente por la parte superior.

– Era muy apuesto.

– Sí. Ese era su atractivo, supongo.

– ¿También él era arqueólogo?

– No, por Dios, John era funcionario.

Ursula dejó la fotografía en su lugar y me miró.

– Creí que se habían conocido en el trabajo, o en la universidad.

Negué con la cabeza. En 1938, cuando nos conocimos, si alguien hubiera sugerido que algún día yo iría a la universidad y me convertiría en arqueóloga habría llamado a un loquero. Trabajaba en un restaurante, el Lyons' Corner House, en el Strand, donde servía incontables platos de pescado frito a incontables clientes. La señora Havers regentaba el lugar, y le gustó la idea de contratar a una mujer. Solía decir a quien quisiera oírla que nadie sabía pulir los cubiertos tan bien como las jóvenes que provenían del servicio doméstico.

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