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Clara y la penumbra

Электронная книга - «Clara y la penumbra». Краткое содержание книги:

En los circuitos internacionales del arte está en auge la llamada pintura hiperdramática, que consiste en la utilización de modelos humanos como lienzos. El asesinato de Annek, una chica de catorce años que trabajaba como cuadro en la obra Desfloración, en Viena, pone en guardia a la policía y al Ministerio de Interior autriaco, que son presionados por la poderosa Fundación van Tysch para que no hagan público el crimen, ya que la noticia desencadenaría el pánico entre sus modelos y la desconfianza entre los compradores de pintura hiperdramática. Y mientras tanto, Clara Reyes, que trabaja como lienzo en una galería de Madrid, recibe la visita de dos hombres extranjeros que le proponen participar en una obra de carácter duro y arriesgado; el reto empieza en el mismo momento de la oferta, ya que la modelo debe ser esculpida también psicológicamente. De esta forma, Clara entra en una espiral de miedo y fascinación, que envuelve también al lector y lo enfrenta a un debate crucial sobre el valor del arte y el de la propia vida humana.
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Una pregunta subsiste: ¿fueron ellos? El asesino de Helga Blanchard y su hijo no había sido atrapado aún. Díganme, por favor: ¿fueron ellos?

– Cuando se sepa la respuesta a esta pregunta nuestro precio bajará -afirmó uno de los Walden a un conocido crítico de arte alemán.

Y las muecas de Hubertus y Arnoldus permanecen tensas y rojizas, los carrillos abultan como hematomas de colorete y en sus ojos arden rescoldos de pasadas orgías.

En aquel momento terminaban de acicalarse y se ponían a disposición de un nada habitual equipo de agentes especiales.

– El Arte es así, señorita Schimmel. El Arte con mayúsculas, me refiero… Yo no pido: es el Arte el que pide y ustedes tienen la obligación de complacerlo. -Hubertus le hizo un guiño a su hermano, pero Arnoldus estaba escuchando música a través de los microauriculares y no lo miraba-. Sí, de pelo platino… Me da igual si le resulta muy difícil conseguirlo para esta noche… Lo queremos de pelo platino, señorita Schimmel, no discuta, estúpida… Fru, buuuzzz, zrriiii, zruzruzruuu… Qué lástima, señorita Schimmel, hay interferencias, tengo que colgar… -La lengua de Hubertus aparecía y desaparecía en sus minúsculos labios con gracia y velocidad reptilescas-. Przzzzz, zuuummm… ¡No la oigo, señorita Schimmel…! Espero que sea rubio platino. En caso contrario, preséntese usted misma… Puede traer una gabardina, pero nada más debajo… Zzzzzzzzzssssss… ¡Tengo que colgar! Auf Wiedersehen!

– ¿Con quién hablabas? -preguntó Arnoldus, bajando el volumen de sus microauriculares.

– Con esa imbécil de Schimmel. Siempre está poniendo inconvenientes.

– Deberíamos quejarnos al señor Benoit. Que la pongan de patitas en la calle.

– Que la hagan mendigar en una esquina.

– Que la prostituyan.

– Que la encadenen, le aten un collar, le inyecten la antirrábica y nos la regalen.

– No, no quiero perras. No me gusta limpiar caquitas. Oye, Hubertus.

– Dime, Arnoldus.

– ¿Crees que somos felices?

Durante un instante, ambos hermanos contemplaron el techo oscuro de la furgoneta, por el que se deslizaba el luminoso ciclorama de la noche de Munich.

– Es difícil saberlo -dijo Hubertus-. La eternidad es una gran tragedia.

– Además, dura para siempre.

– Por eso es una gran tragedia -concluyó Hubertus.

Trémulos, espejeantes, los cristales del hotel Wunderbar se reflejaron en la carrocería de la furgoneta cuando ésta se detuvo frente a la entrada. Los cuatro agentes se distribuyeron en lugares estratégicos. Saltzer, el jefe de la escolta, hizo una señal y uno de sus hombres introdujo la cabeza por la puerta trasera abierta y dijo algo. Ceremonioso, Hubertus Walden depositó su anatomía en la acera, frente a un pasillo de porteros engalanados. A Arnoldus se le enganchó la chaqueta en la manija. Tiró con fuerza y rasgó el bolsillo. Qué importaba. Tenía alrededor de un centenar confeccionadas por el mismo sastre, y además podía usar las de su hermano.

El agente de Seguridad encendió las luces del vestíbulo de la suite mediante un mando a distancia. Una música ambiental emergió de ocultos rincones con la sinuosa elegancia de un pez morena.

– Todo normal en el vestíbulo, cambio -dijo. Se dirigía al pequeño micrófono colocado bajo sus labios.

El salón contenía la piscina climatizada, el bar y el óleo de Gianfranco Gigli, un discípulo de Ferrucioli bastante prometedor que, por desgracia, había muerto dos años antes de una sobredosis de heroína. Debido a ello, su escasa obra (figuras andróginas enmascaradas vestidas con mallas de bailarín) se había revalorizado. El cuadro de Gigli se recostaba en el suelo cerca de la piscina como una sedosa pantera negra. La máscara poseía los rasgos imprescindibles. Toda la figura estaba orlada por la móvil telaraña de luz de los reflejos del agua. El lugar olía a maderas nobles y cloro y la temperatura era mucho más suave que en el resto de la suite.

– Todo normal en el salón, cambio.

La voz del agente siguió resonando por el laberinto de habitaciones. Hubertus se había encaminado hacia la barra de acero del bar y estaba sirviendo champán. Arnoldus intentaba en vano alcanzar sus zapatos. Se ilusionaba pensando que algún día podría tocarse los pies. Esta incomodidad acabó por agriar del todo su humor.

– Jamás entenderé -estalló con repentina suavidad (nunca elevaba la voz)- por qué el señor Benoit no nos ofrece adornos de ayuda para las giras. Estoy hasta el culo de tanto esfuerzo.

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