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Clara y la penumbra

Электронная книга - «Clara y la penumbra». Краткое содержание книги:

En los circuitos internacionales del arte está en auge la llamada pintura hiperdramática, que consiste en la utilización de modelos humanos como lienzos. El asesinato de Annek, una chica de catorce años que trabajaba como cuadro en la obra Desfloración, en Viena, pone en guardia a la policía y al Ministerio de Interior autriaco, que son presionados por la poderosa Fundación van Tysch para que no hagan público el crimen, ya que la noticia desencadenaría el pánico entre sus modelos y la desconfianza entre los compradores de pintura hiperdramática. Y mientras tanto, Clara Reyes, que trabaja como lienzo en una galería de Madrid, recibe la visita de dos hombres extranjeros que le proponen participar en una obra de carácter duro y arriesgado; el reto empieza en el mismo momento de la oferta, ya que la modelo debe ser esculpida también psicológicamente. De esta forma, Clara entra en una espiral de miedo y fascinación, que envuelve también al lector y lo enfrenta a un debate crucial sobre el valor del arte y el de la propia vida humana.
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Se dio la vuelta, mecido en terciopelo tibio.

Fue entonces cuando se percató de que la obra de Gigli se había movido.

– … Croce e delizia… delizia al cooor…

Una miopía de gotas de agua invadió sus ojos. Se los frotó. Miró de nuevo.

– Croce, croce e delizia, croce e delizia… delizia al cooooor…

El cuadro, una sombra flexible con máscara negra, la silueta de un esgrimidor de luto, caminaba con lentitud hacia la barra del bar. Lo hacía con tanta naturalidad que, al pronto, Hubertus pensó que quería simplemente echar un trago. «¡Pero no puede! -comprendió entonces-. ¡Ahora mismo es obra de arte! ¡No puede moverse!»

– ¿Qué haces? -preguntó. Elevó tanto la voz que al final soltó un gallo.

La obra de Gianfranco Gigli rodeó la barra sin contestar, se agachó y sacó algo. Un maletín. Volvió a dar la vuelta, se situó a espaldas de Hubertus y soltó los cierres metálicos, que sonaron a disparo en el inmenso y casi silencioso salón (ah, aaaah, ah-ah-ah-aaaaaaahhh, tremolaba la remota voz de Arno).

Hubert pensó en llamar a su hermano, pero titubeaba. La curiosidad lo mantenía callado. Desplazó su enorme anatomía hasta el borde curvo de la piscina. El Gigli manipulaba un objeto sobre la mesa. ¿Qué era? Algo que había extraído del maletín, sin duda. Ahora lo dejaba a un lado y cogía otra cosa. Lo hacía todo de forma tan delicada, tan suave, tan pulcra, que Hubertus, por un instante, aprobó su conducta. Nada había más placentero para él que la sutil delicadeza de las formas: un bailarín; un niño; una tortura.

Dedujo que tenía que tratarse de un retoque de Gigli. Quizás el pintor había decidido convertir la obra en una acción no interactiva. Desde luego, aquello tenía que ser arte. En el mundo del arte todo es válido y nada posee un significado intrínseco. Las cosas son arte porque sí, porque los artistas lo deciden y el público lo admite. Hubertus recordaba una obra de Donna Meltzer, Reloj, que giraba atada a la pared a un ritmo horario sobre un fondo de terciopelo, pero la artista había decidido que atrasaría todos los días diez minutos y se pararía al cabo de dos semanas. Los cuadros no siempre hacen lo mismo. Algunos evolucionan siguiendo un patrón diseñado por su creador. ¿Y éste? Había cambiado. Nuevas instrucciones, sin duda. ¿Para simbolizar qué? ¿La sociedad mecanizada (por eso sacaba aquellos extraños artilugios)? ¿El símbolo de la autoridad (una pistola)? ¿Los mass media (una grabadora portátil y una cámara de vídeo en miniatura)? ¿La violencia (un juego de instrumentos punzantes)? De todo un poco, quizá. Lo que Gigli quisiera. Al fin y al cabo, él era el pintor y el único que podía…

De repente recordó que Gianfranco Gigli llevaba muerto más de dos años.

Sobredosis de heroína, se lo habían dicho en el hotel cuando le mostraron el cuadro.

– … deliziaaa aaaal coooooooooor… ah-ah-ah-ah-aaaaaaaaaahhhhhh…

Se quedó quieto, con las manos en el borde de mármol de la piscina y el cuerpo sumergido hasta la mitad. Un hormiguero de gotas descendía por su cabeza y su torso. Parecía una montaña de cera que estuviese derritiéndose. ¿Era posible que una obra se retocara a sí misma después del fallecimiento de su creador? Y en caso afirmativo, ¿debía considerarse al resultado obra póstuma o falsificación? Curiosas preguntas.

Y de repente, Hubertus dejó de preocuparse por las actividades de la figura de Gigli («al diablo con lo que esté haciendo») y experimentó una brutal crisis de felicidad. La sensación recorrió tres trillones de moléculas de grasa corporal y produjo en su cerebro un torbellino semejante a un poderoso orgasmo. Se extasió con la dicha de pertenecer a aquel mundo complejo, aquella existencia que sólo raramente (si alguna vez sucedía) tenía explicación o podía describirse con palabras, el secreto e incesante manantial dorado, el selecto círculo al que pertenecían todos, la figura de Gigli, Van Tysch, la Fundación, ellos mismos y unos cuantos elegidos más (bueno, excluyamos a la triste figura de Gigli, que debía renovarse para seguir siendo actual), aquella vida maravillosa que les permitía gozar de sus fantasías y constituir materia de fantasía para otros. Incluso ser tan abrumadoramente gordo era una ventaja en aquel mundo. Ser tan monstruoso como un monstruo, comprendía Hubertus, podía trascender los límites de la realidad cotidiana y convertirse en símbolo, res del arte, arquetipo, filosofía y meditación, teorías y debates. Bendito seas, mundo. Bendito seas, mundo. Benditos tu poder y tus posibilidades. Benditos también todos tus secretos.

El cuadro de Gigli parecía haber terminado por fin con los preparativos, fueran éstos los que fuesen. Dio media vuelta con calma absoluta y se dirigió hacia otro lugar, otro destino inexorable dictado por un artista muerto. Hubertus lo contemplaba expectante. «¿Hacia dónde? Oh, ¿hacia dónde diriges ahora tus armónicos pasos, divina y resplandeciente criatura?», se preguntaba Hubertus Walden.

Invadido de armonía planetaria, demoró un instante en comprender que la obra se dirigía ahora hacia él.

A Arnoldus, de niño, lo atacaba un tigre.

Infalible, preciso, poderoso, mortífero. Un tigre negro de ojos llameantes nacido de sus sueños. Era su pesadilla, su terror de la infancia. Gritaba y despertaba a Hubertus y, de manera inevitable, el ataque felino terminaba convirtiéndose en el cinturón de su padre trazando arabescos al desplomarse una y otra vez sobre su culo desnudo. («No quería gritar, papá, por favor, en serio, créeme, es que no pude evitarlo.») A su padre lo único que le molestaba eran los gritos. «Haced lo que queráis, pero no gritéis», les había ordenado siempre, era su obsesión perenne.

A diferencia de su hermano, Arnoldus no creía haberse resarcido. Opinaba que la vida es un comercio que cada día cambia de dueño y nunca te devuelve lo que has pagado de más. Ahora eran inmensamente ricos, eso era cierto. Estaban considerados una obra de arte de incalculable valor. El señor Robertson, que muy bien podía terminar convirtiéndose en su nuevo papá, los amaba: Arno sabía que a Robertson nunca se le ocurriría azotarlo con el cinturón si lo oía gritar en medio de la noche mientras la saliva amarga de su peor pesadilla se derramaba sobre su rostro. Ahora eran adorados, respetados y admirados como grandes cuadros. Pero ¿acaso aquella nueva vida iba a regalarles la infancia feliz de la que habían carecido? La consideración mundial de la que gozaban, ¿sería retroactiva? ¿Lograría transformar, de alguna manera, los malos recuerdos en buenos? No, ni siquiera transformaba las costumbres. Arnoldus, de adulto, tampoco gritaba. El tigre había muerto, su papá también, pero la vida nunca te devuelve nada.

Escuchando los chapoteos de su hermano en la piscina, Arnoldus arrolló una toalla sobre su descomunal cintura e inició frente al espejo una danza del vientre. Teniendo en cuenta la parte de su anatomía que las protagonizaba, aquellas danzas eran para Arno algo más que simple entretenimiento: llegaban a convertirse en una especie de sutil intento de comprender el universo. La música, silbante, seudoegipcia, provenía de sus labios. Chasqueaba los dedos mientras se movía. Oh, dulce hurí, ¿me complacerás esta noche? Mirando estos dedos de porcelana -piensa mientras lanza la barriga, zas, a un lado, zas, a otro- nadie sospecharía la presencia de esta bolsa de intestinos abyectos que cuelga del centro, esta anaconda hambrienta y enrollada dentro de un saco, este grueso cabo de cuerda marinera envuelto en grasa. ¿Era posible ser tan gordo? «Dios mío, ¿qué has hecho conmigo?» Su madre le contaba (bueno, quizá fuera su padre) que había gritado cuando los vio llegar al mundo, cuando vio aquellas fantásticas hermosuras, aquellas criaturas engendradas con más carne que su propia carne. «¡Ah!», había exclamado la señora Walden. Y su padre (eso les contó ella también), igualmente horrorizado, la regañaba:

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