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Clara y la penumbra

Электронная книга - «Clara y la penumbra». Краткое содержание книги:

En los circuitos internacionales del arte está en auge la llamada pintura hiperdramática, que consiste en la utilización de modelos humanos como lienzos. El asesinato de Annek, una chica de catorce años que trabajaba como cuadro en la obra Desfloración, en Viena, pone en guardia a la policía y al Ministerio de Interior autriaco, que son presionados por la poderosa Fundación van Tysch para que no hagan público el crimen, ya que la noticia desencadenaría el pánico entre sus modelos y la desconfianza entre los compradores de pintura hiperdramática. Y mientras tanto, Clara Reyes, que trabaja como lienzo en una galería de Madrid, recibe la visita de dos hombres extranjeros que le proponen participar en una obra de carácter duro y arriesgado; el reto empieza en el mismo momento de la oferta, ya que la modelo debe ser esculpida también psicológicamente. De esta forma, Clara entra en una espiral de miedo y fascinación, que envuelve también al lector y lo enfrenta a un debate crucial sobre el valor del arte y el de la propia vida humana.
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– Uf, ya está. -Mientras tomaba una muestra con el dedo (rosa carne, como los otros, era difícil percibir la diferencia), volvió a hablarle-: ¿Habías estado antes en Amsterdam?

– Sí. -Recordó un viaje que había hecho años atrás junto a Gabi Ponce, una aventura de mochilas y zapatos gastados-. Vi varias obras de Van Tysch en el Stedelijk.

Sintió la raya de pintura fría: la primera de una nueva hilera bajo su ombligo.

– ¿Te gusta Van Tysch? -preguntó Gerardo.

Mantenía el dedo sobre su vientre. ¿Había un destello de burla en aquellos ojos oscuros?, se preguntó ella.

– Me fascina. Creo que es un genio.

– Ahora calladita. Así… Ya está. Te dejo un ratito mientras se secan éstas, ¿okay…? Hace un día bello. ¿Sabes dónde estamos? En uno de los cottages que utiliza la Fundación para el trabajo con lienzos. Se encuentra al sur de Amsterdam, cerca de una ciudad llamada Woerden y a muy poca distancia de Gouda. Ya sabes, Gouda. Los quesos, hummm. ¿Conoces la zona? -Clara negó con la cabeza-. Hay algunos lagos preciosos más al sur, tienes que verlos. -Miró un rato por la ventana y entonces dijo algo que a ella le sorprendió-: Allá, entre los árboles hay un paisaje bien bonito. Quedarías divina allá colocada, entre esos árboles, pintada en color carne y rosa clarito. -Señalaba un punto que Clara no podía contemplar desde su postura horizontal.

– ¿Me vas a pintar tú? -preguntó ella.

Le gustó la franca sonrisa que él le dirigió. Tenía, quizá, la boca demasiado grande, pero aquella sonrisa expresaba una alegría radiante.

– Amiguita, yo soy sólo un assistant, lo dice mi tarjeta. Justus es assistant también, pero senior. Quiero decir que somos parte del fondo de la foto. Y ni siquiera aparecemos al lado de los grandes en las ruedas de prensa…

– ¿Me va a pintar Van Tysch?

Gerardo se despojaba de los guantes y los arrojaba en una bolsa. Clara no pudo observar su rostro mientras respondía.

– Todo a su debido tiempo, amiguita. La impaciencia no es buena para un cuadro.

En ese instante sucedió algo. Llegó Uhl y empezó a hablar acaloradamente con Gerardo. Sus palabras revelaban disgusto. El joven enrojeció y retrocedió unos pasos. A ella le pareció que Uhl era el mandamás y que quizás había regañado a su ayudante por hablar demasiado con ella, que sólo era un lienzo. Entonces Uhl se volvió y contempló el cuerpo de Clara tendido sobre la cómoda. Clara le devolvió la mirada con inquietud. Le desagradaba profundamente el escrutinio de aquellos ojos remotos al fondo del túnel de vidrio de las gafas. Lo vio alzar un dedo como una navaja y aproximarlo a su vientre. Se propuso no moverse ni un milímetro a menos que le dijeran lo contrario. Contrajo los músculos y aguardó. «¿Qué va a hacer éste ahora?»Sintió el contacto áspero del dedo de Uhl deslizándose sobre su piel imprimada. No llevaba guantes, era el primero que la tocaba con la mano desnuda. El dedo trazaba una línea descendente. Clara ignoraba si aquello tenía alguna finalidad práctica o era una manera de distraerse mientras pensaba. Notó el dedo rodeando su sexo y se movió ligeramente sin poder evitarlo. El dedo dibujaba líneas invisibles. La sensación no llegaba a excitarla pero asediaba su excitación. Contrajo los músculos del vientre y siguió rígida. El dedo ascendió y escribió un ocho horizontal -o el símbolo del infinito- alrededor de sus senos. Siguió subiendo por su cuello, su barbilla. Ella no respiraba. Se detuvo en su boca, separó sus labios. Clara colaboró apartando los dientes. El irritante huésped buscó su lengua. Entonces, como si ya hubiera comprobado todo lo que deseaba, se retiró.

La dejaron sola. Los oyó charlar en el porche despreocupadamente.

¿Qué significado había tenido aquella exploración de Uhl? ¿Era una forma de valorar la textura de su piel? No lo creía. Se había sentido bastante incómoda durante el examen.

Cuando sonó el temporizador, Gerardo regresó a su campo visual con guantes de caucho nuevos y cogió otro bote de pintura.

– Justus es el jefe -susurró-. Es un poco especial, ya lo irás conociendo. ¿Cuál viene ahorita? Ah, sí, el tono 36.

A mediodía la llamaron a comer. Tenía la bandeja sobre la mesa de la cocina, plastificada como las de los aviones. Contenía un sándwich de pollo y verdura, un yogur, un zumo de Aroxén y medio litro de agua mineral. Comió sola (ellos habían decidido comer en el porche), descalza y desnuda, con una empalizada de veinticinco líneas en color rosa carne pintadas en su vientre y numeradas. Tras un rápido paso por el aseo, la tarde prosiguió sin pausas. Le pintaron otras cuarenta rayas, esta vez en la espalda. El calendario de un náufrago. Las últimas ascendieron por la curva de sus nalgas. Se marchaban, regresaban para ver el efecto, a veces tomaban fotos. Clara intentaba convencerse a sí misma de que todo aquello era un preámbulo, de que al día siguiente las cosas serían distintas. No quería admitir que la primera jornada de trabajo en la Fundación le estaba resultando decepcionante.

En un momento dado, oscureció. Y ella todavía no había visto el paisaje que la rodeaba.

– Esta noche no te duches ni te pongas nada encima de las líneas -indicó Gerardo-. Te acuestas en el colchón boca arriba con el temporizador al lado. El temporizador sonará cada dos horas. Cada vez que suene te das la vueltecita, como una tortilla de papas.

– Ajá, muy bien.

– Mañana, a primera hora, regresamos.

– Ajá.

– La cena está en la cocina. Y recuerda: cuando oigas el temporizador, zas, te das la vuelta. -Movía las manos.

– Como la tortilla de papas -dijo Clara.

– Exacto.

Los ojos de Gerardo brillaban mientras sonreía. Se oyó la llamada de Uhl. El joven desapareció velozmente.

Sucedió en plena noche, durante el segundo aviso del temporizador.

Clara, bocabajo sobre el colchón, despertó de su ligera duermevela. Mientras se daba la vuelta con ojos somnolientos percibió que el color de la oscuridad se transformaba.

Fue algo muy fugaz, un parpadeo. Giró la cabeza y miró hacia la ventana del dormitorio, a su izquierda. Sólo veía sombras, líneas de árboles y ramas, pero estaba segura de que un instante antes aquellas sombras habían sido distintas. Se incorporó, y sus codos hundieron el colchón. Contuvo el aliento. Escuchó. ¿Se oían pasos en la hierba, junto a la ventana? Era difícil saberlo, porque los árboles se azotaban entre sí a golpe de viento.

Rastreó las tinieblas con la mirada. Observó sus piernas desnudas y extendidas como líneas paralelas. En la habitación sólo había tres objetos: ella, el temporizador y el colchón. El temporizador, a su espalda, desgranaba los segundos.

Se levantó y avanzó con tímidos pasos hacia la ventana. La oscuridad era completa. «Es increíble lo que puede llegar a impresionar una oscuridad como ésta en medio del campo», pensó. Su piel quiso vestirse con la malla del miedo, pero la tersura de la imprimación impedía que se erizara. La ventana era un mundo de líneas negras. Se acercó al cristal. Un monstruo de facciones amarillas flotó ante sus ojos una fracción de segundo, pero ella ya esperaba que el cristal la reflejara y no se asustó.

Afuera no había nadie, o al menos ella no podía verlo. Escuchó. El viento movía las ramas.

Se protegió el cuerpo con los brazos y regresó al colchón. Se acostó boca arriba. Su corazón sonaba como un mazo dentro de sus oídos.

Recordó la tarde en que había salido de su casa para ser imprimada. La sensación que acababa de tener había sido similar a la de entonces, sólo que mucho más intensa.

Le había parecido que alguien la había estado observando desde la ventana justo antes de que sonara el temporizador.

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