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La guerra de los enanos

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La guerra de los enanos
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—¡La bruja ha dejado el campamento!

—¿Qué nos ha dejado? —repitió él, en la cumbre de la desesperación.

Tras espiar a su hermano con una hostilidad más penetrante que su templado acero, el fornido luchador salió precipitadamente del lóbrego refugio. Invadieron los tímpanos de Raistlin sus imperiosas demandas, las explicaciones de sus subordinados.

Resuelto a no escuchar tan molesto vocerío, el archimago cerró los ojos y suspiró. Caramon había perdido una espléndida oportunidad de matarle.

Delante de él, extendiéndose en una línea recta y angosta, el rastro de su arcano antecesor lo guiaba de manera inexorable.

4

La fuga de Crysania

Caramon había alabado su pericia como amazona, y, sin embargo, hasta que abandonara Palanthas en compañía de Tanis el Semielfo, en un viaje que había de conducirla al bosque mágico de Wayreth, Crysania no había estado cerca de un caballo más que cuando paseaba en uno de los elegantes carruajes de su padre. Las mujeres de su ciudad no cabalgaban, ni siquiera por placer, pese a ser ésta una costumbre muy extendida entre las otras habitantes de Solamnia.

Pero todo aquello fue en su vida anterior. La sacerdotisa sonrió pesarosa mientras, a la grupa de su corcel, hundía los talones en sus flancos para hostigarlo a mudar su trotecillo por un raudo galope. ¡Cuán lejana estaba su otra existencia!, ¡cuán distante!

Agachó la cabeza a fin de esquivar unas ramas suspendidas a escasa altura y prosiguió la marcha, sin mirar atrás en ningún momento. Confiaba en que sus perseguidores tardarían en emprender la búsqueda, ya que Caramon debía atender a los emisarios y no osaría enviar a sus soldados sin ponerse él al frente. ¡No para perseguir a una bruja!

De pronto estalló en carcajadas. «¡No puede negarse que ése es el aspecto que ofrezco!», pensó.

No se había molestado en cambiar su harapiento atavío por otro más acorde con su condición. Al encontrarla el general en la espesura, había atado sus jirones mediante retazos de su propia capa y, además, su vestido perdió tiempo atrás su inmaculada blancura, después de exponerlo en su periplo al polvo, al barro y a la intemperie, hasta tomar una tonalidad grisácea. Ajados y sucios, llenos de salpicaduras, los pliegues revoloteaban en torno a su figura como plumas marchitas. Su cabello era un amasijo de greñas. Apenas veía a través de los enredos.

Cuando salió del bosque, tiró de las riendas de su cabalgadura a fin de estudiar las anchas llanuras herbáceas que se desplegaban ante sus ojos. El animal, habituado a un lento avance en las filas del multitudinario ejército, resoplaba excitado tras tan inusitado ejercicio. Todos sus instintos lo incitaban a seguir, a correr, movía la cabeza y las patas de un lado a otro, anhelante de ceder a la invitación de aquellas planicies que parecían no tener fin. Crysania hubo de acariciarle la testuz con objeto de calmarlo.

—Vamos, pequeño —le ordenó al rato, y le dio libertad de acción.

Con un relincho, el equino enderezó las orejas y se lanzó brioso, exultante en pos del campo. Aferrada a su crin, también la dama se abandonó al goce que le proporcionaba haberse deshecho de sus ligaduras. El tibio sol vespertino constituía un grato contraste para los aguijones que el viento clavaba en su piel. El ritmo trepidante del galope y el atisbo de miedo que siempre le produjo montar ensanchaban su maltrecho corazón.

Mientras así viajaba, se cristalizaron sus planes en su mente, más concisos y perfilados que el canto de un mineral. Ante ella el territorio se oscurecía bajo las sombras de un bosque de pinos; a su derecha, los nevados picos de los montes Carnet refulgían al reverberar en su albo manto los haces solares. Después de dar un brusco tirón de las riendas y, de este modo, recordar al animal que era ella quien mandaba, lo obligó a aminorar la desenfrenada marcha y lo guió en dirección a la lejana espesura.

Hacía casi una hora que Crysania se había fugado del campamento cuando Caramon consiguió salvar el compromiso que le impedía darle alcance. Como había previsto la sacerdotisa, tuvo que explicar la situación a los emisarios y asegurarse de que su partida no les causaría ofensa. Tales preliminares le ocuparon bastante tiempo, porque el hombre de las Llanuras apenas hablaba la lengua común y no comprendía en absoluto la enanil, y su achaparrado colega, aunque no hallaba dificultad en expresarse en el idioma del general —razón por la que había sido elegido para su cargo— no desentrañaba su «extraño» acento y le rogaba una y otra vez que repitiera sus frases.

El guerrero intentó informarles de la auténtica identidad de Crysania y la compleja relación que mantenían. Pero ninguno de sus oyentes dio muestras de asimilar los detalles y, desazonado, el narrador se limitó a contarles lo que de todos modos acabarían por susurrarles confidencialmente, que era su mujer y había huido de su lado.

El bárbaro asintió. Las féminas de su tribu, notorias por su carácter salvaje, se mostraban a menudo tentadas de cometer actos parecidos, y el robusto mensajero recomendó al general que, en cuanto atrapara a la prófuga, le rapara la cabeza en castigo a su desobediencia. El enano quedó perplejo al oír tales historias de deslealtad, dado que las hembras de su raza antes se rasurarían las sagradas patillas que abandonar casa y esposo. Pero estaba entre humanos. No cabía esperar sino reacciones absurdas.

Los dos enviados desearon a Caramon un feliz desenlace y se dispusieron a disfrutar de las amplias provisiones de cerveza. Aliviado por su comprensiva actitud, el general corrió en busca de Garic a fin de cerciorarse de que le había ensillado un caballo y lo tenía a su disposición.

—Hemos descubierto su rastro, general —anunció el joven caballero—. Tomó la ruta del norte, por un angosto sendero que se interna en el bosque. Monta un corcel muy rápido. Debo admitir que supo seleccionar uno de los mejores —añadió sin ocultar su admiración—. Aun así, no creo que llegue lejos antes de que la alcances.

—Gracias, Garic —dijo el hombretón mientras se encaramaba a la grupa del equino—. ¿Qué significa esto? —vociferó, mudando su tono al percatarse de que había otro preparado—. He manifestado con total claridad mi propósito de ir solo…

—He resuelto acompañarte, hermano —declaró alguien en la penumbra.

El guerrero dio media vuelta en el instante mismo en que el archimago salía de su tienda, ataviado con su negra capa y las botas que solía calzarse en las largas expediciones. Caramon gruñó en franco desacuerdo, mas Garic se hallaba ya junto al intruso para, solícito y respetuoso, ayudarle a montar sobre su animal preferido, una criatura de pelambre azabache y nervio vivo. Sabedor de que su gemelo no se atrevería a vituperarle en presencia de sus hombres, Raistlin exhibió ante él una mueca irónica y subrayó su triunfo mediante los destellos maléficos que arrancaba el sol de los arcanos espejos de sus pupilas.

—No debemos entretenernos, el tiempo apremia —rezongó el general cuya cólera, pese a su esfuerzo en disimularla, era patente—. Garic, quedarás al mando hasta mi regreso. Cuida de que se agasaje a los huéspedes y ordena a los campesinos que reanuden sus prácticas en el campo de adiestramiento. Han de clavar sus lanzas en los muñecos de paja, no hacerse cosquillas entre ellos.

—Me ocuparé de todo, señor —respondió el aludido, con grave ademán, saludándolo a la manera tradicional de su Orden.

El recuerdo de Sturm Brightblade surcó como un relámpago la mente del hombretón y, con él, afloraron imágenes de su juventud, de los días en que su hermano y él viajaban al lado de sus amigos, de Tanis, Flint y el propio Sturm. Temeroso de delatar la emoción que lo embargaba, azuzó a su caballo y se alejó presto del campamento.

Sin que pudiera evitarlo, su memoria se reavivó cuando llegó al sendero y observó de soslayo a su hermano que, como de costumbre, cabalgaba un poco retirado, cediéndole la delantera. Aunque no le entusiasmaba este ejercicio, Raistlin era un espléndido jinete, dominaba al equino con la misma destreza con que desempeñaba cualquier actividad, si la juzgaba digna de aplicarse. No pronunció una palabra durante la primera parte del trayecto. Conservó la capucha echada sobre la cabeza y se entregó a sus cavilaciones. Tal mutismo no era nada insólito. En sus aventuras de antaño transcurrían jornadas enteras sin que mediaran entre ellos intercambios verbales.

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