La guerra del fin del mundo
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:
este cuarto, el poder político de Bahía, la administración de Bahía, la justicia de Bahía, el periodismo de Bahía? ¿No están aquí la mayoría de las tierras, de los bienes, de los rebaños de Bahía? Ni el Coronel Moreira César puede cambiar eso. Acabar con nosotros sería acabar con Bahía, señores. Epaminondas Goncalves y quienes lo siguen son una curiosidad extravagante en esta tierra. No tienen ni los medios, ni la gente, ni la experiencia para tomar las riendas de Bahía aunque se las pongan en las manos. El caballo los echaría al suelo en el acto.
Hizo una pausa y alguien, solícitamente, le alcanzó un vaso de refresco. Bebió con fruición el líquido, en el que reconoció el gusto almibarado de la guayaba. —Nos alegra mucho tu optimismo, por supuesto —oyó que decía Luis Viana—. De todos modos, reconocerás que hemos sufrido unos reveses y que hay que actuar cuanto antes. —Sin ninguna duda —asintió el Barón—. Vamos a hacerlo. Por lo pronto, ahora mismo vamos a enviar un telegrama al Coronel Moreira César congratulándonos por su venida y ofreciéndole el apoyo de las autoridades de Bahía y del Partido Autonomista. ¿Acaso no estamos interesados en que venga a librarnos de los ladrones de tierras, de los fanáticos que saquean haciendas y no dejan trabajar en paz a los moradores? Y hoy mismo, también, iniciaremos una colecta que será entregada al Ejército Federal a fin de que se emplee en la lucha contra los bandidos.
Esperó que se apaciguaran los murmullos, bebiendo otro trago de refresco. Hacía calor y se le había mojado la frente.
—Te recuerdo que, desde hace años, toda nuestra política consiste en impedir que el gobierno central interfiera demasiado en los asuntos de Bahía —dijo Luis Viana. al fin. —Pues, ahora, la única política que podemos tener, a menos de elegir el suicidio, es demostrar a todo el país que no somos enemigos de la República ni de la soberanía del Brasil —dijo el Barón, secamente—. Hay que desmontar esa intriga de inmediato y no hay otra manera. Daremos a Moreira César y al Séptimo Regimiento un gran recibimiento. Nosotros, no el Partido Republicano.
Se secó la frente con su pañuelo y volvió a esperar que el murmullo, más fuerte que antes, decreciera.
—Es un cambio demasiado brusco —dijo Adalberto de Gumucio y el Barón vio que varias cabezas asentían, tras él.
—En la Asamblea, en los diarios, toda nuestra actuación ha sido tratar de evitar la intervención federal —dijo el Diputado Rocha Seabrá.
—Para defender los intereses de Bahía hay que seguir en el poder y para seguir en el poder hay que cambiar de política, al menos por el momento —replicó el Barón, con suavidad. Y, como si no tuvieran importancia las objeciones que le hacían, prosiguió dando directivas —: Los hacendados debemos colaborar con el Coronel. Alojar al Regimiento, facilitarle guías, provisiones. Somos nosotros, junto con Moreira César, quienes acabaremos con los conspiradores monárquicos financiados por la Reina Victoria. —Hizo un simulacro de sonrisa, a la vez que se pasaba de nuevo el pañuelo por la frente—. Es una mojiganga ridícula, pero no tenemos alternativa. Y cuando el Coronel acabe con los pobres cangaceiros y santones de Canudos celebraremos con grandes fiestas la derrota del Imperio Británico y de los Braganza. Nadie lo festejó, nadie se sonrió. Todos estaban callados e incómodos. Pero, observándolos, el Barón comprendió que, aunque a regañadientes, algunos admitían ya que no les quedaba otra cosa que hacer.
—Viajaré a Calumbí —dijo el Barón—. No estaba en mis planes hacerlo todavía. Pero es necesario. Yo mismo pondré a disposición del Séptimo Regimiento lo que les haga falta. Todos los hacendados de la región deberían hacer lo mismo. Que Moreira César vea a quién pertenece esa tierra, quien manda allí.
La atmósfera estaba muy tensa y todos querían hacer preguntas, responder. Pero el Barón pensó que no era conveniente discutir ahora. Luego de comer y de beber, a lo largo de la tarde y la noche, sería más fácil quitarles las dudas, los escrúpulos. —Vamos a almorzar y a reunimos con las damas —les propuso, levantándose—. Hablaremos después. No todo ha de ser política en la vida. Hay que hacer sitio, también, para las cosas agradables.
Queimadas, convertido en campamento, es una hormigueante animación bajo la ventolera que lo cubre de polvo: se escuchan órdenes y se atropellan formaciones entre jinetes con sables que gritan y gesticulan. De pronto, cortan la madrugada unos toques de corneta y los curiosos corren por la orilla del Itapicurú a observar la caatinga reseca que se pierde en la dirección de Monte Santo: están partiendo los primeros cuerpos del Séptimo Regimiento y el aire se lleva el himno que los soldados cantan a voz en cuello. En el interior de la estación, el Coronel Moreira César desde el alba estudia cartas topográficas, da instrucciones, firma despachos y recibe los partes de servicio de los distintos batallones. Los corresponsales, soñolientos, alistan sus mulas, caballos y el coche de equipajes en la puerta de la estación, salvo el esmirriado periodista del Jornal de Noticias, que, el tablero portátil bajo el. brazo y su tintero prendido en la manga, merodea por el local tratando de acercarse al Coronel. Pese a ser tan temprano, los seis miembros del Concejo Municipal están allí, para despedir al jefe del Séptimo Regimiento. Esperan, sentados en una banca, y el enjambre de oficiales y ayudantes que va y viene a su alrededor les presta tan poca atención como a los cartelones del Partido Republicano Progresista y del Partido Autonomista Bahiano que todavía penden del techo. Pero ellos están entretenidos, observando al periodista espantapájaros que, aprovechando un momento de calma, consigue por fin acercarse a Moreira César.
—¿Puedo hacerle una pregunta, Coronel? —silabea su vocecita gangosa.
—La conferencia con los corresponsales fue ayer —le responde el oficial, examinándolo como lo haría con un ser caído de otro planeta. Pero la estrafalaria apariencia o la audacia del personaje lo ablandan —: Hágala. ¿De qué se trata?
—De los presos —susurran los dos ojos bizcos, posados sobre él—. Me ha llamado la atención que incorpore a ladrones y asesinos al Regimiento. Anoche fui a la cárcel, con los dos tenientes, y vi que enrolaron a siete.
—Sí —dice Moreira César, escudriñándolo con curiosidad—. ¿Cuál es la pregunta?
—La pregunta es: ¿por qué? ¿Cuál es la razón para que prometa la libertad a esos delincuentes?
—Saben pelear —dice el Coronel Moreira César. Y, luego de una pausa —: El delincuente es un caso de energía humana excesiva que se vierte en la mala dirección. La guerra puede encauzarla en la buena. Ellos saben por qué pelean y eso los hace bravos, a veces heroicos. Lo he comprobado. Y lo comprobará usted, si llega a Canudos. Porque —lo vuelve a mirar de pies a cabeza — a simple vista se diría que no aguantará ni una jornada en el sertón.
Trataré de aguantar, Coronel. —El periodista miope se retira y se adelantan el Coronel Tamarindo y el Mayor Cunha Matos, que esperaban detrás de él.
—La vanguardia acaba de ponerse en marcha —dice el Coronel Tamarindo. El Mayor explica que las patrullas del Capitán Ferreira Rocha han reconocido la ruta hasta Tanquinho y que no hay rastro de yagunzos, pero que está llena de desniveles y accidentes que van a dificultar el paso de la artillería. Los exploradores de Ferreira Rocha están viendo si hay manera de evitar esos obstáculos y, de todos modos, se ha adelantado una sección de zapadores a allanar el camino.