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La guerra del fin del mundo
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—No fue idea mía la de no ir al puerto —dijo—. En todo caso, ya ves. aquí están la Gobernación y el Concejo en pleno. A tus órdenes.

Era un hombre enérgico, con una calvicie pronunciada y un vientre pugnaz, que no disimulaba su preocupación. Mientras el Barón saludaba a los presentes, Gumucio cerró la puerta. El humo enrarecía la atmósfera. Había jarras con refrescos de frutas en una mesa y, como no alcanzaban los asientos, unos se iban sentando en los brazos de los sillones y otros permanecían apoyados contra los estantes. El Barón demoró en terminar la ronda de saludos. Cuando se hubo sentado, reinó un silencio glacial. Los hombres lo miraban y en sus miradas, además de inquietud, había una muda súplica, una confianza angustiada. La expresión del Barón, hasta entonces jovial, se fue agravando mientras pasaba revista a las caras fúnebres.

—Ya veo que las cosas no están para que les cuente si el Carnaval de Niza se parece al nuestro —dijo, muy serio, buscando a Luis Viana—. Empecemos por lo peor. ¿Qué es lo peor?

—Un telegrama que llegó al mismo tiempo que tú —murmuró el Gobernador, desde un sillón en el que parecía aplastado—. Río acordó intervenir militarmente en Bahía, con el voto unánime del Congreso. Manda un Regimiento del Ejército Federal contra Canudos.

—Es decir, el Gobierno y el Congreso oficializan la tesis de la conspiración —lo interrumpió Adalberto de Gumucio—. Es decir, los fanáticos Sebastianistas quieren restaurar el Imperio, con ayuda del Conde de Eu, de los monárquicos, de Inglaterra y, por supuesto, del Partido Autonomista de Bahía. Todas las patrañas estúpidas de la ralea jacobina convertidas en verdad oficial de la República. El Barón no demostró ninguna alarma.

—La venida del Ejército Federal no me sorprende —dijo—. A estas alturas, era inevitable. Lo que me sorprende es lo de Canudos. ¡Dos expediciones derrotadas! —Hizo un gesto de estupor, mirando a Viana—. No lo entiendo, Luis. A esos locos había que dejarlos en paz o acabar con ellos a la primera. Pero no hacer algo tan mal hecho, no dejar que se convirtieran en un problema nacional, no hacer un regalo así a nuestros enemigos.

—¿Quinientos soldados, dos cañones, dos ametralladoras, te parece poca cosa para enfrentar a una banda de pillos y de beatas? —repuso Luis Viana, vivamente—. Quién podía imaginar que con semejante fuerza Febronio de Brito se haría derrotar por unos pobres diablos.

—La conspiración existe, pero no es nuestra —volvió a interrumpirlo Adalberto de Gumucio. Tenía el ceño fruncido y las manos crispadas y el Barón pensó que jamás lo había visto tan afectado por una crisis política—. El Mayor Febronio no es tan inepto como quiere hacernos creer. Su derrota ha sido deliberada, negociada, decidida de antemano con los jacobinos de Río de Janeiro, a través de Epaminondas Goncalves. Para tener ese escándalo nacional que buscan desde que Floriano Peixoto dejó el poder. ¿No han estado inventando conspiraciones monárquicas desde entonces para que el Ejército clausure el Congreso e instale la República Dictatorial?

—Las conjeturas después, Adalberto —dijo el Barón—. Primero, quiero saber exactamente lo que ocurre, los hechos.

—No hay hechos, sólo las fantasías y las intrigas más increíbles —intervino el Diputado Rocha Seabrá—. Nos acusan de azuzar a los Sebastianistas, de enviarles armas, de estar conspirando con Inglaterra para restaurar el Imperio.

—El Jornal de Noticias nos acusa de eso y de peores cosas desde la caída de Don Pedro

II —sonrió el Barón, haciendo un gesto desdeñoso.

—La diferencia es que, ahora, no es sólo el Jornal de Noticias sino medio Brasil —dijo Luis Viana. El Barón lo vio revolverse en el asiento, nervioso, y pasarse la mano por la calva—. De pronto, en Río, en Sao Paulo, en Belo Horizonte, en todas partes empiezan a repetir las imbecilidades y las vilezas que inventa el Partido Republicano Progresista. Varias personas hablaron a la vez y el Barón les pidió, con las manos, que no se atropellaran. Por entre las cabezas de sus amigos podía ver la huerta, y, aunque lo que oía le interesaba y lo alarmaba, desde que entró en el escritorio no había dejado de preguntarse si entre los árboles y arbustos estaría escondido el camaleón, un animal con el que se había encariñado como otros con perros o gatos.

—Ahora sabemos para qué formó Epaminondas la Guardia Rural —decía el Diputado Eduardo Glicério—. Para que proporcionara las pruebas, en el momento oportuno. Fusiles de contrabando para los yagunzos y hasta espías extranjeros.

—Ah, de eso no te has enterado —dijo Adalberto de Gumucio, al ver la expresión intrigada del Barón—. El summum de lo grotesco. ¡Un agente inglés en el sertón! Lo encontraron carbonizado, pero era inglés. ¿Cómo lo supieron? ¡Por sus pelos rojos! Los exhibieron en el Parlamento de Río, junto con fusiles supuestamente encontrados al lado de su cadáver, en Ipupiará. Nadie nos escucha, hasta nuestros mejores amigos, en Río, se tragan esos disparates. El país entero cree que la República está en peligro por Canudos.

—Supongo que yo soy el genio tenebroso de la conspiración —murmuró el Barón. —Sobre usted se echa más lodo que nadie —dijo el Director del Diario de Bahía—. Usted entregó Canudos a los rebeldes y viajó a Europa para entrevistarse con los emigrados del Imperio y planear la rebelión. Se ha llegado a decir que hubo una «bolsa subversiva» y que usted puso la mitad del dinero y la otra mitad Inglaterra.

—Socio a partes iguales de la corona inglesa —murmuró el Barón—. Caramba, me sobreestiman.

—¿Sabe a quién mandan a debelar el alzamiento restaurador? —dijo el Diputado Lelis Piedades, que estaba sentado en el brazo del asiento del Gobernador—. Al Coronel Moreira César y al Séptimo Regimiento. El Barón de Cañabrava adelantó un poco la cabeza y pestañeó.

—¿El Coronel Moreira César? —Quedó pensativo un buen rato, moviendo a veces los labios como si hablara en silencio. Después, se dirigió a Gumucio —: Tal vez tengas razón, Adalberto. Ésta pudiera ser una operación audaz de los jacobinos. Desde la muerte del Mariscal Floriano, el Coronel Moreira César es su gran carta, el héroe con el que cuentan para recuperar el poder.

Nuevamente oyó que se disputaban la palabra, pero esta vez no los contuvo. Mientras sus amigos opinaban y discutían, él, simulando escucharlos, se distrajo de ellos, algo que hacía con gran facilidad cuando un diálogo lo aburría o sus propios pensamientos le parecían más importantes que lo que oía. ¡El Coronel Moreira César! No era bueno que viniera. Era un fanático y, como todos los fanáticos, peligroso. Recordó la manera implacable como había reprimido la revolución federalista de Santa Catalina, hacía cuatro años, y cómo, cuando el Congreso Federal le pidió que viniera a dar cuenta de los fusilamientos que había ordenado, contestó con un telegrama que era un modelo de laconismo y de arrogancia: «No». Recordó que entre los fusilados por el Coronel, allá en el Sur, había un Mariscal, un Barón y un Almirante que él conocía y que, al instalarse la República, el Mariscal Floriano Peixoto le encargó depurar del Ejército a todos los oficiales conocidos por sus vinculaciones con la monarquía. ¡El Séptimo Regimiento de Infantería contra Canudos! «Adalberto tiene razón, pensó. Es el summum de lo grotesco.» Haciendo un esfuerzo, volvió a escuchar.

—No viene a liquidar a los Sebastianistas del sertón sino a nosotros —decía Adalberto de Gumucio—. Viene a liquidarte a ti, a Luis Viana, al Partido Autonomista, y a entregarle Bahía a Epaminondas Goncalves, que es el hombre de los jacobinos aquí. —No hay razones para suicidarse, señores —lo interrumpió el Barón, alzando un poco la voz. No estaba risueño ya, sino muy serio, y hablaba con firmeza—. No hay razones para suicidarse —repitió. Pasó revista a la concurrencia, seguro de que su serenidad acabaría por contagiar a sus amigos—. Nadie nos va a arrebatar lo que es nuestro. ¿No están, en

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