La guerra del fin del mundo
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:
—Muchos los vieron —exclama, con voz trémula y los ojos de pronto relampagueantes—. Caifás los vio. Cuando me contó, pensé: he pecado, es castigo de Dios. Yo desgracié a mi hijo. Sí, Rufino: Jurema, Jurema. Ella lo salvó, ella le cogió las manos a Caifás. Se fue con él, abrazándolo, apoyado en él. —Estira una mano y señala la calle —: Todos saben. Ya no podemos vivir aquí, hijo.
El rostro anguloso, lampiño, oscurecido por la penumbra del local no mueve un músculo, no pestañea. La viejecita agita un puño de dedos pequeñitos, sarmentosos, y escupe con desprecio hacia la calle:
—Venían a compadecerme, a hablarme de ti. Cada palabra era un puñal en el corazón. ¡Son víboras, hijo! —Se pasa la manta negra por los ojos, como si hubiera llorado, pero los tiene secos—. ¿Limpiarás la mugre que te ha echado encima, no es cierto? Es peor que si te hubiera sacado los ojos, peor que si me hubiera matado a mí. Habla con Caifás. Él sabe la ofensa, él sabe las cosas del honor. Él te explicará.
Vuelve a suspirar y ahora besa las cuentas de su rosario, con unción. Mira a Rufino, que no se ha movido ni alzado la cabeza.
—Muchos se han ido a Canudos —dice, con voz más suave—. Han venido apóstoles. También me hubiera ido. Me quedé porque sabía que ibas a volver. Se va a acabar el mundo, hijo. Por eso vemos lo que vemos. Por eso ha pasado eso que ha pasado. Ahora puedo irme. ¿Me darán las piernas para ese viaje tan largo? El Padre decidirá. Él decide todo.
Permanece callada y, luego de un momento, Rufino se inclina y le besa otra vez la mano: —Es un viaje muy largo y no se lo aconsejo, madre —dice—. Hay guerra, incendios, falta que comer. Pero si quiere ir, vaya. Lo que usted haga siempre estará bien hecho. Y olvídese de lo que Caifás le contó. No sufra ni tenga vergüenza por eso.
Cuando el Barón de Cañabrava y su esposa desembarcaron en el Arsenal de la Marina de Salvador, después de varios meses de ausencia, pudieron darse cuenta por el recibimiento hasta qué punto había decaído la fuerza del otrora todopoderoso Partido Autonomista Bahiano y de su jefe y fundador. Antaño, cuando era Ministro del Imperio, o Plenipotenciario en Londres, e incluso en los primeros años de la República, los regresos del Barón a Bahía eran motivo de grandes festejos. Todos los hombres prominentes de la ciudad y muchos hacendados acudían al puerto acarreando sirvientes y allegados con carteles de bienvenida. Las autoridades comparecían siempre y había banda de música y niños de las escuelas pías con ramilletes para la Baronesa Estela. El banquete de recepción se celebraba en el Palacio de la Victoria, presidido por el Gobernador, y decenas de comensales aplaudían los brindis, discursos y el infaltable soneto que un vate local recitaba en honor de los recién llegados.
Pero esta vez no se hallaban en el Arsenal de la Marina para aplaudir al Barón y a la Baronesa, cuando pisaron tierra, más de doscientas personas y, entre ellas, ninguna autoridad civil ni militar ni eclesiástica. Las caras con que el caballero Adalberto de
Gumucio y los diputados Eduardo Glicério, Rocha Seabrá, Lelis Piedades y Joáo Siexas de Pondé —la Comisión designada por el Partido Autonomista para recepcionar a su jefe — se acercaron a estrechar la mano del Barón y a besar la de la Baronesa, eran de entierro. Ellos, sin embargo, no demostraron advertir la diferencia. Su conducta fue la de siempre. Mientras la Baronesa, sonriente, le mostraba los ramos de flores a su inseparable mucama Sebastiana, como maravillada de recibirlos, el Barón distribuía palmadas y abrazos entre sus correligionarios, parientes y amigos que hacían cola para llegar hasta él. Los saludaba por sus nombres, inquiría por sus esposas, les agradecía haberse molestado en venir a recibirlo. Y, cada cierto rato, como impelido por una íntima necesidad, repetía la dicha que era siempre volver a Bahía, reencontrar este sol, este aire limpio, estas gentes. Antes de subir al coche que los esperaba en el muelle, conducido por un cochero de librea que hizo muchas reverencias al verlos, el Barón saludó con los dos brazos en alto. Luego, tomó asiento frente a la Baronesa y Sebastiana, que tenían las faldas cubiertas de flores. Adalberto de Gumucio se sentó a su lado y el coche comenzó a subir la Ladeira de la Concepción de la Playa, que rebosaba de verdura. Pronto, los viajeros pudieron ver los veleros de la bahía, el fuerte de San Marcelo, el Mercado y a muchos negros y mulatos metidos en el agua pescando cangrejos.
—Europa es siempre una emulsión de juventud —los felicitó Gumucio—. Están diez años más jóvenes de lo que se fueron.
—Yo se lo debo al barco más que a Europa —dijo la Baronesa—. ¡Las tres semanas más descansadas de mi vida!
—En cambio, tú está diez años más viejo. —El Barón miraba por la ventanilla el panorama majestuoso del mar y la isla que crecían a medida que el coche trepaba, ahora por la Ladeira de San Bento, hacia la ciudad alta—. ¿Es para tanto? La cara del Presidente de la Asamblea Legislativa bahiana se llenó de arrugas: —Peor de todo lo que te imaginas. —Señaló el puerto —: Queríamos hacer una demostración de fuerzas, un gran acto público. Todos prometieron traer gente, incluso del interior. Calculábamos millares de personas. Y ya has visto.
El Barón hizo adiós a unos vendedores de pescado que, al ver pasar el coche frente al Seminario, se habían quitado los sombreros de paja. Recriminó a su amigo con aire burlón:
—Es mala educación hablar de política ante las damas. ¿O ya no consideras a Estela una dama?
La Baronesa se rió, con una risa grácil y despreocupada, que la rejuvenecía. Era de cabellos castaños y piel muy blanca, con unas manos de largos dedos que se movían como pájaros. Ella y su mucama, una mujer morena, de formas abundantes, miraban arrobadas el mar azul oscuro, el verde fosforescente de las riberas y los tejados sangrientos.
—La ausencia del Gobernador es la única justificada —dijo Gumucio, como si no hubiera escuchado—. La decidimos nosotros. Quería venir, con el Consejo Municipal. Pero, tal como van las cosas, es preferible mantenerlo auessus de la mélée. Luis Viana sigue siendo leal.
—Te ha traído un álbum de grabados hípicos —lo animó el Barón—. Supongo que las contrariedades políticas no te han quitado la afición a los caballos. Adalberto. Al entrar en la ciudad alta, rumbo al barrio de Nazareth, los recién llegados, luciendo sus mejores sonrisas, se dedicaron a devolver los adioses de los transeúntes. Varios coches y buen número de jinetes, algunos venidos desde el puerto y otros que lo esperaban en lo alto del acantilado, escoltaron al Barón por las adoquinadas callejuelas, entre curiosos que se apiñaban en las veredas o salían a los balcones o sacaban las cabezas de los tranvías tirados por asnos para verlos pasar. Los Cañabrava vivían en un palacio con azulejos traídos de Portugal, techo de tejas rojas, balcones de fierro forjado sostenidos por cariátides de pechos robustos y una fachada que remataba en cuatro figuras de cerámica amarilla brillante: dos leones melenudos y dos pinas. Los leones parecían vigilar a los barcos que llegaban a la bahía y las pinas anunciar a los navegantes la esplendidez de la ciudad. La huerta que rodeaba a la construcción hervía de flamboyanes, mangos, crotos y ficus donde rumoreaba el viento. El palacio había sido desinfectado con vinagre,
perfumado con hierbas aromáticas y engalanado con jarrones de flores para recibir a los dueños. En la puerta, criados de mamelucos blancos y negritas con mandiles encarnados y pañuelos a la cabeza los aplaudieron. La Baronesa se puso a charlar con ellos mientras el Barón, empinándose en la entrada, se despedía de sus acompañantes. Sólo Gumucio y los Diputados Eduardo Glicério, Rocha Seabrá, Lelis Piedades y Joáo Seixas de Pondé, entraron a la casa con él. En tanto que la Baronesa subía a la planta alta, seguida por su mucama, los hombres cruzaron el vestíbulo, un recibo con muebles de madera, y el Barón abrió las puertas de una habitación con estantes de libros, desde la que se veía la huerta. Una veintena de hombres se callaron al verlo. Los que estaban sentados se levantaron y todos aplaudieron. El primero en abrazarlo fue el Gobernador Luis Viana: