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La Fortuna de Matilda Turpin

Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:

Premio Planeta de Novela 2006
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
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De los niños -designados así colectivamente, los niños- hizo Juan un argumento que se caracterizaba porque del mismo no se seguía conclusión ninguna. Era un argumento equivalente a una cadena sin fin, equivalente a un diagnóstico supuestamente preciso que no condujera a una curación. Un diagnóstico puesto entre paréntesis, dado que no implicaba que se tomaran medidas para curar la enfermedad diagnosticada que no podía, bien mirado, considerar se ni siquiera una enfermedad, sino más bien el enunciado de un estado de la cuestión, cuya descripción minuciosa parecía ya, por sí mismo, la curación de un inexistente enfermo: una argumentación circular cuya brillantez y agudeza hacían daño a la vista y subsistía en el mundo intencional común del matrimonio sin aplicación posible: los niños, al fin y al cabo, no se encontraban, gracias a Dios, enfermos sino sanos, vivos y coleando. Y diagnóstico era una mera metáfora del argumento, que era, a su vez, una mera metáfora de la discusión, que era a su vez una metáfora narrativa de la vida conyugal. ¿Necesitaban los niños una madre en casa? ¿A partir de qué edad es dispensable una madre? ¿Y un padre? Era evidente que Matilda había cumplido con su obligación maternal durante dieciocho años consecutivos, secundada desde una posición paternal, es decir, distante, por Juan: los niños hablaban bien inglés, chapurreaban bien francés, habían hecho cursos de vela y de equitación aquí y allá. Eran guapos los tres y, por añadidura, Fernandito era brillante. ¿Qué más podía pedirse? Era, asimismo, evidente que Andrea y Jacobo, con dieciséis y diecisiete años respectivamente, habían heredado de los Turpin una sensatez mundana que les blindaba contra toda crisis posible. En su momento, terminarían las carreras o, en su defecto, Andrea se pondría de largo, se echaría novio, Jacobo se echaría novia: ambos, desde cualquier punto de vista, serían buenos partidos. Se habían acostumbrado además a los internados europeos, a los veraneos ingleses. Eran niños bien nutridos y sensatos, ¿qué más podía pedirse? ¡Ah, argumentaba Juan, pero esta misma sensatez, esta matter-of-factness, ¿no daba, en criaturas tan jóvenes, algo de miedo, incluso mucho miedo? ¿No se estaban volviendo sólidas criaturas burguesas sin el menor encanto? ¿Cómo no iba a necesitar Andrea que una madre le contara tiernamente the facts of life? Por algún extraño motivo, Juan Campos tendía a sembrar este argumento suyo de términos extranjeros, generalmente anglosajones, como si el hecho de ser incapaz de hablar la lengua le arrastrara fatídicamente a trocearla en palabritas y giros como los personajes de buen tono de las novelas de alta sociedad del padre Coloma. En cuanto a Jacobo, Jacobo no presentaba el menor problema. Jacobo era liso y llano y carente de imaginación hasta tal punto que ¿no era de temer que transcurrida la dulce adolescencia se acartonara y engordara por incapacidad de imaginar un proyecto ilusionante? ¿Dónde mejor podía ejercerse la fértil imaginación vital, social, de Matilda Turpin que en esta tarea de desacartonar y adelgazar -psíquicamente hablando- a su primogénito? Y por otro lado estaba Fernandito -un caso aparte-. No tenía Juan el menor miedo de que se acartonara Fernandito, o no supiera a qué atenerse en todo lo relativo a los preliminares y las consecuencias de la vida sexual. En todo esto, Fernandito estuvo al cabo de la calle ya a los catorce. Hasta tal punto era despierto Fernandito, en opinión de Juan Campos, que pensar en él quitaba el sueño. A diferencia de sus hermanos, no corría Fernandito el menor peligro de incurrir en ninguna sensatez, ni circunstancial ni de por vida. La insensatez, la imaginación, la fantasía desbordante estaban garantizadas en su caso. ¿No hacía falta una madre, es más, una mujer, mujer y madre, que atemperara la fogosidad vital de Fernandito? Y sucedía además (puntualizaba Juan, no siempre en voz alta ni siempre ante su esposa, con frecuencia repasando el argumento a solas) que Fernandito adoraba a su madre y estaba, por lo tanto, en condiciones de llegar a odiarla (el amor y el odio brotan juntos, todo el mundo lo sabe) de no hallar a su madre una vez y otra vez y otra al ir en busca suya. Y los catorce años, los quince, los dieciséis, la adolescencia, Fernandito ¿no requeriría -en estos casos de sensibilidad extrema- el más refinado arte de birlibirloque para acabar con bien, para salir indemne, para convertirse en un hombre de provecho? ¿Cómo podría Fernandito acabar convirtiéndose en un hombre de provecho si su madre se pasaba el día entero en el parqué? ¿Y qué quedaba en todo esto para Juan? Se contemplaba a sí mismo Juan Campos en la elegante soledad de su despacho (e interrumpiendo la lectura de Bradley ‘s Metaphysics and the Self un libro publicado por la Yale University Press en 1970, escrito con admirable sentido de la actualidad filosófica por Garret L. Vander Veer) y decidía que su función era accidental comparada con la esencial o sustancial función pedagógica de Matilda en cuanto madre.

Por aquel entonces volvió Fernandito del colegio contando un chiste de Jaimito: es el Día de la Madre, el profesor encarga a todos los alumnos una redacción sobre el tema madre no hay más que una. Al día siguiente los niños regresan con sus redacciones que leen en voz alta. Todas las redacciones, casi por igual, consisten en un florido sirope acerca de las bondades y maravillas de la madre de cada niño que termina invariablemente con la frase porque madre no hay más que una. La redacción de Jaimito -contó Fernando- era como sigue: teníamos un invitado a cenar y mi madre me dijo: Jaimito, baja a la bodega y tráeme dos botellas de vino tinto. Jaimito baja a la bodega y vuelve diciendo:

¡Madre, no hay más que una! Esto resultó desternillante tanto para el propio Fernandito como para Matilda, que no se sintió en absoluto aludida por la maldad zumbona del chiste de Jaimito.

Todos se rieron con la jaimitada. También Juan se rió pero, inexplicablemente, añadió que, según santo Tomás de Aquino, ironizar es a veces mentir. Y lo explicó, ejerciendo, al hacerlo, un efecto secante en la familia: ironizar -explicó Juan Campos- es el gran recurso socrático para alcanzar la verdad: Sócrates finge irónicamente que lo único que sabe es que no sabe nada, para así hacer perder pie a los sofistas que decían saberlo todo. Una vez que ha logrado hacerles ver que no saben que no saben, empieza la minuciosa indagación de Sócrates acerca de la verdad. Este recurso irónico, sin embargo -añadió Juan-, se aproxima a la mentira o al engaño como en el caso del chiste de Jaimito que acaba de contar Fernando: al sustituir el sincero, aunque ingenuo, texto evaluativo y emotivo del dichoso madre no hay más que una por un contexto descriptivo átono, Jaimito nos hace reír, pero, de paso, devalúa la verdad que contiene la sencilla propuesta de la redacción del profesor de literatura, encaminada a celebrar la maravillosa figura de las madres en nuestras familias. La jaimitada engaña ingeniosamente al oyente, enfriándole mediante la comicidad e impidiéndole percibir la verdad excelsa de la maternidad. Hubo un silencio perplejo en la mesa: estaban todos, Juan, Matilda, Emilia, Antonio Vega, Jacobo, Andrea y Fernandito. Pasó el ángel de la perplejidad sobre ellos dejando una como baba de caracol que saca los cuernos al sol. Pareció que se suspendía la existencia: tal fue el efecto astringente de la pedantería de Juan Campos. Matilda de pronto rompió a aplaudir secundada por Fernandito, que exclamó ¡bravo! un par de veces. Visto desde fuera, desde la perspectiva de Antonio Vega, fue una escena tensa, absurda y tensa a la vez. Pocos días después coincidieron Antonio Y Juan a la hora del té: estaban solos en casa. Matilda y Emilia volaban a Londres esa misma tarde. Y Antonio, con el tono de voz habitual en estas conversaciones del atardecer que llevaban tantos años ya teniendo, comentó:

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