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La Fortuna de Matilda Turpin

Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:

Premio Planeta de Novela 2006
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
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– Allá tú, pero yo no me metería en líos -dijo Juan Campos.

En aquel momento Matilda deseó fulminarlo. Pero se calló. Y pensó: ¿y por qué no meterse en líos, por qué confiar en un administrador, por qué no tomar el mando en un mundo que, además, ella misma conocía muy bien? Había, a mayores, en aquellos años una inverosimilitud agresiva en el hecho de que una mujer casada, guapa y rica, se metiera en negocios. Meterse en negocios era cosa de hombres. Pero, por supuesto, Juan no se opuso frontalmente al proyecto de Matilda: adoptó una actitud complaciente, la apoyó. Y Matilda sintió una punzada de compunción cuando Juan la apoyó en un proyecto que a todas luces no le satisfacía, Juan, de hecho, sin referirse al fondo del asunto, sí lo hizo mediante referencias a los niños y a él mismo: te voy a echar de menos si estás siempre de viaje. Matilda no podía negar eso. A los seis meses de iniciarse en la sociedad de su padre, Matilda empezó a preparar una operación apalancada en una zona de almacenes del sur de Londres: el negocio consistía en comprar todo y pagarlo con una parte de lo que compraba, para luego venderlo con un beneficio. En esa zona se prefiguraba ya el intenso desarrollo inmobiliario que tendría lugar en la década final del siglo XX.

Sí. Juan Campos apoyó definitivamente a su mujer, y a la vez se retrajo. Y ocurrió -y Matilda vivió esta ocurrencia conyugal como un secreto fracaso de su sincero amor por Juan- que mientras que el apoyo le parecía redundante (puesto que su decisión era firme y una oposición violenta por parte de Juan no hubiera quebrantado su voluntad de ocuparse de los negocios paternos), la retracción le dolió mucho. Comparada con el apoyo, la retracción era casi insignificante. Pero no era del todo invisible: venía a ser como un repentino alfilerazo, una piedrita en el zapato. El apoyo era continuo, la retracción discontinua, pero el apoyo era redundante y la retracción era, en cambio, cruel. Aceptar lo inevitable, al fin y al cabo -pensaba Matilda-, formaba parte del esquematismo espiritual de Juan, la resignación. Amar lo inevitable era otro asunto. Matilda descubrió que a la hora de dar el salto proyectante que iba a cambiar su vida conyugal, los negocios (por muy difíciles y arriesgados que le parecieran y que, en efecto, eran) le asustaban menos que esta su propia dolida reacción a la retracción de su marido. Es puro narcisismo, pensaba Matilda acusándose. Mi padre me reía las gracias, incluso las que no tenían gracia, y ahora quiero que Juan haga lo mismo. Siempre he necesitado un público que me admire, ser querida. ¿Y no es esto natural? -se defendía, argumentando todo ello consigo misma-. No podía, por otra parte, fijar del todo los términos de esa sutil retracción de Juan. Lo único que realmente podía hacer era compartimentar su conciencia y no pensar en Juan cuando pensaba en los negocios, cosa que hacía con éxito. Pero una vez en casa, los fines de semana, con las llamadas urgentes que filtraba Emilia, los negocios no se le iban de la cabeza y se entrecruzaban con la retracción de Juan. Y lo curioso es que la parte más hiriente de esa actitud no se manifestaba en las observaciones negativas que Juan hacía del mundo financiero. Juan había empezado muy pronto a recordarle a Matilda que la especulación financiera es una actividad amoral, cuyas acciones se valoran y cuyo acierto se demuestra sólo a través del balance final. Este argumento irritaba a Matilda, que no se sentía del todo aludida por esa crítica, sobre todo teniendo en cuenta que Juan disfrutaba a diario de las ventajas obtenidas por la especulación financiera. Ésos eran, al fin y a cabo, ataques frontales en los que Matilda podía contraatacar, ¿en qué consistía entonces la retracción? Era una merma de calidez, como si nada en la nueva actitud de Matilda pudiera satisfacerle por completo. Era una merma de la simpatía. Tenía a veces Matilda la impresión de que fatigaba a Juan sobremanera la vivacidad de la nueva actividad de su esposa. Como si se le obligara a leer algo en un momento en que ya leía otra cosa, como si se le obligara a cambiar de conversación o a interrumpir una cadena de razonamientos. Y ciertamente, las cosas que Matilda contaba, apenas guardaban relación con las elaboradas investigaciones de Juan en torno al idealismo alemán y, últimamente, también en torno a Bradley, el neohegeliano inglés. Y a la vez -dado que Matilda tenía la cabeza ocupada en sus negocios- iba leyendo con menor atención las separatas que Juan publicaba en la Revista de Filosofía del Consejo.

Juan Campos cerró la intención. Dio una extraña orden de parada a la vida conyugal que implicaba la aceptación del hecho consumado del despegue de Matilda, más su implícita retracción (quizá ilusoria y debida sólo a un remusgo de culpabilidad en Matilda) y una vuelta de tuerca más en su dedicación exclusiva al idealismo alemán y a Bradley. Esto de Bradley había empezado siendo casi sólo un hobby: en parte iniciado para practicar el inglés -que leía ya con relativa facilidad, pero cuya pronunciación le levantaba dolor de cabeza y que, por lo tanto, se negaba obstinadamente a hablar- y en parte como una, en apariencia inocente manera de separarse de sus rudimentarios colegas de la facultad que, uncidos aún en los ochenta a la tradición aristotélico-tomista del franquismo, habían saltado (porque habían aprendido a leer en alemán) al caudaloso Hegel para no volver jamás a ver la luz del sol (en opinión de Juan Campos). A la pálida luz oxoniense del sol neohegeliano, se sentía seguro Juan Campos. Y también distinto, en su torre de marfil, cada vez más marfileña. Hasta ahí había llegado Juan con, a su vez, el beneplácito -también redundante de Matilda y una correspondiente retracción analógica de Matilda, relativa a la importancia de la Historia de la Filosofía y su investigación erudita. ¿Estaba cerrado el caso? ¿Qué más había en este asunto que no habían los dos agentes conyugales considerado en detalle? Cualquiera lo sabe: había los niños. Y quien primero descubrió que en la estructura familiar tradicional, además de los cónyuges, hay los críos fue Juan. De pronto Juan descubrió el gran error de Matilda, su talón de Aquiles, the tragicflaw, el error trágico: los niños. Desde un punto de vista especulativo los hijos, la prole, son -qué duda cabe- la esencia del matrimonio. ¿Qué es el matrimonio heterosexual sin hijos? Un estéril campo subjetivo sembrado de sal. Cualquier moralista católico hubiera podido decírselo a Matilda. Lástima que Matilda fuera agnóstica. Su agnóstico marido Juan Campos (quién que es no es agnóstico en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid?) descubrió a los niños, los vio por vez primera cuando Matilda dejó de verlos a diario y se limitó a verlos una vez por semana o una vez cada quince días, arrebatada por el ángel de la prisa, el ángel de los negocios, las permutas, los apalancamientos, los dividendos, la actualidad bursátil más rabiosa. ¿Y los niños qué?

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