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La Fortuna de Matilda Turpin

Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:

Premio Planeta de Novela 2006
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
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Y Matilda, entretanto, a la vuelta de sus viajes a Londres, al sentirse aparcada, se liberaba de la cautivadora rutina de la vida de Juan y de ella misma como esposa, inventando nombres para unas imaginarias agencias de inversión. Por supuesto, había la gran agencia de bolsa paterna. Se le ocurrieron dos nombres que le hacían particular gracia: GesTurpin, S. A. y Narcisa Investments. En ambas denominaciones había sentido del humor, ironía -la gran reflexividad, imitada de George Soros, a quien había conocido en compañía de su padre en las oficinas de Central Park-. Sí, el sentido del humor, la autocrítica: esto era la vida del concepto: Hegel mismo, el acto del entendimiento que era vida. Y Juan no lo entendía. Y que no lo entendiera era la melancolía insoluble, el fracaso. Esta palabra, fracaso, menudeaba ahora -al cabo de los años-, como un moscardón. Y Juan, que -según creía Matilda- se sabía Hegel palabra por palabra y toda la tradición del clasicismo romántico alemán, no lograba hacerse cargo de esta gran hazaña vigorosa y alegre de los leverage buyouts de Matilda, por poner un ejemplo. Por entonces aún no se daba cuenta Matilda de que Juan en realidad sí lo entendía: y lo odiaba: y la odiaba: odiaba aquella eterna juventud emprendedora, lo mujer de Matilda. Una parte de la complicación procedía de que, a la vez que sus obligaciones maternales iban disminuyendo a medida que los niños crecían, no decrecía su devoción por Juan. Juan seguía resultándole atractivo, guapo, y, por qué no reconocerlo, tan misterioso ahora tras tantos años de matrimonio como cuando le conoció en el bar de la facultad. Juan se dejaba querer. Juan no se hacía querer: se dejaba querer. Era fascinante por eso, por su natural propensión a dejarse cuidar, atender, rodear de afecto. Así, no sólo Matilda, sino el propio Antonio, formaban parte de esa absurda corte -en sus momentos de mal humor denominaba Matilda así a los amigos, alumnos, etc., que rodeaban a Juan:

– Eres, Juan -bromeaba Matilda a veces-, un becario natural de la vida: has nacido para enganchar una beca tras otra, una canonjía tras otra: eres un prebendado nato.

Y Juan se reía:

– Mi canonjía óptima máxima eres tú, mi vida -decía Juan riendo-: tú eres la beca de todas las becas que me ha caído a mí por guapo.

Y Matilda le abrazaba y era verdad que le parecía guapo. Quizá Matilda nunca unificó del todo sus dos devociones, sus dos deberes: era devota de Juan, le amaba todo lo que debía y mucho más. Y era también devota de sus hijos, pero sus deberes con ellos cobraron en seguida un perfil kantiano: ocuparse de ellos fue un imperativo categórico cuando eran pequeños y no del todo una devoción. No le parecía a Matilda del todo comprensible la posición de quienes mantienen que tiene que haber en cada casa una madre que espere a los niños cuando, crecidos éstos, regresan a las tantas de los guateques o de las juergas con los amigos o de acostarse con la novia o el novio. No veía Matilda que su función materna pudiera prolongarse en una especie de benevolencia acrítica y no tenía la seguridad de que los niños, por el mero hecho de quedarse ella en casa acompañando a Juan, fueran a apreciar más su hogar familiar. No tenía además, habiendo quedado huérfana de madre muy joven, una cultura casera adecuada: sir Kenneth fue un estupendo padre que siempre llevó a Matilda consigo: a medias confidente, a medias cómplice, a medias hija adorada. Y sir Kenneth tenía, además, un carácter anticuado, de vividor, de explorador o de viajero: en el XIX hubiera acompañado a los viajeros que buscaban las fuentes del Nilo o que se quedaban presos entre los hielos en busca del Polo Norte. Sus negocios tenían este componente también, de arte más que de técnica: tenía vista para los negocios, le encantaba reunirse con financieros amigos de la City o de Wall Street e internarse con ellos en las nuevas selvas de la comprensión del mundo contemporáneo. Estaba pendiente de la situación de Rusia bajo la férula soviética o de la situación en Ibero América. Necesitaba muy poco estímulo para irse de viaje o cerrar un trato o buscarse nuevos asociados para un negocio. Todo esto lo traspasó, con la educación, a Matilda. Y Matilda aprendió a vivir ligera de equipaje. El hecho de quedar embarazada de Juan y darle tres hijos no modificó un fondo de mujer activa, interesada apasionadamente por el mundo exterior. Capaz de organizar muy bien su casa, acabó sintiéndose un poco atrapada dentro de su perfecta organización casera. Con relación al dinero, sir Kenneth anticipó actitudes que luego se verían de modo evidente en George Soros, por ejemplo: hacer dinero se me da bien, tener dinero me da igual. Esto no era del todo así en el caso del padre de Matilda, pero la frase reflejaba una actitud activa y no conservadora respecto al dinero: el dinero era un sistema de posibilidades. Sir Kenneth nunca llegó a plantearse las exigencias éticas del filántropo. Le gustaba demasiado vivir bien, un poco a salto de mata, vida de clubs londinenses y de grandes hoteles. Nunca quiso tener residencias fijas: tuvo muchas casas espléndidas que compraba, disfrutaba una temporada y luego vendía en condiciones inmejorables. Era sir Kenneth desprendido, pero también despegado. Recordaba personajes de Henry Fielding. Fue por consiguiente natural que cuando Matilda decidió casarse con Juan (a ojos de sir Kenneth, un muermo de buena planta) instalara a su hija en gran plan. Gran plan era una nutrida cuenta corriente, un excelente piso, la casa de Lobreña: el Asubio… Sitios espléndidos que recordaban casas y fincas que sir Kenneth había tenido y vendido. Hermosos lugares destartalados que a sir Kenneth le divertía adquirir y le aburría cuidar: todos los parques y jardines de sir Kenneth, todas sus casas, presentaban un aspecto lamentable al cabo de dos años. Matilda acabó siendo más seria que su padre: el matrimonio y los hijos fueron el gran experimento de su vida a los veinticinco. ¿Qué pasó al final con el experimento?

Se le ocurrió GesTurpin cuando conoció a Soros, el bandido generoso, en la diminuta oficina de Columbus Circie en Manhattan. Empezaba ya Soros a intervenir en empresas filantrópicas, a regañadientes casi. Era despegado, y empleaba a sus trabajadores por cortos períodos de tiempo. Era frío y distante y sus amistades estaban montadas más sobre los negocios que sobre la intimidad. Matilda no recordaba si algunas de las ideas que asociaba con Soros procedían de conversaciones con su padre o de lecturas sobre Soros, o cosas que el propio Soros había dicho. La impresionó un texto en el cual Soros describía una tendencia de la inteligencia humana a eliminar el cambio en el mundo. Y ponía esto Matilda en relación con su marido, sentado allá en Madrid o en el Asubio, y con los filósofos que, en la práctica, excluían el tiempo en aras de teorías que consideraban eternas. Al reflexionar Soros sobre aquel sentido dinámico de las fluctuaciones, que tanto le habían servido en su arbitraje profesional, declaró que no se debía ignorar el cambio, sino afrontarlo y convertirlo en un punto central de los análisis. Frente a las sociedades tradicionales, donde lo inmutable es un valor importante, Matilda pensaba en las condiciones de variabilidad extrema y de cambio que ella misma auscultaba, en el mundo financiero, y en su propio corazón. Había que pensar críticamente para que los seres humanos escogieran entre múltiples alternativas. Había que pensar económicamente para que los seres humanos saborearan y eligieran su libertad real.

Acerca de la otra denominación, Narcisa Investments: Narcisa era un término afectuoso que su padre empleaba para designar a Matilda. En compañía de su padre, rodeada de sus amigos mayores, la acusaba sir Kenneth de exhibirse demasiado. Volvían a reaparecer sus lecturas de Keynes y Hayeck. Y sentía Matilda, en ese ser apreciada, que su memoria se esponjaba y crecía y ponía en conexión más cosas entre sí. De ahí que formara su sociedad Narcisa Investments para su primera gran operación apalancada.

Pero antes tuvo lugar la muerte de sir Kenneth. Tuvo una muerte tal vez propia, en el sentido de que sufrió un fulminante ataque al corazón tras una cena copiosa. Matilda Y Juan viajaron a la casa de los amigos de Sussex donde su padre pasaba el fin de semana. Su padre había dejado todo perfectamente organizado. Matilda tuvo que decidir si dejaba que sus negocios los gestionara un administrador, o si se ponía ella misma al frente de todo. Sir Kenneth había dispuesto una cremación y así se hizo. Ése fue el segundo viaje a Londres en dieciocho años de Juan Campos: desde el viaje de novios hasta la muerte de sir Kenneth, Juan Campos no había vuelto, ni siquiera por placer, a Inglaterra. No hablaba inglés, y se sintió ahora, una vez más, ninguneado por los amigos de sir Kenneth en el crematorio y en los días siguientes. Se hospedaron en el Connaught Hotel, en Mayfair, una zona, por cierto, que había encantado a Juan Campos en el viaje de novios por sus tiendas de antigüedades. Ya por aquel entonces se le había despertado a Juan el gusto por el mobiliario de época. Le encantaba el aire británico, eduardiano, del hotel, el fin de siglo victoriano. De recién casados hizo Juan esfuerzos al regresar a Madrid por aprender a hablar inglés. Logró leer con soltura libros de filosofía en inglés, pero le costaba descifrar los periódicos y nunca consiguió hablarlo fluidamente. El inglés, como antes el alemán, se había convertido para él en una lengua muerta. Allí mismo, en el Connaught, de nuevo, la semana de los funerales, ya expresó Matilda su decisión de llevar personalmente los negocios paternos.

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