Las puertas del infierno
- Автор: Пайнкофер Михаель
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las puertas del infierno». Краткое содержание книги:
La joven arqueóloga Sarah Kincaid no sabe qué hacer, el destino parece haberse puesto en su contra. Primero la abatió la muerte de su padre en Egipto y ahora su prometido, Kamal, a quien se acusa de un antiguo crimen, sufre una extraña enfermedad que lo tiene a las puertas del infierno. Pero aún hay una última oportunidad de salvarlo, la legendaria agua de la vida.
Para encontrarla, Sarah deberá sortear los peligros que acechan en los callejones de Praga, donde dicen que habita el Golem, entre las torres de los monasterios de Meteora o en las orillas subterráneas del Estigia, el río griego de los muertos.
«Embarcarse en la lectura de la tercera novela de Sarah Kincaid, la aguerrida arqueóloga victoriana, es toda una aventura.»
Frankfurter Stadtkurier
¿Había ido allí la criatura para permanecer unos instantes junto a la tumba de su creador?
En aquel preciso momento se apagó la cerilla y Sarah volvió a estar rodeada de oscuridad. Sintió un ligero escalofrío y, a pesar de que había que darse prisa, no pudo evitar agacharse, coger una piedra del suelo y depositarla también sobre la tumba. Mientras lo hacía, deseó encarecidamente que el milagro del Golem pudiera ayudar también a Kamal.
Un crujido la arrancó súbitamente de sus pensamientos.
– ¿Quién anda ahí?
Se volvió rápidamente, empuñando de nuevo el revólver.
No tenía tiempo de encender otra cerilla. Sarah se quedó allí, sin aliento y con el corazón en un puño, viendo las tumbas que se perfilaban como bocetos amenazadores bajo la lluvia y, por primera vez desde que se había adentrado en el viejo cementerio, sintió miedo.
– ¿Hay alguien ahí?
Tragó saliva, notaba la boca seca. Miró aquí y allá, angustiada, casi esperando que una sombra gigantesca se abalanzara sobre ella, pero no ocurrió nada parecido. Al contrario, de repente se encendió una luz en la oscuridad.
Sarah se sobresaltó al vislumbrar a unos cincuenta metros de distancia un brillo macilento que traspasaba débilmente la lluvia: la luz de una lámpara de petróleo que salía por la ventana cuadrada de una cabaña que se encontraba en un extremo del camposanto.
La casa del guarda…
La claridad se atenuó de repente, pero no porque la lámpara se hubiera apagado, sino porque una gran sombra se había puesto delante y la había oscurecido un momento.
¡El Golem!
Sarah renunció a la idea de encender otra cerilla. A paso ligero, tan deprisa como le permitía el terreno accidentado y ablandado por la lluvia, bajó a toda prisa por el camino que llevaba a la cabaña. La inquietante sombra había vuelto a desaparecer, pero Sarah estaba segura de haber encontrado por fin lo que buscaba. El miedo había pasado a un segundo plano en beneficio del espíritu investigador que una vez más se había apoderado de ella y al que la esperanza de salvar a Kamal daba alas…
Corrió velozmente bajo la lluvia torrencial. Teniendo en cuenta las bajas temperaturas, debería haber estado helada, pero no notaba ni el frío ni la ropa empapada. Mientras avanzaba, sacó el revólver. Un instante después llegaba a la cabaña, construida junto al muro del cementerio.
Se metió debajo del alero del tejado. Con la espalda pegada a la pared, se acercó a una ventana y miró dentro con cautela.
Había una mesa sencilla, encima de la cual estaba el farol, y dos sillas. En el suelo, un arca con una jofaina de hojalata abollada encima; enfrente, un austero catre. Finalmente, una estufa de hierro fundido con un tubo de hojalata que atravesaba el techo.
Del gigante, ni rastro.
¿Se había escondido adrede?
¿Sospechaba que lo había seguido?
Para combatir el nerviosismo se obligó a respirar pausada y regularmente. Agazapada debajo de la ventana, se deslizó hacia la entrada. La puerta solo estaba entornada, un calor reconfortante salía por ella…
Sarah dudó un momento, luego hizo de tripas corazón. Se oyó un ligero clic cuando amartilló el revólver para poder abrir fuego si hacía falta, y luego se acercó a la puerta carcomida, que se abrió ruidosamente y le dejó vía libre. Sarah tuvo que agachar la cabeza para cruzar el umbral de poca altura y entró en la cabaña. Examinó los cuatro rincones de aquella mísera morada apuntando con el cañón del arma, hasta que estuvo segura de que realmente no había nadie dentro. Pero ¿dónde diantre se había metido el gigante? ¿No había visto su sombra hacía un momento?
Sarah miró extrañada a su alrededor, examinó las paredes sin adornos y el frágil entablado que gemía con sus pisadas. Su mirada se posó en un pequeño charco que se había formado en el suelo delante del arca. Lo primero que pensó fue que el tejado probablemente tenía goteras por donde entraba el agua de la lluvia, pero una mirada al techo no corroboró esa suposición. Por muy vieja que fuera la cabaña, la cubierta de madera cumplía diligentemente su función. ¿De dónde salía pues el agua?
Sarah pasó a la siguiente idea y echó un vistazo a la jofaina de hojalata que había encima del arca y cuyo esmalte había saltado en algunos puntos. El interior del recipiente estaba mojado, lo cual permitía concluir que el agua del suelo había estado antes allí, pero ¿cómo había ido a parar al entarimado?
En el fondo, solo había una respuesta posible: alguien había abierto el arca y había hecho caer la jofaina.
Sarah agarró la tapa con una mano e intentó levantarla, pero no se movió ni un dedo. Se vio obligada a dejar el revólver y a intentarlo con las dos manos, pero la tapa del arca siguió sin moverse. El hecho de que no se viera ningún cerrojo ni nada semejante tenía que significar que había un mecanismo oculto.
Examinó la tapa y, luego, las distintas caras del arca, pero no logró descubrir nada sospechoso. Después de buscar en vano y de empezar a tacharse de necia por haber tenido una idea tan desacertada, su mirada se posó de nuevo en la jofaina… y tiró de ella en un último intento poco entusiasta.
El resultado fue asombroso.
El recipiente de hojalata, que no estaba colocado sobre el arca como parecía a simple vista, sino que estaba fijado en ella, se inclinó hacia delante con un ruido seco mecánico y, al cabo de un instante, la tapa del arca se abrió dejando oír el roce de las cadenas de un polispasto oculto. Desconcertada, Sarah dio un paso atrás antes de inclinarse con curiosidad para echar un vistazo al interior de la misteriosa caja. Y se llevó otra sorpresa.
El arca no tenía fondo ni era lo que parecía; se trataba más bien de la entrada a un pozo rectangular que penetraba verticalmente en una oscuridad insondable de la que emergían unos vapores malolientes que le hicieron arrugar la nariz.
¡Por allí había desaparecido el gigante!
Sopesó por un instante la idea de ir a buscar ayuda. Pero ¿a quién podía dirigirse a esas horas y con semejante tiempo de perros? Habría dado cualquier cosa por tener a su lado a Hingis o a Cranston, pero sus compañeros no estaban allí y no le quedaba más remedio que arriesgarse y explorar el terreno desconocido…
Empuñó el revólver con decisión y se acercó a la mesa para coger la lámpara. Equipada de este modo, entró en el arca y descendió por la escalera de mano hacia el misterioso fondo.
El hedor aumentaba con cada peldaño que bajaba. Asimismo, Sarah oyó un rumor lejano. Llegó al fondo del pozo, que debía de tener cinco metros de profundidad y tenía las paredes recubiertas con tablas de madera carcomida. Abajo había una galería estrecha que, por lo que pudo juzgar la joven, pasaba por debajo de los muros del cementerio.
Con la lámpara en una mano y el revólver en la otra, Sarah avanzó por la galería, que debía de medir unos tres pies de ancho y era lo bastante alta para poder caminar de pie. A Sarah le resultaba un misterio que el gigante encapuchado pudiera pasar por allí. En una de las vigas de madera que sostenían el techo a tramos regulares, encontró un jirón de lana negro: un trocito de capa, sin duda, y un nuevo indicio de que el coloso había tomado aquel camino.
Sarah contuvo la respiración. Las emanaciones malolientes que impregnaban el aire aumentaban a medida que se adentraba en la galería, y el rumor también se hacía más fuerte. Era imposible saber cuánto tiempo llevaba recorriendo el pasadizo cuando este desembocó en un gran conducto de piedra, pero Sarah calculó que hacía un buen rato que no se encontraba ya debajo del barrio de Josefov, puesto que el río apestoso y de un metro y medio de anchura que corría a sus pies era sin duda ¡una alcantarilla!
– Así que esta es la solución al enigma -musitó-. Me encuentro en el alcantarillado.