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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Sí, fueron tres jornadas inolvidables, durante las cuales Matías se ganó fácilmente el afecto de aquellas tres mujeres -e incluso el de las muñecas-, lo cual de rebote había de perjudicar a Jaime más aún. "¡Cómo Matías tendrías que ser! ¡Abierto y dicharachero!".

Por su parte, Carmen Elgazu descubrió que en realidad era en Bilbao donde ella hubiera deseado vivir. "¿Es que Gerona tiene Altos Hornos? ¿Es que tiene esa ría? ¿Y te has fijado en los verdes del monte? Claro, claro, tampoco ese sirimiri lo tenemos allí… Aquello está seco, digan lo que digan el Gobernador y mosén Alberto".

Para colmo, se anunciaba en la ciudad una Santa Misión. No menos de treinta predicadores llegarían a mediados de julio y durante una semana hablarían a todo el mundo de la bondad de Dios y de los pecados de los hombres. "Aquí hay vida, hay vida. Aquí hay chimeneas, predicadores y todo lo que tiene que haber".

Matías se tomaba el asunto por las buenas, pese a que veía en los vascos, en general, algo obtuso y lento, como si el exceso de comida y de bebida les hubiera bloqueado en parte los reflejos.

– Sí, es verdad -decía-. Es verdad lo de las chimeneas. Y que construís barcos y todo lo demás. Y también lo es lo del sirimiri; por eso en Pamplona me compré un paraguas. Pero os falta un detalle, a mi modo de ver: saber quiénes eran vuestros antepasados. ¿Y si resultaseis ilegítimos? Porque hay que ver la jerga que habláis… Dicen que se parece al chino. ¿Es eso cierto, Jaime? Porque, si lo fuera, con mucho gusto os haría una reverencia…

Tampoco veía Matías por qué los paisanos de su mujer tenían la manía de ensanchar el tórax y de organizar concursos de levantamiento de peso, de arrastre de piedras y de corte de árboles a hachazo limpio.

– Con vuestro permiso, yo prefiero a Gerona. Y digo Gerona porque no puedo decir Madrid.

Matías se dio cuenta de que a Carmen Elgazu no le hacía pizca de gracia acompañarlo a Burgos. Y también él prefería ir solo. De modo que no hubo dificultad.

– Si quieres, quédate aquí, con los tuyos. Y mientras aprovecha para ver si encuentras trazas de la familia de Eloy…

– ¿De veras no te importa que me quede? Saldría por ahí con mis hermanas…

– Quédate, mujer. Además, yo regreso en seguida. Ida y vuelta, nada más.

– Pues de acuerdo…

Matías salió en tren para Burgos. ¡Cuántos años hacía que no se separaba un solo día de su mujer! Había perdido la cuenta. ¡No, no la había perdido! Desde que se casaron. Sí, desde que se casaron habían dormido siempre, noche tras noche, en el mismo lecho y habían rezado, antes de dormirse, el mismo Padrenuestro.

El recuerdo de esa unión, todo lo perfecta que podía darse entre dos personas forzadas a convivir, le dio a Matías ánimo para salvar el trayecto Bilbao-Burgos y para soportar los parones de siempre y los asmáticos resoplidos de la locomotora.

Y una vez en Burgos, adonde llegó al filo del mediodía, le infundió también valor para preguntarles a los transeúntes, como antaño hicieran Mateo e Ignacio: "Por favor, ¿la calle de la Piedra?".

Calle de la Piedra, número 12… Calle estrecha, portalón triste y desconchado. Matías subió la escalera con el alma en un hilo. Y llamó a la puerta como si cometiera una violación.

Era la puerta de "los de su sangre". Por ella debió de salir su hermano Arturo la madrugada fatal en que fue fusilado. ¿Encontraría a alguien en casa? ¿Por qué tardaban tanto en contestar?

– ¿Quién es?

La voz sonó fuerte y joven al otro lado de la puerta.

– Soy yo, Matías. Acabo de llegar…

No hubo más. La puerta se abrió casi con estrépito y Matías se encontró frente por frente con Paz. ¡Qué espléndida muchacha! El sufrimiento no la había ajado como hubiera podido temerse. Llevaba el cabello larguísimo, caído a la espalda -como las hijas del Responsable- y exhibía unas pestañas muy negras, parecidas a las de Pilar. Olía a perfume barato. Pero tenía una enorme personalidad. ¡Y se parecía de tal modo a Ignacio!: la frente tenaz, los pómulos salientes…

Matías y Paz se abrazaron en el mismo umbral con inusitada fuerza, sin pronunciar una palabra, mientras otra voz sonaba allá al fondo preguntando: "¿Qué ocurre?", y un chico tímido, de unos doce años, se acercaba cautelosamente y miraba con curiosidad al recién llegado, cuyo elegante sombrero había rodado por el suelo.

Minutos después, Matías abrazaba a su cuñada. Conchi de nombre, y a continuación se agachaba para besar, como hacía con Eloy, a su sobrino Manuel, quien parecía el más desconcertado por aquella visita.

– ¡Matías! No puedo creerlo… -repetía una y otra vez Conchi.

– Pues ya lo ves, querida cuñada. Aquí estoy…

Desde el primer momento Paz, la "fanática Paz", como la llamaba Ignacio, había mirado a su tío Matías con más cariño del que éste pudo suponer. Matías temió que Paz se colocara a la defensiva, precisamente en virtud de su "fanatismo"; pero no fue así. Sin duda la muchacha había valorado debidamente el afecto que él había puesto en las cartas y el significado de aquel viaje.

Conchi, dándose cuenta de que continuaban todos en el vestíbulo, como pasmarotes, dijo:

– ¿Pasamos al comedor? ¿Quieres tomar algo? Tenemos un poco de anís…

– ¿Anís? ¡Vaya! Tomaré una copita.

– Yo te la traigo -intervino Paz. Y desapareció.

Matías entró en el comedor, menos mísero de lo que imaginaba, y tras él lo hicieron Conchi y Manuel. Hubo rumor de sillas y se sentaron a la mesa, parecida a la del piso de la Rambla.

Paz se les unió en seguida, trayendo la botella, y se sentó también. La muchacha los sirvió a todos. Matías se tragó el anís de un sorbo y luego chascó la lengua, con aire satisfecho.

Conchi, con la copita en la mano, preguntó:

– ¿Y Carmen? ¿Dónde está?

– Se quedó en Bilbao, con su madre y sus hermanos. Se encontraba un poco cansada del viaje…

– Ya…

Paz se interesó por Ignacio y por Pilar.

– Están bien, muy bien. Os traigo recuerdos de su parte.

Los preámbulos se prolongaron más de lo debido. Nadie se atrevía a entrar en materia. Por fin Matías se sirvió otra copita y decidió abrir brecha.

– Bueno… -empezó-, ¿por qué no hablamos ya de vosotros? -Dirigióse a Paz-. Tu última carta… Por favor, contadme cuál es exactamente vuestra situación.

Paz se pasó la mano por su larguísima cabellera. Mientras, Matías vio a Manuel a su derecha, encogido e intimidado, y le acarició la cabeza.

La actitud de Matías era tan diáfana que todo empezó a discurrir como sobre una pista asfaltada. Por turnos, Conchi y Paz fueron contándole lo que les ocurría. Naturalmente, no era cosa de insistir sobre "el asesinato" que cometieron los de Falange. "Lo mismo que lo de César, ¿comprendes?". Ni siquiera habían encontrado el cadáver de Arturo…

Ahora bien, ellas llegaron a suponer que, una vez finalizada la guerra, las dejarían tranquilas. Que podrían trabajar e ir tirando. Pero no había sido así. Continuaban marcadas por una palabra que valía por todas: 'rojas'. Eran 'rojas' y ello les cerraba todas las puertas. Consiguieron colocar a Manuel de aprendiz en una droguería, pero el chico ganaba una miseria. Paz, no había modo. Donde fuere le pedían los dichosos avales, lo que en Burgos equivalía a pedir la luna. La chica era conocida, sobre todo porque durante la guerra anduvo espiando por los cafés. Las dos habían conseguido algún que otro trabajo aquí y allá, pero sin puesto fijo y sin perspectiva de tenerlo. Así que ya nada les quedaba en el hogar que pudieran empeñar o vender…

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