Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
Por Amanecer, que es un nombre muy bonito y muy bien escogido, nos enteramos de todo lo que ocurre por ahí. Como podéis suponer, deseamos que la nueva Plaza de Abastos sea una realidad y que termine felizmente la ampliación del cementerio.
¿Y en Telégrafos, que tal? ¿Y Pilar? ¿Y don Emilio Santos…? Es curioso, que, estando lejos, uno vaya acordándose de todo el mundo… Los maestros de las pizarras verdes están en Méjico. Se han instalado allí para editar libros y me escriben a menudo, dando pintorescos vivas a Hernán Cortés, lo que no deja de tener su intríngulis.
Si está en vuestra mano, enviadnos alguna revista. Pero por lo menos unas líneas contestando a esta carta. Nuestras señas son: 97, Avenue de Wagram, París, XVII.
Recuerdos de Amparo -aquí la llaman madame García- y recibid el testimonio de mi amistad. Firmado: BERTA.
La tercera carta era la más importante. Estaba fechada en Burgos, escrita a mano con letra muy primitiva, e iba dirigida a Telégrafos -no al piso de la Rambla- a nombre de Matías.
Querido tío Matías: Muchas gracias por tus cartas, pues la última que recibimos nos ha alegrado mucho y esperamos que al recibo de ésta todos estéis bien.
Nosotros estamos mal, peor que nunca, que no hay manera de que se nos arreglen las cosas. Como nos dices que vendrás Pronto a vernos, pues ya podremos hablar y te contaremos todo. En la carta no nos ponías la fecha de tu llegada pero deseamos que no tardes mucho, pues como te digo así podremos hablar.
Así que, mientras, recuerdos de mi madre y de Manuel y que todos vosotros estéis bien de salud. Para ti, muchos besos de tu sobrina: PAZ.
Una posdata decía: "Perdona las faltas, tío. Muchos besos".
La carta de Julio pasó de mano en mano sin que nadie osara apenas hacer en voz alta ningún comentario. Lo mismo ocurrió con la de José Alvear. Únicamente Pilar preguntó: "A santo de qué lo llamarán monsieur Bidot?".
En cambio, la carta de Burgos impresionó de tal manera a Matías, que éste decidió efectuar sin tardanza el viaje que había proyectado con Carmen Elgazu: viaje Pamplona-Bilbao-Burgos, para airearse un poco y visitar a las respectivas familias.
– ¿Qué te parece, Carmen, si nos marcháramos el día veintiuno? Para mi trabajo en Telégrafos no hay pega. He hablado con el jefe y está de acuerdo.
Carmen aceptó.
– Pues por mí, cuanto antes mejor.
Dicho y hecho. Matías guardó para sí la carta de Paz -la palabra Burgos era tabú en el piso de la Rambla, sobre todo por lo relativo a Pilar- y después de comunicar la noticia a los chicos empezaron a preparar el equipaje.
A Ignacio y a Pilar les extrañaba que sus padres se ausentasen.
– ¡Cuidado con el dinero! ¡Mejor que mamá lo lleve escondido en alguna parte!
– ¡Si os equivocáis de tren y os veis en apuros, mandadnos un telegrama!
Las chanzas fueron abundantes y todos recordaron el viaje que en el verano de 1935 Carmen Elgazu hizo a San Feliu de Guíxols, adonde llegó lloriqueando por la gran cantidad de carbonilla que le había entrado en los ojos.
– Andáis mal de la cabeza -bromeaba Matías-. ¡Con las salidas que hicimos los dos durante la guerra, en busca de comida!
– Sí. Pero siempre por aquí cerca, por la provincia.
– ¡Qué más da!
Carmen Elgazu les dio muchos consejos. Sobre todo al pequeño Eloy, al "renacuajo".
– Eloy, vigila a esa pareja. No vaya a resultar que sean ellos los que se extravíen…
Eloy cruzó los dedos y, sonriendo, los besó.
Ignacio, Pilar y Eloy -y también Mateo y Marta- acudieron a la estación a despedirlos. Matías y Carmen Elgazu llevaban dos gruesas maletas, con mucha ropa, pues no sabían cuántos días duraría el viaje y la radio hablaba de "clima inestable en el litoral cantábrico". Matías había adquirido el consabido quilométrico. Las dos fotografías pegadas en él eran horribles, dignas de Ezequiel. Carmen Elgazu comentó: "Parecemos de la FAI. ¡Extraño será que no nos detengan por el camino!".
La locomotora empezó a resoplar.
– ¡Adiós, adiós!
– ¡Mamá, un abrazo muy fuerte a la abuela Mati!
Por fin el tren arrancó y pronto Gerona quedó atrás… De repente, Carmen Elgazu dijo:
– Me parece que no has hecho la señal de la cruz…
– Sí, mujer. ¿Cómo iba a olvidarme?
Se acomodaron uno junto al otro y enlazaron las manos, a semejanza de Manolo y Esther.
Guardaron un largo silencio. Sus pensamientos sincronizaban; los hijos. Y también los viajes que habían hecho, en busca de comida. Recordaban sobre todo aquél en que, cerca de Olot, almorzaron en pleno campo y durmieron la siesta reclinados en el mismo tronco de árbol. Carmen Elgazu se deleitó evocando el momento en que Matías fue al río y le trajo agua en un cucurucho de papel. El recuerdo la emocionó tan hondamente, que apretó con fuerza inusitada la mano de Matías.
Éste se volvió para mirar a su mujer.
– ¿Qué te pasa? -le preguntó cariñosamente.
Carmen Elgazu se encogió de hombros.
– Nada. Pienso…
Marcaron otra pausa:
– Es nuestro segundo viaje de novios, ¿verdad?
– Sí…
Viaje pesadísimo… a causa de los retrasos y de los trasbordos. De pronto, permanecían parados tres horas en cualquier estación y al final recibían la orden de cambiar de tren. Llegaron a la conclusión de que existían pocas cosas tan grises y tan muertas como una vía muerta de ferrocarril. Menos mal que de vez en cuando las chanzas que se dedicaban el uno al otro les levantaban el ánimo. Menos mal que Matías repetía como un sonsonete, en el momento más impensado: "Esto sólo se puede hacer…" Y Carmen Elgazu terminaba la frase: "…por la familia".
Pero llegaron a Pamplona, sede de don Anselmo Ichaso, quien seguía con El Pensamiento Navarro y con sus trenes-miniatura. Atardecía. Les pareció inoportuno visitar a esa hora a sor Teresa, a la hermana de Carmen Elgazu, de modo que buscaron una pensión y salieron a dar una vuelta.
Inmediatamente se dieron cuenta de que la ciudad, por haber sido siempre "nacional", era muy distinta a Gerona. Tenía un aire pujante, de abundancia y estabilidad. Ello se advertía no sólo en la riqueza de las iglesias, sino en los comercios, provistos de artículos de toda clase, y en el ambiente despreocupado y alegre de las calles. También los habitantes tenían, sin lugar a dudas, mejor facha, un aspecto más saludable e iban mejor vestidos. "Si no fuera por los retratos de Franco -comentó Carmen Elgazu-, esto me recordaría los años de Primo de Rivera". Matías, que se había comprado un espléndido paraguas cerca de la Catedral, dijo a su vez: "De todos modos, nos largaremos pronto, porque aquí acabaría haciéndome monárquico. Y ser monárquico y no tener rey ha de resultar una lata".
Al día siguiente fueron al convento de las Salesas a visitar a sor Teresa. Mosén Alberto les había dicho: "Sor Teresa impresiona por su palidez". La verdad es que no fue la palidez lo que de sor Teresa impresionó a Matías y a Carmen, sino su aire distante. Sor Teresa manifestó, bajo sus alas almidonadas y su hábito, alegría y, acercándose primero a Carmen y luego a Matías, les dio tímidamente un par de besos en las mejillas. Pero una vez sentados los tres en la "sala de visitas", sala fría, con un grabado del Sagrado Corazón y otro, en color, de Pío XII quedó de manifiesto que sor Teresa había quedado absolutamente seccionada de la familia. "¡Pero, hija… -tenía ganas de gritarle Carmen Elgazu-. ¿Por qué no levantas un poco la voz? ¡Si en Bilbao eras la que más chillabas!". "¡Pero, vamos a ver! -pensaba Matías-. ¿Es que esa mujer no tiene sangre en las venas?".