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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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No era eso. Simplemente, los años de convento habían tatuado a sor Teresa. Los quería, los tenía a todos presentes a menudo, rezaba por ellos; pero era tal la rutina de su quehacer diario, que cualquier visita se le antojaba una intrusión y la desconcertaba. Fuera de eso, sabía que aquella visita era provisional. Duraría un cuarto de hora, media hora a lo sumo, y luego ella volvería a la quietud de su celda, a su reglamento, a la media luz de la capilla…

Sor Teresa se interesó por Ignacio y por Pilar. Pero, sin conocerlos, no podía poner calor en sus palabras. Sin embargo, al verlos en fotografía -Matías le mostró varias- exclamó: "¡Qué majos son, qué majos!".

Luego hablaron un momento de la guerra. Sor Teresa no podía imaginarse cómo había sido la zona 'roja'. "De haber profesado en Gerona, a lo mejor ahora sería mártir". Allí no, allí estuvo a salvo. Allí no había visto sino a millares de requetés procedentes de toda Navarra yéndose al frente con cruces y escapularios, como si fueran a una fiesta, a la fiesta de Dios.

– Era edificante incluso para nosotras, las monjas. Nos pasábamos el día rezando y cosiendo "detentes".

– ¿Detentes? -preguntó Matías.

– Sí, hombre -explicó Carmen-. Aquellos emblemas del Sagrado Corazón, que se ponían en el pecho y que salvaron muchas vidas.

Matías se encogió de hombros.

– Ni idea. Ignacio no llevaba eso. Ni Mateo tampoco.

Luego sor Teresa les aseguró que era completamente feliz, que cada día estaba más contenta de haber entrado en religión y que cada día se sentía más unida con Cristo. "Pero, rezad, rezad mucho por mí, para que persevere".

La visita duró veinticinco minutos justos. La despedida fue, tal vez, algo más emotiva, porque los tres pensaron que difícilmente volverían a verse. "Gracias, gracias por haber venido. Y muchos besos a mamá y a todos en Bilbao. Que Dios os bendiga. Estáis bien, os encuentro muy bien. Y sé que Matías es un buen esposo y un buen padre. Adiós, Carmen. Que el Señor os acompañe".

A la salida, Matías se paró en la acera, frente al convento, y se secó el sudor. Hacía demasiado sol para detenerse a liar un cigarrillo, pero fumó mentalmente, para airear sus pensamientos.

– Tu hermana lo tiene todo resuelto -comentó-. Así da gusto.

Carmen Elgazu lo miró.

– ¿Qué quieres decir?

– Lo que he dicho. Que no hay problema.

– Se caló el sombrero y añadió-: Vamos a un café a tomar algo…

Horas después salían rumbo a Bilbao. Y una vez en el tren, rodeados de un paisaje fértil, muy hermoso, Matías confesó que su cuñada, sor Teresa, no le había gustado. "Yo creo que el reglamento se las come. Acaban incluso siendo feas, palabra.

– Viendo que Carmen sonreía, añadió-: ¡Bien! Qué más da… Me casé contigo y no con ella ¿no es así?".

Carmen Elgazu lo miró a los ojos. Esta vez lo asió del brazo. Y de nuevo uno y otro, como al salir de Gerona, se dejaron mecer por el traqueteo del tren, contemplando sus propias vidas a través del profundo paisaje de Navarra.

En Bilbao todo fue distinto. La abuela Mati los recibió como si fueran embajadores de Su Majestad. Y con ella los tres hermanos de Carmen: Josefa y Mirentxu, solteras, y el propio Jaime, el ex 'crupier', a quien Ignacio avaló liberándolo del campo de concentración. Para completar la familia no faltaba sino Lorenzo, el de Trubia, quien anunció que el trabajo le impedía desplazarse.

Carmen Elgazu y los suyos llevaban sin verse exactamente nueve años. Desde 1930. Era natural que el primer golpe de vista les causara a todos una impresión muy fuerte. El tiempo había marcado sus huellas… Pero la turbación duró poco. A los pocos minutos la abuela Mati hizo un mohín y Carmen Elgazu exclamó: "¡Pero, mamá! ¡Si no has cambiado, si no has cambiado nada!". A la recíproca, de pronto Josefa, viendo a Carmen Elgazu mover las cejas, dijo: "¡Pero si eres Carmen! ¡La misma, la misma! ¡Qué maravilla!".

Fueron tres días inolvidables. La abuela Mati, con su bastón de alcaldesa, apenas si les permitió -aparte admirar una y cien veces el retrato del abuelo, Víctor Elgazu Letamendía, al que Ignacio se parecía mucho y que presidía la casa con sus grandes bigotes- darse un paseo por la ría e ir a escuchar a Marcos Redondo en Katiuska. Asimismo permitió que, junto con Jaime, acudieran a presenciar la llegada de los ciclistas que competían en la Vuelta al Norte, vuelta que iba ganando el catalán Cañardo. Pero nada más. La abuela Mati era tan charlatana, tan dominante y necesitaba tanto afecto, que los quería a todos siempre allí, contando lo que fuere. Que si Ignacio era así o asá. Que si en Gerona llovía o no llovía. Que si el trabajo en Telégrafos era pesado y si circulaban todavía incautos peces por el río Oñar…

La abuela Mati le cayó en gracia a Matías, no sólo por su carácter sino porque Carmen Elgazu se le parecía mucho en muchos aspectos. "¡Ay, abuelita! ¡Ahora ya sé el porvenir que me espera!". También simpatizó con Josefa y Mirentxu, a las que les había ocurrido lo contrario que a sor Teresa: la soltería las había inclinado a enamorarse locamente de los hijos de los demás. Sus sobrinos eran para ellas dioses. No se cansaban de mirar las últimas fotografías de Ignacio y de Pilar. En cuando a la de César… al verla se habían quedado absortas, sin atreverse a hacer el menor comentario. Hasta que, acercándosela a sus labios, la besaron dulcemente.

Caso aparte era Jaime, el hermano de Carmen Elgazu. Andaba taciturno. Todavía no le cabía en la sesera que hubieran perdido la guerra. Continuaba siendo separatista vasco y no hacía más que recordar las humillaciones sufridas en los campos de concentración. "Las humillaciones y todo lo demás…" Estaba empleado en el Frontón Gurrea, era el encargado del marcador. Jaime estaba convencido de que Madrid no concedería al País Vasco sino limosnas. "Montarán industrias en Andalucía, en La Mancha, en cualquier sitio, menos en el País Vasco y en Cataluña. Y si no, al tiempo".

Matías hacía lo que podía para comprender a su cuñado, que iba ya por los treinta y cinco años. Pero no lo conseguía. Se le antojaba teórico en exceso, basto y poco cultivado. ¿Cómo pretendía resolver los problemas de la nación, si no había acertado a resolver los suyos propios? "Querido Jaime, no te ilusiones. Los separatismos son un mito, no conducen a nada. Aquí, todos a arrimar el hombro y a ver qué pasa".

Excepción hecha de Jaime, aquella casa respiraba tranquilidad y amor. Lo único que molestaba a Matías era que su mujer, en cuanto se dirigía a su madre o a sus hermanas, hablaba en vascuence. "¡A ver si me entero…!", protestaba. Pero Carmen Elgazu no le hacía caso. "¡Vaya! Por una vez que tengo ocasión…"

Incluso el problema económico había sido solucionado. La abuela Mati, que con la guerra había perdido todas sus joyas, en vista de que el sueldo que percibía Jaime en el Frontón Gurrea era mínimo, tuvo una idea feliz: montar en su casa un taller de confección de muñecas, aprovechando la habilidad de Josefa y Mirentxu para esos menesteres. El planteamiento era de sentido común: después de una guerra se producían muchos nacimientos y la gente, para olvidar -¿por qué a 'La Voz de Alerta' le costaba aceptar esta tesis?-, se enamoraba de cosas ingenuas. "Cuando llegue la temporada de Reyes -pronosticó la abuela Mati- no daremos abasto".

El éxito fue tan completo que pronto Josefa y Mirentxu se vieron en la necesidad de contratar en el taller a varias muchachas. Vale decir que las muñecas que aquéllas diseñaban constituían una sorprendente novedad. Eran modernas, sobre todo en lo atinente a los peinados, a los vestidos, ¡y a los ojos! Sí, en un mueble especial, alineados y clasificados en cajoncitos, había ojos de cristal sueltos, de todos los colores. Carmen Elgazu se enamoró de ellos. A Matías, en cambio, vistos así, en cantidad, le produjeron cierto malestar. "No me gusta que tanta gente me mire", comentó. La abuela Mati le preguntó a Carmen: "¿Cómo tiene Pilar los ojos? ¿Ves algunos que se le parezcan?". Carmen Elgazu inspeccionó los cajoncitos y dijo: "No".

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