Gris de campaña
- Автор: Керр Филипп
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:
Dejamos los cadáveres donde estaban y ocupamos nuestros lugares en los vehículos, sólo que en esta ocasión fue Kestner, y no Oltramare, quien se sentó conmigo y Frau Kemmerich. Kestner vio que yo estaba muy alterado por lo ocurrido y, después de mis anteriores comentarios respecto a su antigua militancia en el KPD, parecía con ganas de sacar provecho de la ventaja que ahora percibía tener sobre mí.
– ¿Qué pasa? ¿No soportas la visión de la sangre? Creía que eras un tipo duro, Günther.
– Déjame decirte algo, Paul. Aunque no sea asunto tuyo. Yo ya he matado antes. En la guerra. Después de aquello creí que todo el mundo había aprendido la lección, pero no ha sido así. Si tengo que matar de nuevo, intentaré asegurarme de que, de entrada, mato a quien yo quiera matar. A alguien que necesite que yo le mate. Así que continúa parloteando en mis oídos y ya veremos lo que pasa, camarada. No eres el único hombre en este vehículo capaz de pegarle un tiro en la nuca a otro hombre.
Después de aquello se calló.
La tarde dio paso al crepúsculo. Mantenía la mirada en los árboles por encima de la carretera y guardaba silencio, porque el ruido dentro de mi cabeza era indescriptible. Supongo que era el eco de aquellas metralletas. No me hubiese sorprendido encontrar a los fantasmas de los hombres que habíamos matado sentados en los vehículos junto a nosotros. Silencioso e inmóvil, retraído en mi propio ego, esperé a que acabase la pesadilla en que se estaba convirtiendo nuestro viaje.
A Toulouse la llamaban la ciudad rosa. Casi todos los edificios del centro de la ciudad, incluido nuestro hotel, Le Grand Balcón, eran rosados, como si estuviésemos mirando a través de las gafas con cristales de color rosa del inspector jefe. Decidí adoptar esa máscara para conseguir lo que ahora necesitaba. Ahora ya podía respirar mejor, hecho que constituía una gran ayuda. A la mañana siguiente, a la hora del desayuno, saludé efusivamente al comandante Bomelburg y a los dos policías franceses. Fui cortés incluso con Paul Kestner.
– Les pido disculpas por lo de ayer -dije, dirigiéndome a todos en general-. Antes de dejar París, el doctor del hospital me administró algo que me ayudase a realizar mi trabajo, y me advirtió de que cuando se pasase el efecto quizá me comportaría de una forma extraña. Tal vez no tendría que haber venido, pero, como ustedes probablemente se pueden imaginar, estaba ansioso por realizar la misión que me había encomendado el general Heydrich, sin importarme las consecuencias que ello pudiera tener para mí.
Bomelburg parecía más delgado y gris que el día anterior. Kestner podría haberse pasado la noche lustrándose la calva, a juzgar por el brillo que lucía. Oltramare le dijo algo en francés al comisario, y éste se puso los quevedos y miró con indiferencia antes de asentir con aparente aprobación.
– El comisario dice que tiene usted mucho mejor aspecto -me comunicó Oltramare-, y yo debo decir que estoy de acuerdo.
– Sí, por supuesto -manifestó Bomelburg-. Mucho mejor. El día de ayer no tuvo que ser fácil para usted, Günther. Emprender este viaje, cuando era obvio que no estaba usted en su mejor forma. Es digno de admiración que usted quisiera venir con nosotros, dadas las circunstancias. Desde luego, se lo comunicaré al coronel Knochen cuando haga mi informe en París. Con las buenas noticias que acabo de recibir del comisario Matignon, éste acabará siendo un buen día. ¿No está de acuerdo, Kestner?
– Sí, señor.
– ¿Cuáles son esas buenas noticias? -pregunté, con una sonrisa animada por mi nuevo optimismo color Toulouse.
– Vaya, que tenemos al judío que asesinó a von Rath -dijo Bomelburg-. Grynszpan. -Se rió-. Según parece, llamó a la puerta de la cárcel aquí en Toulouse y pidió que le dejasen entrar.
Oltramare también se reía.
– Al parecer habla muy poco francés -dijo-, no tenía dinero y creyó que nosotros podríamos protegerlo de ustedes.
– El estúpido judío -murmuró Kestner-. Ahora me pongo en camino para ir a la cárcel. Con el comisario y monsieur Savigny. Para organizar la extradición de Grynszpan a París y luego a Berlín.
– Por lo que parece, el Führer quiere un juicio -añadió Bomelburg-. Al precio que sea, pero debe celebrarse un juicio.
– ¿En Berlín? -Intenté no parecer sorprendido.
– ¿Por qué no en Berlín? -preguntó Bomelburg.
– Es que el asesinato tuvo lugar en París -respondí-. Y por lo que sé, Grynszpan ni siquiera es ciudadano alemán. Es polaco, ¿no? -Sonreí-. Lo siento, señor, pero algunas veces me cuesta olvidar que soy policía y sigo pensando en cosas sin importancia, como la jurisdicción.
Bomelburg me apuntó con un dedo.
– Sólo está haciendo su trabajo, amigo. Pero conozco este caso mejor que nadie. Antes de unirme a la Gestapo estuve en el servicio extranjero en París, y pasé tres meses trabajando en este caso. Para empezar, Polonia es ahora parte del Gran Reich Alemán. Como lo es Francia. Por otro lado, el asesinato tuvo lugar en la embajada alemana en París. Técnica y diplomáticamente era territorio alemán. Eso marca una gran diferencia.
– Sí, por supuesto -admití dócilmente-. Es una gran diferencia.
Ciertamente, era una gran diferencia para los judíos de Alemania. El asesinato por parte de Herschel Grynszpan de un oficial en la embajada en París, en noviembre de 1938, sirvió de excusa para que los nazis organizasen un enorme pogromo en casa. Hasta la noche del 10 de noviembre de 1938 -la Kristallnacht- aún era posible imaginar que vivías en un país civilizado. El proceso a Grynzspan sería uno de esos que tanto les gustaban a los nazis: un juicio espectacular, con un veredicto fijado de antemano; pero al menos, si Bomelburg no mentía, a Grynszpan no lo asesinarían junto a la cuneta de una carretera.
Dejamos a Kestner, Matignon y Savigny, que se dirigían a la cárcel de St. Michel, en Toulouse, y Bomelburg y yo, acompañados por seis hombres de las SS, iniciamos el viaje de sesenta y cinco kilómetros en dirección sur a Le Vernet. Frau Kemmerich no vino con nosotros, al parecer, su marido había sido trasladado a otro campo de concentración francés, en Moisdon-la-Rivière, en Bretaña.
Le Vernet estaba cerca de Pamiers, y el campo se encontraba hacia el sur, muy cerca de la estación de ferrocarril, circunstancia que Bomelburg describió como «conveniente». Había un cementerio al norte del campo, pero no mencionó si eso también era conveniente, aunque yo estaba seguro de que lo sería: Le Vernet era incluso peor que Gurs. Rodeado por kilómetros de alambre de espino, sobre un terreno desierto de la campiña francesa, los numerosos barracones parecían ataúdes dispuestos después de una gigantesca batalla. Se hallaban en un estado deplorable, igual que los dos mil hombres famélicos encerrados allí y vigilados por gendarmes franceses muy bien alimentados. Los prisioneros trabajaban en la construcción de una carretera entre la estación de trenes y el cementerio. Pasaban lista cuatro veces al día, operación que duraba una media hora. Llegamos justo antes de la tercera, le explicamos nuestra misión al policía francés que se encargaba de ello, y éste, cortésmente, puso a nuestra disposición a un oficial de aspecto vil que olía fuertemente a anís y a un sargento corso de rostro amarillento. Escucharon mientras Oltramare traducía los detalles de nuestra misión. El señor Anís asintió y encabezó la marcha hacia el campo.
Bomelburg y yo lo seguimos, pistola en mano, porque se nos había advertido de que los hombres del barracón treinta y dos, el «barracón de los leprosos», eran considerados los más peligrosos del campo. Oltramare nos seguía un poco más atrás, y también iba armado. Los tres esperamos fuera mientras varios gendarmes franceses entraban en el barracón, oscuro como la niebla, y sacaban a los ocupantes a golpes de látigo y maldiciones.