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Электронная книга - «Últimas tardes con Teresa». Краткое содержание книги:

Ambientada en una Barcelona de claroscuros y contrastes, Últimas tardes con Teresa narra los amores de Pijoaparte, típico exponente de las clases más bajas marginadas cuya mayor aspiración es alcanzar prestigio social, y Teresa, una bella muchacha rubia, estudiante e hija de la alta burguesía catalana. Los personajes de esta novela a la vez romántica y sarcástica pertenecen ya, por derecho propio, a la galería de retratos que configuran toda una época. Hito de la literatura española contemporánea, esta obra consolidó internacionalmente el nombre de su autor…
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– …fue en julio del 53, un verdadero asesinato, una fantochada de…

– …procónsules del nuevo imperio…

– …un hijoputa llamado Greenglass, ¿recuerdas?

– …y un siniestro carcamal llamado Macarci…

– …y esos tipos afirman que todos los comunistas viven en pecado de concubinato…

– …como dice ese caradura de Guillermo Soto, ese imbécil. -No es tan imbécil como crees -dijo Jaime Sangenís-. Es de derechas, pero moderado.

– Precisamente -le respondió Luis Trías-. Cuando se es de derechas lo mejor es serlo del todo y hasta el fin, de la manera más absoluta.

– Eso es un disparate. Es como desear ver a la sufrida clase media convertida en lumpen para que se produzca la revolución cuanto antes. Las cosas hay que ganarlas con esfuerzo, amigo. ¿Tú qué opinas, Manolo?

Manolo, en tales ocasiones, se dedicaba a contemplar el cuadro de la mujer envuelta en gasas mientras rumiaba sus respuestas, en las que se mostraba un clásico:

– En esta vida, todo esfuerzo tiene su recompensa.

Sabía que era un cochino embuste inventado por alguien, y lo decía sonriendo (en el fondo de su corazón estaba serio) sólo para quedar a salvo de sospechas. De pronto descubrió que la mujer del cuadro era la dueña del bar, pero más joven. “Cachonda”, se le escapó.

– ¿Te gusta? -le preguntó Leonor.

– No está mal…

– Es horrible.

El murciano encendió un pitillo.

– Quiero decir la mujer -precisó.

– Oh, Encarna está hecha un encanto, incluso en este cuadro.

– Pues eso.

No comprendía como, admitiendo que la mujer del cuadro fuese un encanto, el cuadro resultara horrible. Teresa se sentó entre Luis y Jaime. Manolo quedaba ahora frente a ella, que dijo:

– ¿Te has quedado con los cigarrillos, cariño?

Luis torció el cuello. Manolo sacó el pequete de Chester, que arrojó sobre la mesa; cayeron unos granitos de arena y Teresa, sonriendo extrañamente, mientras miraba a Manolo, los juntó con la mano hasta formar un pequeño montón que dejó en el centro: un monumento público erigido a su intimidad. Ricardo Borrell y María Eulalia seguían haciendo rancho aparte. De vez en cuando se oía la voz de Ricardo leyendo o comentando en sentido elogioso algunos pasajes del libro. Era un libro de crítica literaria, de reciente aparición, y estaba siendo devorado en la Universidad. Durante un silencio general, concedido a petición de María Eulalia, la voz del lector transmitió una idea insólita, una de esas manifestaciones que a un autor le pesarán toda la vida, le perseguirán, le acosarán de noche como una pesadilla: “En general, puede decirse que el novelista del XIX fue poco inteligente.”

– Eso está bien -añadió Ricardo por su cuenta-. Ya era hora de que alguien desenmascarara a Balzac y compañía. -Qué bobada -exclamó Teresa, que observaba a Manolo y temía el rumbo que tomaba la conversación.

– Coñi, si eran todos unos reaccionarios – dijo María Eulalia-. Genios, de acuerdo, pero envanecidos por su poder creador -añadió mirando a Ricardo con ojos enloquecidos, temiendo tal vez haber dicho una burrada (olvidaba que lo había leído en el libro), ya que a veces le resultaba difícil comunicar con Ricardo-: era tan puro, tan objetivo, parecía tan détaché del mundo interior de la gente.

– Lo uno va con lo otro, rica -dijo Luis Trías, despistado, atacando la sexta ginebra.

– Confieso que a mí Rastignac me divierte más que López Salinas -aventuró Teresa, que esta noche deseaba contradecirlos sin saber muy bien por qué. Desgraciadamente, su opinión fue considerada escandalosamente subjetiva y rechazada.

– Que a ti te divierta no quiere decir nada, monada -dijo Ricardo, sin vacilar ante la consonancia (era realmente un objetivo puro)-. Además, Rastignac no es Balzac.

Teresa sospechó que semejante afirmación era propia de un retrasado mental, pero no dijo nada; era otra idea subjetiva y habría sido menospreciada. Miró a Manolo y le vio con los ojos bajos, mirándose las manos (durante todo el día le había visto preocupado por sus manos de obrero, como si temiera mostrarlas sucias o feas), aquellas manos fuertes que habían apretado sus costillas tras una barca, sobre la arena, aquella misma tarde. ¡Cuánto mejor no sería acogerse a ellas una vez más y hablar de cosas simples en el dulce y diminuto espacio de los alientos mezclados, en lugar de perder el tiempo aquí con esos pedantes! Inmóvil, desconcertante como una raíz o como una piedra repentinamente decorativa, con aquella indiferencia mineral que ella tanto admiraba, el murciano le devolvía de vez en cuando la mirada a través del humo del local, de las conversaciones y de la música, eran miradas de afecto y de rescate, breves, contenían la justa dosis necesaria de seguridad que ella precisaba para sentirse segura a su vez. Luis Trías, frotando el vaso de gin en su mejilla, se volvió hacia ella y le dijo:

– Te estuve buscando.

– ¿Qué pasa?

– Nada. Te estuve buscando, eso es todo.

– ¿Se prepara algo al empezar el curso…?

– Sí. Pero no te buscaba por eso. De momento no eres necesaria.

Teresa no pareció acusar el golpe.

– Entonces, ¿para qué?

– Para nada, ya te digo. Quería verte. Sabía que no regresaste a Blanes, que vives aquí…

– Alguien tenía que quedarse junto a Maruja, ¿no?

– No necesitas justificarte conmigo.

– No me estoy justificando, imbécil. Te estoy mintiendo.

Y se levantó para ir al lavabo. Nadie podía sospechar aún que las relaciones personales entre Teresa Serrat y el líder del resistencialismo universitario habían sufrido un sensible cambio desde aquella noche ignominiosa en la villa: Teresa, que había elevado a Luis a la categoría de líder estudiantil, ahora le hacía caer del pedestal e incluso se mostraba dispuesta a poner en duda su supuesto poder político. La decadencia del prestigioso estudiante había pues empezado.

Cuando Teresa volvió se sentó junto a Manolo, que ahora tenía un encendedor entre los dedos y le daba vueltas distraídamente. “¿Quieres que nos marchemos”?, le preguntó ella. “No, todavía no”, dijo él. Teresa vio que María Eulalia le hacía señas y gesticulaba desde el otro extremo de la mesa, sus brazos llenos de pulseras se movían por encima de la cabeza de Ricardito Borrell como si fuera a emprender el vuelo. “¡No te entiendo!”, le gritó Teresa.

– …que por qué no te dejas flequillo como yo. ¡Da más profundidad a la mirada!

Entonces fue cuando Manolo le pasó el brazo por los hombros (todos lo vieron) y le rozó la sien con el perfil. A Teresa le pareció tan natural, era como si él quisiera defenderla, como si quisiera impedir que contestara a la pregunta de María Eulalia con otra estupidez. Luis pidió más ginebra.

– ¿Y por qué no vamos a otro sitio? -decía Jaime.

– ¿No querías que Ricardo os leyera eso? -respondía María Eulalia cada vez que alguien hablaba de irse-. Sed un poco atentos con el chico, por lo menos, ¿no?

– A la Macarena -decía Luis Trías, que ya sólo pensaba en un torso juvenil y perfecto, ceñido con un niki a rayas y recostado en cierto diván tapizado de rojo. Luego estuvo mucho rato callado y cuando rompió el silencio parecía otro.

– ¿Sabéis quién está en Barcelona? -dijo muy serio, y después de una pausa-: Mauricio.

– ¿Le has visto? -preguntó María Eulalia.

– ¿Quién te lo ha dicho? -añadió Leonor.

– Me consta que está aquí, lo sé de buena tinta. -Se volvió hacia Manolo-. ¿Conoces a Mauricio?

¡Aquí está, por fin!, se dijo él. No era todavía el golpe bajo que había estado esperando, pero si llegaba partiría de ahí. Era la segunda vez en menos de quince horas que le hacían la misma pregunta (Teresa se la había hecho esta misma tarde, en la playa). ¡Dichoso Mauricio, cuánto te aman! Dejó el encendedor sobre la mesa, cambió una mirada con Teresa (una mirada que no quería decir nada, era sólo para entrever, de paso, si los demás tenían la atención puesta en él), inclinó un poco la cabeza y dijo en un tono natural, más bien triste:

– Me habló de ti.

Se produjo un silencio.

– ¿De mí? -dijo Luis-. ¿Qué quieres decir?

– Nada, hombre. Sólo eso.

Leonor se inclinó para decir algo al oído de Teresa. Todos vieron como ella movía la rubia cabeza afirmativamente, Jaime palmeó la espalda de Luis con aire de resignación. Bajo la cariñosa mirada de María Eulalia, el feliz binomio autor-lector dejó oír nuevamente su voz:

– Bueno, escuchad esto: “El autor, a quien las nuevas técnicas…”

Manolo se levantó. Todos le miraron. Aparentemente indignado (en realidad se aburría) se había levantado para ir al lavabo. Luis Trías, no repuesto aún, le pidió a Encarna tabaco negro, a gritos. Pero no había tabaco negro. Golpeó la mesa con el puño.

– Es cabreante, Encarna, que nunca tengas tabaco negro. Indignante, vamos.

– Calla, macu! -dijo la voz cavernosa.

En la mesa surgió una discusión a propósito de la indignación del hombre actual. Luis opinaba que el español ha perdido su fabulosa capacidad de indignación, que todo lo aguanta, que ya no se indigna por nada. Jaime Sangenís le dio la razón. Leonor les hizo observar que, a su entender, existía aún en el país cierta capacidad de indignación, pero que había que admitir que ya no era viril, no era nacional. Hablaba, como siempre, con rapidez y sin mucha coherencia:

La indignación del hombre es naturalmente política. Dicho de otro modo la indignación natural en el hombre, fundamentalmente, es o debería ser política. Ahora bien, cuando los hombres aplican su indignación en cosas estúpidas, en memeces, como ese loco de Pamplona, por ejemplo, que ha roto un escaparate indignado porque exhibía un bikini, lo habréis leído en el periódico de ayer, o ese otro que ha tapado con pintura el escote de Marilyn en un cartel de cine, en el Paseo de Gracia, ¿lo habéis visto?, o los que van al fútbol a berrear, o tú mismo ahora (miraba a Luis, que ya estaba mosca, y esta noche empezaba a tener razones para estarlo) con tu dichoso tabaco negro…

– ¿Queréis saber una cosa? -dijo Teresa, que se había hecho servir la tercera ginebra-. Estáis pesadísimos y todo esto me parece ridículo…

Su opinión -que no merece la pena de ser transcrita aquí por carecer de interés- fue sin embargo escuchada con interés, no tanto por venir de ella como por salir de unos labios particularmente desflorados esta noche: hacían pensar en el murciano.

– ¿Pero qué te pasa hoy a ti? -exclamó Jaime.

– Teresa ha cambiado -sentenció Luis-. Ha adquirido la preciosísima mala leche proletaria.

– ¿Por qué no dejas de beber si no sabes, Luis?

– Por eso precisamente me encanta tu murciano -prosiguió Leonor sin darse por vencida, mientras el Pijoaparte orinaba en el retrete, precisamente en el momento de darse a todos los diablos por haberse manchado un poco los pantalones-porque en él la indignación es viril, siempre política.

Mientras, María Eulalia, cuyos muebles se iban deteriorando peligrosamente en el transcurso de la noche, ya casi había conseguido cobijar a Ricardo bajo su ala de gallina.

– ¿Te gusta el libro?

– Hay que leer todo eso muy atentamente -dijo Ricardo-. ¿Me lo prestas por unos días?

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