Últimas tardes con Teresa
- Автор: Marsé Juan
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Últimas tardes con Teresa». Краткое содержание книги:
– Dina está ahí dentro -susurró ella-. Qué alivio que lo de Maruja no fuera nada ¿verdad?
– Sí -dijo él-. Anda, vámonos.
– Espera… Yo…
– Vamos a un sitio donde estemos solos. Al Tibet.
– Sí. Pero… -Sonreía, hundió la cabeza sobre el pecho, suspiró-. Manolo, quiero que nadie sepa esto. Nadie debe saber que salimos juntos, será como un secreto entre tú y yo ¿comprendes?
– ¿Has reflexionado mucho en la villa? -preguntó él. Teresa titubeó:
– Por favor, no saques conclusiones demasiado egoístas (el muchacho parpadeó, confuso). No digas nada, te lo ruego. -Le puso el dedo en los labios-. ¿Sabes?, entre mis papeles he encontrado la carta que un amigo me escribió desde la cárcel, un estudiante. Si supieras lo que dice, cómo está escrita, me devolvió la tranquilidad… Somos unos cobardes, Manolo, eso es lo que yo creo, unos cobardes por no atrevemos nunca a hacer las cosas que están bien y que nos gustan. En la carta me hablaba de Mauricio.
Sombra querida, sin duda. Él había ya observado que Teresa, siempre que hacía referencia a cualquier prestigiosa sombra querida, bajaba los ojos con el fervor receptivo de una auténtica colegiala aplicada: su mundo fantasmal de afectos, simpatías y admiraciones era no sólo más vasto y generoso que el suyo sino también capaz de una solidaridad mítica, sospechosa de conjuro, y que anunciaba un peligro. Sólo más tarde, cuando ya estaban en el coche, que por cierto Teresa no conseguía poner en marcha -no había mentido al hablar de avería- él captó las nuevas señales, el fruto de las sesudas reflexiones de la niña durante aquellas veinticuatro horas en la villa, los pormenores triviales en apariencia pero que ya llevaban la etiqueta de lujo con el precio y la indicación expresa (murcianos: no tocar): “Eso de salir de incógnito es divertido, ¿verdad? -dijo Teresa-. De todos modos te presentaré a unos amigos que desean conocerte. Son estudiantes”. “Ah”. Y él comprendió que las cosas iban a complicarse sin remedio, y que era lógico, pues no podía pretender vivir con Teresa en una esfera de cristal, o como si este verano fuese’ realmente una dichosa isla perdida. Había pues que afrontar lo que viniera por ese lado y aun tratar de aprovecharlo, tanto más cuanto que por el otro, su propio terreno, el barrio, aquella terrible venganza carmelitana arreciaba; he aquí cómo acababa la historia de la última motocicleta apañada: al echar él una distraída mirada en derredor -cuando ya Teresa había logrado poner el Floride en marcha- para comprobar que la moto seguía en su sitio (“esta noche vendré por ella”) le pareció ver en su lugar, sentado en el bordillo, riéndose, burlándose de él, al mismísimo Cardenal… No era sino el padre de Maruja (que sin duda esperaba al coche que debía llevarle a Reus) pero él estuvo a punto de soltar un grito y hacer parar a Teresa. En cuanto a la Montesa, había desaparecido juntamente con el chaval de la camisa a cuadros.
Decididamente, hoy también se había levantado con el pie izquierdo. ¿Será posible tanta hijoputez? Más contrariedades, sobresaltos, pequeñas alarmas, a menudo llegaban como señales de tráfico advirtiendo la presencia de curvas y cruces: fue durante otra improvisada tarde de playa (una pequeña cala de Garraf, con merendero y parking, él y ella tumbados junto al esqueleto de una barca abandonada cuyas costillas roídas apuntaban al cielo) cuando se presentó inesperadamente la nueva señal en la persona de una sonriente muchacha con trenzas que corría hacia Teresa, quemándose las plantas de los pies, doblada, envuelta en una toalla roja (una auténtica S sobre el fondo amarillo de la arena: curva peligrosa) y que alcanzó a la universitaria cuando ésta se dirigía hacia el merendero. Primero había estado gritando su nombre hasta quedar casi afónica. Iba con un muchacho que se quedó atrás. Manolo, tumbado junto a la barca, vio como las dos amigas se abrazaban y se besaban. Dos o tres veces volvieron la cabeza para mirarle a él, sonriendo y cuchicheando: pensó que no iba a librarse de ser presentado, erróneamente (ellas sólo consideraban aquel torso perfecto, de movimientos rítmicos). La amiga de Teresa sonreía todo el rato, con su pequeña y morena cara de luna, y no se estaba quieta ni un momento, retorciéndose envuelta en su toalla. No podía oír lo que decían, pero sabía que hablaban en catalán (lo deducía por los graciosos morritos que ponía ahora Teresa, había aprendido a leer en ellos) y eso y las risas, cada vez más desatadas, bastaba para inquietarle. Confirmando sus sospechas, el viento le trajo la terrible palabra (xarnego) pronunciada por la amiga de Teresa, y luego su risa: aquel temible y sesudo sarcasmo catalán estaba de nuevo aquí, recelando, encarnado en esta chica alegre (qué misterio su sonrisa), como una amenaza. ¿Qué estarán hablando, por qué Teresa no me llama y me presenta? Le llegaron otras palabras sueltas, turbias interrogaciones: “¿trabaja?”, “¿vacaciones?”, “chica, ten cuidado”. Vio una armonía familiar entre ellas y el paisaje, intuyó una servidumbre de los elementos: el sol, ya en decadencia, rojo, brillaba justo en medio de las dos cabecitas alocadas, y su luz se descomponía en los rubios cabellos de Teresa, arrancándole blandos sueños de dignidad (algo llamado educación o progreso, o vida plena) y ternuras infinitas que habría que merecer con el esfuerzo de la inteligencia… En fin, eran catalanas las dos, bonitas y además ricas. Se despidieron con otro beso.
– ¿Quién es? -preguntó él cuando Teresa volvió.
– Leonor Fontalba, una amiga de la Facultad. Es muy simpática.
– ¿Por qué os reíais?
Teresa hizo una pirueta con las piernas al tenderse a su lado.
– Hablábamos de ti -dijo-. ¿Le molesta al señor? Leonor está pasando las vacaciones en Sitges. Se ha escapado con un amigo. Oye, por cierto, dice que esta noche estarán todos en el “Saint-Germain”. ¿Te gustaría conocerles? Podemos ir a tomar una copa. Te presentaré.
– ¿Quiénes son?
– Amigos.
– Pero ¿qué clase de amigos?
En el tono más natural del mundo, ella respondió:
– Estudiantes de izquierdas.
3
La naturaleza del poder que ejercen es ambigua
¿Pertenezco? ¿Realmente pertenezco? ¿Y él realmente pertenece? Y si alguien me ve hablar con él, ¿pensaría que pertenezco o que no pertenezco?
Trilling
La naturaleza del poder que ejercen es ambigua como la naturaleza misma de nuestra situación: de ellos sólo puede decirse que son de ideas contrarias. Sus primeros y juveniles desasosiegos universitarios tuvieron algo del vicio solitario. Desgraciadamente, en nuestra Universidad, donde no existía lo que Luis Trías de Giralt, en un alarde menos retórico de lo que pudiera pensarse, dio en llamar la cópula democrática, la conciencia política nació de una ardiente, gozosa erección y de un solitario manoseo ideológico. De ahí el carácter lúbrico, turbio, sibilino y fundamentalmente secreto de aquella generación de héroes en su primer contacto con la subversión. En un principio ninguno parecía tener el mando. Ocurre que de pronto, en 1956, se les ve andar como si les hubiesen dado cuerda por la espalda, como rígidos muñecos juramentados con un puñal escondido en la manga y una irrevocable decisión en la mirada de plomo.
Impresionantes e impresionados de sí mismos, misteriosos, prestigiosos y prestigiándose avanzan lentos y graves por los pasillos de la Universidad con libros extraños bajo el brazo quién sabe qué abrumadoras órdenes sobre la conciencia, levantando a su paso invisibles oleadas de peligro, de consignas, de mensajes cifrados y entrevistas secretas, provocando admiración y duda y femeninos estremecimientos dorsales junto con fulgurantes visiones de un futuro más digno. Sus nobles frentes agobiadas por el peso de terribles responsabilidades y decisiones extremas penetran en las aulas como tanques envueltos en la humareda de sus propios disparos, derriban núcleos de resistencia, fulminan rumores y envidias, aplastan teorías y críticas adversas e imponen silencio: entonces es cuando a veces se oye, como en el final brusco de un concierto, esa voz desprevenida, pillada en plena confidencia, parece una sola, larga, tartajeante y obscena palabra:
– … y pecemeparecepecepertenece.
A menudo han sido vistos dos o tres en una mesa apartada del bar de la Facultad, hablando por lo bajo, leyendo y pasándose folletos. Teresa Serrat está siempre con ellos, activa, vehemente, sofisticada, iluminada por dentro con su luz rosada igual que una pantalla. Ciertos elementos de derechas están empeñados en decir que la hermosa rubia politizada se acuesta con sus amigos, por lo menos con Luis Trías de Giralt. Pero todo el mundo sabe que, aunque son tiempos de tanteo por arriba y por abajo, de eso todavía nada.
Crucificados entre el maravilloso devenir histórico y la abominable fábrica de papá, abnegados, indefensos y resignados llevan su mala conciencia de señoritos como los cardenales su púrpura, a párpado caído humildemente, irradian un heroico resistencialismo familiar, una amarga malquerencia de padres acaudalados, un desprecio por cuñados y primos emprendedores y tías devotas en tanto que, paradójicamente, les envuelve un perfume salesiano de mimos de madre rica y de desayuno con natillas: esto les hace sufrir mucho, sobre todo cuando beben vino tinto en compañía de ciertos cojos y jorobados del barrio chino. Entre dos fuegos, condenados a verse criticados por arriba y por abajo, permanecen distantes en las aulas, impenetrables, sólo hablan entre sí y no mucho porque tienen urgentes y especiales misiones que cumplir, incuban dolorosamente expresivas miradas, acarician interminables silencios que dejan crecer ante ellos como árboles, como inteligentes perros de caza olfatean peligros que sólo ellos captan, preparan reuniones y manifestaciones de protesta, se citan por teléfono como amantes malditos y se prestan libros prohibidos.
El grupo de los escogidos no es muy numeroso, asignarles una categoría no es fácil, Luis Trías parece su capitán. Alto, silencioso, la cabeza un poco ladeada, mareada en su propio perfume de rosa, al verle en los pasillos y en las aulas se asemeja también a un semáforo viviente regulando la circulación de ideas y proyectos subversivos. Pero las masas se preguntan: ¿está realmente conectado? El semáforo parpadea, insondable, cuando Teresa le mira.
En realidad, todo empezó como la vida misma: el desasosiego y el resistencialismo universitario que en el 57 se echaría a la calle en demanda de reivindicaciones culturales y políticas (dejando caer la buena semilla que tal vez años después germinaría, dicho sea para tranquilizar la memoria de los mártires que todavía viven, algunos ya sentados en el sillón directivo del patrimonio familiar) venía incubándose desde hacía tiempo en tres encantadoras muchachas de la Facultad de Letras, una de ellas Teresa y otras de Bellas Artes, cuando dos años atrás asistían a las clases con unos pantalones doblados bajo el brazo y al salir acudían a cierto piso de la calle Fontanella, cuya dueña parece que era una exclaustrada cordial y culta, y allí se ponían los pantalones, encendían pitillos, se tumbaban en el suelo sobre almohadones y aceleraban su íntimo latido hablando de las nuevas ideas con una vehemencia parecida a la de las prostituta ante la próxima llegada de la VI Flota. Tiempo después, los cada vez más numerosos y excitados asistentes a las clases de Historia de cierto profesor adjunto recién regresado de Francia, tuvieron ocasión de ver como se producía periódicamente un milagro ante sus asombrados ojos: durante la lección, la palabra mágica del profesor, su exposición exhaustiva y dialéctica de ciertas realidades de la vida, iba dando vueltas en torno a sí mismo (en realidad no hablaba más que de sí mismo, dirían luego sus detractores) como un pájaro maravilloso y exótico que con el pico fuese liberándole de sus prendas de vestir y colocándole otras, o como la lenta metamorfosis efectuada por la varita mágica de una hada, hasta que se quedaba completamente vestido de miliciano, con mono y fusil y cartucheras y todo, ante los deslumbrados ojos de sus alumnos. (Por supuesto, los que estaban familiarizados con la verdadera personalidad del miliciano, encontraban el parecido lejano y grotesco). Un visionario estremecimiento recorría la clase de cintura en cintura, las muchachas escuchaban al profesor boquiabiertas y con los ojos cerrados, un conocido sobón de mano larga y expeditiva llegó a decir que percibía claramente ciertos suspiros, otros oían tocar campanas, es la hora, soltad las palomas, amigos, voy a ser padre: esta es la historia de un parto múltiple y adolescente, hay generosidad y sacrificio pero también negligencia y confusión, no todos los hijos serían luego reconocidos por el padre, así es la vida, todos hemos sido jóvenes, suceden tantas cosas.