Últimas tardes con Teresa
- Автор: Marsé Juan
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Últimas tardes con Teresa». Краткое содержание книги:
Manolo estaba en la barra, de pie, bebiendo una cerveza. El primer impulso de Teresa fue correr hacia él y arrojarse en sus brazos. Pero hizo un esfuerzo por calmarse y se acercó a su espalda despacio, con los ojos bajos. Al llegar se alzó de puntillas y le dio un beso en la mejilla. Manolo se volvió, la miró sonriendo con afecto: “¿Te cansaste ya de bailar?” Teresa movió la cabeza afirmativamente, mirándole con cierta humildad aprendida, recuperada, y de pronto la abandonaron las fuerzas y apoyó la cabeza en el hombro de su amigo. “¡No vuelvas a hacerlo, por favor, no vuelvas a dejarme sola…!” Le pidió que la sacara de allí inmediatamente.
– ¿En qué mundo vives, chiquilla? -bromeó él cariñosamente, cuando Teresa se lo hubo explicado todo-. Te lo habla dicho, éste no es sitio para ti. -Y, abrazándola, acarició tiernamente su cabeza hasta que ella se tranquilizó.
Terminaron la fiesta en el Cristal City Bar, entre respetables y discretas parejas de novios que a las nueve de la noche deben estar en casa, terminaron besándose en paz en el altillo inaccesible a murcianos desatados y a tocones furtivos, frente a dos gin-tonic con su correspondiente y aséptica rodaja de limón.
Así, en sucesivas tardes, el tono emocional de Teresa fue lenta y delicadamente alterado. Otras fisuras: noches alegres y cálidas del Monte Carmelo, algazara de vecinos, guapos muchachos en camiseta, románticos paseos a la luz de la luna, consignas sobre reivindicaciones laborales en el famoso bar Delicias… Desde hacía tiempo, la joven universitaria ardía en deseos de conocer esta bullente vitalidad. Pero descubrió y tomó posesión del Monte Carmelo, una tierra mítica (como Florida lo fue en su día para los conquistadores) demasiado tarde. El barrio, hasta ahora, no había sido para ella más que un borroso círculo de sombras admiradas a distancia, puesto que Manolo siempre se había negado a llevarla al Carmelo y presentarla a sus amigos. Pero un nombre le era muy familiar a la universitaria: Bernardo. Manolo, por librarse de contar ciertas aventuras (él prefería llamarlas así, aunque Teresa empleaba una expresión quisquillosa y biológica: reuniones de célula) que ella le suponía graciosamente pero que él nunca había vivido, decidió tiempo atrás que al hablar de Bernardo imitaría siempre el estilo misterioso que había aprendido de los estudiantes al oírles hablar de Mauricio. El resultado fue que Bernardo se había convertido en otro prestigioso dirigente, despositario inaccesible e impenetrable de los mayores secretos: “¿Conoces a Bernardo? ¿Has oído hablar de él? Bernardo podría explicarte mejor que yo cómo funciona eso, yo no sé nada”, le decía a menudo a Teresa, cuando la curiosidad de la muchacha le ponía en un aprieto. “¿Me lo presentarás algún día, Manolo?” “No es prudente”, razonaba él. De modo que Teresa admiraba a Bernardo aún sin conocerle, un poco por reflejo de su atracción hacia Manolo y otro poco por su propia y audaz percepción moral. Pero su percepción moral era tan generosa como temeraria (el realismo moral de Teresa no provenía del esfuerzo analítico, como ella creía, sino del amor) y por lo tanto aún le reservaba desengaños.
Una noche que acompañó a Manolo hasta lo alto del Carmelo, al despedirse le propuso dar una vuelta por el barrio. Él empezó negándose, pero el deseo de abrazar a la muchacha detrás de algún matorral, al otro lado de la colina, y hablarle seriamente de algo que le rondaba por la cabeza desde hacía tiempo (la posibilidad de obtener un buen empleo por mediación del señor Serrat) le perdió. “Está bien, daremos un paseo por el otro lado, te enseñaré el Valle de Hebrón.” Dejaron el coche en la carretera. Rodeando los hombros de Teresa con el brazo, ocultándola a las miradas de algunos vecinos que tomaban el fresco en los portales, Manolo la llevó hacia la calle Gran Vista. Pasado el bar Delicias, unos niños jugaban en medio del arroyo, y, a la luz que salía de un portal, dos chiquillas cantaban cogiéndose de las manos: