La locura de Dios
- Автор: Aguilera Juan Miguel
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
– Intenta sembrar la duda en nosotros y colocarnos en una posición de desventaja antes de atacar -dijo la consejera-, lo que tememos que será muy pronto.
– ¿Qué vais a hacer con Ibn-Abdalá? -quise saber.
– El hombre que fue ya no existe -lamentó ella-; el rexinoos ha devorado su cerebro. Si se lo quitásemos, moriría o quedaría convertido en un vegetal. Tampoco podemos mantenerle con vida porque ahora es los ojos y los sentidos del Adversario, y aunque ha permanecido aislado desde vuestro regreso, no podremos estar del todo seguros mientras viva. Tampoco creo que podamos sacarle ya más información.
La consejera hizo entonces una señal a uno de los dragones y éste abrió la puerta de la celda. Ibn-Abdalá seguía sentado en el suelo, con los ojos bajos.
No los levantó siquiera cuando el otro dragón entró en la celda y le apuntó con su pyreion. No hizo el menor gesto cuando el arma disparó y la bala atravesó su pecho.
Ibn-Abdalá cayó de lado, y quedó inmóvil.
– Le sacaremos el rexinoos -dijo Neléis, apartando la vista de la escena-, y esto nos ayudará a confirmar lo que ya sabemos; la posición exacta de su guarida.
Asentí. Ibn-Abdalá habría ardido en una hoguera de haber sido capturado en mi país; comparado con eso, aquel fin había sido casi misericordioso.
Los otros sarracenos conocieron pronto la noticia de la muerte de Ibn-Abdalá, pero no demostraron emoción alguna. Los dos sarracenos supervivientes de la expedición a Samarcanda habían contado a sus compañeros la verdad de lo sucedido y cómo Ibn-Abdalá les había traicionado para conseguir sus propios fines. Unos consideraban que su antiguo camarada era un agente de los tártaros, otros que estaba endemoniado.
Pero lo que sí tenían claro los sarracenos es que no deseaban seguir en Apeiron. Habían llegado allí como esclavos de los almogávares, pero la esclavitud no existía en la ciudad, y los sarracenos eran libres de abandonarla cuando quisieran. Para ellos, aquella ciudad seguía siendo un lugar maléfico, a pesar de que quien les había metido estas ideas en la cabeza había resultado ser, para algunos, un siervo de Satán.
Neléis intentó convencerles de que se quedaran; de que la ciudad necesitaba de todos los brazos posibles para defenderla; pero ellos no estaban dispuestos a luchar por esos infieles, y le reiteraron sus deseos de marcharse.
Mientras salían, por una de las puertas occidentales, con cuatro carros cargados de agua y los víveres que los ciudadanos les habían provisto, y unas cuantas acémilas, Ricard me dijo sin apartar de ellos su mirada de odio:
– Deberíamos haber degollado a esas sabandijas cuando tuvimos oportunidad de hacerlo.
No le respondí; recordaba la matanza de Artaki que Roger había ordenado tan despiadadamente. Por un tiempo había creído que, ante un ser tan maligno como el Adversario, sarracenos y almogávares se unirían para combatirlo, comprendiendo que sus diferencias eran ridículas cuando se enfrentaban ante un enemigo común a todo hombre. Pero me había equivocado. El odio entre los hombres parecía ser mucho más fuerte y persistente que el odio a una criatura infernal.
Quizás ésa era nuestra debilidad, aquella en la que el Adversario confiaba para su victoria.
6
Me sentía como un viejo inválido con mi brazo inmovilizado y sin nada que hacer hasta que llegara el día del ataque gog.
Que éste iba a producirse era algo en lo que nadie en Apeiron dudaba ya.
Neléis me había expresado su preocupación por esto, pues no se consideraban un pueblo guerrero. Durante cientos de años habían permanecido tras las murallas de Apeiron, silenciosos y ocultos, evitando emprender cualquier acción bélica que pudiera llamar la atención del Adversario sobre ellos. Y desde la invención del fuego griego, apenas se habían producido avances en su tecnología militar, y jamás habían tenido ocasión de probarlos en una situación de fuego real. Sus generales eran apenas buenos teóricos.
– Es posible -repliqué-; pero aun así vuestras armas son formidables.
– Nuestro poder -me confesó-, el maravilloso poder de esta ciudad, puede ser también nuestra principal debilidad. No soportaríamos un largo asedio. No somos una aldea de campesinos; nuestras necesidades de energía son enormes, y si nos fuera cortado el suministro de agua para producir vapor, Apeiron moriría rápidamente.
– ¿Qué haríais entonces?
– No lo sé; pero debemos evitar esa posibilidad a toda costa. Si los tártaros atacan, debemos derrotarlos y destruirlos antes de que tengan la posibilidad de poner cerco a la ciudad y cortar todas sus vías de suministro. Nuestras murallas soportarían cualquier ataque, pero en su interior los ciudadanos se derrumbarían con rapidez.
Estas palabras causaron una gran preocupación en mi ánimo. Yo había visto lo numerosos que eran los efectivos gog acampados cerca de Samarcanda. La ciudad no contaría con más de tres mil dragones, además de los trescientos almogávares de Joanot. Eso hacía una proporción de quizá doscientos a uno.
Demasiados para ser detenidos en un único choque frontal; por muy buenas que fueran las armas de Apeiron.
Mientras llegaba ese temido momento, solía acudir al campo de entrenamiento, situado en el exterior del perímetro de la ciudad, junto a los concéntricos de cultivo.
Los almogávares se entrenaban con las armas de pólvora de los dragones. Los sifones de fuego griego eran, a juicio de los soldados de Apeiron, demasiado peligrosos para ser dejados en manos de unos bárbaros. Pero los pyreions parecían más sencillos de manejar que un arco largo o una ballesta.
Los catalanes habían empezado a entrenarse usando los pyreions, que iban provistos de un afilado cuchillo sujeto a un extremo, como si se tratara de sus azconas. Eran más pesados y voluminosos que sus famosas lanzas cortas, pero no les resultó difícil hacerse con su manejo, y trasladar a su uso en la lucha cuerpo a cuerpo, la habilidad que ya tenían con las azconas.
El segundo paso fue aprender a hacer fuego con estas nuevas armas.
No resultó fácil para los almogávares acostumbrarse al estrépito que producían los pyreions al ser disparados. Un estampido que lanzaba los proyectiles de plomo de dos onzas con una fuerza suficiente para perforar una armadura de hierro a doscientas varas de distancia; tal y como nos mostraron los instructores de Apeiron.
Pero el arma tenía algunos inconvenientes; como bien le explicaba Guillem al sargento instructor de dragones llamado Amfimaro; su rendimiento dejaba mucho que desear. Le demostró que un buen arquero como él podía disparar más de treinta flechas, con una precisión razonable hasta las cuatrocientas varas, en el tiempo necesario para volver a cargar el pyreion una vez disparado.
Amfimaro tenía el pelo rubio, muy fino y escaso y su constitución era delicada, con unas piernas cortas y muy delgadas, llenas de cicatrices. Al parecer había nacido con problemas y había sufrido múltiples operaciones. Su deseo de entrar a formar parte del ejército de dragones sólo había podido verse cumplido en un puesto de instructor.
– La idea es que cada unidad de cincuenta almogávares armados con pyreions cuente con diez dragones con sifones de fuego griego para su protección.
– No, gracias -dijo entonces Ricard-. Ya he visto cuáles pueden ser los resultados de combinar el Juego griego con la pólvora. Me sentiría mas tranquilo, y protegido, si unos cuantos de los almogávares fueran armados con picas. Una proporción de cuatro a uno sería suficiente para mantener alejados a los caballos gog.
Yo estuve cronometrando el tiempo de la cadencia de fuego de los almogávares con sus nuevas armas. En las mejores condiciones podían efectuar un disparo desde el momento en el que el gog entraba dentro del alcance eficaz de los pyreions hasta que comenzaba la lucha cuerpo a cuerpo.
– Sólo hay dos modos de modificar esta situación -le indiqué a Amfimaro días después-; uno es modificar la precisión de los pyreions. Los que nos habéis dado sólo son efectivos a una distancia de ciento cincuenta varas. Es preciso aumentar esa distancia.
– Podemos -dijo Amfimaro-; pero no funcionaría. Ya lo hemos probado, con cañones con el ánima rayada, pero requieren mucho más tiempo de recarga, porque es más difícil introducir el proyectil y la carga de pólvora hasta el fondo de un ánima rayada. Por eso lo descartamos. ¿Cuál es la otra opción?
Le conté a Amfimaro la descripción hecha por Aelio de la instrucción que practicaban las antiguas legiones romanas para conseguir una lluvia continua de jabalinas y proyectiles de hondas, sobre sus enemigos:
– Formaban seis filas de legionarios en fondo disparando alternativamente. La primera fila disparaba una sola vez, y se retiraba a la última posición, mientras que las filas siguientes avanzaban y repetían la operación.
Yo había calculado que, tratándose de los pyreions, serían necesarias diez filas de hombres armados para mantener un fuego ininterrumpido. Amfimaro consideró muy valiosa mi idea, y se propuso llevarla inmediatamente a la práctica.
Mientras tanto, la consejera Neléis iba a mostrarme la fabulosa nueva arma de Apeiron, a la que llamó: el caballero caminante.
Estaban produciéndola en unos talleres situados a jaloque de la ciudad; y cuando vi aparecer el prototypos por las grandes puertas del taller quedé sin habla.