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La locura de Dios

Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:

Inicios del siglo XIV. El `doctor iluminado`, el fraile medieval mallorqu?n Ram?n Llull, acompa?a a una partida de almog?vares en una arriesgada expedici?n por tierras de Oriente.
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Me volví y vi un aeróstato llenando todo mi campo visual. Flotando a unas quince varas del suelo. Las hélices girando muy lentamente.

Aturdidos por las explosiones y el fragor de la batalla, ninguno de nosotros había detectado el característico sonido de las hélices mientras el aeróstato se acercaba.

Los dragones alzaron sus puños mientras gritaban triunfantes. Un par de bolas de fuego surgieron de la proa del leviatán, cruzaron por encima de nuestras cabezas y fueron a estrellarse en mitad de las filas gog; esparciendo llamas y muerte entre los oscuros jinetes que, sorprendidos y aterrorizados por la repentina aparición del aeróstato, se dispersaron rápidamente.

El leviatán se situó sobre el apretado grupo que formábamos los supervivientes, y uno de sus aeronautas nos lanzó una escalera de cuerda. Pero yo, con mi brazo herido, no pude subir por ella, y tuve que ser izado con ayuda de un arnés.

Mirina subió en último lugar, y al no ver a Vadinio ni al resto de sus hombres en la bodega, preguntó por ellos a uno de los aeronautas.

– Ellos nos indicaron vuestra posición; y que, muy probablemente, estaríais en dificultades, por lo que debíamos ir a recogeros en primer lugar.

– ¿Están muy lejos de aquí?

– A menos de una milla hacia la tramontana.

Aquella nave era la Delíaca y tras recoger a Vadinio y al resto de los aeronautas de la Salaminia , regresó a Apeiron.

5

La medicina era quizás el logro más maravilloso de la ciencia de Apeiron. Durante toda mi vida había visto infinidad de hombres mutilados, perdidos o condenados a una vida de miseria por la más pequeña herida infligida a sus cuerpos.

Una incisión con un cuchillo y unas triscadas con una sierra eran más que suficientes para librar a un hombre de una pierna o un brazo herido; y yo, que notaba cómo las astillas del hueso de mi antebrazo habían rasgado una y otra vez la carne mientras éramos atacados por los gog, sabía que no podía esperar más que eso.

Pero no fue así. Los cirujanos de la ciudad se empeñaron en salvar mi brazo, y para ello limpiaron de astillas la herida, y encararon cuidadosamente las dos partes del hueso roto. Puesto que mi avanzada edad dificultaba la soldadura del mismo, utilizaron una prótesis metálica atornillada a las dos mitades. Todo esto lo pude ver con mis propios ojos, sin sentir dolor alguno, gracias a una milagrosa substancia que los médicos me habían inyectado en el brazo y que lo insensibilizaba al dolor completamente.

Una vez más, me pregunté cuánto dolor y sufrimiento podría evitarse la humanidad si la ciencia de Apeiron fuera conocida por todos.

Después de la operación, el brazo me fue entablillado y cubierto de yeso para inmovilizarlo. Y mientras me recuperaba, fui visitado por la consejera Neléis.

– Lamento profundamente lo sucedido -dijo la mujer.

– Yo soy el único culpable -dije. Aún me sentía algo narcotizado-; tendría que haber sospechado hace mucho de Ibn-Abdalá, pero mis sentimientos de simpatía hacia el sarraceno me confundieron. ¿Dónde está ahora?

– No muy lejos de aquí. En un departamento de este mismo hospital. Encerrado.

Dije a la mujer que deseaba hablar con él, y ella respondió que cuando me encontrara en mejores condiciones. Y eso fue sólo dos días después. La consejera me acompañó a través de los pasillos del hospital hasta una habitación cerrada por una gruesa puerta de metal y vigilada por dos dragones. Miré por una ventanilla y vi a Ibn-Abdalá sentado en el suelo. Desnudo, y con su pecho rodeado por un vendaje.

– Se niega a hablar con nadie -me dijo Neléis-. Pero quizá…

– Lo intentaré -dije.

– Un dragón entrará contigo.

– No -me opuse-. Ibn-Abdalá ha tenido todas las ocasiones para hacerme daño, si ése hubiera sido su deseo. No entraré ahí con un hombre armado.

– De acuerdo -aceptó la consejera-. Pero estaremos pendientes de sus acciones.

Uno de los dragones abrió la puerta y me franqueó el paso al interior de la celda.

El lugar estaba muy limpio, las paredes eran blancas y todo el techo parecía irradiar luz, quizá del exterior. Ibn-Abdalá disponía incluso de una silla y una litera de aspecto cómodo; si se sentaba en el suelo era porque él así lo quería.

Pero, en lo esencial, aquella habitación no se diferenciaba de cualquier otra mazmorra; una puerta cerrada y guardias armados vigilándole desde el otro lado.

Ibn-Abdalá levantó los ojos del suelo y me miró.

No fui capaz de interpretar la expresión de su rostro. Parecía aburrido, triste o cansado. Arrastré la silla hasta colocarla frente a él y me senté. Yo sí que me sentía fatigado; llevaba el brazo apretado contra el pecho con una cinta de tela. Y me dolía a pesar de todas las drogas que me habían dado.

– Tengo la sensación de haberte encontrado varias veces en diferentes etapas de mi viaje -empecé-. Y en cada ocasión tu aspecto era distinto.

Una chispa de interés cruzó por los ojos de Ibn-Abdalá.

– Esa impresión es básicamente correcta -dijo.

Asentí, y seguí hablando:

– Tú eras ese decrépito anciano en el poblado gog, y el león que me habló junto a la costa del mar de los Jázaros. Y ahora eres un culto viajero sarraceno. Eres todos ellos y no eres ninguno; dime, ¿queda algo de la auténtica persona que fue Ibn-Abdalá antes de que el Mal lo poseyera?

– Muy poco, me temo. Tan sólo datos de interés para mí; hechos y vivencias.

– Y ése podría haber sido también mi final. ¿O no lo tenías planeado así?

Ibn-Abdalá chasqueó la lengua.

– Eres demasiado viejo; tu cuerpo no habría sobrevivido en ningún caso a la transformación, pero yo sabía que ellos no buscarían más una vez sacaran el rexinoos de tu interior.

– ¿Quién eres? -pregunté conteniendo mi horror.

Ibn-Abdalá sonrió.

– Me preguntas algo que crees saber con certeza.

– ¿Puedes leer mis pensamientos?

– No sin el vínculo que te fue extirpado. Pero me hablaste en muchas ocasiones sobre quién pensabas que yo era; Satanás, ¿no es así?

– ¿O tan sólo un demonio secundario? -dije.

Ibn-Abdalá se encogió de hombros.

– ¿Eso es importante para ti? ¿Te sentirías decepcionado si así fuese?

– ¿Por qué hablas conmigo?

Ibn-Abdalá me miró impasible.

– Me resulta agradable tu persona. Tuve ocasión de echar un vistazo a todos tus recuerdos cuando estuve dentro de ti. Amaste a una mujer, y eso cambió tu vida. Esto es muy extraño, porque las hembras parecen tener muy poca importancia en tu sociedad. ¿Puedes explicármelo?

Yo no estaba dispuesto a seguir por ahí.

– Admites entonces que eres un ser infernal -dije.

– Ahora mismo pareces más interesado que horrorizado -dijo Ibn-Abdalá observándome con interés-. Vuestros antepasados simiescos han dotado a tu raza de una característica curiosidad innata; pero en tu caso ese rasgo es especialmente destacado. Dime, Ramón, ¿qué no harías por aprender algo nuevo?

– No te vendería mi alma.

Ibn-Abdalá sonrió.

– No se me había pasado por la cabeza, la verdad. Puedes quedártela toda para ti. -Y añadió a continuación-: ¿Te han contado los ciudadanos lo que piensan que soy?

– Ellos te consideran un ser nacido en otro mundo.

– Pero tú no les crees, por supuesto. No te has dejado impresionar por toda esta maravillosa ciudad, ¿verdad? Ellos no pueden saberlo todo; porque, si así fuera, no estarían ahora tras esa puerta, escuchando con interés cada palabra que decimos. Y tú sientes curiosidad, pero tampoco dudas sobre cuál es mi verdadera naturaleza; ya has decidido que soy la mismísima encarnación del Mal, y que sólo merezco la destrucción. Pero te equivocas tanto como ellos; todos os equivocáis.

Me esforcé en sonreír con cinismo.

– ¿Quién eres entonces; nuestro benefactor?

– Vuestro bien me interesa tan poco como vuestra condena; os he visto medrar; reproduciros como gusanos, llenar mi mundo con vuestra descendencia bastarda.

– ¿Tu mundo?

– No soy una criatura sobrenatural como tú crees. Tampoco un ser de otro planeta, como afirma la gente de Apeiron. Llevo mucho más tiempo que vosotros en este mundo. Antes de que el más remoto de tus antepasados se arrastrara por él, mi raza ya era poderosa y viajaba entre las estrellas. Gestionábamos cientos de mundos vivero como éste, criábamos esclavos y los usábamos en nuestras guerras.

»Yo tenía poder, pero sufrí la más humillante de las derrotas y mis esclavos fueron perseguidos y exterminados como alimañas. Hace un millón de años que sobrevivo encerrado aquí; sin tecnología y sin esperanzas. Tan sólo me queda esperar el fin, pero me resisto a aceptarlo a manos de unos esclavos que han olvidado su origen. Lucharé hasta el final, hasta mi último aliento, y cuando yo muera, morirá tu planeta.

Cuando terminó de hablar, vi con sorpresa cómo las lágrimas resbalaban por las mejillas de Ibn-Abdalá. Su rostro no reflejaba ninguna emoción.

– Eres astuto -dije, levantándome-; pero ya no puedes engañarme.

Ibn-Abdalá asintió con gesto cansado.

– Por supuesto -dijo-, no esperaba hacerlo.

Abandoné la celda y le pregunté a la consejera si había estado escuchando; y si había creído algo de lo que el demonio me había contado.

– No necesariamente -dijo Neléis-. Tiene muchos motivos para mentirnos y ninguno para decirnos la verdad; pero es interesante saber que intenta que creamos una historia como ésa, y pensar en cuáles pueden ser sus motivaciones para contárnosla.

– Ha dicho que con él moriría nuestro mundo -le recordé con temor.

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