La locura de Dios
- Автор: Aguilera Juan Miguel
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
Todo esto lo sobrevoló la Salaminia , lentamente, mientras los hombrecillos que habitaban aquellas casitas blancas, salían a sus portales y señalaban el aeróstato llenos de terror supersticioso. Algunos se arrojaban al suelo tapándose la cabeza con las manos, y otros se arrodillaban y rezaban.
A una orden de Vadinio, el piloto hizo girar el timón maniobrando la Salaminia en un estrecho círculo que rodeó las terrazas de Samarcanda, y se dirigió hacia occidente.
Me sujeté a una barra de metal, para no caer al suelo del puente mientras la nave viraba. La segundo, que oteaba el horizonte con un catalejo doble, exclamó:
– ¡Por el perro! Acabo de descubrir el campamento de los tártaros. -Giró sobre sí misma, y miró en otra dirección-. Están por todas partes, Capitán.
Le entregó el catalejo a Vadinio que, tras observar lo que Calionira le indicaba, ordenó al piloto dirigirse hacia aquel lugar.
Más allá de la última de las casitas blancas, y de los últimos campos cultivados, se abría una inmensa explanada situada a jaloque de la ciudad de Samarcanda. Aquel lugar parecía ahora un inmenso mar de yurtas, las tiendas cónicas de los gog.
Sentí cómo el pelo de mi nuca se erizaba al recordar las horas pasadas en aquel inmundo campamento de los gog. Pero lo que ahora teníamos bajo nosotros era un inmenso hormiguero humano; tártaros de piel blanca o amarillenta, aunque su estilo de vida no parecía diferir mucho de los peludos y malévolos gog.
– Deben de ser más de un millón -dijo Vadinio, casi para sí-; me pregunto cómo habrán podido reunirse tantos en tan escaso margen de tiempo.
Los tártaros y los gog se hacinaban ocupando el espacio entre las tiendas, junto con los bueyes, los camellos y los caballos. Y descubrimos algo aún más sorprendente: una empalizada hecha con gruesos troncos de palmera, encerrando a toda una manada de elefantes de color gris sucio y largas trompas agitándose hacia nosotros.
Algunos tártaros habían montado rápidamente en sus diminutos y nerviosos caballos, y corrían tras la Salaminia , dirigiendo sus monturas sólo con las piernas mientras empleaban sus brazos para disparar flechas contra el aeróstato.
Algunas golpearon, con un seco trallazo, contra la base del puente.
– ¡Vamos a muy poca altura! -exclamó Vadinio, y ordenó soltar lastre.
Melampo accionó una manivela, y dos chorros de agua surgieron por los dos lados opuestos de la Salaminia. El agua fue a dar de lleno contra los jinetes que corrían tras el aeróstato, derribándolos, más por la sorpresa que por la fuerza del impacto.
La Salaminia ganó lentamente altura, y vi cómo los tártaros derribados se ponían en pie, furiosos y humillados, y agitaban sus puños hacia el aeróstato.
Casi todos eran gog.
– Ya hemos visto suficiente -dijo el genovés-; regresemos.
La brújula giró lentamente, hasta quedar alineada en dirección tramontana, y la Salaminia emprendió el camino de regreso a Apeiron.
Mucho más abajo, un grupo de tártaros, reducidos al tamaño de pequeños insectos por la distancia, seguían obstinadamente a la máquina voladora.
Bien -pensé-, que lo hagan hasta que revienten sus caballos.
Toda la nave empezó entonces a traquetear con una vibración sorda y continua.
– ¿Qué sucede? -preguntó Vadinio, con voz alarmada.
Melampo, el piloto, consultó los instrumentos; la vibración hacía difícil leer las esferas indicadoras, pero dijo:
– Perdemos potencia, Capitán. El motor tiene dificultades.
Me volví hacia Vadinio, a tiempo para ver cómo el viejo marino palidecía.
– ¿Cómo has dicho? -preguntó.
– Algo le pasa al motor -repitió Melampo-; no transmite suficiente fuerza a las hélices, se están deteniendo, Capitán.
Vadinio descolgó uno de los comunicadores internos del aeróstato -una especie de boca de trompeta unida a una manguera de cobre y lona- y llamó a la sentina.
– Atención ahí -dijo-: ¿qué está sucediendo? Perdemos potencia.
No hubo respuesta.
Y la vibración aumentaba. La nave protestaba por todas sus juntas; parecía a punto de descuadernarse. Una de las portillas de falso cristal se agrietó.
– Calionira -dijo Vadinio dirigiéndose a su segundo-. ¿Quiere ir a la sentina a ver qué sucede?
– Sí, Capitán.
Yo dudé un instante y dije:
– Yo le acompañaré. -Una desagradable idea había empezado a formarse en mi mente. Deseé con todas mis fuerzas equivocarme.
3
En la bodega los diez almogávares nos rodearon asaltándonos con preguntas. Los dragones tampoco parecían muy tranquilos por la situación, pues la vibración seguía intensificándose. Algunos de los falsos cristales de las portillas se desprendieron, y cayeron al vacío.
– Un momento -dije alzando las manos para pedir calma. En realidad no podía culpar a aquellos hombres por su miedo ante algo que ni comprendían ni controlaban-. Ricard, ¿dónde están los sarracenos?
La pregunta sorprendió al almogávar.
– ¿Cómo has dicho, Ramón? -preguntó mirando a un lado y a otro desconcertado.
– Ibn-Abdalá y los demás -señalé, sintiendo que mis temores se confirmaban-; no los veo entre vosotros.
Ajena a todo esto, Calionira había empezado a ascender por la escalerilla de metal que llevaba a la sentina; y yo le grité que se detuviera.
La mujer me miró extrañada, con sus dos manos sujetas a la escalerilla, y me preguntó qué sucedía. Yo le pedí que dejara a uno de los almogávares ir en primer lugar.
Mirina, la capitana de los dragones, se acercó a nosotros.
Ricard tampoco entendía gran cosa, pero esto no le importaba demasiado; sabía detectar perfectamente cuándo la situación exigía despertar los hierros.
– No te preocupes -dijo apoyando su mano en el peto rojo de la armadura de Mirina-; nosotros nos ocuparemos de esto; Sausi, Pero, Ferrán y Guillem: seguidme.
Ricard y Sausi desenvainaron sus espadas, y los otros tres blandieron sus azconas y prepararon su dardos. Calionira, que ya había descendido, le cedió el sitio en la escalerilla metálica a Ricard, que iba en primer lugar.
Los cinco almogávares treparon lentamente hasta la sentina.
Calionira y yo les seguimos poco después.
Al asomar la cabeza por la trampilla, tuve una primera y desagradable sensación del calor infernal que allí había y de la confusa maraña de alambres que eran el soporte estructural de la Salaminia. La sentina era un bosque de finas viguetas de metal entrecruzándose, donde era fácil emboscarse.
Distinguí a los almogávares, unos pasos más allá, sobre el cuerpo caído de uno de los mecánicos. El pecho del mecánico estaba partido en dos por una cuchillada, y la sangre empapaba su uniforme gris.
Calionira, que subía detrás de mí, me empujó y corrió junto a su compañero muerto. Elevó sus ojos hacia los almogávares y dijo:
– ¡Lo habéis asesinado vosotros!
– Te equivocas -le respondió Ricard-. Lo encontramos ahí.
En ese momento, a. pesar de la desconcertante vibración que lo llenaba todo, escuché claramente un chasquido a mi espalda, y me giré hacia él.
Durante un eterno instante, en el que el mismo tiempo parecía haberse detenido, contemplé, con una nitidez diabólica, al sarraceno agazapado entre las viguetas de metal, con su arco tensado y una flecha cargada lista para ser disparada.
Grité al ver partir la flecha hacia mí.
Uno de los almogávares también había escuchado el chasquido y se había vuelto hacia el arquero sarraceno. Saltó entonces hacia mí, que había quedado paralizado, me empujó a un lado, y recibió el flechazo en mitad de su pecho.
Era uno de los almocadenes más jóvenes de Joanot, un almogávar llamado Ferrán con quien yo apenas había cruzado un par de palabras; ¡y sin embargo acababa de cambiar su vida por la mía!
– ¡Al suelo, Ramón! -me gritó Ricard.
Pero y Guillem arrojaron a la vez sus dardos hacia el sarraceno. Pero rebotaron inútilmente contra la maraña de viguetas. Ricard empujó a la mujer hacia delante por la pasarela, para dejar sitio a sus compañeros para luchar.
– ¿Qué sucede ahí arriba? -resonó la voz de Mirina a través de la trampilla.
– ¡Quedaos todos ahí abajo! -le gritó Ricard-. ¡Los moros nos han traicionado!
Tres sarracenos saltaron entonces sobre Pero y Guillem. Debían de haberse apostado sobre uno de los balones de aire caliente, en la parte superior de la sentina, esperando el momento oportuno para atacar. El lugar era demasiado estrecho para pelear. Los dos almogávares vieron cómo sus azconas se trababan inútiles entre los cables y viguetas.
Los tres sarracenos iban armados sólo con sus cuchillos curvos, mucho más efectivos en aquella angosta pasarela. El primero, cayó sobre la espalda de Pero, y en un instante degolló limpiamente al catalán. Guillem clavó uno de sus dardos en la espalda del sarraceno, vengando así a su amigo, y recibió a su vez una cuchillada en su costado, propinada por el segundo sarraceno. Apretándose la herida con una mano, desvió un segundo golpe con su arco de tejo.
Sausi le lanzó una estocada al tercer sarraceno, pero este fintó y apartó la hoja del búlgaro con su cuchillo. Sausi retrocedió un poco y volvió a alzar su espada, sujetándola con ambas manos esta vez. Y descargó entonces su arma sobre el sarraceno, con toda la fuerza de sus grandes brazos. El sarraceno intentó protegerse nuevamente, colocando su cuchillo en la trayectoria de la espada, pero el ímpetu de la espada del búlgaro partió en dos el cuchillo y el cráneo del musulmán.