El ojo del mundo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #1
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Переводчик: Maria Dolors Gallart
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
—A mí también me gustaría saberlo, hijo. Que me aspen si no me gustaría saberlo. —Tam suspiró pesadamente—. Bueno, no sirve de nada volver a poner un huevo roto dentro de la cáscara, supongo. ¿Cuándo tenéis que iros? Dentro de un par de días, podré levantarme y nos ocuparemos de reponer el rebaño. Oren Dautry tiene un buen ganado que tal vez desearía compartir conmigo, con la escasez de pastos existente, y también Jon Thane.
—Moraine… la Aes Sedai ha dicho que debías guardar cama durante semanas. —Tam abrió la boca, pero Rand continuó—. Y ha hablado con la señora al’Vere.
—Oh… bueno, quizá pueda convencer a Marin. —Tam no parecía muy seguro de ello. Dirigió una intensa mirada a Rand—. El hecho de que hayas evitado responderme significa que partirás pronto. ¿Mañana? ¿O esta noche?
—Esta noche —repuso quedamente Rand.
—Sí —asintió con tristeza Tam—. Bien, no conviene demorar lo que debe hacerse. Pero ya veremos respecto a eso de las «semanas». —Se deslizó entre las mantas con más irritación que fuerza—. De todas maneras tal vez salga dentro de unos días y os dé alcance en el camino. Veremos si Marin puede hacerme quedar en la cama en contra de mi voluntad.
Se oyó una llamada en la puerta, y Lan asomó la cabeza por ella.
—Despídete deprisa, pastor, y ven. Pueden surgir problemas.
—¿Problemas? —inquirió Rand, provocando un gruñido de impaciencia por parte del Guardián.
—¡Limítate a bajar deprisa!
Rand se apresuró a recoger la capa y comenzó a deshacer la correa de la espada, pero Tam lo contuvo.
—Quédatela. Probablemente la vas a necesitar más que yo, aunque, con el amparo de la Luz, no tendrá que usarla ninguno de los dos. Cuídate, muchacho, ¿me oyes?
Haciendo caso omiso de los continuos bufidos de Lan, Rand se inclinó para abrazar a su padre.
—Volveré. Te lo prometo.
—Desde luego que sí —rió Tam. Lo estrechó débilmente entre sus brazos para terminar dándole palmadas en la espalda—. Sé que lo harás. Y yo tendré el doble de corderos para que los cuides a tu regreso. Ahora vete, antes de que a este tipo le dé un ataque.
Rand procuró alargar el adiós, tratando de hallar las palabras adecuadas para hacer la pregunta que no quería formular, pero Lan entró en la habitación y, cogiéndolo del brazo, lo arrastró hasta el rellano. El Guardián llevaba una curiosa túnica de un color verde grisáceo compuesta de escamas imbricadas. Tenía la voz crispada a causa de la irritación.
—Hemos de darnos prisa. ¿Acaso no comprendes la palabra problemas?
Mat aguardaba fuera de la habitación, arropado con capa y chaqueta, con un carcaj prendido al pecho y el arco en la mano. Se balanceaba con ansiedad sobre los tobillos sin dejar de mirar las escaleras con lo que parecían dosis iguales de miedo e impaciencia.
—Esto no es como en las historias, ¿eh, Rand? —dijo con voz ronca.
—¿Qué tipo de problemas? —preguntó Rand.
El Guardián, no obstante, corría delante de él, bajando los escalones de dos en dos. Mat se precipitó tras él e indicó con un gesto a Rand que lo siguiera.
Después de encogerse de hombros, se reunió con ellos abajo. Una mortecina luz iluminaba la sala, debido a que la mitad de las velas estaban apagadas y casi todas las restantes derretidas. No había nadie, aparte de ellos tres. Mat miraba a hurtadillas por una de las ventanas, como si procurara no ser visto. Lan abrió levemente la puerta para escudriñar el patio de la posada.
Rand se aproximó a ellos; se preguntaba qué estaban mirando. El Guardián le murmuró que tuviera cuidado, pero abrió un poco más la puerta para permitirle observar lo que había afuera.
Al comienzo no estaba seguro de qué veía con exactitud. Un grupo de unos treinta hombres del pueblo aglomerados cerca de los restos quemados del carro del buhonero, alumbrados con las antorchas que algunos de ellos llevaban. Moraine se hallaba frente a ellos, apoyada con aparente despreocupación sobre su bastón de viaje. En la primera fila estaba Hari Coplin, acompañado de su hermano Dag y de Bili Congar. Cenn Buie también se encontraba allí, con cierta expresión de embarazo. Rand vio, estupefacto, cómo Hari mostraba un puño amenazador a Moraine.
—¡Marchaos de Campo de Emond! —gritó el campesino con hosco semblante.
Algunos de los congregados hicieron eco a su voz, aunque de modo vacilante, y ninguno de ellos dio un paso adelante. Tal vez estuvieran dispuestos a enfrentarse en masa a una Aes Sedai, pero ninguno osaba hacerlo a solas, no con una Aes Sedai que tenía todos los motivos para estar enojada.
—¡Vos habéis atraído a esos monstruos! —rugió Dag.
Después hizo ondear su antorcha sobre su cabeza para incitar a los demás.
—¡Vos los habéis traído! ¡Vinieron por vuestra culpa! —gritaron otros, liderados por su primo Bili.
Hari levantó la barbilla en dirección a Cenn Buie y el anciano apretó los labios y lo miró de soslayo.
—Esos seres… esos trollocs no aparecieron hasta después de vuestra llegada —murmuró Cenn, apenas lo bastante alto para ser oído. Movía tercamente la cabeza de un lado a otro, como si deseara esfumarse y buscara un hueco por donde escurrirse—. Vos sois una Aes Sedai. No queremos a ninguna mujer de vuestra especie en Dos Ríos. Las Aes Sedai acarrean problemas dondequiera que van. Si os quedáis aquí, no haréis más que aumentarlos.
Al comprobar que sus palabras no fueron coreadas por ninguno de los parroquianos, Hari frunció el rostro decepcionado y, de improviso, arrancó la antorcha de la mano de Dag y la agitó hacia ella.
—¡Marchaos! —vociferó— ¡Si no, os prenderemos fuego!
Se hizo un silencio de muerte, en el que sólo se oía el sonido de los pies de los hombres que retrocedían. La gente de Dos Ríos era capaz de luchar al sentirse atacada, pero no era violenta, y no solía amenazar a nadie, aparte de blandir alguna vez el puño ante un vecino. Cenn Buie, Bili Congar y los Coplin se quedaron solos delante. De la expresión de Bili se deducía el deseo de echarse atrás también él.
Hari se sobresaltó, incómodo ante la falta de apoyo, pero se recobró con premura.
—¡Marchaos! —volvió a gritar.
Sólo halló respuesta en Dag y, más débilmente, en Bili. Hari miró fijo a los demás, quienes no osaron devolverle la mirada.
De pronto, Bran al’Vere y Haral Luhhan aparecieron de entre las sombras y se detuvieron en un punto intermedio entre el gentío y la Aes Sedai. El alcalde llevaba el mazo de madera que utilizaba para introducir las espitas en los toneles.
—¿Alguien ha sugerido prender fuego a mi posada? —preguntó apaciblemente.
Los dos Coplin dieron un paso atrás y Cenn Buie se apartó de ellos, al tiempo que Bili Congar se escabullía entre la multitud.
—No es eso —se apresuró a contestar Dag—. No hemos dicho eso, Bran… eh, alcalde.
Bran asintió con la cabeza.
—En ese caso, ¿tal vez he oído que amenazabais con inferir algún daño a los huéspedes de mi posada?
—Ella es una Aes Sedai —comenzó a decir, furioso, Hari, pero sus palabras cesaron al moverse Haral Luhhan.
El herrero se limitó a estirarse; levantó sus gruesos brazos hacia arriba y apretó sus potentes puños hasta hacer crujir los nudillos. Sin embargo, Hari miraba al fornido hombre como si uno de aquellos puños se hubiera agitado delante de su cara. Haral cruzó los brazos sobre el pecho.
—Disculpa, Hari. No era mi intención interrumpirte ¿Decías?
Hari, no obstante, con los hombros encogidos como si tratara de replegarse sobre sí mismo, no parecía tener más que añadir.
—Me dejáis perplejo con vuestra actitud —tronó Bran—. Paet al’Caar, tu hijo se rompió la pierna anoche, pero yo he visto cómo caminaba hoy… gracias a ella. Eward Candwin, tú estabas tendido boca abajo con un tajo en la espalda como un pez a punto de destripar, hasta que ella se ocupó de ti. Ahora te parece como si hubiera sucedido hace un mes y, si no me equivoco, no va a quedarte ni la cicatriz. Y tú, Cenn. —El anciano comenzó a retroceder entre el gentío, pero hubo de detenerse, compelido por la mirada de Bran—. Me hubiera sorprendido ver a algún miembro del Consejo aquí, pero a ti más que ninguno. Todavía tendrías el brazo colgando, inservible, lleno de quemaduras y magulladuras, a no ser por ella. Ya que no sabes lo que es la gratitud, ¿no tienes vergüenza al menos?