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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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—¿Cómo te has enterado de que nos íbamos? —preguntó Rand—. De todas maneras, no puedes venir con nosotros. No nos marchamos por mero placer. Los trollocs nos persiguen. Enrojeció, irguiéndose indignado, ante la mirada condescendiente de la muchacha.

—Primero —le explicó pacientemente— he visto cómo Mat se escabulló, tratando de pasar inadvertido. Después he visto que Perrin intentaba esconder esa absurda y enorme hacha debajo de la capa. Sabía que Lan había comprado un caballo y, de pronto, se me ocurrió pensar para qué necesitaba otro. Y, si podía comprar uno, también podía comprar más. Relacioné esto con la imagen de Mat y Perrin escurriéndose como bueyes, como si pretendieran alcanzar el sigilo de un zorro… Bien, sólo había una respuesta posible. No sé si me sorprende o no verte aquí, Rand, después de todo tu parloteo sobre sueños irreales. Dado que Mat y Perrin se habían decidido, debí suponer que tú también estarías.

—Yo tengo que irme, Egwene —dijo Rand—. Los tres debemos hacerlo o, de lo contrario, volverán los trollocs.

—¡Los trollocs! —exclamó con una carcajada Egwene—. Rand, si pretendes ver un poco de mundo, me parece muy bien, pero no me vengas con esos cuentos descabellados.

—Es verdad —apoyó Perrin, al tiempo que Mat comenzaba a decir:

—Los trollocs…

—Basta ya —indicó plácidamente Moraine, interrumpiendo, no obstante, la conversación de manera tan cortante como el filo de un cuchillo—. ¿Ha reparado alguien más en todo eso?

Su voz era dulce, pero Egwene tragó saliva y se recompuso antes de contestar:

—Después de lo de anoche, no piensan más que en la reconstrucción y en lo que van a hacer si ocurre otra vez. No acertarían a ver otra cosa a menos que se la acercaran hasta debajo de las narices. Y yo no he hecho partícipe a nadie de mis sospechas. A nadie.

—Muy bien —decidió Moraine tras un momento—. Puedes venir con nosotros.

Una expresión de perplejidad atravesó el semblante de Lan. En un instante ya se había desvanecido, sustituida por una calma aparente, pero sus palabras brotaron con furia.

—¡No, Moraine!

—Ahora forma parte del Entramado, Lan.

—¡Es ridículo! —replicó—. No hay ningún motivo por el que deba venir y sí muchos para que se quede donde está.

—Sí hay un motivo —aseveró con tranquilidad Moraine—. Una parte del Entramado.

El pétreo semblante del Guardián no reflejó nada, pero asintió con la cabeza.

—Pero, Egwene —objetó Rand—, los trollocs van a perseguirnos. No estaremos a salvo hasta que lleguemos a Tar Valon.

—No intentes atemorizarme —respondió la joven—. Voy a ir.

Rand conocía ese tono de voz. No lo había escuchado desde que ella decidió que encaramarse en los árboles más altos era cosa de niños, pero lo recordaba perfectamente.

—Si crees que el acoso de los trollocs va a ser una cosa divertida —comenzó a decir, pero Moraine lo interrumpió.

—No disponemos de tiempo. Debemos encontrarnos lo más lejos posible al romper el alba. Si permanece aquí, Rand, podría alertar a todo el pueblo antes de que hubiéramos recorrido un kilómetro, y ello pondría sin duda sobre aviso al Myrddraal.

—No haría eso —protestó Egwene.

—Puedes montar el caballo del juglar —propuso el Guardián—. Le dejaré dinero para que pueda comprar otro.

—Eso no va a ser factible —objetó la resonante voz de Thom Merrilin desde el altillo del pajar.

La espada de Lan abandonó la vaina esta vez, y no volvió a su funda cuando su dueño vio al juglar.

Thom lanzó una manta abajo; después se colgó la flauta y el arpa a la espalda y se llevó al hombro unas abultadas alforjas.

—Este pueblo ya no me necesita para nada ahora, y, por otra parte, no he dado nunca ninguna representación en Tar Valon. Aunque por lo general viajo solo, después de lo de anoche no tengo ningún inconveniente en hacerlo acompañado.

El Guardián clavó los ojos en Perrin, quien se revolvió incómodo.

—No se me ocurrió mirar en el pajar —murmuró.

Mientras el enjuto juglar bajaba la escalera del altillo, Lan habló con rígida solemnidad.

—¿Esto también forma parte del Entramado, Moraine Sedai?

—Todo está relacionado con el Entramado, mi viejo amigo —repuso con suavidad Moraine—. No podemos elegir a nuestro gusto. Pero ya veremos. Thom puso pie en el suelo de la caballeriza y se volvió, cepillando la paja prendida a su capa.

—De hecho —agregó, con tono más normal—, podría decirse que insisto en viajar en vuestra compañía. He dedicado muchas horas, inclinado sobre muchas jarras de cerveza, a pensar de qué manera iban a concluir mis días. Y nunca consideré la posibilidad de acabar en el puchero de un trolloc. —Miró oblicuamente la espada del Guardián—. No hay necesidad de empuñar la espada. No soy un queso que haya que repartir.

—Maese Merrilin —advirtió Moraine—, debemos partir de inmediato y, casi con certeza, bajo amenaza de grandes peligros. Los trollocs todavía merodean por ahí, y cabalgaremos de noche. ¿Estáis seguro de que queréis venir con nosotros?

Thom posó los ojos sobre el grupo con una sonrisa burlona.

—Si no es demasiado peligroso para la muchacha, tampoco lo es para mí. Además, ¿qué juglar no correría algún albur por dar una representación en Tar Valon?

Moraine realizó un gesto afirmativo y Lan envainó la espada. Rand se preguntó de improviso qué habría ocurrido si Thom hubiera cambiado de idea o si Moraine no hubiera asentido. El juglar comenzó a ensillar su montura como si tales elucubraciones no hubieran cruzado su mente, pero Rand advirtió cómo, en más de una ocasión, miró de reojo el arma del Guardián.

—Bien —dijo Moraine—. ¿Qué caballo montará Egwene?

—Los del buhonero no son más apropiados que los sementales del posadero —replicó con acritud Lan—. Resistentes, pero lentos.

—Bela —propuso Rand, lo que provocó una mirada del Guardián que indicaba a las claras que mejor hubiera sido callarse. Sin embargo, sabía que no podía disuadir a Egwene, con lo cual no quedaba más remedio que colaborar—. Puede que Bela no sea tan veloz como los otros, pero es fuerte. A veces la he montado. Puede mantener el ritmo.

Lan miró hacia el pesebre de Bela, murmurando entre dientes.

—Tal vez sea algo mejor que el resto —sentenció por fin—Supongo que no tenemos otra alternativa.

—En ese caso habrá de ser de ese modo —concluyó Moraine—. Rand, ensilla a Bela. ¡Deprisa! Ya nos hemos demorado bastante.

Rand se apresuró a elegir una silla y una manta y luego hizo salir a Bela del pesebre. La yegua lo miró con soñolienta sorpresa mientras la ensillaba. Él la montaba a pelo y por tanto no estaba habituada a la silla. Pero aceptó la rareza de la correa de la cincha, sin más protesta que una sacudida de crin.

Después de tomar el atillo de Egwene, lo ató detrás de la silla mientras ella montaba y se ajustaba la falda. Ésta no estaba dividida para montar a horcajadas y, al hacerlo, sus medias de lana quedaron al descubierto hasta la altura de la rodilla. Llevaba las mismas botas de piel suave que las demás muchachas del pueblo, un material nada indicado para viajar hasta la Colina del Vigía, y mucho menos hasta Tar Valon.

—Todavía creo que no deberías venir —opinó—. Lo de los trollocs no eran invenciones mías. De todos modos, prometo que cuidaré de ti.

—Tal vez sea yo quien cuide de ti —replicó Egwene, quien, al advertir su mirada exasperada, le sonrió, inclinándose para acariciarle el cabello—. Ya sé que harás cuanto esté en tu mano por mí. Yo también lo haré por ti. Pero ahora será mejor que montes en tu caballo.

Advirtió que los demás ya estaban listos, aguardándolo. La única montura que había quedado libre era Nube, un alto caballo gris de crin y cola negras que había pertenecido a Jon Thane. Subió a su lomo, si bien no sin cierta dificultad ya que el animal, cuando Rand puso el pie sobre el estribo y se le enredó la funda de la espada entre las piernas, sacudió la cabeza, encabritado. No era un hecho fortuito que sus amigos no hubieran escogido a Nube. Maese Thane solía jugar carreras con él contra los caballos de los mercaderes y Rand no tenía conciencia de que hubiera perdido una sola vez, como tampoco la tenía de que Nube se hubiese comportado en alguna ocasión como un animal sumiso. Lan debía de haber ofrecido un alto precio para que el molinero accediese a vendérselo. Rand cogió las riendas con fuerza y procuró convencerse de que todo saldría bien. Tal vez así podría transmitir su convicción al caballo.

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