La guerra de los enanos
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Dragonlance Legends #2
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Переводчик: Marta Perez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La guerra de los enanos». Краткое содержание книги:
Demacrado, contraído el rostro a causa de la consternación que infundía en su ánimo el estado del mago, Crysania le rodeó con su brazo para sostener sus frágiles piernas. Así respaldado, Raistlin inició su andadura por el bosque sin poder sustraerse al calor del vecino cuerpo de su compañera.
Al llegar a la orilla del riachuelo, el enfermo se sentó en una roca de lisa superficie y se calentó bajo el sol otoñal. La sacerdotisa, mientras tanto, zambulló el lienzo en las aguas para, una vez empapado, limpiar los estigmas de su ataque contra sí mismo. La hojarasca se desprendía de los árboles y, en una lluvia de susurros, se posaba en el lecho fluvial antes de ser arrastrada corriente abajo.
Sin despegar los labios, Raistlin contempló cómo las hojas marchitas eran engullidas por el acuático borboteo y cómo otras, aún aferradas a sus ramas en un postrer alarde de fuerza, se resistían al embate de la brisa, que, aunque tibia, las arrancaba despiadada de su fuente de vida y, entre gráciles piruetas, las hacía revolotear hasta el cauce. Debajo del manto vegetal, en el fondo del torrente, descubrió el reflejo de su semblante. Desvirtuaban sus mejillas sendos cortes largos, profundos, y sus ojos, en lugar de espejos, se le antojaron dos manchas mortecinas. Era el miedo lo que los apagaba, y este miedo le inspiró desdén.
—Dime qué te sucede —lo invitó Crysania dubitativa, haciendo una pausa en sus cuidados y extendiendo la mano sobre los entecos dedos del nigromante—. No comprendo por qué te has mostrado tan taciturno desde que abandonamos la Torre. ¿Guarda tu ensimismamiento alguna relación con el Portal desaparecido, quizá con lo que te explicó Astinus en Palanthas?
El nigromante no contestó, ni siquiera la miró. Los rayos solares caldeaban su ser a través del tupido terciopelo y el contacto de la mujer era todavía más ardiente que el del astro. Pero una parte de su cerebro se obstinaba en sopesar fríamente las ventajas de sincerarse. «¿Qué he de ganar con ello? ¿No será preferible mantener el secreto?».
Un elemento desestabilizador, su pasión, entró en escena. Anhelaba atraer a la sacerdotisa, envolverla, mecerla en la negrura donde ambos podían fundirse.
—Sé —declaró al fin, obediente a su raciocinio aunque tomando la precaución de no enfrentarse a los ojos grises que lo espiaban—, que el Portal se halla en Zhaman, una fortaleza mágica situada en la vecindad de Thorbardin. Astinus me lo reveló.
»Cuenta la leyenda que Fistandantilus emprendió lo que se ha dado en llamar las guerras de Dwarfgate con el único propósito de reclamar la propiedad del reino enanil. El maestro de la Gran Biblioteca relata algo similar en sus Crónicas. Pero, si lees entre líneas, como yo debería haber hecho de no caer en la trampa de mi propia arrogancia, averiguarás la verdad.
Entrechocó, tenso, sus palmas y Crysania, acuclillada delante de él, aguardó que prosiguiera. La dama lo había escuchado como hechizada. Y su actitud no varió cuando el nigromante retomó el hilo de su narración.
—Fistandantilus visitó estos parajes con la misma intención que los surco yo ahora. —Ribeteaba su discurso un singular siseo, augurio de una vehemencia que no tardó en brotar—. ¡Nada le importaba Thorbardin! Su plan fue una estratagema digna de su astucia. Lo que él quería era acceder al Portal, y los enanos se interponían en su camino del mismo modo que obstruyen el mío. Eran ellos los dueños de la fortaleza, quienes gobernaban los territorios adyacentes. La única manera de atravesar el escollo era desencadenar una contienda que le permitiera acercarse a su objetivo. Ya ves que la historia se repite.
«Tengo que seguir sus pasos. Por mucho que me rebele acabo siempre actuando como él».
Enmudeció y, atribulado, se empecinó en observar el fluir de las aguas.
—Por lo que he deducido de las Crónicas de Astinus —intervino tímidamente la sacerdotisa—, la guerra era inevitable. Las diferencias entre los Enanos de las Montañas y sus primos de las Colinas eran irreconciliables. Su sangre se habría derramado de todas formas, así que no debes reprocharte…
—¡Los enanos no me preocupan en lo más mínimo! —la atajó, impaciente, Raistlin—. Por lo que a mí respecta, podrían ahogarse todos en el mar de Sirrion. Afirmas conocer el episodio de los escritos de Astinus dedicado a este conflicto. Pues bien, piensa con detenimiento. ¿Qué provocó el final de la liza de Dwarfgate?
Crysania se esforzó en recordar y, tras un prolongado silencio, respondió:
—La explosión que destruyó las llanuras de Dergoth. Murieron millares de criaturas, y también…
—¡Fistandantilus! —concluyó el mago por ella, con un sombrío énfasis.
Durante algunos minutos, la sacerdotisa lo miró desconcertada, hasta comprender la sentencia que entrañaba aquella mención a su predecesor arcano.
—¡Pero no tiene por qué ser así! —protestó, soltando el paño y apretando entre sus palmas las manos unidas de Raistlin—. No eres la misma persona y las circunstancias han cambiado. Estoy persuadida de que te equivocas en tu augurio.
El hechicero meneó la cabeza, tirantes sus labios en una cínica sonrisa. Se desembarazó de las delicadas manos femeninas y, con suavidad, alzó su mentón para que, al cruzarse sus pupilas, se rindieran a la triste evidencia.
—Las circunstancias no han variado, ni yo he cometido ningún error —la corrigió—. Me hallo atrapado en el torbellino del tiempo y me precipito a mi destino.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —indagó ella.
—Existen demasiadas coincidencias para buscar una escapatoria —fue la tajante contestación—. Alguien más pereció junto a Fistandantilus en aquella lóbrega jornada.
—¿Quién? —preguntó la dama si bien, antes de que él se lo comunicase, sintió que un manto de miedo la circundaba, depositado sobre sus hombros con un crujido tan quedo como el de la hojarasca.
—Un viejo amigo tuyo. ¡Denubis! —proclamó Raistlin, retorcidos sus labios en una grotesca mueca.
—¡Denubis! —repitió la mujer.
—Sí —confirmó el archimago a la vez que, en un impulso inconsciente, acariciaba sus pómulos y su barbilla, que aún sostenía en alto—. Astinus me informó de este hecho, que no me sorprendió ya que mi poderoso maestro atraía invenciblemente al clérigo, aunque él rehusara admitirlo. Abrigaba sobre la Iglesia dudas muy similares a las tuyas y cabe asumir que, durante los escalofriantes días previos al Cataclismo, Fistandantilus le engatusase.
—Tú no me engatusaste —le espetó la sacerdotisa con firmeza—. Si te he acompañado ha sido por mi voluntad.
—En efecto.
El archimago apartó la mano, que, respondiendo a una iniciativa ajena a su control, tanteaba en actitud cariñosa la fina piel de la dama. Sin embargo, su recato fue tardío. El contacto le había inflamado la sangre. No logró desviar su mirada de aquellos labios bien torneados, del sugestivo cuello. Surgió en su memoria la imagen que percibió al entrar en la tienda, revivió el arranque de celos que sufrió al verla entre los brazos de su hermano.
«No debe ocurrir —se reprendió—. Si cedo se vendrán abajo mis planes».
Empezó a incorporarse, pero Crysania asió su mano y reclinó el rostro en la palma abierta.
—No te atormentes —le exhortó, clavados en los suyos sus ojos grises que, seductores, brillaban bajo la luz de los rayos solares al filtrarse éstos por el ramaje—. ¡Juntos alteraremos el tiempo! Tú estás mejor dotado en tu arte que Fistandantilus, y mi fe es más fuerte que la de Denubis. Escuché las exigencias del Príncipe de los Sacerdotes frente a los dioses, conozco el motivo de su fracaso. Paladine atenderá a mis plegarias como siempre hizo en el pasado. Tú y yo escribiremos un nuevo desenlace para esta malhadada historia.
Hipnotizada por la pasión que su propia voz destilaba, los ojos de la dama refulgieron hasta tornarse azules, al mismo tiempo que su tez, fresca a causa de las caricias de la mano de Raistlin, se teñía de un rubor rosáceo. Su exacerbado palpito se abrió camino a través de las venas del hechicero, quien, al recibir su ternura, al sentir su muda invitación, se hincó de rodillas a su lado. La estrechó contra su cuerpo, la besó en los labios, en los párpados, en el cuello. Sus dedos se enredaron en la larga melena, cuya fragancia invadió sus sentidos y, en suma, el dulce dolor del deseo se apoderó de todo su ser.