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Y las montañas hablaron

Электронная книга - «Y las montañas hablaron». Краткое содержание книги:

La decisión de una humilde familia campesina de dar una hija en adopción a un matrimonio adinerado es el fundamento sobre el que Khaled Hosseini —autor de las inolvidables Cometas en el cielo y Mil soles espléndidos— ha tejido este formidable tapiz en el que se entrelazan los destinos de varias generaciones y se exploran las infinitas formas en que el amor, el valor, la traición y el sacrificio desempeñan un papel determinante en las vidas de las personas. La historia arranca en una remota y desolada aldea de Afganistán, donde Sabur y su segunda mujer se enfrentan en condiciones precarias a la llegada de otro invierno implacable. Abdulá, el hijo mayor, de diez años, ha cuidado de su hermana Pari desde que era pequeña, y ahora ambos escuchan cautivados la triste historia que les relata su padre antes de acostarlos, la víspera de iniciar un largo viaje que los conducirá hasta Kabul. Allí, en las bulliciosas calles de la capital, dará comienzo este fascinante itinerario que guiará al lector desde el otoño de 1952 hasta el presente, de Kabul a París, desde la isla griega de Tinos hasta San Francisco.
Seis años después de la publicación de su anterior novela y superados los 38 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, Khaled Hosseini vuelve a demostrar su inmenso talento para narrar historias con valor universal y su inagotable capacidad para crear personajes que nos resultan asombrosamente cercanos y auténticos.
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Intuyo que la falsa modestia no es lo suyo, y por tanto me veo obligado a suponer que se trata de una valoración sincera de esos poemas de juventud. De ser así, es sumamente implacable consigo misma. Lo cierto es que sus escritos de ese período son deslumbrantes, incluso en su versión traducida, y más teniendo en cuenta que los escribió a una edad tan temprana. Son conmovedores, desbordantes de emoción, profundidad, riqueza de imágenes y elocuencia. Hablan con suma delicadeza de la soledad y de una indecible pena. Cuentan sus desilusiones, las cimas y abismos del amor juvenil en todo su esplendor, en lo que encierra de promesa y yugo. Y a menudo se percibe en ellos una marcada claustrofobia, un horizonte menguante, y siempre, la sensación de lidiar contra la tiranía de las circunstancias, a menudo representada por una siniestra figura masculina, jamás nombrada, que planea como una amenaza. Una alusión no del todo velada a su padre, podría deducirse. Se lo comento.

E.B.: Y en esos poemas rompe con el ritmo, la rima y la métrica que, según tengo entendido, son consustanciales a la poesía persa clásica. Recurre al flujo libre de imágenes. Exalta detalles triviales, elegidos al azar. Fue algo bastante innovador, por lo que tengo entendido. ¿Sería justo decir que, de haber nacido usted en un país más rico —Irán, pongamos por caso—, es probable que la consideraran una precursora de la poesía moderna?

Nila Wahdati sonríe con ironía.

N.W.: Figúrese.

E.B.: Aun así, me sorprende bastante lo que ha dicho antes, que no se siente orgullosa de esos poemas. ¿Le complace alguna de sus obras?

N.W.: Una pregunta espinosa. Supongo que podría contestar afirmativamente si pudiera mantenerlas al margen del proceso creativo en sí.

E.B.: Se refiere a separar el fin de los medios.

N.W.: Contemplo el proceso creativo como una empresa necesariamente vil. Si hurga usted en las entrañas de una obra literaria exquisita, monsieur Boustouler, encontrará toda clase de bajezas. Crear significa saquear vidas ajenas, convirtiendo a sus protagonistas en partícipes del todo involuntarios. Te apropias de sus deseos, te embolsas sus defectos, los despojas de sus sueños, de su sufrimiento. Tomas lo que no te pertenece. Lo haces de un modo consciente.

E.B.: Y a usted se le daba de maravilla.

N.W.: No lo hacía en nombre de ningún ideal artístico noble y elevado, sino porque no tenía más remedio. Era un impulso al que sencillamente no podía resistirme. De no haberme rendido a él, me habría vuelto loca. Me pregunta usted si peco de orgullosa. Me resulta difícil alardear de algo a sabiendas de que lo obtuve por medios moralmente cuestionables. La decisión de alabar o no mi obra se la dejo a los demás.

Nila Wahdati apura la copa de vino y vuelve a llenarla con lo que queda en la botella.

N.W.: Lo que sí puedo asegurarle, en cambio, es que nadie alababa mis poemas en Kabul. Nadie me consideraba precursora de nada, como no fuera del mal gusto, el libertinaje y la inmoralidad. Empezando por mi padre. Decía que mis escritos eran las digresiones de una puta. Ése era exactamente el término que empleaba. Decía que había empañado irremediablemente el buen nombre de su familia. Que lo había traicionado. Me preguntaba una y otra vez por qué me resultaba tan difícil ser una mujer respetable.

E.B.: ¿Y usted qué le contestaba?

N.W.: Le decía que me importaba un bledo que me considerara respetable o no. Que no tenía intención de ponerme yo misma la soga al cuello.

E.B.: Supongo que eso lo disgustaba más aún.

N.W.: Naturalmente.

Dudo si decir lo siguiente.

E.B.: Pero entiendo la ira de su padre.

Nila Wahdati arquea una ceja.

N.W.: ¿De veras?

E.B.: Él era un patriarca, al fin y al cabo, y usted suponía un desafío directo a todo lo que conocía, lo que más apreciaba. Al luchar usted, tanto en su vida como en su obra, por abrir nuevos horizontes a la mujer, por el derecho a opinar sobre su propia condición, a alcanzar su legítima identidad, ponía en tela de juicio el monopolio que los hombres como él detentaban desde hacía siglos. Decía usted lo indecible. Podría afirmarse que encabezó una pequeña revolución femenina unipersonal.

N.W.: Y yo que me he pasado todo este tiempo convencida de que escribía sobre sexo.

E.B.: Bueno, eso también está incluido, ¿no?

Hojeo mis notas y menciono algunos de sus poemas abiertamente eróticos. «Espinos», «De no ser por la espera», «La almohada». De paso confieso que no se cuentan entre mis preferidos. Señalo que carecen de sutileza y ambigüedad. Suenan como creados con el único propósito de consternar y escandalizar. Se me antojan polémicas y airadas críticas a los roles de género que imperaban en la sociedad afgana.

N.W.: No es de extrañar que suenen airadas, porque yo lo estaba. Me enfurecía la idea de que había que protegerme del sexo. De que había que protegerme de mi propio cuerpo. Porque era una mujer, y las mujeres, por si no lo sabe, son seres inmaduros emocional, moral e intelectualmente. Carecen de autocontrol, ¿comprende usted?, son vulnerables a la tentación carnal. Criaturas hipersexuadas a las que hay que refrenar, pues de lo contrario se meterían en la cama con todos los Ahmads y Mahmuds que se cruzaran en su camino.

E.B.: Pero, y perdóneme la osadía, eso fue justo lo que hizo usted, ¿no?

N.W.: Sólo como forma de protesta contra esa misma idea.

Nila Wahdati posee una risa maravillosa, rebosante de malicia, ingenio e inteligencia. Me pregunta si quiero almorzar. Me cuenta que su hija le ha llenado la nevera hace poco y se dispone a preparar lo que resulta ser un delicioso sándwich de jamón. Uno solo. Para sí misma, descorcha otra botella de vino y enciende otro cigarrillo. Luego toma asiento.

N.W.: ¿Está usted de acuerdo conmigo en que, por el bien de esta charla, deberíamos mantener un tono cordial, monsieur Boustouler?

Le contesto que sí.

N.W.: Entonces hágame dos favores. Cómase el sándwich y deje de mirar mi copa.

Huelga decir que su comentario corta de raíz cualquier impulso que pudiera tener de preguntarle por su afición a la bebida.

E.B.: ¿Qué pasó después?

N.W.: En 1948, cuando tenía casi diecinueve años, caí enferma. Era grave, dejémoslo ahí. Mi padre me llevó a Delhi para recibir tratamiento. Se quedó conmigo seis semanas, mientras los médicos se ocupaban de mí. Me dijeron que podría haber muerto. Tal vez hubiese sido lo mejor. La muerte puede ser justo el empujón que necesita la carrera de un joven poeta. Cuando regresamos a casa, me había convertido en un ser frágil y retraído. No tenía ánimos para escribir. No había comida, conversación ni forma alguna de entretenimiento que despertara mi interés. No soportaba las visitas. Sólo quería correr las cortinas y pasarme el día durmiendo. Eso era justo lo que hacía, la mayoría de las veces. Hasta que al final me cansé de estar en la cama y poco a poco empecé a recuperar mis rutinas diarias, y me refiero a los hábitos mínimos e indispensables que todo ser humano necesita para asegurar sus funciones vitales y aparentar cierto grado de civilización. Pero me sentía disminuida. Como si una parte vital de mí misma se hubiese quedado en la India.

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