Y las montañas hablaron
- Автор: Хоссейни Халед
- Язык: испанский
- ISBN: 978-84-15630-26-5
- Переводчик: Patricia Anton de Vez
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Y las montañas hablaron». Краткое содержание книги:
Seis años después de la publicación de su anterior novela y superados los 38 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, Khaled Hosseini vuelve a demostrar su inmenso talento para narrar historias con valor universal y su inagotable capacidad para crear personajes que nos resultan asombrosamente cercanos y auténticos.
N.W.: Que la apruebe o no carece de importancia. Estamos en Francia, monsieur Boustouler, no en Afganistán. La vida de los jóvenes no depende de la aprobación parental.
E.B.: ¿Debo entender que su hija no conserva ningún vínculo con Afganistán?
N.W.: Tenía seis años cuando nos fuimos. Apenas recuerda el tiempo que pasó allí.
E.B.: A diferencia de usted, claro está.
Le pido que me hable de sus primeros años de vida.
Se excusa y abandona la habitación unos instantes. Al volver, me tiende una vieja y apergaminada foto en blanco y negro. En ella aparece un hombre de gesto severo y complexión robusta, con gafas y pelo reluciente, peinado con impecable raya. Está sentado a un escritorio, leyendo un libro. Viste un traje con solapas en pico, chaleco cruzado, camisa blanca de cuello alto y pajarita.
N.W.: Mi padre, en 1929. El año que nací yo.
E.B.: Todo un caballero.
N.W.: Pertenecía a la aristocracia pastún de Kabul. Era un hombre muy cultivado, de modales exquisitos y afable en el trato, como correspondía. Un gran narrador de historias, también. Al menos en público.
E.B.: ¿Y en privado?
N.W.: ¿Usted qué diría, monsieur Boustouler?
Cojo la foto y vuelvo a observarla.
E.B.: Distante, diría yo. Serio. Inescrutable. Intransigente.
N.W.: Insisto en que se tome una copa conmigo. No me gusta, o mejor dicho, detesto beber a solas.
Nila Wahdati me sirve una copa de chardonnay a la que doy un sorbo por mera cortesía.
N.W.: Tenía las manos frías, mi padre. Hiciera el tiempo que hiciera. Siempre las tenía frías. Y siempre se ponía traje, hiciera el tiempo que hiciera. Hecho a medida, con los pliegues perfectamente planchados. Y un fedora, también, y zapatos tipo Oxford, por supuesto, de dos tonos. Era un hombre apuesto, supongo, aunque ligeramente envarado. Había en él —esto sólo lo comprendí mucho más tarde— algo un poco ridículo, artificial, europeizante, incluyendo, faltaría más, los partidos semanales de bolos sobre hierba o de polo y la codiciada esposa francesa, todo ello merecedor de la efusiva aprobación del joven y liberal monarca.
Nila Wahdati se muerde las uñas y guarda un breve silencio. Aprovecho para dar la vuelta a la cinta de la grabadora.
N.W.: Mi padre dormía en su propia habitación, y mi madre y yo en otra. Comía fuera casi todos los días, con los ministros y consejeros del rey. O bien se iba a montar a caballo, o a jugar al polo, o a cazar. La caza era su gran pasión.
E.B.: Es decir que no lo veía usted muy a menudo. Era una figura ausente.
N.W.: No del todo. Ponía empeño en pasar unos minutos conmigo cada dos días. Venía a mi habitación y se sentaba en la cama, y ésa era la señal de que podía encaramarme a su regazo. Me balanceaba en sus rodillas durante un rato, sin que ninguno de los dos dijera gran cosa, hasta que él preguntaba: «¿Qué hacemos ahora, Nila?» A veces me dejaba coger el pañuelo que llevaba en el bolsillo de la pechera para volver a doblarlo. Huelga decir que me limitaba a embutirlo en el bolsillo hecho un gurruño, y entonces él fingía una expresión de asombro que a mí me resultaba de lo más cómica, y el juego se repetía hasta que él se cansaba, lo que no tardaba en ocurrir. Entonces me acariciaba el pelo con sus manos destempladas y decía: «Papá tiene que irse ya, cervatillo. Vete a jugar.»
Nila Wahdati devuelve la foto a su sitio. Al regresar, coge un nuevo paquete de tabaco de un cajón y enciende un cigarrillo.
N.W.: Así me llamaba, para mi regocijo. Solía dar saltos por el jardín —teníamos un jardín inmenso—, canturreando «¡Soy el cervatillo de papá, soy el cervatillo de papá!». Sólo mucho más tarde comprendí cuán siniestro era mi apodo.
E.B.: ¿Perdón?
Nila Wahdati sonríe.
N.W.: Mi padre cazaba ciervos, monsieur Boustouler.
Podrían haber vuelto caminando al piso de maman, que queda a tan sólo unas manzanas de distancia, pero la lluvia cae ahora con furia. En el taxi, maman va hecha un ovillo en el asiento de atrás, tapada con la gabardina de Pari, mirando por la ventanilla sin decir palabra. En ese momento Pari la ve mayor, mucho más de lo que corresponde a sus cuarenta y cuatro años. Avejentada, frágil y consumida.
Hace bastante que Pari no entra en el piso de maman. Cuando gira la llave en la cerradura y abre la puerta, lo primero que ve es la encimera de la cocina atestada de copas sucias, bolsas abiertas de patatas fritas y paquetes abiertos de pasta seca, platos con restos de alimentos irreconocibles, fosilizados. Sobre la mesa, una bolsa de papel repleta de botellas de vino vacías se sostiene en precario equilibro. Pari ve hojas de diario en el suelo, una de las cuales ha absorbido la sangre derramada horas antes, y sobre ésta un solitario calcetín de lana rosa. Se alarma al ver cómo vive su madre. Y también se siente culpable, lo que, conociendo a maman, bien podría tratarse de un efecto buscado. En cuanto lo piensa, se reprocha haberlo hecho. Es la clase de cosa que pensaría Julien. «Quiere que te sientas mal.» Se lo ha dicho en varias ocasiones a lo largo del último año. «Quiere que te sientas mal.» Cuando lo dijo por primera vez, Pari se sintió aliviada, comprendida. Le estaba agradecida por haber puesto palabras a algo que ella no podía o no quería verbalizar. Creyó haber encontrado un aliado. Pero ahora lo duda. Detecta en las palabras de él un destello de crueldad. Una inquietante ausencia de amabilidad.
En el suelo del dormitorio se amontonan las prendas de vestir, los discos, los libros y más diarios. Sobre el alféizar descansa un vaso con agua amarillenta, teñida por las colillas que flotan en su interior. Pari aparta libros y viejas revistas de la cama y ayuda a maman a meterse bajo las mantas.
Ésta busca su mirada al tiempo que se lleva el dorso de una mano a la frente vendada. La pose hace que parezca una actriz de cine mudo a punto de desmayarse.
—¿Estarás bien, maman?
—No creo —responde. No parece que lo diga por llamar la atención. Lo hace con desapego, en tono hastiado. Suena cansada, sincera y rotunda.
—Me estás asustando, maman.
—¿Vas a irte ya?
—¿Quieres que me quede?
—Sí.
—Entonces me quedo.
—Apaga la luz.
—¿Maman?
—Sí.
—¿Estás tomando la medicación? ¿Has dejado las pastillas? Creo que las has dejado y me preocupa.
—Basta de monsergas y apaga la luz.
Pari obedece. Se sienta en el borde de la cama y espera que su madre se duerma. Luego va a la cocina y emprende la ímproba tarea de recoger y limpiar. Se pone un par de guantes y empieza por los platos. Lava vasos que hieden a leche agria, cuencos con un poso de cereales amazacotados, platos con comida recubierta de aterciopeladas manchas de moho verde. Recuerda la primera vez que fregó los platos en el piso de Julien, al día siguiente de su primera noche juntos. Julien había hecho tortillas para desayunar. Recuerda cómo disfrutó con aquella sencilla escena hogareña, ella lavando platos en la cocina mientras él ponía una canción de Jane Birkin en el tocadiscos.
Había vuelto a coincidir con él el año anterior, 1973, por primera vez en casi una década. Se habían visto por casualidad en una marcha de protesta delante de la embajada canadiense, una manifestación estudiantil contra la matanza de focas. Pari no quería ir, y además tenía que acabar un trabajo sobre las funciones meromorfas, pero Collette había insistido. A la sazón compartían piso, un arreglo con el que ambas se sentían cada vez más a disgusto. Collette había empezado a fumar hierba. Se ponía ridículas cintas en el pelo y holgadas túnicas magenta con pájaros y margaritas bordados. Metía en casa a chicos de pelo largo y aspecto desaliñado que engullían la comida de Pari y martirizaban la guitarra. Collette siempre estaba en la calle coreando alguna consigna a voz en grito, denunciando el racismo, la crueldad hacia los animales, la esclavitud, los ensayos nucleares de los franceses en el Pacífico. Siempre había un intenso trajín en el piso, un incesante ir y venir de gente a la que Pari no conocía de nada. Y cuando las dos compañeras de piso se quedaban a solas, Pari notaba una nueva tensión entre ambas, cierto desdén por parte de Collette, una tácita forma de censura.