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Y las montañas hablaron

Электронная книга - «Y las montañas hablaron». Краткое содержание книги:

La decisión de una humilde familia campesina de dar una hija en adopción a un matrimonio adinerado es el fundamento sobre el que Khaled Hosseini —autor de las inolvidables Cometas en el cielo y Mil soles espléndidos— ha tejido este formidable tapiz en el que se entrelazan los destinos de varias generaciones y se exploran las infinitas formas en que el amor, el valor, la traición y el sacrificio desempeñan un papel determinante en las vidas de las personas. La historia arranca en una remota y desolada aldea de Afganistán, donde Sabur y su segunda mujer se enfrentan en condiciones precarias a la llegada de otro invierno implacable. Abdulá, el hijo mayor, de diez años, ha cuidado de su hermana Pari desde que era pequeña, y ahora ambos escuchan cautivados la triste historia que les relata su padre antes de acostarlos, la víspera de iniciar un largo viaje que los conducirá hasta Kabul. Allí, en las bulliciosas calles de la capital, dará comienzo este fascinante itinerario que guiará al lector desde el otoño de 1952 hasta el presente, de Kabul a París, desde la isla griega de Tinos hasta San Francisco.
Seis años después de la publicación de su anterior novela y superados los 38 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, Khaled Hosseini vuelve a demostrar su inmenso talento para narrar historias con valor universal y su inagotable capacidad para crear personajes que nos resultan asombrosamente cercanos y auténticos.
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—Lo sé, lo sé. Pero he pensado que...

Didier le hace algunas preguntas. ¿Ha perdido peso la niña? ¿Sudoración nocturna, hematomas sin justificación aparente, fatiga, fiebre crónica?

Al finalizar el interrogatorio, concluye que Eric debería llevarla al médico por la mañana, pero que, si mal no recuerda de sus estudios de medicina general, podría tratarse de gingivoestomatitis aguda.

Pari aferra el auricular con tanta fuerza que le duele la muñeca.

—Por favor, Didier —dice, esforzándose por no perder la paciencia.

—Oh, lo siento. Lo que quiero decir es que parecen los primeros síntomas de un herpes labial, una calentura.

—Una calentura.

Y entonces él añade las palabras más maravillosas que Pari ha oído en su vida:

—Creo que se pondrá bien.

Pari sólo ha coincidido con Didier en dos ocasiones, una antes y otra después de su boda con Collette, pero en ese instante lo quiere con toda su alma. Así se lo dice, llorando al teléfono, le dice varias veces que lo quiere, mientras él se ríe y le desea buenas noches. Luego llama a Eric, que al día siguiente llevará a Isabelle a ver al doctor Perrin. Después, con un zumbido en los oídos, se tumba en la cama y contempla la luz de las farolas que se cuela por los postigos de madera verde mate. Se acuerda de cuando la ingresaron en el hospital por una neumonía, tenía entonces ocho años, y de cómo maman se negó a marcharse a casa, cómo insistió en dormir en una silla junto a su cama, y siente una nueva, inesperada y tardía afinidad con su madre. La ha echado de menos muchas veces a lo largo de los últimos años. En su boda, por supuesto, y también cuando nació Isabelle y en incontables momentos aislados, pero nunca tanto como esa terrible y maravillosa noche, en esa habitación de hotel de Múnich.

Al día siguiente, de vuelta en París, le dice a Eric que no deberían tener más hijos después de Alain. Hacerlo sólo serviría para aumentar sus probabilidades de acabar con el corazón hecho añicos.

En 1985, cuando Isabelle tiene siete años, Alain cuatro y el pequeño Thierry dos, Pari acepta una invitación para dar clases en una importante universidad de París. Durante un tiempo, se ve sometida a las consabidas rencillas y mezquindades del mundo académico, lo que no es de extrañar, puesto que, a sus treinta y seis años, es la profesora más joven del departamento y una de las dos únicas mujeres que forman parte del mismo. Pari capea el temporal de un modo muy distinto a como imagina que lo hubiese hecho maman. Rehúye los enfrentamientos directos, no presenta ninguna queja, no regala los oídos ni da coba a nadie. Siempre habrá el escéptico de turno, pero para cuando cae el muro de Berlín, también los obstáculos de su vida académica se han desmoronado y, poco a poco, ha sabido ganarse a la mayoría de los compañeros gracias a su sensatez y su desarmante don de gentes. Hace amistades en su departamento y también en otros, acude a los actos organizados por la universidad, participa en las campañas de recaudación de fondos, de tarde en tarde se va a tomar una copa con los colegas o asiste a alguna que otra fiesta. Eric la acompaña en esas veladas. Su insistencia en ponerse siempre la misma corbata de lana y la misma chaqueta de pana con coderas se ha convertido en una especie de broma privada entre ambos. Eric se pasea por la sala atestada de gente, probando los hors d’oeuvres y tomando sorbos de vino con aire de jovial perplejidad, y en más de una ocasión Pari ha tenido que acudir a rescatarlo antes de que opine sobre las 3-variedades o las aproximaciones diofánticas ante un grupo de matemáticos.

Antes o después, en esas fiestas alguien acaba preguntándole a Pari qué opina sobre el desarrollo de los acontecimientos en Afganistán. Cierta noche, un catedrático invitado que atiende al nombre de Chatelard y lleva alguna copa de más le pregunta qué cree que pasará en Afganistán tras la marcha de los soviéticos.

—¿Hallará su pueblo la paz, madame professeur?

—No sabría contestarle —responde Pari—. En realidad, lo único que tengo de afgana es el apellido.

Non mais, quand même —insiste el profesor—, aun así, se habrá formado usted alguna opinión al respecto.

Pari sonríe, intentando mantener a raya la sensación de no estar a la altura de las circunstancias que siempre le produce esa clase de preguntas.

—Sólo por lo que he leído en Le Monde. Al igual que usted.

—Pero se crió usted allí, non?

—Vine cuando era muy pequeña. ¿Ha visto a mi marido? Es el de la chaqueta con coderas.

Lo que dice es cierto. Pari sigue las noticias, se informa del desarrollo de la guerra por los diarios, sabe que Occidente facilita armas a los muyahidines, pero Afganistán se ha ido desdibujando en su mente. Tiene con qué mantenerse ocupada en su casa, que ahora es una hermosa vivienda de cuatro habitaciones en Guyancourt, a unos veinte kilómetros del centro de París. La casa se alza sobre una pequeña colina, cerca de un parque con senderos y estanques. Además de dar clases, Eric ha empezado a trabajar como dramaturgo. Una de sus obras, una desenfadada farsa política, se llevará a escena en otoño, en un pequeño teatro parisino, cerca del ayuntamiento, y ya le han encargado que escriba otra.

Isabelle se ha convertido en una adolescente tímida, pero inteligente y considerada. Escribe un diario y lee una novela a la semana. Le gusta Sinéad O’Connor. Tiene dedos largos, hermosos, y está aprendiendo a tocar el violonchelo. En unas semanas, interpretará la Chanson triste de Chaikovski en un recital. Al principio se resistía a tocar el violonchelo, y Pari se había apuntado a un par de clases con ella como muestra de solidaridad, lo que había resultado innecesario e inasumible a la vez. Innecesario porque Isabelle no había tardado en encariñarse con el instrumento, e inasumible porque tocar el violonchelo le agravaba el dolor articular. Desde hace un año, Pari se despierta por las mañanas con una rigidez en las manos y muñecas que no cede hasta que pasa media hora, a veces una hora entera. Eric había desistido de presionarla para que fuera al médico, pero ahora insiste.

—Sólo tienes cuarenta y tres años, Pari —dice—. Esto no es normal.

Pari ha pedido hora con el especialista.

Alain, su segundo hijo, es un pilluelo encantador. Está obsesionado con las artes marciales. Nació prematuro y sigue siendo pequeño para un niño de diez años, pero lo que le falta en estatura lo compensa con creces a fuerza de voluntad y agallas. Sus adversarios siempre se dejan engañar por su complexión menuda y sus piernecillas delgadas. Lo subestiman. Por la noche, en la cama, Pari y Eric han comentado a menudo el asombro que les produce su enorme tesón y su imparable energía. Pari no sufre por Isabelle ni por Alain.

Es Thierry el que la preocupa. Thierry, que quizá a un nivel oscuro, primordial, intuye que su llegada al mundo no fue buscada, esperada ni deseada. Thierry es propenso a los silencios hirientes y las miradas esquinadas, a escurrir el bulto siempre que su madre le pide algo. La desafía sin más motivo, cree Pari, que el hecho mismo de desafiarla. Hay días en que un nubarrón parece cernirse sobre él. Pari lo sabe. Casi puede verlo. Se arremolina y crece, hasta que al final estalla en forma de monumental pataleta con profusión de lágrimas y aspavientos, que asusta a Pari y deja a Eric parpadeando de incredulidad, con un amargo rictus en los labios. Pari presiente que la inquietud por Thierry, al igual que el dolor articular, la acompañará de por vida.

Pari se pregunta qué clase de abuela hubiese sido maman, sobre todo con Thierry. Intuye que habría sabido ayudarla con él. Tal vez hubiese visto algo de sí misma en el menor de sus nietos, aunque no fuera sangre de su propia sangre, por supuesto, Pari está segura de eso desde hace algún tiempo. Los niños han oído hablar de maman. Isabelle se muestra particularmente curiosa al respecto. Ha leído muchos de sus poemas. Ojalá la hubiese conocido, dice. Cree que fue una mujer fascinante.

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