Ender el Xenocida [Xenocide - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 978-84-406-1648-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Ender el Xenocida [Xenocide - es]». Краткое содержание книги:
Nominado a los Premios Hugo y Locus, 1992.
Entonces llegó a su mente una imagen de la visión de san Esteban: Cristo sentado a la derecha de Dios. Pero a la izquierda había alguien más. La reina del cielo. No la Santa Virgen, sino la reina colmena, con baba blanquecina temblando en la punta de su abdomen. Miro apretó con fuerza el banco de madera que tenía delante. «Dios, aparta esta visión de mí. Atrás, Enemigo.»
Alguien llegó y se arrodilló junto a él. Miro no se atrevió a abrir los ojos. Prestó atención a algún sonido que declarara que su acompañante era humano. Pero el roce de la ropa podía ser igualmente el de las alas frotando un duro tórax.
Tuvo que obligarse a rechazar la imagen. Abrió los ojos. Con su visión periférica, pudo ver que su acompañante estaba arrodillado. Por la forma del brazo, por el color de la manga, supo que era una mujer.
—No puedes esconderte de mí eternamente —susurró ella.
La voz no era normal. Demasiado ronca. Una voz que había hablado cien mil veces desde la última vez que él la escuchó. Una voz que había arrullado a bebés, gemido en los embates del amor, gritado a los niños para que volvieran a casa, a casa. Un voz que antaño, cuando era joven, le había hablado de amor eterno.
—Miro, si hubiera podido tomar tu cruz sobre mí misma, lo habría hecho.
«¿Mi cruz? ¿Es eso lo que llevo conmigo, pesada e incómoda, aplastándome? Y yo que pensaba que era mi cuerpo.»
—No sé qué decirte, Miro. Me lamenté durante mucho tiempo. A veces pienso que todavía lo hago. Perderte…, me refiero a nuestra esperanza de futuro, fue mejor de lo que podía esperar. He tenido una buena familia, una buena vida, y tú también la tendrás. Pero perderte como mi amigo, como mi hermano, eso fue lo peor de todo. Me sentí abandonada. No sé si en realidad logré superarlo.
«Perderte como hermana mía fue lo fácil. No necesito otra hermana.»
—Me rompes el corazón, Miro. Eres tan joven. No has cambiado, y eso es lo más duro, no has cambiado en treinta años.
Aquello fue más de lo que Miro podía soportar en silencio. No alzó la cabeza, pero sí la voz. Con demasiada intensidad en medio de la misa, respondió:
—¿No?
Se levantó, vagamente consciente de que la gente se volvía a mirarlo.
—¿No he cambiado? —Su voz era pastosa, difícil de entender, y él no hacía nada por aclararla. Dio un tambaleante paso hacia el pasillo, y luego se volvió por fin a mirarla—. ¿Es así como me recuerdas?
Ella lo observó, impresionada…, ¿de qué? ¿De la forma de hablar de Miro, de sus movimientos ineficaces? ¿O simplemente la estaba avergonzando por no haber convertido este encuentro en la escena trágicamente romántica que ella había imaginado durante los últimos treinta años?
Su cara no era vieja, pero tampoco era la de Ouanda. Madura, más gruesa, con arrugas en los ojos. ¿Qué edad tenía ahora? ¿Cincuenta? Casi. ¿Qué tenía que ver con él aquella mujer de cincuenta años?
—Ni siquiera te conozco —espetó Miro.
Entonces se dirigió a la puerta y se perdió en la mañana.
Poco después se encontró descansando a la sombra de un árbol.
¿Cuál era, Raíz o Humano? Miro intentó recordar. Sólo había pasado una semana desde que se marchó, ¿no? Pero cuando lo hizo, el árbol de Humano era todavía sólo un retoño, y ahora los dos árboles parecían tener el mismo tamaño y no podía recordar con seguridad si Humano había sido plantado colina arriba o colina abajo con respecto a Raíz. No importaba: Miro no tenía nada que decirle a un árbol, y ellos tampoco tenían nada que contestarle.
Además, Miro nunca había aprendido el lenguaje de los árboles; ni siquiera supieron que todos aquellos golpes que daban a los troncos era un lenguaje hasta que fue demasiado tarde para Miro. Ender podía hacerlo, y Ouanda, y probablemente otra media docena de personas, pero Miro nunca podría aprender, porque no había forma alguna de que pudiera sujetar los palos y llevar el ritmo. Sólo otra forma más de hablar en la que ahora era un inútil.
—Que dia chato, meu filho.
Ésa era una voz que nunca cambiaría. Y la actitud tampoco: «Qué día más malo, hijo mío.» Piadosa y maliciosa al mismo tiempo, y burlándose de sí misma por ambos puntos de vista.
—Hola, Quim.
—Me temo que ahora soy el padre Esteváo.
Quim había adoptado todas las regalías de un sacerdote, con túnica y todo; ahora las recogió y se sentó en la hierba delante de Miro.
—Das el papel —comentó Miro. Quim había madurado bien. De niño, parecía piadoso y malicioso. La experiencia con el mundo real en vez de con la teoría teológica le había dado arrugas, pero la cara resultante evidenciaba compasión. También fuerza—. Lamento haber hecho una escena en la misa.
—¿Lo hiciste? —preguntó Quim—. No estuve allí. O más bien, estuve en misa, pero no en la catedral.
—¿Comunión para los raman?
—Para los hijos de Dios. La Iglesia ya tenía un vocabulario para tratar con los extranjeros. No tuvimos que esperar a Demóstenes.
—Bueno, no tienes que molestarte por eso, Quim. Tú no inventaste los términos.
—No discutamos.
—Entonces, no nos metamos en las meditaciones de los demás.
—Un noble sentimiento. Excepto que has decidido descansar a la sombra de un amigo mío, con quien necesito conversar. Pensé que sería más amable hablar contigo primero antes de empezar a golpear con palos a Raíz.
—¿Éste es Raíz?
—Dile hola. Sé que estaba esperando ansiosamente tu regreso.
—No llegué a conocerlo.
—Pero él lo sabe todo acerca de ti. Creo que no te das cuenta, Miro, del héroe que eres entre los pequeninos. Saben lo que hiciste por ellos, y lo que te costó.
—¿Y saben lo que probablemente nos costará a todos al final?
—Al final, todos nos encontraremos ante el juicio de Dios. Si todo el planeta de almas es destruido a la vez, entonces la única preocupación es asegurarse de que no quede sin bautizar ninguna alma que pudiera ser bienvenida entre los santos.
—Entonces, ¿no te importa?
—Claro que me importa. Pero digamos que hay una visión a largo plazo donde la vida y la muerte son materias menos importantes que elegir qué clase de vida y qué clase de muerte tendremos.
—Crees de verdad en todo esto, ¿no?
—Depende de lo que quieras decir con «todo esto», sí, creo.
—Me refiero a todo. Un Dios vivo, Cristo resucitado, milagros, visiones, bautismo, transubstanciación…
—Sí.
—Milagros. Curación.
—Sí.
—Como en el altar de los abuelos.
—Hemos sido informados de muchas curaciones allí.
—¿Las crees?
—Miro, no lo sé. Algunas pudieron deberse a la histeria. Algunas pudieron ser un efecto placebo. Algunas curaciones tal vez fueron remisiones espontáneas o recuperaciones naturales.
—Pero algunas fueron reales.
—Tal vez.
—Crees que los milagros son posibles.
—Sí.
—Pero no crees que sucedan de verdad.
—Miro, creo que sí suceden. Lo que ignoro es si la gente percibe adecuadamente los hechos que son milagros y los que no. No cabe duda de que muchos supuestos milagros no lo fueron. Probablemente también existen muchos milagros que nadie reconoció cuando ocurrieron.
—¿Qué hay de mí, Quim?
—¿Qué hay de ti?
—¿Por qué no hay ningún milagro para mí?
Quim agachó la cabeza y arrancó algunas briznas de hierba. Era una costumbre que tenía desde niño: intentar evitar una pregunta difícil. Era la forma en que respondía cuando su supuesto padre, Marcáo, sufría una de sus iras de borracho.
—¿Qué pasa, Quim? ¿Acaso los milagros sólo existen para los demás?
—Parte del milagro es que nadie sabe por qué sucede.