Ender el Xenocida [Xenocide - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 978-84-406-1648-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Ender el Xenocida [Xenocide - es]». Краткое содержание книги:
Nominado a los Premios Hugo y Locus, 1992.
—Entonces, ¿piensas que la Flota Lusitania nunca debería haber sido enviada?
—Si pueden enviar una flota contra Lusitania sin una buena razón, ¿qué les impide enviar otra contra Sendero? También somos una colonia, no uno de los Cien Mundos, no un miembro del Congreso Estelar. ¿Qué les impide declarar que Han Fei-tzu es un traidor y hacerle viajar a algún planeta distante y no regresar hasta dentro de sesenta años?
La idea era terrible, y una presunción por parte de Wang-mu incluir a su padre en la conversación, no porque fuera una sirvienta, sino porque era presuntuoso por parte de cualquiera imaginar que el gran Han Fei-tzu fuera acusado de un crimen.
La compostura de Qing-jao se derrumbó por un momento, e hizo patente su furia.
—¡El Congreso nunca trataría a mi padre como a un criminal!
—Perdóname, Qing-jao. Me pediste que repitiera lo que dijo mi padre.
—¿Quieres decir que tu padre habló de Han Fei-tzu?
—Todo el pueblo de Jonlei sabe que Han Fei-tzu es el hombre más honorable de Sendero. Nuestro mayor orgullo es que la Casa de Han forme parte de nuestra ciudad.
«Así que —pensó Qing-jao—, sabías exactamente lo ambiciosa que eras cuando decidiste convertirte en la doncella de su hija.»
—No pretendía faltarle el respeto, ni ellos tampoco. ¿Pero no es verdad que si el Congreso quisiera podrían ordenar a Sendero que enviara a tu padre a otro mundo para ser juzgado?
—Ellos nunca…
—¿Pero podrían? —insistió Wang-mu.
—Sendero es una colonia —admitió Qing-jao—. La ley lo permite, pero el Congreso Estelar nunca…
—Pero si lo hicieron con Lusitania, ¿por qué no podrían hacerlo con Sendero?
—Porque los xenólogos de Lusitania eran culpables de crímenes que…
—La gente de Lusitania no opinaba lo mismo. Su gobierno rehusó enviarlos a juicio.
—Eso es lo peor. ¿Cómo puede un gobierno planetario atreverse a pensar que saben más que el Congreso?
—Pero lo sabían todo —objetó Wang-mu, como si la idea fuera tan natural que todo el mundo debiera conocerla—. Conocían a esa gente, a esos xenólogos. Si el Congreso Estelar hiciera que Sendero enviara a Han Fei-tzu para ser juzgado en otro mundo por un crimen que sabemos que no cometió, ¿no crees que también nos rebelaríamos en vez de entregar a un hombre tan grande? Pues entonces ellos enviarían una flota contra nosotros.
—El Congreso Estelar es la fuente de toda la justicia en los Cien Mundos —alegó Qing-jao con determinación.
La discusión se había acabado.
Imprudentemente, Wang-mu no guardó silencio.
—Pero Sendero no es uno de los Cien Mundos todavía, ¿no? —dijo—. Sólo somos una colonia. Pueden hacer lo que quieran, y eso no es justo.
Wang-mu asintió con la cabeza al final, como si pensara que su opinión había prevalecido por completo. Qing-jao casi se echó a reír. Se habría reído, de hecho, si no hubiera estado tan furiosa. En parte lo estaba porque Wang-mu la había interrumpido muchas veces e incluso le había llevado la contraria, algo que sus maestros siempre habían evitado. Sin embargo, la audacia de Wang-mu era probablemente buena cosa, y la furia de Qing-jao indicaba que se había acostumbrado demasiado al respeto no merecido que la gente mostraba a sus ideas, simplemente porque salían de los labios de una agraciada por los dioses. Había que animar a Wang-mu a que le hablara así. Esa parte de la furia de Qing-jao era un error, y tenía que librarse de ella.
Pero gran parte de su furia se debía a la forma en que Wang-mu había hablado acerca del Congreso Estelar. Era como si Wang-mu no considerara al Congreso la autoridad suprema de toda la humanidad; como si imaginara que Sendero era más importante que la voluntad colectiva de todos los mundos. Aunque sucediera lo inconcebible y se ordenara que Han Fei-tzu se presentara a juicio en un mundo situado a un centenar de años luz de distancia, él lo haría sin una protesta, y se enfurecería si alguien en Sendero opusiera la más leve resistencia. ¿Rebelarse como Lusitania? Impensable. La simple idea hacía que Qing-jao se sintiera sucia.
Sucia. Impura. Albergar un pensamiento tan rebelde la hizo empezar a buscar una línea en las vetas de la madera para seguirla.
—¡Qing-jao! —gimió Wang-mu en cuanto su señora se arrodilló y se inclinó sobre el suelo—. ¡Por favor, dime que los dioses no te están castigando por haber oído las palabras que he pronunciado!
—No me están castigando —replicó Qing-jao—. Me purifican.
—Pero no son ni siquiera mis palabras, Qing-jao. Son palabras de personas que ni siquiera están aquí.
—Son palabras impuras, no importa quién las diga.
—¡Pero no es justo que te humilles por unas ideas en las que nunca has pensado ni has creído!
¡Peor y peor! ¿No se callaría nunca Wang-mu?
—¿Debo oírte ahora decir que los propios dioses son injustos?
—¡Lo son, si te castigan por las palabras de otras personas!
La muchacha era desesperante.
—¿Ahora eres más sabia que los dioses?
—¡También podrían castigarte porque te atrae la gravedad, o porque la lluvia te moja!
—Si me exigieran que me purificara por esas cosas, entonces lo haría, y lo consideraría justicia —sentenció Qing-jao.
—¡La justicia no tiene significado! —gritó Wang-mu—. Cuando dices la palabra, te refieres a lo que quiera que decidan los dioses. Pero cuando yo la digo, me refiero a la equidad, a gente que es castigada sólo por lo que han hecho a propósito, a…
—Yo debo atender a lo que los dioses entienden por justicia.
—¡La justicia es la justicia, digan lo que digan los dioses!
Qing-jao estuvo a punto de incorporarse y abofetear a su doncella secreta. Habría sido adecuado, pues Wang-mu le causaba tanto dolor como si la hubiera golpeado. Pero no era corriente en Qing-jao pegar a una persona que no tenía libertad de responderle. Además, aquí se presentaba un acertijo sumamente interesante. Después de todo, los dioses le habían enviado a Wang-mu: Qing-jao estaba segura de ello. Así que en vez de discutir con Wang-mu directamente, intentaría comprender lo que los dioses pretendían al enviarle una sirvienta que decía cosas tan vergonzantes e irrespetuosas.
Los dioses habían hecho que Wang-mu dijera que era injusto castigar a Qing-jao simplemente por oír las irrespetuosas opiniones de otra persona. Tal vez la afirmación de Wang-mu era cierta. Pero también era cierto que los dioses no podían ser injustos. Por tanto, debía ser que Qing-jao no estaba siendo castigada sólo por oír las traicioneras opiniones de la gente. No, Qing-jao tenía que purificarse porque, en el fondo de su corazón, una parte de ella debía de creer esas opiniones. Tenía que limpiarse porque en su interior todavía dudaba del mandato celestial del Congreso Estelar; todavía opinaba que no era justo.
Qing-jao se arrastró inmediatamente hasta la pared más cercana y empezó a buscar la línea adecuada en las vetas de la madera. Gracias a las palabras de Wang-mu, había descubierto una suciedad secreta en su interior. Los dioses la habían acercado un paso más para conocer sus lugares más oscuros, para que algún día pudiera estar completamente llena de luz y ganarse así el nombre que incluso ahora seguía siendo tan sólo una burla. «Una parte de mí duda de la justicia del Congreso Estelar. ¡Oh, dioses, por el bien de mis antepasados, mi pueblo, mis gobernantes, y por último por mi propio bien, purgad esta duda de mí y dejadme limpia!»
Cuando terminó de seguir la línea (y únicamente hizo falta seguir una sola línea para que quedara limpia, lo cual era una buena señal de que había aprendido algo bien), vio que allí estaba todavía Wang-mu, observándola. Toda la furia de Qing-jao se había desvanecido, y de hecho se sentía agradecida a Wang-mu por haber sido una herramienta involuntaria de los dioses para ayudarla a aprender una nueva verdad. Pero, con todo, Wang-mu tenía que comprender que se había pasado de la raya.