Antimanual de sexo
- Автор: Tasso Valerie
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Antimanual de sexo». Краткое содержание книги:
Partiendo de esta premisa Valérie Tasso busca los puntos de anclaje de ese vastísimo y homogeneizador discurso interesado que llamamos sexualidad humana y lo encuentra en el “tópico”. Las expresiones y valoraciones que sólo por fuerza de repetir y no por su veracidad, nos acabamos creyendo todos. De manera inteligente, amena, asequible y tremendamente descarada, Valérie Tasso va desarmando uno a uno una selección de esos “lugares comunes” no con intención de generar otro discurso sino con intención de cuestionar el existente.
Desde la exposición vital de su propia sexualidad, Valérie confecciona este “Antimanual de Sexo” destinado no a disfrutar de trucos y recetas para mejorar nuestras aptitudes y rendimientos en esta sexualidad que nos hacen vivir sino para cuestionar el propio manual de uso.
Quien cree, entre otras muchas cosas, que los preliminares anticipan el coito, que la prostituta vende su cuerpo, que el sexo está para pasárselo bien, que la relación sexual concluye en el orgasmo, que con la edad se pierden las ganas, que los afrodisíacos existen, que sabemos de sexo más que antes, que el sexo entraña muchos peligros, que existe algo no natural en el sexo, que la eyaculación precoz es cosa de hombres o que la religión y el sexo nunca se han llevado bien, o quien quiera saber porqué Valérie admira la glicinia debería acercarse a las páginas de esta sofisticada revolución que es Valérie Tasso.
“No son temibles las normas, sólo aquellos que se las creen…” En definitiva un libro de Valérie Tasso
El cine porno heterosexual no suele contemplar en ningún momento el que a alguno de los fornidos «dadores» se les introduzca ningún cuerpo extraño en el recto. En contraposición, en el cine porno gay, la sodomización es una pieza clave de la puesta en escena. El observador heterosexual se reafirma en preservar su sacro agujero anal, mientras el homosexual se ve recomendado a fomentar el libre tránsito por la parte última de sus intestinos. Nuevamente lo uno o lo otro.
Sabemos que el porno, mucho más allá de cuestionar, tiene una especial predilección por afianzar el modelo. La escenografía de sus acciones es una cuidadosa selección de lo que la normativa del discurso moral del sexo establece, reflejado de la manera más estandarizada posible. Por más especificidades que el porno aborde (bestialismo, fetichismo, coprofilia…), en cada una de ellas, recurre a lo que de normalizado y estandarizado tiene cada una de esas eróticas.
«¡En el culo!», gritó Jean-Marie cuando preguntó el speaker dónde debía colocarse la nueva reforma en la educación que la Asamblea Nacional estaba a punto de aprobar. Fue durante una de las múltiples movilizaciones a las que acudíamos en Francia los que, por aquellos años, cursábamos estudios universitarios.
Jean-Marie era un anarquista homosexual que, en una noche de borrachera (casi tan frecuentes éstas como los días de movilizaciones), me declaró la angustia que le producía la práctica de la penetración anal. Él mismo, que solía parafrasear la sentencia de uno de sus ideólogos políticos: «El culo es, en el hombre, la parte más despreciable de su anatomía; en la mujer, el sitio donde se asienta su dignidad».
Algo con lo que, quizá, no estuvieran muy de acuerdo los exquisitos exegetas del tercer ojo, Verlaine y Rimbaud. La palpación rectal, además de una ciencia, es un arte.
Existen enfermedades de transmisión sexual
Mauro se acercó a mí y me susurró: «Allí».
Al día siguiente, desperté acatarrada.
De las enfermedades de transmisión por charla, además del catarro o la melancolía, tiendo a evitar la estupidez y la gripe. Cuando se acerca a mí un estúpido, siempre le ruego que no hable.
Las palabras son un peligro.
El nombre de «enfermedades venéreas» cae en desuso. Demasiado ambiguo y genérico en tiempos en los que de Venus se sabe ya poco y se le rinde menos culto. Su sustituto ha sido el de «enfermedades de transmisión sexual» (o ETS, como acrónimo para aquellos a los que no les gustan las parrafadas, no se han licenciado en una escuela técnica superior, o temen que, al decirlo, pasen un catarro) o más recientemente el de «infecciones de transmisión sexual». Pero, mientras se discute sobre si son enfermedades o infecciones, nadie parece dudar de que la vía de transmisión de estas dolencias sea el sexo.
Al «hombre del saco» le cabe todo en el saco. Mientras mayor sea el saco, más atrocidades se le pueden atribuir y más miedo puede infundir su figura. Son curiosas las escaladas terroríficas que los adultos, con los niños (y con los propios adultos), son capaces de construir. Si no te tomas la leche, tus músculos se resentirán, cuando tus músculos se resientan, tu organismo dejará de crecer, ello provocará una «endeblez» generalizada que te acabará convirtiendo en un adulto disminuido que será la mofa de sus congéneres, incapaz de defenderse de sus burlas, de fundar una familia y de devenir un ser humano «normal». Acabarás como el Innombrable de Beckett o el Enano Saltarín de los hermanos Grimm… todo por no tomarte un vaso de leche. Secuencias espeluznantes que, en formas de nanas, cuentos infantiles, de anatemas o de previsiones de la OMS, enseñan mucho mejor lo que es el miedo que lo que es evitar el riesgo.
Tuve la primera candidiasis genital a los quince años. En la primavera. Mis diarios, en los que explicaba mis incipientes escarceos sexuales, acababan de haber sido descubiertos por mi madre, junto a las pastillas anticonceptivas y una carta de amor. Inmediatamente, todos los ojos se volvieron contra mí.
La relación de enfermedades derivadas de algunas prácticas asociadas a la interacción sexual es verdaderamente escalofriante. Y cierta. Entre las que el agente patógeno es una bacteria, se pueden relatar la gonorrea, la sífilis y la clamidea. Entre las víricas, el VIH, VPH, el herpes genital o la hepatitis. También pueden venir ocasionadas por la acción de un hongo (como la candida) o de un parásito (el caso, por ejemplo, de las ladillas). Muy pocas de estas enfermedades son «exclusivamente» transmitidas por el contacto sexual, la mayoría tiene, además de ésa, otras vías de transmisión, es el caso, por ejemplo, del VIH (sida).
Frente a todas ellas, el mejor y único método de profilaxis es el «impermeabilizar» en lo posible los tejidos de las mucosas con el uso del preservativo. Naturalmente, ideologías de carácter puritano recomendarán la abstinencia más estricta, pero no hay que olvidar que las mayores fuentes de transmisión de enfermedades, a poco que nos relacionemos con el mundo, son el aire y el agua. Dejar de respirar o de beber no resulta especialmente recomendable, mejor las mascarillas o el agua embotellada cuando hay riesgo.
Decíamos que esas enfermedades utilizan del «contacto sexual» para su transmisión. Los «conductores» son los genitales, pero no el sexo. Como la gripe se transmite por el aire y no por la palabra. De ahí que, del mismo modo que no hablamos de «enfermedades de transmisión discursiva», no deberíamos hablar de enfermedades de transmisión sexual, sino de «enfermedades de transmisión genital» (ETG para los amantes de las pocas palabras). Salvo, naturalmente, que queramos volver a incriminar al sexo y fomentar un carácter problemático, que él, que posiblemente no quiere problemas, aceptará sin rechistar.
Cuando las primeras recriminaciones llegaron, de nada sirvió el que yo insistiera en que no había mantenido relaciones sexuales. Mi madre lo tenía claro. Mientras, la candida seguía haciendo de las suyas, y yo, más candida que la candida, decidí hacer rápidamente partícipe a mis amigas de lo sucedido. Fue entonces cuando, en lugar de comprensión, llegaron las segundas recriminaciones. Mis amigas también lo tenían claro. Entre todas, mi madre, mis amigas (o lo que a ellas les habían dicho las madres de mis amigas), desencadenaron la avalancha. «Seguro que ha sido Jean Baptiste… es un tío muy guarro.» «¡Pero si yo nunca he estado con Jean Baptiste…!» Era igual. De nada servía el que yo siguiera insistiendo en que no podía ser por eso; ellas parecían conocer mejor que yo el uso al que habían estado sometidos mis genitales. Y la progresión de culpas, amenazas y terrores crecía en la misma proporción en que aumentaba el picor en la vagina.
Las enfermedades hereditarias son aquellas en las que el individuo afectado no es «responsable» de padecerlas; no ha enfermado por haber tomado una iniciativa, por actuar, sólo por estar vivo y haber aceptado, involuntariamente, un código enfermo. En ellas, no hay un «culpable», salvo los padres, pero ellos nunca pueden ser culpables (posiblemente, por ello no se denominan «enfermedades testamentarias»). Sin embargo, a estas enfermedades «inevitables» en las que no se responsabiliza a nadie de que acontezcan, ni al paciente heredero ni al donante contagioso, no se nos ocurre llamarlas «enfermedades de transmisión sexual», cuando, inevitablemente, se han contraído por una interacción sexual; la misma que nos concibe. No, la «transmisión sexual» existe cuando existe una culpa en la profilaxis y puesta en práctica de determinado intercambio sexual.
El ginecólogo nos había concedido hora para dos días más tarde. Cuando llegué a su consulta, me temblaban hasta las orejas. Fue nada más sentarme y que mi madre empezara a relatar los síntomas que padecía, cuando poniéndome en pie, solté entre lágrimas un «¡pero si yo no me he acostado con nadie!». El ginecólogo intentó tranquilizarme, mientras yo, compungida, apenas podía balbucear nada.