Antimanual de sexo
- Автор: Tasso Valerie
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Antimanual de sexo». Краткое содержание книги:
Partiendo de esta premisa Valérie Tasso busca los puntos de anclaje de ese vastísimo y homogeneizador discurso interesado que llamamos sexualidad humana y lo encuentra en el “tópico”. Las expresiones y valoraciones que sólo por fuerza de repetir y no por su veracidad, nos acabamos creyendo todos. De manera inteligente, amena, asequible y tremendamente descarada, Valérie Tasso va desarmando uno a uno una selección de esos “lugares comunes” no con intención de generar otro discurso sino con intención de cuestionar el existente.
Desde la exposición vital de su propia sexualidad, Valérie confecciona este “Antimanual de Sexo” destinado no a disfrutar de trucos y recetas para mejorar nuestras aptitudes y rendimientos en esta sexualidad que nos hacen vivir sino para cuestionar el propio manual de uso.
Quien cree, entre otras muchas cosas, que los preliminares anticipan el coito, que la prostituta vende su cuerpo, que el sexo está para pasárselo bien, que la relación sexual concluye en el orgasmo, que con la edad se pierden las ganas, que los afrodisíacos existen, que sabemos de sexo más que antes, que el sexo entraña muchos peligros, que existe algo no natural en el sexo, que la eyaculación precoz es cosa de hombres o que la religión y el sexo nunca se han llevado bien, o quien quiera saber porqué Valérie admira la glicinia debería acercarse a las páginas de esta sofisticada revolución que es Valérie Tasso.
“No son temibles las normas, sólo aquellos que se las creen…” En definitiva un libro de Valérie Tasso
Beguinos, bigardos, goliardos, sarabaítas, picardos, adamitas, pietistas de Kónigsberg, nicolaítas, los chlystes (que de ascetas pasaron a condenar sólo las relaciones sexuales que se mantuvieran dentro del matrimonio y a fomentar el resto), los carpocratianos… herejes, la mayoría místicos, que en mayor o menor medida y partiendo de suposiciones muy diversas, intentaron hacer, dentro de los preceptos del cristianismo, mediante la entrega voluntaria de sus cuerpos y de su capacidad para recibir y provocar placer, una verdadera praxis del amor al prójimo.
Pero hacer del mundo un estado sensible donde la satisfacción es posible y de nuestra sexualidad un regalo para ofrecer cuando se pide y no la condena que no se pide, es algo que los que prefieren rebaños a personas no toleran con misericordia. La lógica masoquista en la que no hay más recompensa que la que procura la exaltación del sufrimiento tiene muchísimos más seguidores de los que encontramos a los pies de las «dominas». Éstos, al menos, saben lo que hacen, no imponen el proselitismo de su preferencia y revierten la mortificación en placer erótico (no la mortificación en mortificación), quizá por eso, y por ser el «retrato» irónico de los que no se reconocen, también son marginados.
La orgía (la «celebración de Dionisos») es el acto de desprendimiento por excelencia, de despojamiento de los egos viciados en la búsqueda de algo mayor, que los trasciende. Sólo existe un placer que se persigue: el común, la unidad de intervención es la comunidad, no los individuos. Es una manifestación religiosa paradigmática. En ella, se sintetizan y se ejecutan en acto todos los principios conceptuales que conforman el fenómeno religioso: la manifestación del amor a lo divino en el prójimo, el amor al otro que se conforma como yo mediante la entrega gratuita y ejemplar, la trascendencia para alcanzar místicamente (sin confesores ni gestores) una comunión directa con el sentido de la divinidad, la generación de un comportamiento que persigue el gozo… Sin dependencias de los sistemas sociales de control, demostrando que somos algo más que aquello de cómo nos caracterizan y contraviniendo los «códigos de circulación», inútiles en los páramos abiertos. Siendo amoralmente éticos.
Las expresiones de gozo suelen ser aclamaciones a la divinidad. Dios aparece mucho más en los orgasmos que en las charlas teológicas. Han hecho falta siglos de represión carnal, de mortificación de los sentidos y de neurosis culpabilizadora para olvidar eso. Y para convertir la orgía en lo que hoy es una orgía.
Sexo y religión son piezas de un mismo puzle, en el que el modelo es el ser humano. Un puzle de millones de piezas, para el que los sabios emplean una vida en completar, mientras los temerosos, los que descartan las piezas que «no les gustan», no completarán nunca. Aunque crean lo contrario y nos lo manifiesten desde tarimas. Porque para ellos, no hay más modelo que el que se inventaron ni más montaje que el que son capaces de completar.
Porque ellos confunden una pieza con el puzle.
La estimulación anal es cosa de homosexuales
Oscuro y arrugado como un clavel violeta Entre el musgo respira humildemente oculto, Húmedo aún del amor que la pendiente sigue De las nalgas blancas al borde de su abismo
(…)
Soneto al ojo del culo Paul Verlaine y Arthur Rimbaud (Los dos primeros cuartetos del soneto fueron de Paul Verlaine, los dos tercetos de cierre los escribió Rimbaud.
Lo crearon como mofa del poemario que Albert Mérat dedicó a la mujer y en el que loaba sus distintas partes del cuerpo. Mérat no dijo nada del, también femenino, ojal de los glúteos. Verlaine y Rimbaud taparon ese hueco. Posiblemente después de, o durante, una noche de amor.)
La virtud, como todas las catalogaciones morales, ha sido como dice la celebérrima aria del Rigoletto de Verdi de la mujer, mobile, qual piuma al vento, muta d'accento, e di pensiero. Voluble, como una pluma al viento, cambia de palabra y de pensamiento; así ha sido, y es, el «inmutable» código moral que ha regido nuestra sexualidad.
Entre las prácticas «virtuosas», las propias del varón (las del vir), las varoniles, estaba, en la íntegra Roma antigua, la sodomización. Pero las reglas virtuosas, la moral de entonces, exigían que el virtuoso debía ser un sujeto activo, el «penetrador» (quizá por eso, de manera despectiva, mandamos más a que den por ahí que a dar por él) y siempre con alguien de una clase inferior, un esclavo o un homo (un hombre esclavizado, que se rige por el código humanitas del sometido, no por la virtus del dominador). La virtuosidad de la época no contemplaba la edad del sujeto receptor de la sodomización, y mucho menos el género, sólo la clase social y la «masculinidad» con la que se realizaba. El ano era una puerta de entrada más para los masculinos virtuosos, y el recto, un conducto «respetable».
Las leyes que hacen de nuestra sexualidad un hecho «productivo», generador, en el que la vagina y el coito son la vía y la práctica, no siempre han estado tan arraigadas, al menos en un tiempo en que la homosexualidad no era mal vista, ni tampoco bien vista, porque ni siquiera existía.
De esa virtus romana que permitía el acceso carnal por la retaguardia sin hacer de ello una orientación sexual, parece que sólo se han quedado los virtuosos varones heterosexuales de hoy en día con lo de «dar» y no «recibir».
La invitada intentaba dar una explicación sobre la diferencia entre preferencia y orientación sexual. La presentadora llevaba ya demasiado tiempo callada, prácticamente once segundos. «¿Cuál sería entonces la orientación de Superman?», preguntó, sin que absolutamente nadie, salvo quizá ella, supiera a qué cuento traía esta pregunta. La entrevistada titubeó desconcertada, pero aun así intentó dar una respuesta. Demasiado tarde. La presentadora se contestó a ella misma: «Bueno… Superman es antracita».
Anoté cuidadosamente la respuesta. Ahuequé un poco el cabello, cerré los labios para quitar el exceso de pintura y me dispuse a entrar en el plato. Tras esta charla, se iniciaba mi sección en el programa.
Creo que fue el psicoanálisis el primero que fijó aquello de «orientación sexual», el mismo que habla de «pulsiones» y de «estados latentes». El mismo que ha hecho del descubrimiento de la culpa la razón de la culpa. En las sesiones psicoanalíticas, el paciente «crea», con la mano hábil del narrador psicoanalista, su culpa. El psicoanalista se convierte en una especie de tutor en este «curso literario» que guía y orienta al psicoanalizado en la escritura de su culpa. La terapia dura lo que tarda en escribirse esa culpa. En este sentido, hablar de orientación en lugar de preferencia es un buen argumento para definir una culpa, y hacer del ano el personaje central de la historia, un buen recurso. En el sexo que nos dictan, hay que ser, no preferir. Y según lo que seas y no lo que prefieras, debes usar uno u otro. Así es mucho más sencillo.
Hacer de la antracita (o de la «kryptonita») una orientación sexual ya es otra historia.
Dos datos, no se me olviden:
1. El agujero más sucio del cuerpo (en cuanto a la concentración de bacterias que alberga) no es el ano, sino la boca.
2. El recto contiene más terminaciones nerviosas que la vagina.