Gilgamesh el rey [Gilgamesh the King - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Destino
- ISBN: 84-233-1581-9
- Переводчик: Domingo Santos
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Gilgamesh el rey [Gilgamesh the King - es]». Краткое содержание книги:
—Primero deberías ver la puerta —dijo Enkidu.
La puerta estaba a media legua hacia el sur. Incluso antes de alcanzarla la sorpresa me hizo jadear. Se alzaba muy alta por encima del muro, era más una torre que una puerta, y era soberbia en todos sus aspectos. Aquella puerta no hubiera desentonado con las murallas de Uruk. También era de cedro, desbastado y cepillado con mano maestra, y encajado con gran habilidad. Sus goznes y aldaba eran magníficamente lisos y pulidos y su gran jamba estaba soberbiamente encajada.
—¡Una puerta de los dioses! —exclamó Bir-hur-turre—. ¡Una puerta puesta por el propio Enlil en persona!
—Una puerta que ningún elamita puede haber construido, en cualquier caso —dije yo, acercándome para inspeccionarla. Realmente era perfecta. No sólo estaba construida sin ningún fallo, sino que estaba magníficamente adornada: tallados en la madera finamente secada de su parte exterior había monstruos y serpientes y dioses y diosas, en dibujos elamitas que recordaba haber visto en los escudos de los guerreros que había abatido en las campañas de Agga de Kish. Montados muy arriba, en la parte superior de la puerta, había tres enormes cuernos colocados muy juntos, muy parecidos a los enormes cuernos que los elamitas tallan y colocan en las fachadas de sus templos. Y descendiendo por los costados había inscripciones en la bárbara escritura elamita, extrañamente derivada de nuestra propia escritura: dibujos de animales, jarrones, jarras, estrellas, montañas y muchas otras cosas, amontonándose en alguna especie de declaración indescifrable para mí. La talla era perfecta, pero parecía una forma estúpida de escribir aquel loco amontonamiento de imágenes.
Entonces vi algo que me irritó, muy abajo en la parte izquierda de la puerta. Era una inscripción en los caracteres cuneiformes de la Tierra, clara e inconfundible, que decía: Utu-ragaba el gran artesano de Nip-pur construyó esta puerta para Zinuba rey de reyes, rey de Hatamti.
—¡Ah, el traidor! —exclamé—. Hubiera sido mejor que se quedara en Nippur en vez de venir aquí y rendir un tan excelente servicio a un señor elamita. —Y alcé mi hacha para golpear la puerta.
Pero Enkidu detuvo mi brazo. Le miré con el ceño fruncido.
—¿Qué ocurre?
Sus ojos fulguraban.
—La puerta es muy hermosa, Gilgamesh.
—Sí, lo es. ¿Pero ves esa inscripción? Un hombre de mi propia nación la construyó para nuestros enemigos.
—Es posible —dijo Enkidu con indiferencia—. De todos modos, la belleza es la belleza, y no debe ser profanada. La belleza procede de los dioses, ¿no? Creo que no deberías destruir la puerta. Apártate, hermano, y déjame abrirla. ¿Qué importa si la construyó un traidor, siempre que el trabajo haya sido hecho como correspondía? Es evidente que los dioses dirigieron su mano. ¿Acaso no lo ves?
Me sorprendió oírle razonar de aquella manera; pero vi sabiduría en sus palabras, y aquello me hizo sentirme humilde y cedí. Ahora desearía no haberlo hecho. Enkidu avanzó osadamente y metió el borde de su hacha contra la aldaba, y empujó la puerta con todas sus fuerzas, hasta el punto que músculos y tendones se marcaron en todo su cuerpo. Gruñó poderosamente con el esfuerzo, y la puerta se abrió ante él; pero en aquel momento dejó escapar un grito con una extraña voz ahogada y soltó su hacha, y palmeó con la mano izquierda su brazo derecho, que de pronto colgó a su lado tan blandamente como un trozo de cuerda. Cayó de rodillas, gimiendo, frotándose de forma desesperada el brazo.
Me arrodillé a su lado. —¿Qué ocurre, amigo? ¿Qué te ha pasado? —Tiene que haber un demonio en la puerta —murmuró con voz espesa—. ¡Mira, me he herido en el brazo! ¡Toda la fuerza ha desaparecido de mi mano! Está retorcida por dentro, Gilgamesh. Está muerta, inservible. Míralo por ti mismo. —Y efectivamente su mano estaba terriblemente fría al tacto, y colgaba como algo muerto, y la piel parecía extrañamente hinchada y moteada. Estaba temblando, como si sufriera algún tipo de fiebre. Oí el castañetear de sus dientes. —¡Vino! —pedí—. ¡Traed vino para Enkidu! El vino le reconfortó, y dejó de temblar; pero su mano seguía flácida, pese a que la calentamos y frotamos durante horas. De hecho no empezó a recobrar su uso hasta después de varios días, y nunca volvió a ser la misma de nuevo. Era algo lamentable, que un héroe como Enkidu perdiera parte de su fuerza, especialmente cuando había sido para preservar algo bello. Lo peor fue que el miedo a Huwawa volvió a él tras el daño, porque estaba convencido de que había sido el demonio quien había puesto una maldición en la puerta; ahora se mostraba receloso, sin el menor deseo de cruzar la puerta que él mismo nos había abierto.
Me dolía que sintiera de nuevo miedo, y que nuestros camaradas lo vieran en tal estado. Pero no iba a cruzar la puerta, y yo no podía dejarle atrás. Así que establecimos el campamento en aquel lugar y nos quedamos allí algún tiempo, hasta que dejó de temblar de angustia y dijo que sentía que volvía el poder de su mano. Incluso entonces, sin embargo, se mostró reluctante de seguir adelante. Permanecía sentado en un deprimente silencio, sumido en sus pensamientos. El miedo estaba sobre él como una terrible ave nocturna que hubiera clavado sus terribles garras en su hombro. Fui a él y dije:
—Vamos, mi querido amigo, ya es hora de seguir adelante.
Agitó negativamente la cabeza.
—¡Ve sin mí, Gilgamesh!
—Me duele oírte hablar como un cobarde —dije con sequedad—. ¿Hemos viajado hasta tan lejos, y pasado por tantos peligros, sólo para dar media vuelta delante de la puerta?
—¿Cuándo te he pedido que dieras media vuelta? —dijo con la misma sequedad que yo.
—No, no lo has hecho.
—¡Entonces sigue adelante sin mí!
—No haré eso. Como tampoco estoy dispuesto a volver con las manos vacías a Uruk.
—Entonces no me dejas ninguna elección. ¿Debo ir contigo? ¿Debo someterme en todo a tus deseos?
—No te forzaré a nada —dije, no sin cierta inquietud—. Pero somos hermanos, Enkidu. Debemos enfrentarnos codo contra codo a los peligros.
Me dirigió una mirada llena de amargura y desazón.
—Deberíamos, ¿no? ¿Y si no estoy dispuesto a hacerlo? Afronté su mirada.
—Eso no es propio de ti.
—No —dijo hoscamente, con un suspiro—. Eso no es propio de mi. ¿Pero qué puedo hacer? ¿Qué podemos hacer? Cuando me herí la mano un gran terror entró en mí, Gilgamesh. Tengo miedo. ¿Comprendes esa palabra? ¡Tengo miedo, Gilgamesh! —Había en sus ojos una expresión que jamás había visto antes: terror, vergüenza, auto reproche, ira, cincuenta elementos sombríos reluciendo allí a la vez. Su rostro brillaba por el sudor. Miró en torno como si temiera que los demás nos hubieran oído. Su voz se hizo angustiada—: ¿Qué podemos hacer?
Agité la cabeza.
—Hay una forma. Mira: permanece cerca de mí, sujétate a mis ropas. Mi fuerza entrará en ti. Tu debilidad pasará. Los temblores abandonarán tu mano. Y entonces entraremos en el bosque juntos. ¿Lo harás?
Dudó. Finalmente dijo:
—¿Piensas que soy un cobarde, Gilgamesh?
—No. No eres un cobarde, Enkidu.
—Antes me llamaste así.
—Lo hice apenado al oírte hablar como un cobarde. Y fue precisamente porque sé que no eres un cobarde lo que me apenó. ¿Comprendes eso, hermano?
—Lo comprendo.
—Entonces vamos. Déjame curarte.
—¿Puedes hacerlo? —Creo que sí.
—Hazlo, entonces.
Se acercó a mí y permaneció cerca; tendió una mano hacia mis ropas y las sujetó por unos instantes; entonces lo abracé tan fuertemente que mis brazos temblaron. Al cabo de un momento él me aferró con idéntica fuerza. No hablamos, pero pude oír cómo su miedo lo abandonaba. Pude oír el regreso de su valor. Pareció convertirse de nuevo en Enkidu, y supe que entraría en el bosque conmigo.