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Gilgamesh el rey [Gilgamesh the King - es]

Электронная книга - «Gilgamesh el rey [Gilgamesh the King - es]». Краткое содержание книги:

“Gilgamesh el rey” es una de las más recientes obras de Silverberg, escrita después de una de sus últimas etapas de inactividad. Silverberg nos plantea en este libro una reexploración de la epopeya/mito de Gilgamesh, enfocada aquí no desde el punto de vista del héroe, sino del hombre. La figura legendaria del rey-dios de Sumer se convierte así en un personaje profundamente humano, con todos sus miedos, debilidades y ansias. Su temor a la muerte le llevará a un desesperado periplo en busca de la inmortalidad y a tomar conciencia de la verdad absoluta de la vida. Escrita en primera persona, como un diario íntimo, “Gilgamesh el rey” tiene a un tiempo la fuerza de la épica que le ha dado origen y la profundidad de un inimitable estudio psicológico.
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20

Un día fui al encuentro de Enkidu y lo hallé de un humor lúgubre, con el ceño fruncido, suspirando y a punto de echarse a llorar. Le pregunté qué le preocupaba, aunque estaba casi seguro de saberlo, y me respondió:

—Pensarás que soy un estúpido si te lo digo.

—Quizá, pero, ¿y qué? Vamos, habla.

—¡Es una tontería, Gilgamesh!

—Creo que no —dije. Le miré atentamente y añadí—: Permíteme que adivine. Empiezas a sentirte intranquilo de tu cómoda vida civilizada, ¿no es eso? Empieza a cansarte esta inactividad.

Su rostro enrojeció y respondió, sorprendido:

—Por los dioses, ¿cómo lo has adivinado?

—No se necesita una gran sabiduría para verlo, Enkidu.

—No quisiera que pensases que deseo volver a mi antigua vida y correr desnudo por las estepas.

—No. Dudo que lo hicieras.

—Pero te diré una cosa: estoy empezando a ablandarme aquí. Mi fuerza se me está yendo. Mis brazos están flojos, pierdo fácilmente el resuello.

—¿Y las cacerías? ¿Y las luchas en los campos de entrenamiento? ¿Acaso no son suficientes, Enkidu? —Me siento avergonzado de admitirlo, pero no son suficientes —dijo con una voz tan baja que casi no la oí.

Apoyé una mano en su brazo.

—Bien, tampoco son suficientes para mí.

Parpadeó, sorprendido.

—¿Lo dices de veras?

—Siento la misma inquietud que tú. Mi reinado me ata y me confina. La tranquilidad que he conseguido para la ciudad se ha convertido en mi enemiga. Mi alma se siente tan turbada como la tuya. Anhelo tanto como tú la aventura, Enkidu: el peligro, las grandes hazañas que eleven mi nombre por encima de la humanidad. Me ahogo aquí. Anhelo emprender un gran viaje.

Era cierto. Todo resultaba tan sereno en Uruk que ser rey no parecía muy diferente a mis ojos a ser un vulgar comerciante. No podía aceptar el ser un comerciante, porque los dioses habían puesto divinidad en mí, y la parte divina de mí me mantenía sin dormir, siempre haciéndome preguntas, siempre insatisfecho. Ésa era la burla que los dioses habían arrojado sobre mí: anhelar la paz y sin embargo no sentirme satisfecho una vez conseguida; pero creo haber resuelto ahora el problema de esa burla, como narraré a su debido tiempo.

—Oh, ¿es cierto? —dijo—. ¿Sufres tanto como yo?

—Exactamente igual que tú.

Se echó a reír.

—Somos como dos niños demasiado crecidos, buscando nuevas diversiones. ¿Pero qué podemos hacer, Gilgamesh? ¿Adonde podemos ir?

Le dirigí una larga y firme mirada. Lentamente, dije:

—Hay un lugar conocido como la Tierra de los Cedros. Desde hace algún tiempo estoy pensando en organizar una expedición a ese lugar. —No era cierto; la idea acababa de acudírseme en aquel momento—. ¿Has oído hablar de ella, Enkidu? —La conozco, sí —dijo con el ceño fruncido, hablando con una cierta hosquedad.

—¿Crees que curaría tus inquietudes ir allí conmigo?

Se humedeció los labios. —¿Por qué ese lugar, Gilgamesh? —Necesitamos cedro. Es una madera espléndida. No existe en la Tierra. —No estaba engañándole. Era cierto. Pero también había elegido la Tierra de los Cedros por su fuerte y vigorizante aire, que creía libraría a Enkidu de su melancolía. Y por encima y más allá de ello, había recientes rumores de que los elamitas estaban reclamando toda la tierra en torno al bosque de cedros. No podía permitir aquello.

—Hay otros lugares donde puedes obtener cedro. —Quizá. Pero tengo intención de ir a la Tierra de los Cedros a buscarlo. Dicen que se trata de una región maravillosa, alta y verde y fresca, muy hermosa. —Y muy peligrosa —dijo Enkidu. —¿De veras? —Me encogí de hombros—. ¡Mejor aún! Has dicho que te sentías cada vez más inquieto en esa tranquilidad civilizada: que sentías ansias de desafío, de peligro…

—Es posible que estés ofreciendo más de lo que yo esperaba —dijo, con un aspecto más avergonzado de lo que nunca había visto en él.

—¿Qué? ¿Demasiado peligro, quieres decir? ¿Es posible que esas palabras broten de los labios de Enkidu? Nunca creí oírte hablar de una forma tan cobarde. Sus ojos llamearon; pero se controló con un esfuerzo.

—Hay una línea muy delgada, hermano, entre cobardía y sentido común.

—¿Y es sentido común temer una escaramuza con unos cuantos elamitas?

—No, no con los elamitas, Gilgamesh.

—Entonces, ¿qué…?

—¿No te das cuenta de que el señor Enlil situó al demonio Huwawa en la puerta de la Tierra de los Cedros para que guardara sus sagrados árboles? Casi estuve a punto de echarme a reír ante aquello. Por supuesto que había oído las historias del demonio del bosque; cada bosque tiene su demonio, o a veces incluso dos, y abundan los relatos terroríficos. Pero en general los demonios pueden ser propiciados o de otro modo alejados; y no había esperado que Enkidu se echara atrás ante seres de ese tipo.

—Bueno, hay algunas historias al respecto —dije sin darle importancia—. Pero quizá el demonio esté ocupado en alguna otra parte cuando lleguemos allí. O quizá el demonio no sea tan feroz como lo pintan esas historias. O quizás, Enkidu, no haya ningún demonio en el bosque.

—He visto a Huwawa con mis propios ojos —dijo suavemente Enkidu.

Sus palabras tuvieron la fuerza de un puñetazo en el vientre, tan apagada sonó su voz, tan llena de convicción. Ahora fue mi turno de parpadear, desconcertado.

—¿Qué? —exclamé—. ¿Realmente lo has visto?

—Cuando merodeaba aún con los animales salvajes —dijo—, llegué una vez muy lejos al este, y alcancé el bosque donde crecen los cedros. Se extiende diez mil leguas en todas direcciones; y Huwawa está en todas partes en su interior. No hay forma de ocultarse de él. Se alzó ante mí y rugió, y creí que iba a morir de terror; y no soy un cobarde, Gilgamesh. —Me miró desde muy cerca—. ¿Crees que soy un cobarde? Pero Huwawa se alzó ante mí y rugió, y cuando ruge es como el rugir de las tormentas que traen las grandes inundaciones. Creí morir de terror. Su boca es como el mismo fuego; su aliento es la muerte.

Seguía sin poder creerle.

—¿Dices que has visto el rostro del demonio? —pregunté.

—Lo vi. No hay nada más aterrador en todo el mundo. Ese Huwawa es un monstruo más allá de todo lo creíble. Sus dientes son como los colmillos de un dragón. Su rostro es el de un león. —Enkidu estaba temblando. Sus ojos brillaban con el recuerdo del terror—. Cuando carga, es como las aguas desatadas del río. Devora árboles y cañas como si fueran hierba. —¡Viste al demonio! —dije de nuevo, con voz apagada.

—Lo vi, Gilgamesh. Y tuve suerte de poder escapar. Se volvió hacia un lado; me olvidó. No querría enfrentarme a él una segunda vez. Nos matará. Te diré esto: si vamos a la Tierra de los Cedros, nos matará. Percibe todo lo que ocurre en ese bosque. Puede oír el sonido de las terneras salvajes que merodean entre los bosques, aunque estén a sesenta leguas de distancia. No hay forma de escapar de él. Es un enfrentamiento desigual. —Agitó la cabeza—. Gilgamesh, Gilgamesh, siento tantas ansias como tú de alguna gran hazaña: ¿pero tú ansias la muerte? —¿Crees que sí?

—Estás hablando de ir a la Tierra de los Cedros. —Por la aventura, sí. Para conseguir que mi corazón lata un poco más aprisa en mi pecho. Pero no ansío la muerte. Es el amor a la vida el que me atrae a la Tierra de los Cedros, no el ansia de morir. Tú lo sabes.

—Sin embargo, entrar en el cubil de Huwawa…

—No, Enkidu. He visto los cadáveres flotando en el río, y pesa enormemente en mi alma el haberlos visto y saber que éste es también nuestro destino. Aborrezco la muerte. La muerte es mi enemiga.

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