Gilgamesh el rey [Gilgamesh the King - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Destino
- ISBN: 84-233-1581-9
- Переводчик: Domingo Santos
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Gilgamesh el rey [Gilgamesh the King - es]». Краткое содержание книги:
—Quizá esté escribiendo un libro de historia, ¿no? —dije alegremente.
—Creo que no, Gilgamesh. Busca formas de dominarte: intenta hallar precedentes, busca estrategias de confianza.
—¿Sospechas simplemente esto, o lo sabes? —Es algo seguro. Ha estado hablando, y muchos la han oído. Tu viaje la puso furiosa. Así se lo dijo a tu madre, a mi padre Gungunum, a algunos de la asamblea de ancianos, incluso a sus acólitos: no mantuvo su furia en secreto. Dice que fue presuntuoso por tu parte emprender la aventura sin buscar primero su bendición.
—Oh, ¿de veras? Pero necesitábamos el cedro. Los elamitas habían construido un muro en torno al bosque. No se trataba sólo de una expedición sagrada, Zabardi-bunugga: se trataba de una guerra. Las decisiones relativas a la guerra corresponden exclusivamente al rey.
—Creo que ella lo ve de otro modo.
—Entonces la educaré.
—Ve con cuidado. Es una mujer peligrosa.
Apoyé una mano sobre su brazo y sonreí.
—No me dices nada nuevo con esto, viejo amigo. Pero estaré en guardia. Y tienes mi agradecimiento. Cruzamos la puerta. Dejé de prestarle mi atención y alcé el escudo muy alto, para que captara los últimos resplandores del muriente día y enviara lanzas de dorada luz hacia la multitud que se alineaba a ambos lados del gran camino procesional. Media ciudad estaba allí para darme la bienvenida.
—¡Gilgamesh! —exclamaban hasta enronquecer—. ¡Gilgamesh! ¡Gilgamesh! —Y utilizaban la palabra que significa divino, que no es usada normalmente para un rey mientras aún vive—. ¡Gilgamesh el dios! ¡Gilgamesh el dios!
Me sentí abrumado; pero sólo por un momento, porque hubiera sido estúpido negar la divinidad que hay en mí.
Las advertencias de Zabardi-bunugga habían oscurecido algo mi regreso a casa. Pero no me había sorprendido demasiado oírlas: hacía ya demasiado que Inanna permanecía tranquila, y desde hacía un tiempo esperaba dificultades por parte de ella. Bien, ya veríamos; decidí no preocuparme de esos asuntos en estos momentos. Era la noche de mi regreso a casa; era la noche de mi triunfo.
En palacio aceité y pulí mis armas y las guardé, y dije las plegarias del descanso sobre ellas. Luego fui a los baños de palacio y abrí mi trenza de modo que el pelo cayera suelto por mi espalda, y las doncellas quitaron de él toda la suciedad del viaje. Decidí dejarme el pelo suelto y largo. Me envolví en una fina capa de flecos y me até una faja escarlata a la cintura e incluso me puse mi tiara real, que no suelo llevar a menudo. Cuando todo esto estuvo hecho llamé a mis cincuenta héroes y a Enkidu a mi alrededor, y nos reunimos en el gran salón de palacio para un festín de terneras y corderos asados, y pasteles de harina mezclada con miel, y cerveza tanto suave como fuerte, y vino real de palma, el más espeso y aromático de la Tierra. Incluso bebimos el vino hecho de uva, que traemos de los territorios del norte, un líquido púrpura oscuro que hace que el alma se eleve. Cantamos y relatamos historias de los guerreros antiguos, y jugamos y peleamos a la luz de las antorchas, y gozamos de las doncellas de palacio hasta que nos sentimos saciados; y luego nos bañamos y vestimos de nuevo con nuestras ropas más espléndidas y salimos a exhibirnos por la ciudad, haciendo sonar los pífanos y las trompetas y dando palmadas mientras nos mostrábamos por todas partes. ¡Oh, fueron unos momentos espléndidos, espléndidos! Nunca conoceré otros como aquellos.
A las horas gris plata del amanecer los soñolientos héroes yacían en mil posturas amontonados por todo el palacio, roncando su vino. Yo no sentía necesidad de dormir; así que fui a bañarme a la fuente de palacio. Enkidu estaba conmigo. Sus ropas hedían a vino y a jugo de la carne, y supongo que las mías no debían' estar en mejor estado. Trocitos de paja y motas de ceniza del fuego se pegaban a nuestras barbas y pelo. Pero la fría agua nos refrescó y nos limpió como si fuese una fuente de los dioses. Cuando salí miré a mi alrededor en busca de un esclavo que nos trajera ropas limpias, y capté una esbelta figura en el extremo más alejado del patio, una mujer, vestida con una túnica color ceniza de una tela delgada y resplandeciente, y un chai echado sobre el rostro de modo que no pudieran verse sus rasgos. Parecía encaminarse en mi dirección.
—¡Hey, tú! —llamé—. Ven y préstanos un servicio, ¿quieres?
Se volvió hacia mí y bajó el chai, y vi su rostro. Pero no pude creer lo que veía.
—¿Gilgamesh? —dijo suavemente.
La sorpresa me dejó sin aliento. Aquello sólo podía ser una aparición.
—¡Un demonio! —susurré—. ¡Mira, Enkidu, lleva el rostro de Inanna! Tiene que ser Lilitu que ha venido a atormentarnos, o quizá el fantasma Utukku? —Miedo y sorpresa me golpearon como el resonar de una campana de bronce, y me estremecí, y rebusqué entre las ropas que había echado a un lado hasta encontrar el pequeño amuleto de la diosa que la joven sacerdotisa Inanna me había dado hacía tanto tiempo. Con la misma voz suave dijo: —No temas, Gilgamesh. Soy Inanna. —¿Aquí? ¿En palacio? La sacerdotisa nunca abandona el templo para ver al rey: llama al rey para que acuda a verla en sus propios dominios.
—Esta noche soy yo quien viene a ti —dijo ella. Ahora estaba muy cerca de mí, y tuve la impresión de que estaba diciendo la verdad; si era algún demonio, tenía más habilidad mímica que cualquier otro demonio que supiera. ¿Y qué demonio, además, se atrevería a disfrazarse como la diosa dentro de las murallas de la propia ciudad de la diosa? Sin embargo, seguía sin poder comprender la presencia de Inanna en el recinto de palacio. No era correcto. No ocurría. Mis ingles se helaron y sentí un estremecimiento en la nuca, y tomé mi ropa y me envolví con ella, pese a lo manchada y sudada que estaba. Enkidu la miraba como si se tratase de una voraz bestia de los campos, toda ella colmillos y dientes, lista para saltar.
—¿Qué deseas de mí? —dije roncamente. —Algunas palabras. Sólo algunas palabras. Tenía la garganta seca, los labios agrietados. —¡Habla, entonces!
—Lo que tengo que decir debo hacerlo en privado. Miré a Enkidu, que ahora fruncía el ceño. No me gustaba decirle que se fuera; pero conocía lo suficiente a Inanna como para darme cuenta de que no conseguiría hacerle cambiar de opinión. Dije tristemente: —Te ruego que nos dejes, amigo. —¿Debo irme?
—Esta vez sí —dije, y se marchó lentamente del patio, mirando varias veces hacia atrás, como si temiera que la sacerdotisa me atacara en el momento en que él hubiera desaparecido. Entonces Inanna dijo: —Te vi desde el pórtico del templo, cuando te exhibías esta tarde por toda la ciudad con tus héroes. Nunca habías lucido tan apuesto, Gilgamesh. Estabas tan radiante como un dios.
—La alegría de mi victoria puso ese resplandor en mí. Acabamos con el demonio; conseguimos la madera; derribamos el muro que habían alzado los elamitas.
—Eso he oído. Fue una magnífica victoria. Eres un héroe más allá de toda comparación: cantarán tu nombre en los tiempos futuros.
La miré directamente a los ojos. A aquella hora, bajo la pálida luz gris del amanecer, parecían de un color que nunca antes había visto, más oscuros aún que el negro. Estudié los perfectos arcos de sus cejas; escruté su fina y recta nariz y la plenitud de sus labios. Emanaba calor de ella, pero era un calor frío. No podía decir si tenía ante mí a una diosa o a una mujer; ambas parecían mezcladas en ella más aún de lo usual. Pensé en las advertencias de Zabardi-bunugga, y supe por lo que él había dicho que era mi enemiga; pero no parecía ser una enemiga en aquel momento. —¿Por qué estás aquí, Inanna? —No pude impedírmelo. Cuando te vi esa tarde me dije: tengo que ir a él cuando la fiesta haya terminado, tengo que ir a él antes de que llegue el amanecer, para ofrecerme.