Últimas tardes con Teresa
- Автор: Marsé Juan
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Últimas tardes con Teresa». Краткое содержание книги:
Estuvieron fumando y mirando el mar, muy juntos, en silencio, y empezaba a oscurecer cuando decidieron irse. Por esta vez, los adiposos y melancólicos mirones quedaron decepcionados.
… la fragancia del jardín esa noche, las parejas bailando en la pista, la música y los cohetes de la noche de San Juan, estaba muy asustada, fue durante un pequeño descanso después de preparar y distribuir otra bandeja de canapés (ya sabía yo que faltarían) pues me dije mira vamos a sentarnos un rato al borde de la piscina para verles bailar, nos quedaremos junto a la señorita que ahora está sola, siempre la más bonita de la fiesta, la más interesante y envidiada pero también la más criticada, y de pronto le vio avanzar hacia ella con el vaso en la mano, tranquilo y decidido: ni una sola vez tuvo que parar o desviarse, era como si en la pista, instintivamente, las parejas abriesen paso a una presencia que siempre estuvo allí y que no necesitaba anunciarse. Él parecía no darse cuenta de nada, tan seguro iba de sí mismo, qué descaro (quién podía imaginar que se atrevería a tanto) y a ella el corazón le dio un vuelco al ver que iba por Teresa, pero al llegar… -ya entonces pensé que no podía ser, que salir a bailar a la pista con los demás no podía ser, amor, ¿comprendes?, nuestro sitio estaba en el rincón más oscurito del jardín-…apoya su cabeza en mi vientre y contempla el pinar y la playa bañados por la luna, más allá de la ventana abierta, y habla y habla hasta el sueño, susurra con su hermosa boca de lobo y un dulce quiebro en la voz, un temblor, un no sé qué de asombro y desamparo que su nuca transmite a mi entraña, cuenta y no acaba de aquel otro litoral y de cómo y por qué llegó un día a la ciudad, hace unos años, para acabar así, tan tontamente, en los brazos de una marmota, en una ratonera, creo que decía, no me acuerdo muy bien. Mejor recuerdo sus silencios, las cosas que no decía nunca, los amigos misteriosos y las atrevidas muchachas del barrio que duermen en sus ojos, el trato violento y cotidiano con la calle, con los maleantes y con su propia familia. Porque él hacía como si nada de esto existiera: jamás hablaba de su gente, se negaba incluso a pronunciar sus nombres, el de su hermanastro, el de su cuñada, el de los sobrinitos. Los suyos no son más que sombras tras él, seres sin rostro, personajes borrosos de una historia que siempre se ha empeñado en ignorar. Y sin embargo, bien debe de tener un hogar y forzosamente hay en alguna parte unas manos de mujer que se afanan por él, que lavan y planchan sus bonitas camisas con bolsillos y ponen diariamente su plato en la mesa… Y esta casita del Carmelo, qué cerca y qué lejos está: cuando llueve se va la luz, es lo único que él se concedía explicar, mulhumorado, cada vez que su Maruja le preguntaba, y ella sólo podía hacerse la idea de una triste bombilla que de pronto se apaga en un pequeño comedor mientras fuera llueve, retumba la lluvia sobre la uralita y las latas de las chabolas, así debe ser de oscura y envolvente la miseria, así de insoportable la vida de un joven en familia. Porque el amor de los pobres es su único bien, él nunca aprenderá a querer a los que le quieren. Lo sé; una es como es, señorita, una es ignorante y de hombres entiende poco, pero lo poco que una sabe de ellos, en la cama y con ellos lo aprendió, sus hermosos dientes de tiburón me pertenecen, y a mí no podía engañarme aquella noche en la verbena: solamente un pelagatos es capaz de confundir la riqueza con una simple cara bonita y besar de aquel modo tan urgente, como si quisiera sorber el mundo con la boca. Ni siquiera era posible creer que tuviera padres, o hermanos, una familia que él amara y que le estuviera esperando en algún sitio, porque al principio resultaba igualmente imposible imaginar su casa, su cuarto, su cama, el espejo donde se mira y se peina todas las mañanas; no parecía en verdad necesitar que nadie cuidara de él, ninguna mujer, parecía bastarse a sí mismo, y su constante vagabundeo por la ciudad producía también una extraña sensación de falta de hogar, y todavía más al verle correr en motocicleta o jugando a las cartas con los viejos. Todo eso se advierte en la expresión de su cara mientras duerme, cuando su voz se ha apagado junto a mi hombro y en el aire queda flotando este espejismo de sus primeros pasos viniendo hacia mí, desde muy lejos: ahí está, caminando sólo por las calles de Marbella con una bolsa de playa colgando al hombro, recién escapado de Ronda. Se para, mira los escaparates, escucha la música de las terrazas, el lenguaje de los turistas. Baja hasta la playa y baña sus pies en el mar, observa con los ojos entornados el paso de una canoa brincando sobre las olas, y luego su rostro enflaquecido, negro, contraído por oleadas sucesivas de sorpresas y decisiones emerge sobre un fondo de edificios en construcción, un estruendo de hierro y ladrillos se abate sobre él, y en medio de una nube de polvo se enfrenta con unos ojos fríos bajo el ala tiñosa de un sombrero de capataz. Queremos trabajo, paisano, necesitamos trabajo. Un año de peón de albañiclass="underline" las manos morenas y callosas que me estaban destinadas, de nudillos que habían,de ser hermosos como la caoba, transportan de un lado a otro cubos de agua y ladrillos y arena con la carretilla, obedecen órdenes y gritos que caen de los andamios como pájaros enloquecidos por un sol de justicia, y de noche reposan como garfios oxidados en el lecho de la habitación compartida con un camarero, hijo de Mijas, que guarda sus ahorros de la temporada en el forro de la chaqueta. Su cuerpo se estira, se fortalece, y estas manos que diariamente le visten y le desnudan, que el sábado por la noche gastan el dinero que han ganado durante la semana paseándose una y otra vez frente a las terrazas llenas de turistas, oliendo todavía a cemento y a yeso, estas manos son las mismas que un domingo de sol radiante, en la playa, se abaten desesperadamente dentro del agua sobre otra mano, simulando haberse confundido de persona. Porque así fue como empezó todo: rápidamente sus ojos se disculpan, sonriendo con ventaja: son los suyos quince años que parecen dieciocho, y el trabajo duro y el sol han moldeado ese torso por donde ahora se pasean unos ojos verdes, puedo verla: es una mujer pequeña y algo regordeta pero de graciosa cintura y hermosa piel bronceada. Seguramente es buena, la señora; hay curiosidad, temor y como una infinita paciencia en la curva suave de su boca; hay una ternura fatalmente condicionada a los veranos en su vientre blando, maduro, soleado. ¿La señora es sueca, alemana? ¿Cuántos días lleva él bañándose en esta playa y a la misma hora, cerca de ella, espiándola, tendido en la arena como un lagarto? Seguramente (oh, sí, seguramente) la camisa rosa con bolsillos que lleva ese día fue el pretexto: ella se encaprichó de la camisa cuando se la vio puesta, al irse, y quiso comprársela porque de tan descolorida por el sol resultaba hermosa y original, un capricho como las camisetas a rayas azules y blancas que la señorita descubrió un verano en una tienda de Blanes, tan baratas, y que puso de moda entre sus amigas… Lo que sigue, ya una servidora no sabe si él se lo contó o simplemente si ella lo soñó (espera, amor, no te vayas todavía, no me dejes, que aún falta mucho para que amanezca) pero una servidora pasa por alto y quisiera olvidar los locos afanes del día, las ávidas bocas rojas de la noche y las abotargadas caras untadas de cremas que al amanecer, soñolientas y agradecidas, vuelven a él como por un túnel negro: porque el nuevo día, como años después cuando despertó aquí a mi lado, seguía diciéndole que la vida está en otra parte. Así que termina la obra en la que trabaja ahora y durante todo el mes de septiembre no hace nada, sólo gastar sus ahorros colgado en las barras de los bares. La alemana madura y triste regresa a su país, llega el otoño, y la perspectiva de un nuevo invierno acarreando arena y ladrillos se hace insoportable. Remontando lentamente el litoral (Torremolinos: pinche de cocina en un restaurante, luego camarero) llega finalmente a Málaga (dos semanas trabajando en una estación de gasolina) y su cabeza se va llenando de silbidos de tren hasta que decide marcharse a Barcelona, a casa de su hermano… Aquí ella pierde el nervio de la historia, se incorpora un poco en el lecha, apoya el codo en la almohada, inclinada sobre tu vigoroso cuerpo desnudo que transpira sueño. “¿Duermes, Manolo?” La luna se escondió hace rato, y ella sigue despierta, vuelta hacia ti, no se cansa de mirarte. Un pasado de silencio y de tinieblas: porque te avergüenza contarlo o porque el sueño te vence, no hablarás de quién te llevó hasta aquí ni cómo la conociste -seguramente en la misma estación de gasolina donde él trabaja. Tampoco ha hecho jamás ningún comentario acerca del viaje ni de las cosas que vio- sólo dice que haciendo auto-stop se aprende a vivir, y con trescientas pesetas en el bolsillo, la bolsa de playa colgada al hombro y unas bonitas sandalias que habían pertenecido a un inglés (otra historia que no quiso contarme) a mediados de octubre de aquel año de 1952 se apea de un coche con matrícula extranjera en la plaza de España. Barcelona gris bajo la lluvia, neblina acumulada al fondo de las avenidas, rumor subterráneo bajo el asfalto, uno quisiera tener ya veinte años, ¿verdad? Ella sólo conoce el final de esta carrera, cierto beso que el viajero evoca con nostalgia: asoma una cabeza por la ventanilla del coche extranjero que le trajo, es una hermosa cabeza delgada de cabellos rojos muy cortos, y allí queda él, de pie, agitando la mano mientras el coche se aleja, sigue camino de Francia. Se acerca a un urbano y le pregunta por el Monte Carmelo, y luego, vagando por la ciudad, sin prisas, siempre con la bolsa de playa colgada al hombro, acaba por no poder resistir a la ingenua tentación de subir a un tranvía; seguro que sonríe tras el cristal, prensado por la gente, mirándolo todo con ojos maravillados: todavía no distingue nada entre la muchedumbre, todavía falta mucho para que pierda la inocencia, para que aprenda a abrirse paso entre estas elegantes y confiadas parejas, avanzando hacia mí, el pobre no sabe quién soy, no sabe que acabo de dejar la bandeja, que le he visto entrar, pero si me pide un baile aceptaré aunque nos echen a patadas, aunque todos nos señalen con el dedo, sólo que es mejor que no nos vean, mi amor, vamos a lo oscuro, a lo más oscuro…
Siempre fue particularmente sensible
Un beau corps triomphera toujours
des résolutions les plus martiales
Balzac
– Yo voy.
Siempre fue particularmente sensible al mágico desafío del semifallo. Tal vez por eso, por su capacidad de concentración imaginativa ante la baraja, por su seriedad, su paciencia y su culto al silencio, los viejos adictos a la mamila le hablan acogido con agrado en su mesa del bar Delicias, desde que era jovencito. Manolo había jugado con ellos por el gusto de jugar, no por ganar dinero: halagaba a los viejos afirmando que la manilla es el más noble de los juegos de cartas. Pero ahora, desde hacía algún tiempo, prefería la ruidosa mesa de los solteros que pasaban de la treintena y que jugaban fuerte (a veces a peseta el tanto) al ramiro, o al julepe, o al cuarenta y dos. Nunca más volvió a sentarse en la mesa de los viejos. Y súbitamente todo fue distinto: en su espalda había siempre un grupo de 1 mirones escrutando sus cartas, comentándolas, como si vieran fulgir el quinteto coloreado con una carga de posibilidades muy superior a la de los demás jugadores. Muchas noches se levantaba de la mesa con ganancias. Barajaba y servía con precisión y rapidez, pero a regañadientes, como si quisiera deshacerse de las cartas cuanto antes y escapar de allí. Aquel paciente sentido de las entregas, aquel estilo reposado y austero tan sorprendente en un muchacho, aquel lento ceremonial aprendido al calor de los viejos y de la estufa, toda una difícil y oscura ciencia de la espera que transpiraban los arrugados dedos manchados de café y de nicotina al barajar las cartas, al ablandar un pitillo, al sacudir la ceniza de las solapas o al recoger sobre el tapete verde una baza ganada con un esfuerzo de la voluntad y no con un golpe de suerte (los viejos despreciaban los juegos de envite) había desaparecido de sus manos por completo: ahora no tenía tiempo que perder. Desde su mansa y prudente mesa de la manilla, los ancianos le miraban con una curiosidad no exenta de cierta nostalgia: imaginaban vagamente que el alejamiento del muchacho era una prueba más del desfase a que les condenaba la vejez. Pero las cosas eran mucho más simples: él necesitaba dinero para salir con Teresa, y en la mesa de los viejos no lo había.