Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Culminacion De Montoya». Краткое содержание книги:

Premio Nadal 1974
Culminación de Montoya, Premio Eugenio Nadal 1974, posee -dentro de una concepción clásica-un valor universal y permanente por el drama humano en que se inspira y una visión trágica de la existencia, presidida por la más inexorable fatalidad. El héroe mítico -héroe al revés, al decir del autor- es el coronel Montoya, aristócrata de raza y militar profesional, descendiente de una vieja estirpe de conquistadores, quien al no encontrar una empresa heroica en la que volcar su coraje, ha consagrado todas sus energías en su propia destrucción, hasta ser degradado y expulsado del ejército. Su voluntaria condena le lleva a un confinamiento en los remotos bosques del Sur en busca de un infierno donde purgar la muerte de su hijo y el suicidio de su mujer, de los que se cree responsable. Torturado por el venenoso resentimiento de un viejo asistente, simbólica encarnación de sus demonios familiares, arrastrado por el instinto de autodestrucción, Montoya encuentra en el generoso sacrificio de su vida una posible redención. La atención del lector se mantiene en suspenso dentro de un ambiente fascinante y angustioso.
1 ... 42 43 44 45 46 47 48 49 50 ... 55
Перейти на страницу:

En el universo creado por su desvarío, los fantasmas concluían por rodear al Siútico, y entonces él se aislaba en su cuarto, se encerraba con ellos, en una atmósfera depresiva, asfixiante, que él pretendía favorable y allí permanecía yacente, esperando recibir la energía que le faltaba a través de la imagen evocada de Marta Montoya: creía ver rostros, escenas; creía escuchar los febriles gritos, las imprecaciones del coronel, sus accesos de furor; oía músicas extrañas y el viento en la estancia sureña, el rumor de las calles recorridas con la familia en Buenos Aires y el heterogéneo mundo donde él había sido testigo y juzgador silencioso. Pero por más que indagaba en el convulso desfile, la imagen de la señora le era negada. La locura de amor y repulsión infeccionaba su mente perdía la noción del tiempo; las pasiones crecían en su alma poco a poco como un tejido venenoso.

La claridad del día se filtraba en el cuarto cerrado, palidecía el fulgor de la lamparilla eléctrica; las velas se habían consumido y la estearina derretida formaba chorreras gris-amarillentas sobre la madera.

Afuera alguien cuchicheaba o rezongaba ante la puerta cerrada. Luego golpearon sobre ella llamándolo y por fin entraban en la pieza.

El dueño del hotel y la sirvienta observaron sobresaltados el espectáculo que se les ofrecía. Al acercarse a la cama contemplaron el rostro cuyas arrugas parecían no tener edad. Los ojos del Siútico permanecían abiertos, pero él no los veía.

– ¿Estará muerto? -preguntó asustada la mujer.

El hotelero meneó la cabeza.

– No lo creo -respondió-; pero que está loco de remate, sí lo creo -palmeó las mejillas apergaminadas-; ¡eh, despierte!…

Un enigmática mueca, una conjeturable sonrisa animó vagamente el pálido rostro. En el último instante antes de su desmayo, la visión de Marta Montoya se había hecho presente.

Luchando contra su temor, la mujer ensayó el ademán de levantar la cabeza del Siútico.

– ¡No, no lo toque! -exigió el hotelero, sujetándola.

– ¿Por qué? -quiso saber ella, secretamente aliviada.

– Me repugna… No sé por qué, pero no puedo soportarlo. Parece un mono arrugado… ¡Hay que ver los tipos que vienen por aquí! Será mejor avisar al doctor. Estoy seguro que hace días que no ha comido nada… y, además, se pasa todo el tiempo encerrado… ¡Vea qué desorden! ¡Las velas!… ¿Qué significan esas velas?

La aprensión se convertía en terror supersticioso. En silencio retrocedieron hasta la puerta entreabierta.

– ¡Apúrese, llame al médico! -ordenó roncamente el hombre.

Antes de que el hotelero concluyera la frase ya la sirvienta corría hasta la calle.

«¡Ese maniático…!», murmuró él, cuando, luego de cerrar la puerta a sus espaldas, regresaba al salón. «Si vuelve en sí, lo echo… ¡No lo soporto más! O está loco o tiene alguna enfermedad vergonzosa…, por las dudas voy a avisar a los gendarmes…, aquí pasa algo raro.»

Antes de salir se bebió un trago de caña y, convenciéndose a sí mismo que debía dar parte a las autoridades, se apresuró a abandonar la casa. Detrás de él quedaba flotando el miedo.

El médico, el hotelero y la sirvienta regresaron simultáneamente, pero cuando penetraron en el cuarto del Siútico, encontraron la cama vacía. El Siútico había desaparecido llevándose la camioneta. Contrastando con la lúgubre escenografía, sobre la mesa de luz se desparramaban algunos billetes. El hotelero pensó, recontándolos aliviado, que, después de todo, el Mono Arrugado se había despedido generosamente.

Por su parte la gendarmería no disponía de un vehículo para perseguir a. fantasmas o locos.

– Vamos a poner las cosas en claro -dijo el sargento mirando severamente a los dos gendarmes que componían la patrulla-. Esto no es un paseo… si descubrimos por el Boquete un aserradero clandestino, habrá que cuidarse de las balas. Ahora, monten, y en marcha…

Como tenían que eludir el mallín, abandonaron el camino del lago y empezaron a repechar las laderas del monte. Desde el Oeste se levantaba una pequeña columna de humo.

– ¡Y que sea justamente en domingo! -rezongó el más joven de los soldados.

Poco a poco, los mejores hacheros contratados por los Fichel habían cobrado los pesos duramente ganados y, uno a uno, recelosos y alerta, partieron cargando sus hachas y enseres. Cruzaban la frontera y se escurrían hacia los pueblos del Oeste en procura de sus hogares, de sus mujeres y de sus hijos, o simplemente en busca de una vinería donde aliviar su carga de tristeza y brutalidad.

La actividad se había concentrado alrededor de la sierra y el transporte; no podían cargar troncos enteros por las dificultades que presentaba el sendero hasta llegar al Hito Pirehueico (lugar de agua y nieve). Allí se impacientaban los dos primos contando los días que faltaban para marcharse ellos también y cerrar aquel magnífico negocio. Se felicitaban por la perfecta organización. Ni siquiera el más optimista de ellos hubiera soñado con una ganancia tan generosa y sin riesgos de ninguna clase.

– ¿Te das cuenta, Otto? -argumentaba Max, rebosando satisfacción-, con capital, buena paga y método, hemos logrado obtener una fortuna. Dentro de pocos días estaremos en Valdivia; luego al barco y, Auf Wiedersehen!

Otto agitó sus manos regordetas y chasqueó los labios.

– ¡Ojalá sea pronto, primo!… De noche sueño con Hamburgo, Bremen, Berlín; ¡ah, volver a la patria!

Max contempló a su primo con asombro.

– Pero, querido… ¿Tú piensas en ir allá, justamente ahora?

En la tarde del domingo, el aserradero clandestino dormita ocio. Como llamaradas verdes, estridentes cotorras asedian los ciruelillos que adornan un rincón del arroyo Boquete. En la hondura del bosque, pájaros carpinteros de penacho carmesí y plumaje enlutado, guarnecen el silencio con clavos sonoros. Bajo un cielo celeste zozobra una nube lechosa. Un perfecto silencio de cristal opalizado penetra en la montaña…

Ahítos de asado de capón y vino negro, los bravos de Videla se amodorraban en la galería, protegiendo con desgana la puerta tras la cual el capataz y Jorgelina dormitaban abrazados.

Camperutti se había quitado las botas y las medias y se hurgaba los dedos de los pies, atacados por un eccema irreductible. Un olor ácido y desagradable exhalaban las medias sucias y los pies del italiano.

Apoyando su espalda en la pared de madera, sentado en la tierra grumosa de la galería, Jones parecía adormecerse, pero sus ojos desvaídos se clavaban en un punto impreciso ubicado en el techado de la cocina. Ramón eructaba, somnoliento y achispado. Ansiaba un cigarrillo, pero ya no le quedaba ni un pucho.

El descanso, el estómago lleno y la proximidad del macho y la hembra, lo sumergía en oscuros pensamientos. Con una ramita seca, casi inconscientemente, dibujó en el piso de tierra un sexo de mujer, deforme e impreciso. Podía confundirse con un gran ojo vertical. Para definirlo le añadió el contorno de las caderas. Se abstrajo, fascinado, con los labios flojos y la boca entreabierta, de la que fluía un delgado hilo de saliva, contemplando las incisiones sobre la tierra opaca. Irritado clavó la ramita en el centro del sexo, con lentitud morbosa.

«¡La gran puta…, qué ganas tengo…!», pensó, súbitamente enardecido. Quebró la ramita y borró con rabia la tosca imagen con la mano. No. La tierra no se parecía a la piel de una mujer. Estiró las piernas acalambradas.

Por el claro venía Gerónimo, afectando un aire socarrón que tornaba ridícula su amenguada corpulencia.

… Por encima del bosque y las montañas, casi vertical, el sol baña de luz y calor el aire purísimo. Al tocar los hilillos de agua de los afluentes del Boquete los enciende, y la transparencia, como un móvil espejo, salta entre las piedras destellando, fracturándose, hasta perderse bajo la sombra húmeda de la lenga achaparrada. Ahora ya no es agua sino peces de luz los que bajan al lago…

1 ... 42 43 44 45 46 47 48 49 50 ... 55
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)