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Электронная книга - «Culminacion De Montoya». Краткое содержание книги:

Premio Nadal 1974
Culminación de Montoya, Premio Eugenio Nadal 1974, posee -dentro de una concepción clásica-un valor universal y permanente por el drama humano en que se inspira y una visión trágica de la existencia, presidida por la más inexorable fatalidad. El héroe mítico -héroe al revés, al decir del autor- es el coronel Montoya, aristócrata de raza y militar profesional, descendiente de una vieja estirpe de conquistadores, quien al no encontrar una empresa heroica en la que volcar su coraje, ha consagrado todas sus energías en su propia destrucción, hasta ser degradado y expulsado del ejército. Su voluntaria condena le lleva a un confinamiento en los remotos bosques del Sur en busca de un infierno donde purgar la muerte de su hijo y el suicidio de su mujer, de los que se cree responsable. Torturado por el venenoso resentimiento de un viejo asistente, simbólica encarnación de sus demonios familiares, arrastrado por el instinto de autodestrucción, Montoya encuentra en el generoso sacrificio de su vida una posible redención. La atención del lector se mantiene en suspenso dentro de un ambiente fascinante y angustioso.
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Afuera se oían gritos y llamadas. El Chilenazo se tambaleó un poco, se puso a escuchar y de pronto, revoleando cobijas, con un manotón desesperado, tomó a Jorgelina de la pequeña cintura y sin atender sus gritos corrió afuera.

Recién entonces Jorgelina comprendió que por alguna razón desconocida, el destino la había abandonado en el vértice de una tempestad y el miedo le dio fuerzas para gritar. Su voz, agudizada por el aire diáfano, fue escuchada por Montoya y María. Los dos habían salido de la cabaña al escuchar los primeros disparos y mientras el coronel concluía de vestirse y tomar el machete, María, acuciada por presentimientos atroces, gritaba el nombre de Jorgelina.

Burlándose de la angustia de morirse allí mismo, Gerónimo se metió en el declive del arroyo que llevaba al lago. Cuando alcanzó los montecillos de chilco y espino negro, ya resultaba imprecisa la visión del blanco desnudo de Jorgelina o el moreno ensangrentado de Gerónimo; todos los colores se amontonaban en desordenada confusión; el de sus cuerpos que escandalizaba a la pureza del sol, el de la blancura apétala de las flores del espino, el de las colgantes lágrimas rojas y vinosas del chilco…

En el borde del arroyo, un peón armado con una carabina tomada del cuarto del capataz, ensayaba su puntería sobre la figura que huía, pero la imagen de la sangre y del cuerpo desnudo de la muchacha, entrevisto apenas, ponían un velo rojo a su frente. (¡Colores, colores…; verdes, rojos, azules, amarillos, pardos… y otra vez verdes, rojos, azules, amarillos y pardos…!)

¡Pobre Chilenazo!… Al llegar al Lolog, andaba casi de rodillas. Miraba al agua y después al cielo, donde el sol lo vigilaba, como un gran ojo acusador y triste, esperando que se decidiera a consumar cabalmente los infinitos tiempos de la ofensa, la humillación y la ira y pagar su precio. No veía la desnudez cálida y nerviosa de Jorgelina, mal cubierta por la manta enganchada en la fuga, porque «era» su mujer y él sentía ya la muerte en su boca sangrante.

Por fin el tirador acertó: el plomo, de los grandes, le dio justo debajo del omóplato izquierdo, a la altura de la quinta costilla y allí acabó su gloria y su martirio. Aferrándose a la cintura de Jorgelina, se lanzó al agua, pero llegó muerto…

– ¡Por tu vida, María, enciérrate y no abras hasta que vuelva! -urgió Montoya, empujando a su mujer.

Desoyendo el tropel de súplicas, corrió hacia el campamento.

Algunos peones, sacudiendo de sus párpados el sopor de la siesta, se atropellaban delante de la puerta de la pieza de Videla.

– ¿Qué pasó…, qué pasó?

– ¡ El Gerónimo! -dijo uno-. Los acuchilló a los cuatro él sólito…; por allí escapa todavía y se lleva a su cuñada…

Excitados por el olor de la sangre y el macabro espectáculo, la peonada se metía en los cuartos y el instinto de la rapiña los envolvía: uno tomó un revólver, lo examinó, apuntó al techo, oprimió el gatillo y la explosión rompió las compuertas de la razón. Las manos ávidas, manchándose con la sangre de los cuerpos todavía calientes y estremecidos, se engarfiaron sobre las armas, los cinturones con bolsillos, los adornos de oro, el reloj de Videla; después, animándose recíprocamente, hicieron saltar las puertas de los armarios, invadieron toda la casa, hurgando, destruyendo, arrebatando botellas, herramientas, alimentos. Una ola de locura los recorrió, mientras vomitaban insultos y amenazas, procurando obtener el mayor provecho de aquella herencia que la muerte había declarado vacante y mientras Montoya, cruzando a la carrera la escena del crimen, se lanzaba detrás del fugitivo. Nadie se ocupó de él porque el vino y la caña empezaban ya a hacer sus efectos.

Guiándose por los secos disparos de la carabina, Montoya corrió hasta el arroyo y alcanzó a observar la figura del hombre apuntando una y otra vez; gritó con rabia, pero su grito se confundió en el desorden que dejaba atrás. Una enorme fatiga parecía pesarle en el pecho y poner grilletes a sus pies; tropezó con las piedras y rodó por el declive donde las raíces de los árboles salían a la superficie como tendones de un gigante sepultado. Volvió a correr y al fin se encontró a espaldas del individuo en el preciso instante en que su último disparo abatía al Chilenazo.

Al sentirse golpeado en el hombro, el peón se volvió hacia Montoya mostrando una sonrisa estúpida en su cara torva.

– Ya terminó, don Luciano…, total, iba muriéndose…

– ¡Bestia carnicera! -rugió Montoya-. ¿Qué mal te hizo?

El otro bizqueó intimidado sin entender el reproche. La barba renegrida exaltaba el fulgor asesino de sus ojos. Presintiendo un ataque levantó el arma. Montoya se lanzó contra él y con una fuerza multiplicada por el furor, alcanzó a tomar el caliente cañón de la carabina y antes que el agresor intentara tirar de ella se la arrebató.

Jadeantes permanecieron los dos estudiándose: brillaba la locura y el miedo en los ojos del peón y la ira en el descompuesto rostro del coronel. De pronto el asesino lanzó un alarido y escapó.

Libre de su obstáculo, Montoya golpeó el arma contra un tronco de lenga hasta quebrarla. Sin munición a él de poco iba a servirle. Miró la superficie tersa del lago. Allí abajo una mancha roja se ensanchaba en el lugar donde el cuerpo de Gerónimo emergía y se hundía desangrándose. La transparencia agrandaba el cuerpo sin vida y la silueta desnuda de Jorgelina agitando los brazos con desesperación. Como una bandera oscura la manta que la había cubierto flotaba cerca.

En el borde de la barranca Montoya gritó todavía para advertir a la muchacha y se zambulló de cabeza en el lago. En el fondo el lecho de piedras pareció rozarlo, pero al fin volvió a la superficie tosiendo al escupir el líquido helado que había tragado. Vio al Chilenazo hundirse definitivamente, arrojando chorros de sangre espesa por los agujeros de su cuerpo y sintió en la boca el gusto atroz del agua sanguinolenta. Cerca de él Jorgelina se abandonaba desfallecida a la atracción del abismo.

Arrastró el cuerpo exánime hacia la orilla. Los pocos metros se le antojaron leguas infinitas. La extremadamente baja temperatura del agua lo entumecía con rapidez y el cansancio entorpecía sus brazadas. Respiró con ansia y de pronto sintió que sus pies tocaban las piedras del fondo.

Se desplomó agotado sobre el estrecho borde del lago. A dos metros la barranca mostraba su carne de tierra, piedras y raíces. Jorgelina, con la boca entreabierta, yacía como muerta. Uno de sus brazos se aplastaba contra la gruesa arena oprimido por el peso del coronel.

Con un esfuerzo doloroso él se puso de rodillas y respiró largamente, extrañándose de continuar aún con vida. Al arrojarse al lago había olvidado que uno de los pocos deportes que nunca había aceptado era el de la natación; nadaba poco y mal.

Siempre había protestado que semejante ejercicio correspondía a los peces y ahora se asombraba de haber sobrevivido. Cuando miró de nuevo a Jorgelina, su inmovilidad lo alarmó. Sin preocuparse por el cuerpo juvenil que ofrendaba su inerte turbación, practicó con ella movimientos respiratorios confusamente recordados. Pero la cara de Jorgelina se cubría de un velo violáceo y perdía calor rápidamente.

Montoya luchó con denuedo para devolver a la vida aquel cuerpo exangüe; llegó un momento en que sus propios brazos cayeron sin fuerzas y su cerebro amenazó estallar por la tensión nerviosa a que lo sometía. Ya ni sabía exactamente qué estaba haciendo y si servía de algo el hacerlo, pero persistía, con obstinación mezclada de rabia y angustia. Nebulosamente pensaba en María clamando por su hermana: ¿acaso acabaría llevándole un cadáver para calmar su pena? Montado a horcajadas sobre el cuerpo de Jorgelina, con las ropas chorreando agua helada, no alcanzaba a sentir cómo el fino cuerpo volvía a ser invadido por la vida, hasta que de pronto el estómago duramente comprimido se contrajo, el pecho se irguió recorrido por punzadas dolorosas y con un gemido agónico, Jorgelina comenzó a vomitar… Después abrió los ojos, se quejó débilmente, contempló la figura borrosa de Montoya y sintió su cuerpo aprisionándola sin violencia; reconstruyó los fragmentos de su mundo asaltado por la locura y la muerte y lloró, lloró como si un río de lágrimas le creciera en el pecho que volvía a respirar. Poco a poco sus mejillas se tiñeron de color y la sangre saltó del corazón con recobrado ritmo para recorrer sus venas y aclarar su conciencia. Entonces advirtió su total desnudez y se sintió desamparada y triste.

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