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Электронная книга - «Culminacion De Montoya». Краткое содержание книги:

Premio Nadal 1974
Culminación de Montoya, Premio Eugenio Nadal 1974, posee -dentro de una concepción clásica-un valor universal y permanente por el drama humano en que se inspira y una visión trágica de la existencia, presidida por la más inexorable fatalidad. El héroe mítico -héroe al revés, al decir del autor- es el coronel Montoya, aristócrata de raza y militar profesional, descendiente de una vieja estirpe de conquistadores, quien al no encontrar una empresa heroica en la que volcar su coraje, ha consagrado todas sus energías en su propia destrucción, hasta ser degradado y expulsado del ejército. Su voluntaria condena le lleva a un confinamiento en los remotos bosques del Sur en busca de un infierno donde purgar la muerte de su hijo y el suicidio de su mujer, de los que se cree responsable. Torturado por el venenoso resentimiento de un viejo asistente, simbólica encarnación de sus demonios familiares, arrastrado por el instinto de autodestrucción, Montoya encuentra en el generoso sacrificio de su vida una posible redención. La atención del lector se mantiene en suspenso dentro de un ambiente fascinante y angustioso.
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Y para colmo ahora tenía que andar alerta con ese tipo de Montoya. Podía hacerlo matar si se le antojaba, pero también eso encerraba una posible trampa. La peonada simpatizaba con el argentino tanto como lo odiaba a él. Montoya los exigía y los estimulaba sin brutalidad; además, desde que él señalaba los raulíes, el trabajo andaba bien repartido y cada árbol rendía lo justo. Hasta lo consultaban para resolver problemas cuando un tronco se rajaba o trababa en el monte o un catango quedaba colgado en la senda.

No: había que meditar el asunto sin precipitarse. Era preferible vigilarlo discretamente. A lo mejor era cierto que se iba.

– ¡Qué c…, cómo que se va mañana! -la exclamación le brotó de golpe.

– ¿Qué le pasa, patrón? -preguntó Ramón, sorprendido.

– Nada. Yo me entiendo.

Frenó la curiosidad del matón con un gesto de fastidio.

«Si sale de aquí es capaz de denunciarnos -estaba pensando-. Antes tendré que liquidarlo. Mejor que los gringos no sepan nada. Eso tengo que manejarlo a mi modo…»

Empuñó con rabia la regla chilena. Algunos hacheros ya estaban esperando. La sierra trepidaba incansable.

Jorgelina observó con desdén a Jones y se demoró en el techado deliberadamente. Ahora ya sabía muy bien el rango que ostentaban cerca del capataz cada uno de sus guapos. Eran basura. Nada más que basura. Que Jones vigilara si quería. Cada vez que se agachaba adivinaba la mirada acuosa del galés clavada en sus caderas, y la sensación de ser deseada la exaltaba. Los juveniles pezones, excitados por aquel juego sin palabras ni gestos, se erguían estirando la tela de su camisa. Sintió el repentino capricho de encerrarse en la pieza y desnudarse.

Separados por los rústicos tablones se desquitaría dejándole acariciar con el pensamiento la forma de su cuerpo, el olor de su piel. Caminó muy tiesa y digna y entró en la casa. Una Jorgelina desconocida para ella misma estaba naciendo aquel día inolvidable. Los iba a someter a todos. Se sentía maravillosamente maligna y la comprobación la llenaba de felicidad.

Se desnudó con miedo y salvaje resolución. Y se paseó desnuda, tomándose los senos con ambas manos, imaginando escenas indescriptibles. Se echó en la cama y el áspero contacto de las mantas aumentó la embriaguez triunfal que la inundaba. Espió por las hendiduras de los tablones y se inmovilizó contemplando la figura borrosa de Jones que se paseaba despacioso haciendo crujir las ramitas secas en cada paso. A veces lo veía volver la cabeza y mirar rectamente en su dirección como si la hubiera descubierto. Desafiante, como enajenada, arqueó hacia el hombre el busto hasta que sus pezones se aplastaron contra la madera. Un espasmo le recorrió la columna y sintió frío.

La penumbra del atardecer caía sobre el campamento. El tiempo amenazaba tormenta. Se vistió y salió.

– Jones -llamó-; ¿por qué no aviva el fuego y hace unos mates?

El galés la miró imperturbable.

– ¿Es sordo usted? -exclamó Jorgelina y se acercó.

La mirada de Jones era fría como el acero.

– Eso es cosa suya, moza… No soy el mucamo.

Jorgelina no insistió. Aquel tipo era de piedra. Para disimular fingió no haberlo oído y empezó a preparar la infusión. Había encendido la lámpara de querosene cuando regresó Videla. El fuego chisporroteaba alegremente.

Videla interrogó a Jones con la mirada y supo que todo iba bien.

La mujer continuaba sacudida por gemidos y sollozos. Montoya había tratado en vano de calmarla. A María le bastó verlo regresar solo para comprender la verdad. Escuchó distraída el relato del extraño encuentro del coronel con Gerónimo y del nuevo sesgo de su locura, pero todos sus sentidos demandaban una respuesta a la pregunta que no se atrevía a formular.

– No dio resultado -dijo al fin Montoya, incapaz de soportar la angustia que anegaba los ojos de María-. Sí, querida, no me mires así… Tu héroe ha fracasado en toda la línea. Jorgelina tranquilamente nos manda al diablo. Se siente muy cómoda y segura con el capataz y parece como si en toda su vida no hubiera hecho otra cosa que manejar la casa de un guapo. Sí, por favor, escúchame: ¿podía arrastrarla acaso? Está más guardada que un jefe de estado mayor… Ya habrá otra oportunidad.

– Será demasiado tarde… -murmuró sombríamente María y empezó aquel llanto interminable.

Al fin todo el dolor acumulado durante meses; la culpa, el castigo y la expiación, se convirtieron de pronto en un río salado de lágrimas.

– Demasiado tarde para qué… -replicó Montoya acariciando la cabeza temblorosa-. No te engañes María; ella sólo puede perder lo que ella misma quiera. No voy a excusar mi fracaso disculpándola a ella…, pero únicamente por la fuerza la obligaremos a volver.

Casi se arrodilló frente a la mujer.

– Comprende que se trata de tu hermana…, no de ti misma; a ella no le importa tu amor ni tu sacrificio. Ella no quiere saber nada de nosotros ni es mucho lo que podemos ofrecerle. La medida de su valor, o lo que sea, ella lo ha determinado… Eso es justo, María.

Sabía que era inútil argumentar. El tampoco creía demasiado en sus palabras.

– ¿Quieres que vuelva y me haga matar; eso pretendes?

María se abrazó a él, rodeó sus espaldas con los brazos y siguió hipando largo rato, hasta que el cansancio la adormeció y pudo acostarla. Tenía fiebre y temblaba. Todo lo que abrigara echó Montoya sobre el pequeño cuerpo estremecido, mientras la impotencia envaraba sus miembros como si estuviera envuelto en una red invisible e indestructible.

– Figúrate que el bestia ése de Gerónimo anduvo toda la tarde cargoseándome y empeñado en servirme de algo… Está más lelo que nunca -le estaba contando Videla a Jorgelina, solos en la habitación, cuando ya sus hombres se habían ido a dormir.

– ¿Y qué quería? -preguntó Jorgelina preocupada por lo que iba a suceder y no por las locuras del Chilenazo.

– Reíte; insiste en que eres su mujer… Ahora resulta que tendré que defenderme de un rival… ¡ja…, ja…, ja! Para él todo sigue igual; vos sos su mujer, yo pago su caña y se la presto alguna que otra noche… ¡qué lesera!

– Yo no soy la mujer de él ni la suya, don Videla… -protestó Jorgelina débilmente.

– ¡Eh! Tiene gracia -dijo Videla y empezó a desnudarse. Su cuerpo era velludo y musculoso-. Mañana lo contás. Anda, apaga la lámpara y vení…

– Hice mi cama en el rincón -arguyó todavía Jorgelina, dominada por el temor.

Ahora que tenía que enfrentarse al instante de la verdad, el coraje se le escapaba como arena entre los dedos.

– No seas estúpida; ¿te crees que soy un buey? Mira…, mira y convéncete…

Pero Jorgelina no quería mirar; quería morirse. Apagar aquella luz rabiosa que caía sobre el macho, sobre el cuerpo del macho y huir, huir hasta los confines del miedo.

– ¡No! -dijo tercamente.

– ¡No, eh! -repitió Videla, acercándose.

Antes que ella pudiera siquiera intuirlo, la mano del capataz le había cruzado la mejilla con un par de bofetones que la lanzaron contra la pared. De un salto él la apretó en un abrazo brutal. Sus manos desgarraban la ropa, se hundían en sus muslos, le abrían la camisa, soltando sus pequeños pechos. Y entonces ella sintió la llamarada ancestral, el peso contra su vientre se convirtió en el reclamo imperioso que la urgía y clavó sus uñas en la espalda morena y mordió la boca del hombre con tal ímpetu, que el hombre supo, en un instante resplandeciente, que él había sido el vencido y no el vencedor.

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