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La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial

Электронная книга - «La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial». Краткое содержание книги:

Como todos los chicos de su edad, Dulac sueña con una vida de caballero legendario. Pero lo más probable es que siga siendo siempre un mozo de cocina de la corte del rey Arturo. Sin embargo, cuando encuentra en un lago una vieja armadura y una espada oxidada, su vida cambia por completo. La representación del Santo Grial que decora el escudo transforma al joven en el valiente héroe de sus sueños. Como Lancelot, el Caballero de Plata, marcha en el ejército del rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda a la guerra contra las huestes del malvado Mordred. El destino de Britania está en juego.
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Todo ocurrió tan rápido que a él mismo le sorprendió. Dulac se echó a un lado, su frente chocó con tanta fuerza contra la cara de Stan que pudo oír el crujido que hizo el puente de su nariz al romperse. Al mismo tiempo, le pegó un empujón a las piernas de Evan y éste cayó sin más al suelo, dándose un golpe en la nuca con el empedrado. En el acto, Dulac tensó el brazo derecho y le propinó a Mike un puñetazo en la nuez, que hizo que el chico se desplomara jadeando a punto de ahogarse. Su mano resbaló bajo la camisa y un cuchillo cayó al suelo.

Quizá era Dulac el que más sorprendido estaba de los cuatro, y seguro que el más asustado también. Todo aquel desaguisado no le había llevado más de un segundo. Y lo peor era: que tampoco había querido que ocurriera. Algo dentro de él había registrado que estaba en peligro y le había obligado a reaccionar con desgraciadas consecuencias.

Dulac se arrodilló y examinó a los tres chicos. Evan se había desmayado, pero respiraba profunda y regularmente; por su parte, Stan se presionaba con ambas manos la nariz destrozada intentando cortar la hemorragia. El que había salido peor parado había sido Mike. No dejaba de patalear, mientras movía la cabeza de derecha a izquierda haciendo verdaderos esfuerzos por tratar de respirar. Estaba sufriendo lo indecible, pero Dulac tuvo claro que sobreviviría… aunque tuviera que alimentarse las próximas dos o tres semanas exclusivamente de sopa y pan en remojo.

Por lo menos, no había matado a ninguno de los tres.

El joven se estremeció cuando se dio cuenta de que el pensamiento que acaba de tener no le había impresionado lo más mínimo. Habían amenazado con matarle. Alguien le había atacado y él se había defendido con todos los medios que tenía a su alcance, era tan sencillo como eso.

¿Qué es lo que estaba haciendo con él aquella maldita armadura?

– No tengas miedo -dijo. No sabía si Mike le estaba escuchando, pero se sintió culpable de decir aquellas palabras-. No voy a delataros. Pero en el futuro pensad antes con quién vais a véroslas.

Mike hizo un ruido espantoso con la garganta antes de lograr, por fin, recobrar el aliento y Stan se volvió gimiendo a un lado, apretó las rodillas contra el pecho y escupió sangre.

Cuando alcanzó el castillo, Camelot estaba iluminado por docenas de antorchas. En el patio se alineaban casi una quincena de caballos embridados. A su alrededor, un gran número de caballeros -entre ellos, Arturo, Galahad y Perceval-, enfundados en sus armaduras, observaban cómo sus escuderos disponían los pertrechos sobre los animales de carga, y controlaban la perfecta colocación de arreos y gualdrapas en los corceles. Un ánimo de viaje se había adueñado de todo el patio, y al mismo tiempo se palpaba gran tensión en el ambiente.

Sólo un momento después comprendió que estaba en lo cierto, pues estalló una pelea entre Arturo y Sir Lioness.

El caballero, equipado con la armadura completa y todas las armas, como la mayoría, tenía la cara congestionada de rabia.

– ¡No lo decís en serio, Arturo! -dijo atropellándose-. ¡Os pido que lo penséis de nuevo! -el tono de su voz no encajaba con la palabra «pido» y su aspecto demostraba las ganas que tenía de desenvainar el arma y acabar la discusión con otros argumentos.

Arturo permanecía sereno. Saludó a Dulac con un movimiento de cabeza y se dirigió de nuevo a Lioness.

– No hay nada que tenga que pensar -respondió-. Y tampoco hay nada que justifique vuestra excitación, Sir Lioness. Vamos a enterrar a un amigo y cumpliremos su último deseo. Todos nosotros tenemos mucho que agradecerle a Merlín. Casi todo. También vos, amigo mío.

Lioness no dio muestras de registrar el reproche que escondían las palabras de Arturo. Y antes de responder, echó un vistazo rápido y lleno de enfado hacia Dulac, casi como si le echara la culpa a él de su desacuerdo con el rey.

– Nadie niega los beneficios que Merlín aportó a Camelot -respondió-. Era un gran hombre y el amigo más leal que se puede desear. Pero vos no sois sólo un amigo y un caballero, sois también rey. Vuestros súbditos observan todo lo que hacéis.

– Por eso debo honrar a Merlín con esta última celebración -respondió el rey con tranquilidad-. ¿Qué pensarían los súbditos de un monarca que negara a su sirviente más leal su última voluntad?

– ¡Un rito pagano! -se quejó Lioness-. Es pecado, Arturo.

El rey suspiró. No parecía enfadado, sino un poco decepcionado.

– Mi decisión es firme, Sir Lioness -dijo-. Marchaos si queréis. Merlín era el último de los viejos magos y vamos a enterrarlo como él deseaba, esta noche, en el cromlech, a la luz de la luna llena. Será el último… -apretó los labios formando una sonrisa amarga- rito de esta clase. Os comprendo, Sir Lioness. También yo conozco la Biblia y sé lo que dice Nuestro Señor sobre los ídolos y las creencias paganas. Hacedlo por Merlín.

Sir Lioness permaneció en silencio. Durante un rato fijo la vista en Arturo, luego sus ojos parecieron ir más allá, hacia un punto en el vacío. Por fin, asintió y dijo:

– Os acompañaré. Y rezaré por vuestra alma, y la de todos los que os acompañen. Tal vez Dios Nuestro Señor se apiade de vosotros y perdone todos vuestros pecados.

Se dio la vuelta y se marchó mientras Arturo lo seguía con la vista, meneando la cabeza. El rey no dijo ni una palabra más, sólo observó a Dulac, dibujando una sonrisa cansada, pero muy sincera, en su cara.

– Estoy contento de que hayas venido -dijo-. No estaba seguro.

– ¿Señor?

– Querías irte -dijo Arturo-. Me odias por lo que te estoy haciendo y estos últimos días no has pensado en nada más. Lo que más te gustaría sería cortarme el cuello -rozó sonriente la zona de su cuello en donde Dulac le había herido-. Además, estás decidido a no ir a York.

– ¿Podéis… podéis leer mis pensamientos? -preguntó Dulac profundamente aturdido.

– Los llevas escritos en la frente -afirmó Arturo-. Además, yo también tuve tu edad, aunque tal vez no puedas creerlo. No hagas nada de lo que tengas que arrepentirte después, Dulac. El mundo es grande y seduce con sus aventuras. Hay dragones que matar, y también reyes, unos después de otros; y doncellas que liberar. Pero créeme: lo que te espera fuera es sufrimiento, dolor y muerte. No vas a encontrar tesoros, sino seguramente un puñal que te rebane el cuello.

Dulac estaba muy desconcertado, no tanto por lo que Arturo estaba diciendo, sino, sobre todo, porque se lo dijera a él. ¿Quién era él comparado con el rey? Arturo no tenía necesidad de justificarse o explicarle nada. ¿Por qué, de pronto, era tan importante para el monarca?

– Ha llegado el momento de partir -dijo éste-. He ordenado que te ensillaran un caballo. Creo que lo conoces -esbozó una sonrisa-. ¿Me prometes que también nos acompañarás a la vuelta?

– Sí -respondió Dulac. No le resultó fácil hacer aquella promesa, pero lo decía de verdad.

– Entonces sube a tu caballo -ordenó Arturo-, Tenemos un largo camino por delante y no mucho tiempo.

Salieron poco después. La comitiva que, al amanecer, atravesó cabalgando la Puerta Norte de la ciudad no tenía nada que envidiarle en lujo y tamaño a la que, con Dulac entre sus filas, había salido días antes. Cierto que estaba compuesta por menos caballeros, pero llevaba más impedimenta y criados, que -junto a Dulac- abandonaron la ciudad unos pasos por detrás de Arturo y los demás caballeros de la Tabla Redonda.

Además de Dulac y Sir Lioness, habían comparecido Sir Galahad, Sir Braiden, Sir Gawain y Sir Leodegranz; los demás no habían aparecido en el patio o habían encontrado pretextos más o menos creíbles para no acompañarlos. Dulac adoptó el lugar que le habían asignado al final de la columna, pero aun así podía echar de vez en cuando un vistazo al rey. A simple vista parecía tan firme y aplomado como siempre, pero Dulac lo conocía mejor que muchos de los hombres que se sentaban a su mesa, y no le pasó inadvertida la mezcla de desilusión y enojo que había en sus ojos. De más de cincuenta caballeros sólo le habían seguido cinco, y uno de ellos, Sir Lioness, no contaba, porque no había dejado ninguna duda sobre las causas de su asistencia. Arturo tenía que estar realmente muy decepcionado. Mientras formaban en el patio, Dulac había tenido la leve esperanza de que también Ginebra acompañara a Merlín a su última morada. Pero probablemente era demasiado cansado y peligroso para ella. Dulac no terminaba de comprender por qué Arturo corría el riesgo de abandonar el castillo con tan pocos guerreros armados. Al fin y al cabo, se encontraban en medio de una guerra, aunque en esos instantes parecía haberse tomado un respiro.

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