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El club De la buena Estrella

Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:

Cuatro mujeres chinas se re?nen regularmente en San Francisco para jugar al mah-jong, disfrutar de la comida china y contarse historias relacionadas con su pasado.
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No tenía ningún plan. No sabía qué le diría luego. Sólo sabía que deseaba que Ted me viera una vez más antes del divorcio.

Acabé enseñándole el jardín. Cuando llegó, al caer la tarde, la bruma veraniega ya se había instalado. Yo tenía los documentos del divorcio en el bolsillo de mi chaqueta. Ted vestía un traje deportivo y temblaba mientras examinaba los daños del jardín.

– Qué desastre -le oí musitar, mientras agitaba la pernera del pantalón para liberarla de una rama de zarzamora que se había extendido sobre el sendero. Supe que estaba calculando cuánto tiempo necesitaría para establecer de nuevo el orden.

– Me gusta tal como está -comenté.

Di unas palmaditas a las zanahorias demasiado crecidas, cuyas cabezas anaranjadas empujaban a través de la tierra, como si ésta las estuviera pariendo. Entonces me fijé en las malas hierbas: algunas habían brotado en las grietas del suelo y los muros del jardín, otras se habían afianzado en la pared lateral de la casa, y bastantes más habían encontrado refugio bajo ripias sueltas y trepaban por el tejado. Era imposible arrancadas una vez metidas en la mampostería, pues si uno lo intentaba acabaría desmontando todo el edificio.

Ted recogía ciruelas del suelo y las arrojaba por encima de la cerca al jardín del vecino.

– ¿Dónde están los papeles? -me preguntó finalmente.

Se los di y él los guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Entonces me miró y vi en sus ojos la expresión que en otro tiempo confundí con amabilidad y protección.

– No tienes que marcharte en seguida -me dijo-. Sé que necesitarás por lo menos un mes para encontrar otra vivienda.

– Ya tengo donde vivir -me apresuré a decirle, porque en aquel preciso momento supe dónde me alojaría. El enarcó las cejas, sorprendido y sonriente, por un instante muy breve, hasta que le dije-: Aquí.

– ¿Qué estás diciendo? -preguntó ásperamente. Aún tenía las cejas alzadas, pero ya no sonreía.

– He dicho que me quedo aquí -repetí.

– ¿Quién te ha metido en la cabeza que puedes hacer eso?

Se cruzó de brazos, entrecerró los ojos y escrutó mi rostro, como si supiera que se descompondría de un momento a otro. Aquella expresión solía asustarme y me hacía tartamudear.

Ahora no sentí nada, ni temor ni cólera.

– Digo que me quedo, y mi abogado lo dirá también, una vez que te hagamos entrega de la documentación.

Ted se sacó del bolsillo los papeles del divorcio y los examinó. Sus equis seguían allí, los espacios en blanco seguían vacíos.

– ¿Qué estás haciendo? -dijo él-. Quisiera saberlo exactamente.

Y la respuesta, la única importante por encima de todo lo demás, recorrió mi cuerpo y cayó de mis labios:

– No puedes arrancarme sin más de tu vida y tirarme a un lado.

Vi lo que deseaba: su expresión confusa y luego asustada, estaba hulihudu, tan fuerte era el poder de mis palabras.

Aquella noche soñé que deambulaba por el jardín. La niebla envolvía árboles y arbustos. Entonces distinguí al viejo señor Chou y a mi madre, a lo lejos, con sus bruscos movimientos arremolinando la niebla a su alrededor. Estaban inclinados sobre uno de los macizos de plantas.

– ¡Ahí está ella! -exclamó mi madre. El viejo señor Chou sonrió y me saludó agitando la mano. Me acerqué a mi madre y vi que estaba inclinada sobre algo, como si atendiera a un bebé.

– Mira -me dijo, radiante-. Los he plantado esta mañana, algunas para ti y otros para mí.

Y bajo el heimongmong, extendiéndose por el suelo, había hierbajos que ya se derramaban por encima de los setos y se esparcían agrestes en todas direcciones.

JING-MEI WOO

De la mejor calidad

Hace cinco años, después de una cena a base de cangrejo para celebrar el Año Nuevo chino, mi madre me dio mi «importancia de la vida», un colgante de jade con una cadena de oro. Personalmente, no habría elegido ese colgante, del tamaño de mi dedo meñique, jaspeado en blanco y verde e intrincadamente tallado. El efecto de conjunto me parecía erróneo: demasiado grande, demasiado verde, demasiado llamativo. Lo guardé en mi joyero de laca y me olvidé de él.

Pero últimamente pienso a menudo en la importancia de mi vida y me pregunto qué significa, porque mi madre murió hace tres meses, seis días antes de que yo cumpliera los treinta y seis, y ella era la única persona a la que podría habérselo preguntado, haberle pedido que me hablara de la importancia de mi vida, que me ayudara a comprender mi aflicción.

Ahora llevo a diario ese colgante. Creo que las tallas significan algo, porque las formas y los detalles, en los que nunca reparo hasta que alguien me los indica, siempre significan algo para los chinos. Sé que podría preguntarle a tía Lindo, a tía An-Mei o a otros amigos chinos, pero también sé que me explicarían un significado totalmente distinto del que le habría dado mi madre. ¿Y si me dijeran que esa línea curva que se ramifica en tres formas ovales es un granado y que mi madre me deseaba fertilidad y descendencia? ¿Y si mi madre hubiera dado a las tallas el significado de una rama de peral, para proporcionarme pureza y honestidad? ¿O gotitas de la montaña mágica con diez mil años de antigüedad, que darían orientación a mi vida y mil años de fama e inmortalidad?

Y Como pienso constantemente en esto, siempre me fijo en quienes llevan los mismos colgantes de jade, no los medallones rectangulares planos o los blancos redondeados con orificios en el centro, sino los que son como el mío, una figura oblonga de cinco centímetros de longitud y color verde manzana. Es como si todos hubiéramos jurado la misma alianza secreta, tan secreta que ni siquiera supiéramos lo que tenemos en común. Por ejemplo, el último fin de semana vi a un camarero que llevaba uno. Mientras acariciaba mi colgante, le pregunté:

– ¿De dónde ha sacado el suyo?

– Me lo dio mi madre.

Inquirí por qué motivo, pregunta impertinente que sólo un chino puede hacerle a otro chino. Entre una multitud de blancos, dos chinos ya son como dos miembros de la misma familia.

– Me lo dio después de mi divorcio. Supongo que con esto quiso decir que aún seguía valiendo algo.

Y, por el deje de extrañeza en su voz, supe que no tenía la menor idea de lo que el colgante significaba realmente.

Para la cena del último Año Nuevo chino mi madre cocinó once cangrejos, uno por persona y un cangrejo de más. Los había comprado en la calle Stockton de Chinatown. Bajamos la pendiente pronunciada en cuya cima se alza la casa familiar, el piso bajo de un edificio de seis plantas del que son propietarios, en Leavenworth, cerca de California. La vivienda estaba a sólo seis manzanas de la pequeña agencia publicitaria donde trabajo como creativa, por lo que dos o tres veces a la semana pasaba por allí a la salida de la oficina. Mi madre siempre tenía suficiente comida e insistía en que me quedara a cenar.

Esta vez el Año Nuevo chino cayó en jueves, y salí pronto del trabajo para ayudar a mi madre en la compra. Mi madre tenía setenta y un años, pero aún caminaba briosamente, con su menudo cuerpo erguido, la actitud decidida, y una bolsa de plástico, decorada con flores de colores chillones, en la mano. Yo iba detrás de ella, tirando del carrito metálico de la compra.

Cada vez que íbamos a Chinatown, señalaba a otras mujeres chinas de su edad.

– Señoras de Hong Kong -decía, mirando a dos damas muy elegantes, con largos abrigos de visón oscuro y el cabello negro perfectamente peinado-. Cantonesas, pueblerinas -susurraba al pasar junto a unas mujeres con gorros de lana, chaquetas acolchadas y chalecos de hombre.

Mi madre, con unos pantalones de poliéster azul claro, un suéter rojo y una chaqueta de color verde que le daba un aspecto infantil, no se parecía a nadie. Llegó a los Estados Unidos en 1949, tras un largo viaje iniciado en Kweilin en 1944. Fue al norte, hacia Chungking, donde se reunió con mi padre. Luego los dos se dirigieron al sudeste, a Shanghai, y huyeron más al sur, hasta Hong Kong, de donde zarpó el barco rumbo a San Francisco. Mi madre procedía de muchas direcciones diferentes.

Y ahora rezongaba, al ritmo de su paso cuesta abajo.

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