El club De la buena Estrella
- Автор: Tan Amy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:
– Escucha bien. También puedes decir que el nombre de Taiyuan es Bing. Todos los habitantes de esa ciudad la llaman así. Te será más fácil decido. Bing es un sobrenombre.
Escribió el ideograma y asentí, como si así quedara todo claro.
– Aquí ocurre lo mismo -añadió en inglés-. Llamáis La Manzana a Nueva York y Frisco a San Francisco.
– Nadie llama así a San Francisco! -repliqué, riendo-. La gente que la llama así es tonta.
– Ahora comprendes lo que quiero decir -dijo mi madre en tono triunfante.
Sonreí. Era cierto, por fin la comprendía. No lo que acababa de decir, sino lo que había sido verdadero desde el principio.
Vi por qué había estado luchando: era por mí, una niña asustada que huyó mucho tiempo atrás hacia un lugar que imaginaba más seguro. Y oculta en aquel lugar, detrás de mis barreras invisibles, sabía lo que había al otro lado: sus ataques laterales, sus armas secretas, su misteriosa habilidad para descubrir mis puntos más débiles. Pero en el breve instante en que me asomé por encima de las barreras, pude ver por fin lo que realmente había allí: una anciana con una freidora por armadura, una aguja de hacer punto por espada, gruñendo un poco mientras esperaba pacientemente a que su hija la invitara a pasar.
Rich y yo hemos decidido aplazar nuestra boda. Mi madre dice que julio no es una buena época para ir a China de luna de miel. Lo sabe bien porque ella y mi padre acaban de regresar de un viaje a Pekín y Taiyuan.
– En verano hace demasiado calor. ¡Te saldrán más lunares y entonces toda la cara se te pondrá roja! -le dice a Rich, y éste sonríe, hace un gesto con el pulgar hacia mi madre y me comenta:
– ¿Puedes creer lo que sale de su boca? Ahora sé de dónde de has sacado tu naturaleza dulce y llena de tacto.
– Debéis ir en octubre. Es la mejor época. No hace mucho calor ni mucho frío. Yo también estoy pensando en volver por entonces -dice con firmeza, pero se apresura a añadir-: ¡No con vosotros, por supuesto!
Me río nerviosamente y Rich bromea:
– Eso sería estupendo, Lindo. Podrías traducirnos los menús y asegurarte de que no comemos serpientes o perros por error.
A punto estoy de darle un puntapié.
– No, no es eso lo que quiero decir -insiste mi madre-. No os pido tal cosa.
Y yo sé lo que quiere decir realmente. Le encantaría ir a China con nosotros, y yo lo detestaría. Tres semanas aguantando sus quejas sobre los palillos sucios y la sopa fría, tres comidas al día… No, sería un desastre.
Pero por otro lado la idea me parece muy acertada. Los tres dejaríamos atrás nuestras diferencias, nos sentaríamos lino junto al lado en el avión, despegaríamos, nos alejaríamos de Occidente rumbo al Oriente.
ROSE HSU JORDAN
Siempre me creía todo lo que decía mi madre, incluso cuando ignoraba lo que quería decir. Una vez, de pequeña, me aseguró que iba a llover y que lo sabía porque unos fantasmas perdidos daban vueltas cerca de nuestras ventanas, diciendo «buu-buu» para que los dejáramos entrar. Según ella, las puertas se abrirían por sí solas en plena noche, a menos que comprobáramos dos veces si estaban bien cerradas. Decía que un espejo podía verme el rostro, pero que ella podía ver mi interior aun cuando yo estuviera fuera de la habitación.
Y todas estas cosas me parecían ciertas, tan fuerte era el poder de sus palabras.
Decía que si la escuchaba, más adelante sabría lo que ella sabía: de dónde procedían las palabras verdaderas, siempre de lo más alto, por encima de todo lo demás. En cambio, si no la escuchaba, prestaría oídos a otros con demasiada facilidad, a gentes cuyas palabras carecen de significado perdurable, porque proceden del fondo de sus corazones, donde habitan sus deseos, un lugar en el que yo no podía estar.
Las palabras que decía mi madre procedían de lo más alto. Recuerdo que yo siempre alzaba la vista para mirarla a la cara, mientras mi cabeza reposaba en la almohada. En aquel entonces mis hermanas y yo dormíamos en la misma cama doble. Janice, mi hermana mayor, tenía una alergia que obligaba a sus fosas nasales a trinar como un pájaro la noche, y por eso la llamábamos Nariz Silbante. Ruth era Pie Feo, porque curvaba los dedos de los pies en forma de garra de bruja. Yo era Ojos Miedosos, porque cerraba con fuerza los ojos para no ver la oscuridad, cosa que, según Janice y Ruth, era una solemne tontería. Durante aquellos primeros años, yo era la última en dormirme. Me aferraba a la cama, negándome a abandonar este mundo para ingresar en el de los sueños.
– Tus hermanas ya se han ido a ver al viejo señor Chou -me susurraba mi madre en chino. Según ella, el viejo señor Chou era el guardián de una puerta que se abría a los sueños-. ¿Estás también dispuesta a ir a ver al viejo señor Chou?
Y yo sacudía la cabeza cada vez que me lo preguntaba.
– El viejo señor Chou me lleva a sitios malos -gemía.
El viejo señor Chou hacía dormir a mis hermanas, quienes nunca recordaban nada de lo ocurrido la noche anterior. Pero el viejo señor Chou me abría la puerta y, cuando yo intentaba entrar, la cerraba con rapidez, esperando aplastarme como a una mosca. Por eso siempre me despertaba.
Pero finalmente el viejo señor Chou se cansaba y dejaba de vigilar la puerta. La cabecera de mi cama se volvía pesada y se inclinaba lentamente, y yo me deslizaba de cabeza, a través de la puerta del viejo señor Chou, y aterrizaba en una casa sin puertas ni ventanas.
Recuerdo una ocasión en que soñé que caía por un agujero en la casa del viejo señor Chou. Me encontré en un jardín a oscuras y oí gritar al viejo: «¿Quién está en mi jardín trasero.» Eché a correr. Pronto me vi pisoteando plantas con venas sanguíneas, corriendo por campos de cabezas de dragón cuyos colores cambiaban como si fueran semáforos, hasta que llegué a un gigantesco terreno de juego, con innumerables hileras de cajones de arena, en cada uno de los cuales había una muñeca nueva. Y mi madre, que no estaba allí pero que podía ver en mi interior, le dijo al viejo señor Chou que sabía qué muñeca iba a elegir yo, Por ello decidí escoger una totalmente distinta.
«¡Deténgala!», gritó mi madre.
Intenté huir, pero el viejo señor Chou me persiguió, gritando:
«¡Mira lo que sucede cuando no escuchas a tu madre!» y yo me quedé paralizada, demasiado asustada para moverme en cualquier dirección.
A la mañana siguiente le conté a mi madre lo que había sucedido, y ella se rió y dijo:
– No hagas caso al viejo señor Chou. No es más que un sueño. Sólo tienes que escucharme a mí.
– Pero el viejo señor Chou también te escucha -repliqué llorando.
Más de treinta años después mi madre seguía intentando que la escuchara. Al mes de que le dijera que Ted y yo íbamos a divorciamos, me reuní con ella en la iglesia, para el funeral de China Mary, una maravillosa anciana de noventa y dos años que había sido la madrina de todos los niños que cruzaron las puertas de la Primera Iglesia Bautista China.
– Estás adelgazando mucho -me dijo en tono quejumbroso cuando me senté a su lado-. Tienes que comer más.
– Estoy bien -le aseguré, sonriéndole para demostrárselo-. Y además, ¿no eras tú quien decía que la ropa siempre me iba demasiado ceñida?
– Come más -insistió ella, y me dio unos golpecitos con un pequeño cuaderno en cuya tapa, escrito a mano, figuraba el título: «Cocina al estilo chino por China Mary Chan». Los vendían de puerta en puerta, a sólo cinco dólares el ejemplar, a fin de recaudar dinero para el Fondo de Becas a Refugiados.
Cesó la música de órgano y el oficiante se aclaró la garganta. No era el pastor habitual, sino Wing, un muchacho que de pequeño robaba cromos de equipos de béisbol con mi hermano Luke. Más adelante fue al seminario gracias a China Mary, y Luke acabó en la cárcel por vender radios de coches robadas.
– Aún oigo su voz -dijo Wing a los asistentes al funeral-. Me dijo que Dios me había hecho con todos los ingredientes adecuados, por lo que sería una lástima que ardiera en el infierno.
– Ya incinerada -susurró mi madre en tono neutro, indicando con la cabeza el altar, donde había una foto de China Mary en color, enmarcada. Me llevé un dedo a los labios, como hacen los bibliotecarios, pero ella no me entendió-. Ese lo hemos comprado nosotros -dijo señalando un gran ramo de crisantemos amarillos y rosas rojas-. Treinta y cuatro dólares. Todo artificial, así que durará eternamente. Puedes pagarme más tarde. Janice y Matthew también contribuyen. ¿Tienes dinero?