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Las Huellas Del Hombre Muerto

Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:

Abby entro al elevador y las puertas se cerraron con el sonido de una pala levantando canto rodado. De pronto sintio el perfume de alguien mas y tambien de un limpiador con aroma de limon. El elevador se movio unos cuantos centimetros hacia arriba. Y ahora era demasiado tarde para cambiar de idea y salir: con el metal de las paredes presionandola, comenzo a caer por el vacio. Abby se dio cuenta de que acababa de cometer el peor error de su vida… En medio del caos de la manana del 9/11, el negociante Ronnie Wilson ve la oportunidad de su vida. Para salir de sus deudas, desaparecera y se re-inventara a si mismo en otro pais. / Abby stepped in the lift and the doors closed with a sound like a shovel smoothing gravel. She breathed in the smell of someone else's perfum, and lemon-scented cleaning fluid. The lift jerked upwards a few inches. And now, too late to change her mind and get out, with the metal walls pressing in around her, they lunged sharply downwards. Abby was about to realize she had just made the worst mistake of her life…Amid the tragic unfolding mayhem of the morning of 9/11, failed Brighton businessman and ne'er-do-well Ronnie Wilson sees the chance of a lifetime, to shed his debts, disappear and reinvent himself in another country.Six years later, the discovery of the skeletal remains of a woman's body in a storm drain in Brighton, leads Detective Superintendent Roy Grace on an enquiry spanning the globe, and into a desperate race against time to save the life of a woman being hunted down like an animal in the streets and alleys of Brighton. 'One of the most fiendishly clever crime fiction plotters'
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Abby lo miró.

Ricky rompió el sobre en dos y de dentro salió una especie de lanilla. Luego, procurando coger sólo unos trocitos cada vez, rasgó el resto del sobre. Cuando acabó, meneó la cabeza con desaprobación y dejó que el último pedazo cayera al suelo.

– He leído los dos periódicos y no he encontrado ninguna pista. Pero bueno, eso ahora ya no importa, ¿verdad?

La miró fijamente a los ojos, sin apartar la vista, todavía sonriendo. Divirtiéndose.

Abby pensaba deprisa. Sabía qué quería Ricky. Y también sabía que, para conseguirlo, tendría que dejarla hablar. Petrificada, se devanó los sesos, pensando, pensando. Pero no se le ocurría nada.

Ricky desapareció unos momentos. Regresó con la maleta azul grande de Abby y la dejó en el suelo, a plena vista desde la puerta. Se arrodilló, abrió la cremallera y levantó la tapa.

– Qué bien hecha está -dijo, mirando el contenido-. Todo muy cuidado y ordenado. -Su voz se volvió amarga-. Pero supongo que tienes mucha práctica en eso de hacer maletas y salir corriendo.

De nuevo, sus ojos grises se clavaron en los de ella. Y Abby vio algo que no había visto nunca, algo nuevo. Había oscuridad en ellos: una oscuridad verdadera, como si su alma estuviera muerta.

Ricky comenzó a deshacer la maleta, artículo por artículo. Primero sacó un jersey de punto que estaba doblado encima de sus neceseres de aseo y maquillaje. Lo desdobló sin prisas, lo revisó con cuidado, lo volvió del revés y luego, cuando quedó satisfecho, se lo puso alrededor de los hombros.

Abby tenía muchas ganas de hacer pis, pero estaba decidida a no humillarse delante de él ni a darle la satisfacción de ver su miedo. Así que se aguantó y le observó.

Estaba tomándose su tiempo, su lentitud era increíble, agónica, casi como si percibiera la necesidad que tenía Abby.

Gracias al reloj de Ricky, vio que habían pasado casi veinte minutos cuando terminó de deshacer la maleta tras sacar el último artículo, su secador de viaje, que deslizó por el suelo del pasillo y se estrelló contra el zócalo.

Abby intentaba moverse todo el rato. Nada cedía, nada. Las muñecas y los tobillos le dolían horrores. Notaba el trasero entumecido y tenía que apretar las rodillas para combatir las ganas de hacer pis.

Sin decir palabra, Ricky empujó la maleta a un lado y se marchó por el pasillo. Abby se moría de sed, pero ése era el menor de sus problemas. Tenía que soltarse. Pero ¿cómo?

Hizo pis. Al menos aún era capaz de hacer eso, no se lo había tapado con cinta. Entonces se sintió mejor. Estaba exhausta, la cabeza le estallaba, pero ahora podía pensar con un poco más de claridad.

Si pudiera conseguir que le quitara la cinta, al menos podría hablar con él, intentar razonar con él.

Quizás incluso llegar a un trato.

Ricky era un hombre de negocios.

Pero eso dependería de lo duro que se mostrara.

Ahora estaba volviendo. Traía un vaso de whisky con hielo en la mano y fumaba un cigarrillo. El olor dulce e intenso la tentaba. Lo habría dado prácticamente todo por una calada. Y una copa, de lo que fuera.

Hizo repiquetear los cubitos de hielo y movió las ventanas de la nariz. Avanzó y alargó la mano detrás de ella. Abby oyó un ruido metálico, luego comprendió que había tirado de la cadena y notó las gotitas de agua fría salpicándole el trasero.

– Cerda -dijo-. Tienes que tirar de la cadena cuando vas al baño. A ti te gusta tirar a los otros por el retrete. -Tiró la ceniza al suelo-. Qué pisito más bonito tienes. Desde la calle no lo parece. -Hizo una pausa y reflexionó-. Pero, por otro lado, supongo que mi furgoneta no parece gran cosa desde aquí arriba.

La palabra la golpeó como un puñetazo. Furgoneta. ¿Esa furgoneta blanca y vieja? ¿La que no se había movido? ¿Tan estúpida había sido que no había pensado en esa posibilidad?

Intentó suplicarle con los ojos, pero lo único que hizo Ricky fue girar la cabeza burlonamente, bebió más whisky, se fumó el cigarrillo hasta el filtro, lo tiró al suelo y lo pisó.

– Muy bien, Abby, tú y yo vamos a tener una pequeña charla. Muy sencillo todo. Yo te hago preguntas, tú mueves los ojos a la derecha para contestar «sí» y a la izquierda para responder que «no». ¿Hay alguna parte que no hayas entendido?

Abby intentó decir que no con la cabeza, pero no pudo. Sólo podía moverla un poquito a derecha e izquierda.

– No, Abby, no me has escuchado bien. He dicho que movieras los ojos, no la cabeza. ¿Quieres enseñarme que lo has captado?

Tras unos momentos de duda, Abby movió los ojos a la derecha.

– ¡Buena chica! -dijo Ricky, como si felicitara a un cachorro-. ¡Muy buena chica!

Dejó el vaso, sacó otro cigarrillo y lo sujetó entre los labios. Luego volvió a coger el vaso, agitando los cubitos de hielo.

– Buen whisky -dijo-. De malta. Caro. Pero supongo que para ti el dinero no es ningún problema, ¿verdad?

Se arrodilló, para quedar a la altura de sus ojos, y se inclinó hacia delante, hasta que sólo les separaron unos centímetros.

– ¿Eh? ¿El dinero? ¿No supone ningún problema para ti?

Abby miró fijamente al frente, temblando de frío.

Luego, Ricky dio una calada a su cigarrillo y le echó el humo a la cara. Le picaron los ojos.

– ¿El dinero? -repitió-. No supone ningún problema para ti, ¿verdad?

Entonces se levantó.

– La cuestión, Abby, es que no hay mucha gente que sepa que estás aquí. No hay mucha, no, lo que significa que nadie va a echarte de menos. Nadie va a venir a buscarte. -Bebió un poco de whisky-. Bonita ducha. No has escatimado en gastos. Imagino que te gustaría disfrutarla. En fin, soy un hombre justo.

Hizo tintinear los cubitos de hielo con fuerza, mirando el vaso, y por un momento Abby creyó que realmente iba a ofrecerle un trato.

– Ésta es mi oferta: o te hago daño hasta que me lo devuelvas todo o simplemente me lo devuelves todo. -Volvió a sonreír-. Me parece que la decisión es obvia.

Dio una calada lenta, relajada, a su cigarrillo, como si disfrutara viéndola observándolo, sabiendo que seguramente Abby se moría por fumarse uno. Ricky ladeó la cabeza y permitió que un remolino de humo azul escapara de su boca y subiera flotando hacia arriba.

– Tengo una idea -dijo-. Dejaré que lo consultes con la almohada.

Entonces cerró la puerta.

54

Octubre de 2007

Roy Grace estaba sentado en su mesa de trabajo en la MIR Uno, soportando a la madre, el padre, el hermano, la hermana, el tío, el nieto, el primo carnal y el sobrino segundo de todas las resacas. Tenía la boca como el fondo de la jaula de un loro y era como si una motosierra desafilara sus dientes en una púa de acero dentro de su cabeza.

Su único consuelo era que Glenn Branson, sentado en diagonal delante de él, parecía estar igual. ¿Qué diablos les había pasado anoche?

Habían ido al Black Lion a tomar algo rápido, porque Glenn quería hablarle de su matrimonio. Se habían marchado tambaleándose alrededor de medianoche, después de beber ¿cuántos whiskies, cervezas, botellas de Rioja? Grace no quería ni pensarlo. Apenas recordaba haber vuelto a casa en taxi ni que Glenn lo acompañara porque su mujer le había dicho que no quería que volviera a casa en ese estado.

Después, bebieron más whisky y Glenn comenzó a mirar sus CD y a criticar su música, como hacía siempre.

Glenn seguía allí esta mañana, en la habitación de invitados, quejándose de un dolor de cabeza atroz y diciéndole a Grace que pensaba muy seriamente acabar con todo.

– Son las 8.30 del martes 23 de octubre -Grace leyó sus notas para la reunión.

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