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Электронная книга - «Un Milagro En Equilibrio». Краткое содержание книги:

Eva Agulló se ha hecho famosa con un libro sobre adicciones. En una carta-diario escrita a su hija recién nacida, intenta explicar de qué familia viene para poder imaginal hacia qué familia se dirige. La historia nunca contada de la familia Agulló Benayas muestra que la vida es, en sí misma, un milagro en equilibrio.
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Pero no, lo que cuenta no me hace creer en la bondad intrínseca del género humano. Cuando iba camino del hospital ha subido al metro un negro famélico pidiendo dinero. Era un esqueleto andante de ojos amarillos y le costaba mucho caminar. Creo que tenía sida. Según el negro iba avanzando por el pasillo con la mano extendida, como un zombi suplicante, los pasajeros apartaban la mirada. La única que le ha dado algo he sido yo: todo lo que tenía en el monedero, impulsada por el sentimiento de culpa y por la vergüenza ajena.

A la gente le hace ilusión ver una nueva vida, pero no aguantan ver la muerte cerca: les recuerda demasiado la inevitabilidad de la suya.

Ésa es la razón por la que tu tío, mi cuñado Julián, marido de tu tía Asun, se ha negado a entrar en la UVI a ver a tu abuela. Dice que no soporta los hospitales. A mí, al contrario, no me deprimen, quizá porque los asocio con algo bueno. He pasado media vida en hospitales a partir de la adolescencia a cuenta de la traqueítis crónica y siempre recuerdo que el dolor terminaba, no empezaba, cuando llegaba al centro. En cuanto te enganchaban un gotero con morfina o un inhalador sabías que había empezado el fin del sufrimiento, que el dolor o el ahogo acabarían en breve. Y esa asociación hospital-alivio se confirmó cuando tú naciste. La situación ahora es muy distinta, pero a pesar de todo me esfuerzo en intentar no asociar UVI con dolor, más bien al contrario. Prefiero pensar que si tu abuela sobrevive es gracias al hospital, que si se hubiera quedado en casa estaría utilizando el pasado como tiempo verbal para escribir sobre ella, que si no le inyectaran drogas a través de los goteros estaría aullando de dolor.

Dijo Fernando Pessoa que «ser pesimista es tomar algo por trágico, y esa actitud es una exageración y una incomodidad».

2 de noviembre.

Mi hermana Laureta, la madre de Laurita, hace tiempo que quiere separarse. O al menos lleva años diciéndolo. Laureta se casó por primera vez a los veintitrés años con un francés de buenísima familia y larguísimo apellido que vivía y vive de las rentas familiares y al que conoció en Ibiza. Hasta los veinte había estado estudiando Psicología y trabajando de camarera en el Pachá de la playa de San Juan, el club más fashion de la provincia de Alicante que sólo contrata a bellezones para servir detrás de la barra (obvia decir que mi hermana lo era y todavía lo es), pero se ve que ese ambiente se le quedaba pequeño, así que un día le dio una de sus ventoleras y se cogió un ferry directo a la isla sin más equipaje que una mochila y varios pareos. Hablamos de hace más de dos décadas, cuando la isla aún no era un nido de hooligans y pastilleros y sí un puerto franco para poetas, pintores, escritores, hippies de toda condición y aventureros y desarraigados en general. A mi hermana le había dado por Ibiza porque siempre había sido muy excéntrica, y entonces esta isla era lo más de lo más -supongo que ahora se hubiera ido a Goa-, porque Laureta se tenía y se tiene por una persona de ideas originales y brillantes y se pasa el día en actividad constante pero poco fructífera: en general se interesa por todo lo que le parece novedoso, original, arriesgado y progresista, y se mueve y habla mucho -es muy elocuente y un tanto dramática a la hora de expresarse- pero acaba haciendo poco. Es plenamente sabedora de su apariencia personal, su atractivo y su carisma, y por eso a veces -bastantes- resulta un tanto narcisista. Siempre ha actuado según sus propias reglas, y si se le contradice se puede poner bastante agresiva e intolerante: ya desde muy pequeña sus explosiones de mal genio eran sonadas e impredecibles. Una vez, por ejemplo, me tiró un plato de sopa caliente a la cara cuando le hice notar que estaba sorbiéndola, y gracias a Dios que me aparté a tiempo, u hoy no podría presumir de este cutis de porcelana que tu padre tanto alaba. Pero, por otra parte, Laureta se preocupa por buscar la compañía de los demás y, cuando está de buenas, tiene unas maneras agradables y complacientes, de modo que siempre ha utilizado su encanto para conseguir lo que quiere sin tener que esforzarse demasiado.

Cuando se hartó de Ibiza, por ejemplo, eligió el camino más fácil para dejar la isla: el matrimonio. La opción parecía natural porque, a qué negarlo, la actividad laboral no iba mucho con Laureta, como si ella fuera un objeto de lujo y no de servicio. Como ella siempre ha sido para los hombres lo que la miel para los osos, no le resultó difícil encontrar un más que buen partido. Porque Laureta desprendía y aún desprende una penetrante emanación de feminidad, una aura de intensa sensualidad que los vuelve locos precisamente porque no parece ir dedicada a ellos sino que más bien los excluye, como si mi hermana perteneciese a una casta muy superior a la que deben rendir pleitesía. Esa exagerada conciencia en su propia valía prometía un despliegue descomunal de sus atributos, y fue, supongo, lo que, entre porro y porro y fiestecita en la cala atrapó al francés riquísimo y guapísimo que le propuso matrimonio en un tiempo récord. Serge, que así se llamaba aquel príncipe azul, encandiló al principio a todas las mujeres de la familia (tía Reme incluida) excepto a mí, que era curiosamente a quien más quería encandilar (ya en la misma boda el tío, borracho perdido, intentó meterme mano, imagínate, a la hermana pequeña de su novia que apenas había cumplido quince años. Esto no se lo había contado nunca a nadie excepto a tu padre). A los veintiséis años, Laureta ya tenía dos hijos (y seguía tan delgada como si ella no hubiese intervenido siquiera en su concepción), dos casas (una en Madrid y otra en Ibiza), dos coches, dos asistentas (una para limpiar y otra para cuidar de los niños), dos ojeras permanentes bajo los ojos y una cara de amargada tremenda, porque resultó que el francés, un bon vivant acostumbrado a los mejores lujos, se hartó pronto del genio de Laureta, y huyó de ella viajando sin cesar y haciéndole el más mínimo caso. Por no estar, no estuvo ni en el parto de sus hijos, pues según versión oficial en ambas ocasiones estaba en viaje de negocios (si fue capaz de tirarle los tejos a una menor el mismo día de su boda, y para más inri hermana de su futura señora, imagínate dónde podía estar, sobre todo teniendo en cuenta que sus únicos negocios consistían en hablar de tanto en tanto con el administrador encargado de gestionar sus rentas). Antes de tenerte a ti, cuando Laureta me contaba lo de la ausencia de Serge en sus partos, me parecía mal, pero no tan mal como me parece ahora que ya he vivido un parto yo misma, un parto que no sé si habría sabido sobrellevar sin la presencia de tu padre. En fin, como te iba diciendo, en su día Serge le había parecido a Laureta muy moderno y original, tan francés, tan glamuroso, tan vivido, pero en cuanto se casó con él dejó de parecérselo. Y es que a ella, independiente y muy suya, le disgusta que le digan qué y cómo hacer algo, y especialmente si lo que le dicen es cómo y en qué pensar, como él intentaba hacer. Laureta siempre había actuado siguiendo sus propias reglas y raramente obedecía órdenes. Nunca las había aceptado por parte de mi padre y, desde luego, no iba a acatar las de su marido. Una buena Acuario como ella precisa un ambiente no estructurado que le permita tomar sus propias decisiones y responder a las necesidades del momento en vez de seguir una rutina o una forma fija de hacer las cosas. Necesita vivir en una atmósfera excitante y estimulante, y el matrimonio pronto suele dejar de serlo.

Como era de esperar, Laureta se pasó años quejándose de Serge, que la tenía a cuerpo de reina pero que cada vez paraba menos por casa, hasta que un verano conoció al que sería su segundo marido, también en Ibiza y esta vez alemán, y se lió la manta a la cabeza separándose de Serge casi al mes de conocer a Christian, que así se llama el nuevo.

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