Un Milagro En Equilibrio
- Автор: Эчеварриа Лусия
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Un Milagro En Equilibrio». Краткое содержание книги:
Y, en ese momento, alguien comenzó a aporrear la puerta.
Desde luego, no me apetecía lo más mínimo abrirla, y pensando que sería el cartero o el casero ni me planteé levantarme para atender a nadie. Pero los golpes seguían sonando y luego les siguió un batacazo mucho más contundente, como si alguien se hubiera precipitado contra la puerta para intentar derribarla. Daba la impresión de que en cualquier momento quienquiera que fuera el que estaba al otro lado iba a tirarla abajo. Quizá, pensé, fuera el casero reclamando el abono de unos alquileres impagados, o tal vez la policía hubiese decidido por fin hacer una redada entre los camellos del barrio y estaban registrando el edificio apartamento por apartamento. No me cupo duda de que si les abría me iban a tomar por una yonqui, pero lo que acabó convenciéndome para levantarme fue que cada golpe en la puerta parecía rebotar en mis sienes como un gong. No sé cómo me arrastré hasta la entrada y abrí. Allí no había ningún casero, ni cartero, ni policía, frente a mí se hallaba la última persona a la que esperaba encontrarme: el rumano que, habiéndose marchado tan precipitadamente, se había olvidado su bolsa y se había dado cuenta justo en la entrada del metro, con lo que había desandado sus pasos hasta el apartamento de Sonia. Los portorriqueños, que le habían visto salir de casa, le habían abierto el portal. Cuando vio que yo no respondía a las llamadas, y deduciendo que no había podido salir del apartamento en los escasos cinco minutos que le había llevado regresar pensó, muy acertadamente, que me había pasado algo, e intentó derribar la puerta, sin éxito, porque se trataba de un chico muy delgado y de hombre de Harrelson tenía bastante poco.
Yo debía de presentar un aspecto lamentable, porque inmediatamente me preguntó si quería que avisara a un médico. Le dije que no, que me conformaba con un vaso de agua y un analgésico de cualquier tipo. El vaso me lo trajo al instante, lo del analgésico le llevó un poco más, pues tuvo que ir a la farmacia a buscarlo. Pero volvió, eso sí, con una caja de alka seltzer, otra de paracetamol, unas ampollas de vitamina B12, un paquete de Rennies, dos tetrabriks de zumo de pomelo y una bolsa de hojas de manzanilla para hacer infusión. Aparte de prepararme la manzanilla me hizo también un arroz hervido con limón, cuya visión no me suscitó precisamente un cosquilleo de placer anticipado en el estómago pero que desde luego me ayudó a asentarlo. El caso es que entre el arroz y los fármacos, al cabo de una hora me encontraba más o menos repuesta, lo que significa que podía mantenerme sentada en el sofá apoyándome sobre las almohadas. Sin embargo la cabeza seguía doliéndome como si me la hubieran machacado a martillazos. El rumano sugirió entonces un remedio de emergencia que, según él, supondría la solución definitiva a mis problemas: debía sumergirme en una bañera de agua caliente en la que hubiéramos disuelto la caja entera de paracetamoles. Al parecer, el agua caliente dilataba los poros y facilitaba la absorción del compuesto por vía tópica. Pero lo cierto es que la bañera del apartamento de Sonia presentaba un aspecto de no haber conocido estropajo en muchos años, y daba la impresión de que sumergiéndose allí una podía pillar todo tipo de enfermedades conocidas y por conocer. Cuando se lo dije al rumano él se ofreció a solucionar el problema y, dicho y hecho, armado de estropajo y detergente la emprendió con la bañera que dejó como los chorros del oro, así que no me quedó otra que probar el baño. Le dije que podía irse a su casa si quería, que no tenía que esperar a que acabara de bañarme, porque lo cierto es que me sentía un poco incómoda con aquella situación, pero él insistió en quedarse, por si acaso me desmayaba al salir, no fuera que el agua caliente me bajara la tensión. Cuando, después de media hora larga en remojo, salí del agua hecha una mujer nueva -y es que el remedio había funcionado a las mil maravillas-, me encontré con que el rumano había preparado una sopa de fideos a partir de los cuatro botes que había encontrado en la cocina de Sonia.
Una sensación ambigua me invadía. Por una parte me sentía lógicamente agradecida, e incluso necesitada, pero por otra tanta generosidad me abrumaba, no sé si porque me sentía indigna de ella o porque me fatigaba tener que cargar con el fardo de la admiración ajena, o lo que fuera, porque tenía claro que algo tenía que haber despertado en aquel chico para que se hubiera tomado tantas molestias por mí, a no ser que tuviera una clara vocación de buen samaritano, que todo podía ser. Me fatigaba verme obligada a sentir algo de reciprocidad, aunque sólo fuera agradecimiento, y me excedía la responsabilidad de corresponder, de tener la decencia de mostrarme al menos amable y educada. Sentía gratitud, por supuesto, pero una gratitud abstracta, asombrada, más forzada que sincera, que nacía antes de la razón que del corazón. No sé si, de no haberme visto obligada por esa conciencia de la obligación, hubiese pasado toda la tarde con el rumano, como finalmente hice, tirados en el sofá viendo vídeos y charlando, en una tarde casera y absolutamente asexual. Tan asexual como había sido la noche anterior, porque Antón, que así se llamaba el chico, me explicó que entre nosotros no había pasado absolutamente nada. Cuando salimos del Nell's, Sonia se marchó con el pretendiente que aparentemente tan poco le gustara hasta entonces y nosotros dos cogimos un taxi. La idea era que el vehículo se detuviera primero en mi apartamento para seguir desde allí hasta el Bronx, que era donde vivía él. Pero durante el trayecto me quedé dormida como un tronco y, cuando llegamos, sólo acerté a articular con voz desmayada el piso y la puerta del apartamento y a sacar mi juego de llaves del bolsillo de la chaqueta, de forma que Anton se vio obligado a arrastrarme como pudo hasta la casa (yo estaba lo suficientemente lúcida como para dejarme arrastrar, e incluso colaborar en la operación de remolque intentando a duras penas andar, pero no lo bastante despierta como para ser capaz de articular una frase medianamente coherente) y una vez allí se quedó a dormir a mi lado; primero, porque le daba no sé qué dejarme sola en semejante estado; segundo, porque hubiera sido imposible encontrar un taxi en Spanish Harlem a las tantas de la mañana. No le dije que hubiera podido llamar a uno por teléfono porque di por hecho que estaba omitiendo una tercera razón: que yo le gustaba, aunque asumir algo así resultaba bastante inmodesto por mi parte.
Entre vídeo y vídeo surgió en la conversación el tema de mi posible estancia estival en Nueva York y le pregunté a Anton si conocía a alguien que quisiera subarrendar un apartamento o una habitación para el mes de agosto. Me dijo que preguntaría, que no creía que fuera difícil porque la mayoría de los estudiantes se marchaban en verano, que incluso su compañero de piso, estudiante de danza en la Escuela de Arte de Nueva York (me vino inmediatamente a la cabeza la imagen de Leroy en Fama) se marchaba cada verano, normalmente de gira con alguna compañía o a trabajar de camarero cuando no encontraba trabajo como bailarín. Se lo agradecí, pero no le dije que no me apetecía vivir en el Bronx.
Sonia apareció a la hora de costumbre, las nueve, con unas ojeras de oso panda, y sólo aceptó salir a cenar conmigo porque sabía que al día siguiente yo dejaba la ciudad. Despedí entonces al rumano, porque quería reservar la última noche para mi amiga, e intercambiamos teléfonos y direcciones de correo electrónico más por cortesía que por otra cosa, pues ya te dije que tanta obsequiosidad había acabado por abrumarme y me sentía demasiado incómoda como para pensar que pudiera querer volver a verlo.
Sonia y yo tuvimos una cena muy poco memorable, las dos estábamos muy cansadas y, además, ya nos habíamos contado todo lo que nos teníamos que decir a lo largo de aquellas dos semanas. Apenas comentamos los incidentes con el becario y el rumano porque no nos habían dejado huella a ninguna de las dos, y cuando regresamos al apartamento nos encontramos con un coche patrulla en la puerta del edificio y con que unos policías se estaban llevando esposados a nuestros amigos los portorriqueños. Sonia nunca los volvió a ver. Como contrapartida, tampoco volvió a ver a ninguno de los yonquis que salían y entraban constantemente del bloque.